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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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La memoria
¿De dónde viene la fascinación por el pasado, personal y colectivo? Echar la vista atrás es una expresión que usamos en castellano. ¿Por qué la rutina, la acedía diaria cobra un brillo inesperado bajo la lente del recuerdo? ¿Somos seres nostálgicos por naturaleza? Es cierto que cuando la vida no responde a nuestras expectativas el recuerdo se nos impone como consolación y punto de fuga. ¿Es la memoria un refugio, un lugar donde acudir cuando la situación se pone demasiado fea? Si el presente consiste en una sucesiva concatenación de instantes donde lo que prima es la componente espacial (el presente es espacio), el pasado tiene la virtud de ordenar esas instantáneas, operándose así el tránsito del espacio al tiempo. Pero sobre todo lo que caracteriza al pasado es la ausencia. Ningún acontecimiento del pasado puede repetirse sin que experimentemos de alguna manera el sentimiento de parodia. Lo que conocemos a través de la experiencia del pasado es la irreversibilidad del tiempo. Padecemos este elemental principio entrópico como dolor. Si la reminiscencia de un hecho puede proporcionarnos más placer que la vivencia del hecho en sí, esto se debe seguramente a que el pasado se conforma como ficción. El pasado personal es el paisaje que hace que el admirador devenga inmediato autor. La memoria opera instintivamente este augmentum sobre su material, quizás porque nunca acumule el hecho tal cual (suponiendo que alguna vez ocurriera algo por el estilo) sino que le sobreañada una serie de connotaciones de las que el hecho se hallaba en sí desprovisto. Como si guardásemos un mondadientes en una preciosa cajita de música. Y sin embargo, aún reconociendo las estratagemas con las que nos cela la memoria, nadie puede resisitir a su seducción. Todos hemos sufrido la ocurrencia de algunos momentos en los que con placer cerraríamos al puerta al futuro y con la llave en el bolsillo nos dejaríamos sumergir en ese paisaje encantador.
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