De la felicidad
Comenta -en la radio- un padre de familia homoparental lo orgulloso que se siente al conocer de primera mano (por boca de la tutora) que su hijo no sólo es de los más felices de la clase sino que además posee unos niveles de comunicación difícilmente superables. No oímos nada acerca de las calificaciones de su hijo, quizás porque no importa. Apenas una hora antes, durante una sesión de evaluación, uno tiene que escuchar cómo se apela a la bondad y morigeración de un chaval como motivo necesario para que su nota de tecnología suba de un humillante cuatro a un deslumbrante cinco. Dicho muchacho posee un hermano gemelo al que su madre parece (por ocultas razones) preferir, hermano que ha aprobado la misma asignatura. La compañera pretendía que el profesor de tecnología se hiciese cargo de los sufrimientos que reportará al muchacho la comparación materna con su hermano aprobado. El tecnólogo ha resuelto asumir el riesgo del trauma con el razonable argumento de que el chaval debe aprender a conocer sus límites y a superarse a partir de ahí (cosa de la que el muchacho -doy fe- se ha mostrado en otras ocasiones perfectamente capaz). Se extiende a marchas forzadas la idea de que para lo que sirve un sistema educativo es para que -fundamentalmente- los jóvenes sean felices. La penúltima trasvaloración de nuestra sociedad que se resigna a la pérdida de tantos otros valores como la excelencia o el esfuerzo. Y yo me pregunto qué es eso de la felicidad, casi siempre ligada en el discurso educativo a la comunicabilidad. Un muchacho que se retrae (que no habla con nadie, por ejemplo, mientras degusta su bocadillo de chorizo en el recreo o que intenta colarse en la biblioteca a la misma hora para leer un libro, pasa a ser inmediatamente sospechoso, no ya solamente para sus compañeros sino -lo que es peor- para los profesores y -no digamos- para el gabinete psicopedagógico). Categorialmente la felicidad ha caído dentro del concepto más genérico de la comunicabilidad. Uno puede comunicarse sin ser feliz. El razonamiento inverso carece de sentido. Habría que investigar a fondo las razones. La sociedad se estatuye cada vez más como una metáfora de le red, todo ha de estar conectado con todo, todo ha de ser visible. No recuerdo qué filósofo decía que la idea que teníamos de la naturaleza se correspondía con el invento tecnológico más reciente proporcionado por la civilización. La interconexión y la absoluta visibilidad (que cada vez más afecta al ámbito privado) son leyes entonces "naturales". Todo lo que no caiga dentro de estas categorías -repito- resulta sospechoso, contra natura. El unverso tecnológico que nos rodea ya no constituye un añadido a la naturaleza sino que resulta ser la esencia de la propia naturaleza. Lo natural es interactuar (con máquinas, con seres humanos), formar parte de cuerpos sociales más y más amplios que encajan entre sí como las piezas de un complejísimo mecano. Volviendo al asunto de la educación, el sistema educativo toma el partido rousseauniano (convenientemente invertido según el argumento precedente). El buen salvaje (el salvaje tecnológico) ya no necesita nada que aprender porque sus ancestros han logrado modificar el hábitat hasta convertirlo en algo perfectamente natural, idílico. Ya no es preciso pensar para sobrevivir, todo lo necesario para la subsistencia está dispuesto (basta ir a un centro comercial, por ejemplo), no hay más que extender la mano. Y, por supuesto, la naturaleza no se estudia, uno se desenvuelve sencillamente en ella recolectando y admirando sus maravillas.





