Gödel-Platón
Ocurre algo extraño cuando uno lee un diálogo platónico y -de repente- Sócrates nos suelta un mito para -mejor- explicar sus ideas a los contertulios de turno. Como si el método dialéctico no fuese suficiente para darse a entender (al igual que usamos un gesto o una expresión facial para acompañar lo que expresamos con nuestras palabras), se mostrase de alguna manera incompleto. Incompletud -como la que dictaba el matemático Kurt Gödel en su conocido teorema- llevada al terreno del conocimiento. Piensen en ello y verán con qué frecuencia ocurre lo que digo. Se atiende o se participa en una charla sobre estética y al rato uno desemboca -sin haberlo buscado- en la ética o en la epistemología. No existe compartimentación de saberes. Basta hablar un tiempo razonable sobre cualquier tema para acabar hablando de otra cosa distinta (o quizás no tanto). Los saberes guardan curiosas proximidades, extrañas conexiones metonímicas o metafóricas. Aristóteles simultanea en su poética el discurso artístico con el biológico (concepción de la obra de arte como un organismo vivo, tipos de metáforas -el género por la especie o la especie por el género-, etc). Más bien parece que conocer algo consiste en adoptar una cierta perspectiva, perspectiva que va cambiando conforme uno se adentra más y más en el tema (el paralaje de Zizek), como si el sujeto fuese un satélite orbitando alrededor del objeto del saber. Como todo este discurso, cuando yo en realidad quería hacer una mera reflexión sobre el mito en Platón.
Protocolo del protocolo
He aquí otra de esas palabras -junto a consenso y mediación- que han adquirido una plusvalía inusitada en nuestros tiempos, con las que uno se habría hecho rico caso de que las palabras cotizasen en bolsa. No hay documento oficial que no incluya la palabrita de marras. Protocolo para esto y protocolo para lo otro. El último invento radica en los protocolos para la resolución de conflictos. Se cuenta que cuando el cineasta holandés Teo Van Gogh iba a ser tiroteado por los fundamentalistas les propuso algo así como tomarse aquello (una película de nada) de otra manera. La cosa no funcionó. Quizás por ausencia de protocolo.
El protocolo supone algo así como una algoritmización de las relaciones sociales, algo saludable en algunos casos pero absurdo cuando se lleva al extremo. Idear un protocolo para resolver conflictos implica presuponer la incapacidad de uno o dos seres humanos para dirimir sus diferencias sin tener que recurrir a la abstracción del papeleo, a esa maquinaria que resta al ser humano su más preciado tesoro: su humanidad. La imaginación y la improvisación quedan descartados. Un limado más que nos acerca al perfecto acabado de una rueda dentada para que el sistema biopolíticotecnológico continúe funcionando.
Curiosamente el cumplimiento del protocolo parece anular el propio conflicto, civilizarlo, al ser encauzado por los estrictos vericuetos del propio protocolo. No nos engañemos. Se trata simplemente de la sustitución de una violencia por otra. Se prescinde de la resolución simbólica del conflicto (por cuestiones de autoridad, de rango, de edad, incluso caballerosidad) para penetrar en una maraña de intermediaciones que sólo logran amplificarlo, espectacularizarlo. La metafísica que subyace tras el protocolo es la de la comunicación. Una buena comunicación-mediación ayudará a resolver cualquier conflicto (recuerden ese tigre lamiendo al oso panda en los folletos de los testigos de Jehová). Prescripción de todo orden simbólico, en definitiva. Lo que un lacaniano llamaría forclusión. De ahí a la psicosis, hay sólo un paso.
El protocolo supone algo así como una algoritmización de las relaciones sociales, algo saludable en algunos casos pero absurdo cuando se lleva al extremo. Idear un protocolo para resolver conflictos implica presuponer la incapacidad de uno o dos seres humanos para dirimir sus diferencias sin tener que recurrir a la abstracción del papeleo, a esa maquinaria que resta al ser humano su más preciado tesoro: su humanidad. La imaginación y la improvisación quedan descartados. Un limado más que nos acerca al perfecto acabado de una rueda dentada para que el sistema biopolíticotecnológico continúe funcionando.
