El augmentum
Augmentum era la palabra latina para designar algo semejante al entusiasmo griego. De ahí augmentator. De ahí autor. Dice Valle-Inclán: El poeta solamente tiene algo suyo que revelar a los otros, cuando la palabra es impotente para la expresión de sus sensaciones: Tal aridez es el comienzo del estado de gracia. Es el momento del augmentum. Es el momento en que el autor debe dar sentido a esas sensaciones, darles forma a través de la creación, de la plasmación, de la puesta en obra de aquello que de otra manera sería un caudal desbordado. Apresar, ésa es la tarea del creador, hacer aprovechable el torrente que supone el augmentum que acomete casi siempre por sorpresa, como una tormenta. La plasmación es el segundo movimiento. El autor apresa a través del lenguaje el desbordamiento, crea un doble dotado de sentido, un espejo donde al fin reconocerse. En el origen de la lírica estaba el himno. El poeta o aedo cantaba bajo el entusiasmo, la posesión de un dios. Cada dios propicia un tipo particular de augmentum y su plasmación queda codificada con el paso del tiempo. Ladrón, comerciante, psicopompo, señor de la palabra... son otros tantos rasgos definidores de Hermes. El himno homérico los entrelaza en un relato coherente, les concede la necesaria clausura. Con el tiempo el entusiasmo se diversifica. El augmentum se hace cada vez más personal. Píndaro indaga la genealogía divina del héroe olímpico, pero sabe que es un hombre -al fin y al cabo- el que gana la carrera. Benjamin descubre en Baudelaire un nuevo tipo de augmentum. El shock benjaminiano es el augmentum que aporta la nueva sociedad organizada en grandes urbes. Baudelaire da forma a ese shock, el que produce la visión de una docena de mujeres hermosas en apenas un centenar de metros, el de la ciudad como ser por primera vez inconmensurable con la dimensión humana. Hacerse cargo del augmentum, del shock, estar dispuesto, en definitiva; para después concederle una forma condigna. He ahí la tarea fundamental del poeta.





