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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Yo y mi Superyó


Hoy no hablaré de cine ni de actualidad, ni siquiera de literatura. Hoy hablaré de la madre (el padre) de todas las ficciones, siendo él (o ella, que aquí también se admiten géneros) la ficción suprema. Me refiero, naturalmente, al yo. El mío particular es un yo apocado y escasamente reivindicativo, un empleado laborioso de lo que yo mismo (¡qué paradoja!) llamo mi superyó, no por usar ninguna terminología freudiana sino porque es el amo y señor de mi yo. Una amiga me preguntó una vez si yo no perdía el tiempo. Le respondí que no, que en ese caso corría el riesgo de caer presa de una crisis de ansiedad que es la amenaza que esgrime mi superyó para tenerme continuamente ocupado, una especie de látigo psicológico. Yo no pierde el tiempo porque siempre anda satisfaciendo los deseos de superyó, una voluntad que lo lleva de acá para allá, que no le da respiro y que hasta lo pone a dormir cuando lo siente extenuado y -por tanto- inservible. He llegado a la conclusión de que superyó usa a yo como esas niñas traviesas que atrapan su muñeca y la ponen a hacer todo tipo de cabriolas y piruetas (le enseñan a comer, a dar los buenos días y hasta a buscar entradas en las enciclopedias) y no la abandonan hasta romperles un brazo o sacarles la cabeza o hasta cansarse de ellas. Siempre me he preguntado de dónde sale ese superyó que me maneja con semejante falta de escrúpulos. Supongo que me agarró siendo yo muy niño y desde entonces no me ha abandonado, quizás porque cree que puede sacar de mí algo de provecho, que soy al fin y al cabo una herramienta interesante, o tal vez porque se divierte a mi costa, porque hago reír a sus amigos o simplemente porque no ha encontrado a ningún yo más dócil sobre el que ejercer la tiranía. No descarto que algún día ese superyó se desengañe definitivamente al ver que yo no cumple sus expectativas y entonces me abandone como esas personas que dejan tirado a su perro al menor inconveniente. Entonces aullaré un poco, verteré algunas lágrimas y me pondré a husmear en busca de un nuevo superyó que me prometa un hueso. Y sin embargo a veces desearía pillar a superyó en un descuido, atándose -por ejemplo- los cordones de los zapatos para deshacerme de él con un golpe certero en la nuca. Entonces -por fin- podría descansar, perder el tiempo. Ah!...
 
 
 
 
 
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Comentario:
De momento esas cervezas deben esperar... Ando por tierras francesas (Lyon para más señas). Pero siempre nos queda el brindis virtual. Agur, Horacio.
 
Comentario:
¡Usted por la güé! Escuche: ni por un momento me he creído que ese post lo firmase yo, porque a santo de qué le iba a permitir superyó expresarse así a lo vivo. Sé perfectamente que es usted, Superyó, quien se hace pasar por Yo para interceptar sus comunicaciones. Así que hasta que no haya birras por en medio y nos podamos ver las caras, no suelto prenda.

(O bueno, igual en clave sí)
No