Curiosamente el cumplimiento del protocolo parece anular el propio conflicto, civilizarlo, al ser encauzado por los estrictos vericuetos del propio protocolo. No nos engañemos. Se trata simplemente de la sustitución de una violencia por otra. Se prescinde de la resolución simbólica del conflicto (por cuestiones de autoridad, de rango, de edad, incluso caballerosidad) para penetrar en una maraña de intermediaciones que sólo logran amplificarlo, espectacularizarlo. La metafísica que subyace tras el protocolo es la de la comunicación. Una buena comunicación-mediación ayudará a resolver cualquier conflicto (recuerden ese tigre lamiendo al oso panda en los folletos de los testigos de Jehová). Prescripción de todo orden simbólico, en definitiva. Lo que un lacaniano llamaría forclusión. De ahí a la psicosis, hay sólo un paso.
Ventajas del hermetismo
Corría el año 1944 y el espía americano Moe Berg, conocido jugador de baseball, visita Zurich haciéndose pasar por un estudiante suizo de física. Su intención es asistir a la conferencia que tendrá lugar en esa ciudad por parte del físico alemán Werner Heisenberg. Las órdenes de Moe son precisas. En caso de que el físico proporcione indicios razonables de un avance en la construcción de la bomba atómica por parte de los alemanes, Moe debe asesinarlo allí mismo, delante de la concurrencia, y después suicidarse. Para ello cuenta con un revólver y una tableta de cianuro.
Moe asiste a la charla de Heisenberg, una conferencia plagada de ideas y fórmulas incomprensibles para Moe. La conferencia acaba y Moe decide no usar su pistola. A Heisenberg parece haberle salvado su afición por la teoría. Después de la conferencia Moe y Heisenberg charlan mientras pasean por los alrededores. Moe le pide que le explique otra vez eso del Principio de Incertidumbre mientras, de vez en cuando, palpa bajo la chaqueta la reconfortante rigidez de su revólver.
Moe asiste a la charla de Heisenberg, una conferencia plagada de ideas y fórmulas incomprensibles para Moe. La conferencia acaba y Moe decide no usar su pistola. A Heisenberg parece haberle salvado su afición por la teoría. Después de la conferencia Moe y Heisenberg charlan mientras pasean por los alrededores. Moe le pide que le explique otra vez eso del Principio de Incertidumbre mientras, de vez en cuando, palpa bajo la chaqueta la reconfortante rigidez de su revólver.
Se vende la luna
Es posible comprar la luna. Por una módica cantidad (aproximadamente 45 €), la empresa israelí Crazyshop ofrece lotes lunares de medio dunam (aproximadamente 500 metros cuadrados). La compra implica la expedición de un certificado que asegura la propiedad, así como la localización de la parcela sobre la superficie lunar. El origen de este negocio se remonta al norteamericano Dennis Hope, ventrílocuo fracasado quien, mientras conducía rumiando su divorcio, atisbó a través de la ventanilla del coche la faz oronda de nuestro satélite. Eso, y pensar que allá arriba podrían construirse un montón de casas con jardincito y piscina, una misma cosa. Las compensaciones del desengaño amoroso son a veces imprevisibles. Así es que Hope registró la propiedad de la luna y los planetas del sistema solar (una normativa internacional impedía su explotación por parte de los estados, pero se les olvidó pensar en las empresas y particulares) y desde entonces (aquello fue por el 1980) se dedica al lucrativo negocio de vender parcelas de nuestro satélite, un negocio que a estas alturas se remonta a 50 millones de dólares, y subiendo. Digamos que Hope sustituyó su muñeco de trapo y madera por una empresa que ha logrado seducir a dos millones y medio de espectadores, sin duda un ascenso meteórico en su carrera. Viéndolo de esta manera no cabe hablar de engaño, sino de simple espectáculo. Hope ofrece la ilusión de la propiedad selenita, con título y mapa incluidos, y el público paga por su ración de suspension of disbelieve, que diría Coleridge. En realidad se parece a ese juego infantil que es el intercambio de cromos. Un título de propiedad por un billete de banco. Una parte minúscula del tesoro del estado encerrado en una cámara acorazada bajo tierra por un trocito de luna que no puede verse a simple vista. Ficción por ficción. No existe nada más divertido.
