La prosa del mundo
Es la hora de la comida. Ando tramitando un curri verde tailandés mientras escucho a mi vecino del segundo, un hombre del cono sur sudamericano cuya única afición es despotricar a viva voz contra todo y contra todos. Así sé que es colonialista, imperialista, anticonstitucional, que odia a Nadal, a Alonso y -en general- a todos los españoles. Con veinte años más podría pasar por un militar exiliado de la dictadura de Videla. Pero pronto a esta voz se une la de mis otros vecinos, éstos orientales, con los que comparto el patio y el tendedero de la ropa. Mientras trituro el limoncillo y el jenjibre, atiendo a la conversación incomprensible de la muchacha china que, teléfono en mano, se pasea por el patio con un pijama (¿hay en chino alguna palabra equivalente a nuestra "intimidad"?). De repente, a través del cristal de la ventana abierta, descubro una nueva presencia, ésta silenciosa. Es el ecuatoriano que trabaja en la reforma de la escalera. Después de comer su bocadillo, descansa sentado en una pila de ladrillos y seguramente atiende como yo al contrapunto de las voces vecinales. Entonces decido añadir un nuevo instrumento al concierto, no mi voz, sino la música del "Prometeo" de Luigi Nono. En el fondo se trata de un experimento psicológico. Pretendo averiguar cuál de ellos (el argentino, el ecuatoriano, la china, yo mismo) es capaz de resistir hasta el final. La primera en colgar es la china. Los improperios del argentino continúan todavía unos minutos (mientras añado la salsa de curri a la carne de pollo), así averiguo que los europeos somos unos calzonazos y que los americanos son los únicos capaces de defender nuestro ideal modo de vida frente a la amenaza musulmana. Finalmente, se calla. Resta el muchacho ecuatoriano. A través del reflejo de la ventana observo su rostro ausente, extrañamente abstraído. No consigo averiguar si es la música o alguna visión interior lo que lo mantiene en ese estado. Suenan los compases consagrados a Hölderlin y el basmati parece estar a punto. Todavía dura unos minutos. Secretamente lo declaro vencedor. Interrumpo el Prometeo y lo sustituyo por algo levemente menos indigesto: las noticias de la radio. Justo en ese momento, cuando el locutor empieza a desgranar con su voz mercenaria la prosa del mundo, el muchacho se levanta como recién despertado de un sueño y sale del patio. Frente a la mesa, degustando al fin mi plato de curri verde, pienso que este mundo a veces resulta de lo más extraño.





