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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Literatura contra ficción
Contemplo un vídeo dentro de la exposición arte, sátira, subversión. 5 visiones iberoamericanas. En él, un transformista venezolano (Patty, creo recordar, era su nombre artístico) perora cabalmente sobre su papel de chivo expiatorio a través del cual el espectador puede purgar sus miedos o sus fantasías. Patty (llamémosle así) termina diciendo que en el momento en que la sociedad acabe asumiendo que los pares masculino/femenino y hombre/mujer no son siempre asimilables, entonces el movimiento queer probablemente acabe disolviéndose, normalizado por la propia sociedad. Inmediatamente proyecto las palabras de Patty al terreno de la literatura. En verdad, como se encargó de demostrar Starobinski en su obra Retrato del artista como saltimbanqui, el escritor ha desempeñado muchas veces el rol social de chivo expiatorio (en su doble acepción, de exclusión en primer lugar y posterior veneración). Lo que me pregunto es si una vez que la sociedad ha aceptado la ficción como una de sus componentes e incluso ella misma se reconoce como ficción o, yendo todavía más allá, y suponiendo que la realidad misma se ha convertido ella misma en ficción, ¿qué papel le queda entonces a la literatura dentro de esa sociedad? ¿La simple disolución? ¿Una ficción más dentro de la ficción? Quizás la literatura deba representar de aquí en adelante el papel de "realidad" frente a la ficción del mundo, con todo lo que ello implica de incierto y de paradójico.
 
Geles vs Cremas
Sloterdijk habla en su monumental Esferas de la imposibilidad del héroe (o, más bien, en su disgusto) al degustar un untoso caramelo. La degustación de lo empalagoso (yo siempre detesté el merengue) nos saca de nosotros mismos y nos lleva a reconocer (movimiento psicológico casi siempre inconsciente) que somos arrancados de nuestro centro para ser conducidos a un medio muelle y disolvente. Y entonces recuerdo esos estudios de mercado relacionados con el género de los consumidores y que concluyen la preferencia de los hombres por los geles frente a las cremas. Yo no soy una excepción. Quizás lleve razón el filósofo alemán. La untuosidad de la crema, su capacidad de obstruir nuestros poros, nos convierte en seres fácilmente penetrables. ¿Dónde queda entonces nuestra indepencia y autonomía frente al ambiente? Aunque, en el fondo, siempre penda sobre nosotros la convicción de que somos no sólo penetrables, sino juguetes en manos de una alteridad que nos conforma (llamémosle Su Hautoría). Sólo nos queda saludar esta filosofía capaz de explicar lo anecdótico de la existencia.
 
Narices


Ya se sabe que, dejando a un lado otros apéndices, lo que peor aguanta en las estatuas el paso del tiempo son las narices. Una de las muchas maneras del pronombre de primera persona usadas por los japoneses consiste en un ideograma que representa una nariz y un árbol juntos. La nariz, el yo, es lo primero que desaparece con el tiempo, y quedan entonces las estatuas y las figuras de las estelas como boxeadores noquedados y desfigurados por el imbatible Cronos. Quizás sea ésa la prueba a superar por toda efigie, el dejar de representar a un individiduo para devenir imagen de un cualquiera. El tiempo convierte así toda escultura en la imagen de un héroe paradójicamente atemporal. Alguien debería dedicarse a fabricar bustos y torsos de gente común para aplicarles posteriormente un meticuloso proceso de deterioro. El resultado sería adquirido por el cliente que así podría vislumbrar cómo posaría su efigie en un museo dentro de dos o tres mil años, por poner un ejemplo. Podrían colocarlo en un jardincito, rodeado de flores, junto a la barbacoa. Eso sí, a buen recaudo de las cagadas de las palomas, enemigas acérrimas de la posteridad.