Limosnismo ilustrado
Tengo la impresión desde hace tiempo de que al ciudadano se le hurta desde y por todos los medios el discurso político. Para empezar, descreo de la división derecha/izquierda tal y como nos la intentan vender. Yo sólo veo una derecha con buena conciencia (la de, por ejemplo, Ansón, que reconoce el tongo de los premios literarios pero justifica su presencia en los jurados porque, en definitiva, la cosa es así, o la de Sarkozy celebrando su triunfo electoral en el yate de un amigo millonario), y una derecha con mala conciencia (más conocida como PPOE) que sufre con haber sido educada en colegios de pago y no haber tenido nunca que ahorrar para darse cualquier capricho. Esta última derecha considera que el mundo -el de los pobres- está lleno de seres desvalidos y maltratados, pero que eso no es nada comparado con el sufrimiento de saber que existen tales seres. Frente a ello practican una especie de limosnismo ilustrado (todo para los pobres, pero sin los pobres). Los hipotecados hasta las cejas, los que tienen que vivir hasta la cuarentena en casa de sus padres o los que cambian de oficio cada semana están en manos de bancos y multinacionales que son al parecer los únicos entes dotados de libre albedrío. Algún político debería alguna vez hacer una aparición pública para comunicar a los medios la gran verdad oculta: que su oficio carece ya de sentido, que consiste en una mero maquillaje y edulcoramiento de las operaciones económicas. Que todo el pescao, señoras y señores, está vendío (y que suerte tendrán si les ha tocado un trocito).
De culos y vacío
Leo la última entrada de mi amigo Mastronardi y a partir de ella reflexiono, algebrizo y concluyo: ¿No será el culo la encarnación del conjunto vacío -ya saben, ese círculo atravesado por un certero tajo-? Una especie de broma anatómica que delata el fino sentido del humor del creador, caso de que éste existiera. Del mismo modo que el vacío es el substrato en el que se basa el resto de conjuntos, he aquí que el culo es el basamento, el andamio más sólido de nuestro cuerpo. Sin dejar de lado la atracción que suscita en algunos el vacío, la metafísica del funambulista, aliado del doloroso vértigo que sentimos ante la contemplación de ciertos culos (para otros quede el horror vacui). ¡Ah, las bondades de la teoría de conjuntos unidas a la primavera! Gracias, Mastronardi.
Homo sacer (please, don't smoke)

El paradigma básico de la biopolítica es el lecho de Procusto. Jorge Semprún cuenta que al ser enviado al campo de concentración de Dachau, preguntado por su ocupación, respondió: estudiante de filosofia. El soldado que realizó la pregunta, tras responder que aquello no era ninguna ocupación, acabó anotando en su libro de ingresos en la casilla correspondiente a oficio: estuquista. Giorgio Agamben ha meditado acerca de la pervivencia del campo de concentración nazi en nuestras sociedades en trabajos como "Homo sacer" o "Lo que queda de Auswitch". Recordemos, homo sacer era la figura del derecho romano bajo la que se incluía al hombre fuera del derecho humano y divino, aquél que podía ser asesinado -nunca sacrificado- sin que el autor del asesinato sufriese ninguna persecución por parte de la ley. El ejemplo más notable de homo sacer es para Agamben el preso del campo de concentración. Un hombre puesto a disposición de una compleja técnica de aniquilación a la que debe someterse sin objeción posible.
Campo de concentración y biopolítica. La necesidad de la política (desde hace al menos un par de siglos) de crear sus propios excluidos, apartados de cierta norma higiénica o eugenética. Sin pretender establecer ningún parangón con los judíos aniquilados en los campos de concentración, es cierto que nuestras sociedades contemporáneas fomentan ciertas exclusiones (no violentas, en principio) y segregaciones: fumadores, bebedores (dentro de muy poco), desconectados (del móvil, de la red)... frente a las cuales se instituye y contra las que se forja como identidad. Recordemos que existen empresas que no contratan a fumadores (independientemente de que no fumen en su puesto de trabajo), algo que pueden hacer sin dar ningún tipo de explicación (absueltas por la ley). A alguien sorprendido en un control con dos copas de más quizás se vea obligado a realizar una cura de "alcoholismo" (asunción de la situación de "paria" y propósito de enmendarla).
La pregunta siempre pendiente es, ¿toda sociedad necesita crear sus excluidos -aunque sean modos de exclusión "blandos" como los que aquí se han sugerido- para sobrevivir?





