Cars

Disney acaba de sacar su último producto a las calles del imaginario planetario: Cars. Aprecien el salto cualitativo. Ya no son héroes humanos o animales -más o menos antropomorfizados- sino coches (paradigma de nuestro progreso tecnológico) los que sienten, sonríen y -probablemente- lloran. Ardo en deseos de contemplar cómo una lágrima se desprende de las luces de posición delanteras para caer sobre el asfalto. Que uno no se desternille de la risa ante tamaña visión debe ser mérito de la factoría y síntoma de que algo en nuestros cerebros ha mutado -quizás- definitivamente. Fue primero Hal 9000 de Kubrick el que nos hizo sentir pavor ante la (des)humanización de una computadora, después llegó Spielberg quien con "El diablo sobre ruedas" nos mostró cómo lo siniestro podía hallar cobijo (por si alguien entonces lo dudaba) en nuestros mundos hipercivilizados precisamente en el interior de una de sus máquinas por antonomasia: un camión. Esto entronca con el post del último día. Los objetos tecnológicos ya forman parte de nuestro paisaje "natural", junto a animales y seres humanos. Dentro de este paisaje coexisten zonas luminosas y casi ajardinadas frente a otras inquietantes e inaccesibles. Por supuesto el mundo de los coches es un paraje tecnológico lo suficientemente roturado como para que el público acepte sin recelos el tropo prosopopéyico consistente en ver a uno de esos artefactos hablar y entablar amistad con un semejante. Vayan a verla y me lo cuentan.





