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Sobre el mal


Vuelvo -cómo no- al asunto del terrorismo (el terrorismo nuestro de cada día, quítanoslo hoy...). J.P. Dupuy ingeniero-sociólogro francés heredero de René Girard escribe un libro titulado "Avions nous oublié le mal? (¿Habíamos olvidado el mal?)" tras los acontecimientos del 11-S. Y con él pone el dedo justamente en la llaga. Desde la antigüedad (hablo de griegos y romanos) los iniciados hacían su aprendizaje de la unidad de los contrarios vida-muerte en los misterios eleusinos, una institución religiosa que perdura hasta el 392 d.C, siendo prohibida por el emperador converso Teodosio. A partir de entonces el cristianismo de encargó de ir dulcificándonos la existencia con su dios todo bondad, con promesas de más allá y resurrección incluídas (¿quién da más?), negando la existencia de un principio del mal (el diablo y satanás fue motivo primero de enriquecimiento de fachadas de iglesias y después alimento de la maquinaria holiwoodiense) siendo objeto -allá donde aparezcan sus recidivas- de exorcismos y de esos espectáculos edificantes llamados con muy buen criterio autos de fe. Muy lejos quedaron el panteón de dioses griegos donde cada uno de ellos abarcaba todo el espectro de cierta parcela del universo (Hermes, ladrón y dador al mismo tiempo, Apolo, dios de la belleza serena y matador de lobos -recordemos que su atributo es un arco-). Me viene a la memoria esa frase de Nietzsche donde hablaba de la salud de los griegos, salud que residía en su conocimiento trágico de la final unidad simbólica de los contrarios. Volviendo a Dupuy y a su provacadora tesis: es el soterramiento del mal por parte de nuestra cultura occidental hipercivilizada hiperhigienista lo que hace que éste regrese (casi freudianamente) de manera traumática en los actos terroristas. El terrorismo ocupa el lugar del Otro, esa otredad cruel y arbitraria que se ceba con Edipo años después de haber resuelto (eso creía él) el enigma. Es curioso, nadie parece haberse dado cuennta de la actualidad del mito edípico como último reducto del sueño humanista. A la respuesta de la esfinge Edipo responde como ya sabemos: "El Hombre". La esfinge desaparece. Pero, pensemos por un momento, ¿y si lo que hubiese ocurrido es que la esfinge -encarnación del misterio- no hubiese desaparecido sino que se hubiese metamorfoseado en los muros, en los salones del palacio donde un Edipo confiado reescribe paso a paso la trama de su tragedia? ¿No seremos nosotros como ese Edipo que creía que "el hombre" era la única respuesta al enigma, sin saber que, como una ley de la naturaleza, EL ENIGMA NO SE CREA NI SE DESTRUYE SINO ÚNICAMENTE SE TRANFORMA? Y esto nos lleva a continuar nuestra reflexión acerca del mal como aquello que no admite respuesta. Recuerdo las palabras de G. Steiner a propósito de un prisionero judío en un campo de concentración al que apunta la pistola de su carcelero. ¿Por qué?, pregunta el prisionero. Aquí no hay respuestas, es la lacónica respuesta del soldado nazi.
 
 
 
 
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