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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Apadrine un campeonato continental
Era Foster Wallace en su Broma infinita, creo, el que imaginaba un futuro en el que los años estuviesen patrocinados por las multinacionales. Así podría hablarse del "año Coca-Cola" o el año "Burger King", etc. Algo parecido a los héroes epónimos griegos, que podían otorgar su nombre a todo un período de tiempo. Como siempre la ficción se adelanta a la realidad (algo, hay que reconocer, cada vez más difícil). Leo en un artículo que la copa Libertadores de fútbol ya no se llamará así, sino que pasará a llamarse Copa Santander Libertadores. Adoptar al niño y ponerle su -primer- apellido le ha costado al banco siete milloncejos (de euros). ¿Para cuando una Champion's Polaris League? O, mejor, Champion's Durex League.

Multinacionales, hagan sus ofertas. Todavía queda mucho que apadrinar.
 
La suma de todos
¿Cuántas personas pueden acudir a un gimnasio en una gran ciudad como Madrid? Yo creo que la cifra podría rondar los 50000. Piensen en el esfuerzo derrochado por esas personas ante bicicletas ciclostáticas y máquinas de musculación. Y ahora imaginen que cada uno de esos aparatos hubiese sido dotado de un sistema que permitiera acumular dicha energía. El resultado sería una cantidad nada despreciable de watios, con los cuales podrían iluminarse miles de bombillas, hacer funcionar centenares de frigoríficos y microondas. En definitiva, una fuente de energía limpia y barata. Apuesto a que el altruismo añadido a los beneficios obtenidos con la práctica de ejercicio elevaría considerablemente el número de socios de los gimnasios. Imagino lemas del estilo de:

¡Pedalee una hora para su ciudad!

En las pantallas de los aparatos, en lugar de cuentakilómetros aparecería el tiempo de funcionamiento acumulado de una bombilla de 60W, por ejemplo. O el tiempo necesario para acabar de asar un pollo.

Espero que la iniciativa pública acabe llevando a la realidad este proyecto. Ah, y no me den las gracias.

 
September ist the cruelest month
Septiembre es el mes más cruel, desde luego. Fin de vacaciones o, lo que es lo mismo, vuelta al trabajo. LLega el otoño o, lo que es lo mismo, el frío y la lluvia. Cumplo años o, lo que es lo mismo, me hago mayor. Las golondrinas regresan a África (permítanme un momento elegíaco: yo vine al mundo/cuando el mundo parecía marcharse/a otra parte). Y regresa el dios Pan, la divinidad de las foscas forestas que ha entrado con su flauta en los parqués de las bolsas mundiales, haciendo sonar su funesta musiquilla.

Lo dicho: Septiembre es el mes más cruel.
 
El loro que sabía demasiado


El pasado jueves murió -al parecer de muerte natural- a la edad de 31 años el loro Alex, una de las aves más inteligentes del planeta. Este loro africano gris se despidió de su cuidadora y educadora (la psicóloga americana Irene Pepperberg) la noche previa al deceso con las siguientes palabras: "Sé buena, nos vemos mañana, te quiero". Alex no sólo sabía cómo tratar a una mujer sino que conocía alrededor de 150 palabras en inglés, contaba y distinguía colores y formas geométricas. Además era capaz de expresar deseos, frustración y aburrimiento. Lo que no he conseguido averiguar es si posee descendencia. Si fuera así, estimo que, con una educación adecuada, sus tataranietos serían capaces de disputar las mejores notas a nuestros chicos de bachillerato. Quién sabe, quizás la evolución de las especies todavía nos tenga deparada alguna que otra sorpresa. Columbro con espanto una escena. Un adolescente dentro de una jaula recompensado con cacahuetes y semillas de girasol por parte de un ejemplar de Psittacus erithacus, que así gratifica los esfuerzos del mozalbete por proferir expresiones como !hala madrid!, ¡debuty! o ¡esta-sí, esta-no, esta-me-gusta-me-la-como-yo!
 
Una de zombies


Imaginen que una oleada extraterrestre invade el planeta. No son seres físicos, sino presencias etéreas capaces de poseer el cuerpo de los humanos. Pero no de todo el mundo, sino solamente de aquellos dotados de un CI inferior a 80. Una vez tomada posesión del cuerpo, el ser humano incubado se convierte en una especie de zombie (colmillos alargados, úlceras en la piel, ya saben) cuyo comportamiento -es cierto- no difiere mucho del que tendría antes de la posesión extraterrestre. Sin embargo los zombis se reproducen a través de un doloroso mordisco en el pescuezo, lo cual convierte inmediatamente a su víctima en un nuevo zombi (el mordisco incluye, naturalmente, una disminución considerable de su CI). Los hombres con un CI superior a 80 tienen entonces dos posibilidades. O bien intentan reproducirse con mayor rapidez que los zombis para imponerse sobre el planeta, o bien intentar aniquilar a los poseídos (al fin y al cabo el futuro de la humanidad está en juego), teniendo en cuenta que su espíritu es extraterrestre y que -por tanto- acabar con ellos no debería suponer ningún dilema moral.


El caso es que se me ha olvidado cómo acababa la película.
 
Oriente
Cada vez que salgo de casa me tropiezo en el portal con un par de chinos, dos esfinges derrengadas que custodian la entrada a mi edificio. Usan el portal para descansar entre porte y porte, aunque lo cierto es que jamás los he visto desplazar ningún paquete de ropa. Más bien creo que simulan -por algún motivo desconocido- trabajar para alguna de las numerosísimas tiendas de venta al por mayor del barrio. Cada vez que entro o salgo del edificio se levantan corteses y emiten un saludo. La escena, inocente por demás, adquiere rasgos siniestros cuando se repite unos centenares de veces. Uno sale por el pan, abre la puerta, y allí están. Vuelve con la barra en la mano, y allí están de nuevo. Sin perder jamás la sonrisa se levantan otra vez y dejan franco el paso. Después de unos primeros encuentros dominados por la sorpresa, he ensayado miradas más o menos de disgusto. A partir de la quincuagésima vez -pongamos por caso- decidí recompensarles con la más lograda de las indiferencias. Invariablemente el par de chinos se levantaban con una inclinación y saludaban amistosamente. A partir del encuentro número doscientos he decidido empezar a saludar yo también, determinado a fluir con las circunstancias (be water, my friend). Quizas a partir de mi salida número quinientos considere la posibilidad de quedarme un rato a charlas con ellos, de preguntarles qué hacen allí, a qué dedican esa inmensa cantidad de tiempo libre. Los imagino mirándose el uno al otro en silencio, dirigiéndose una sonrisa cómplice antes de responder: "Tan sólo estábamos esperándole".