La palabra (y las cosas)
¿Se imaginan el mundo sin determinadas palabras? Hay palabras que están de paso. Otras llegan para quedarse. Unas pocas nacen para imperar. Y "consensuar", qué duda cabe es una de ellas. Vini, vidi, vincit, podría decir esta palabra si pudiese asomarse desde un elevado somo para contemplar las huestes derrotadas del diccionario. El mundo -este mundo- necesitaba de algo así para que por fin las palabras y las cosas volviesen a un acuerdo. A consensuarse, vamos. Yo consensúo, tú consensúas, él consensúa, nosotros consensuamos, vosotros consensuáis, ellos consensúan. Consensuar debería ser el primer verbo que aprendiesen en los colegios nuestros infantes. Con eso y poco más podrían disponer de su diploma de primaria y secundaria, y la sociedad podría respirar tranquila al saber que dispone de una generación educada en el más excelso ideal. Sobran Aristóteles, la lírica medieval y las integrales. Prueben a eliminar la redicha palabra del discurso de políticos, sociólogos y periodistas y verán que se quedan con bien poco. Por consensuar, pueden consensuarse moros y cristianos, derechas e izquierdas, ilustrados y alfabetos; y hasta la velocidad y el tocino. No se queden atrás, pues, discurran con los tiempos. Consensúense en cualquier circunstancia, en cualquier momento. A consensuarse, se ha dicho. Y si acaso no pueden, retírense, no molesten. Respeten el consenso.





