Mitológicas IV
Uno de los -esenciales- mitos de nuestra contemporaneidad: la continua transmutación del presente, su súbita caducidad. El presente, a poco que se prolongue, corre el riesgo de devenir de inmediato pasado y -como tal- reprobable. El presente -este presente- nace el pobre condenado a la obsolescencia, sin ni siquiera gozar de la consoladora posibilidad -como los presentes pasados- de lo memorable. La obsolescencia es pues una condena a olvido, es decir, a muerte. El presente busca entonces redimirse en el futuro, en una fuga hacia adelante. Por eso, en lugar de buscar la perduración (tendencia natural de aquellos instantes asociados a la satisfacción y la plenitud), muta continuamente. Ergo... hay algo en el presente que nos deja insatisfechos y por ello miramos con esperanza al futuro, confiados en su misión liberadora. Así el mito se nos aparece con sus múltiples nombres: innovación, renovación, remodelación, progreso... Nada parece estar bien como está, ni los seres humanos, ni las aceras de las calles. Y mucho menos el pasado, al que nos permitimos juzgar desde el alcor del presente-futuro, trono de incontestable majestad. El pasado es opresión, el pasado es maltrato, el pasado es injusticia, el pasado... ha pasado; y en la celebración de sus exequias nos deleitamos en una amnesia inquietante que algunos confunden con la ebriedad (Ernst Junger decía en sus "Radiaciones" que a cierta velocidad -y nuestros tiempos corren tanto que apenas somos capaces de darle alcance- cualquier objeto nos alcanza con el peligro de una bala). Lo joven, lo nuevo adquiere una inmediata aura de prestigio. Naturalmente a nadie se le escapa que este mito tiene que ver con la ideología capitalista. La "fast food", el "fast love", la "fast education" no son sino las comparsas de nuestro velocísimo héroe (el presente-futuro) que no tiene tiempo de echarse a descansar o de gozar plenamente al grito de "ojalá este instante fuese eterno". No hay nada tan conservador como el mito de la eternidad, nada más obsolescente. Algo inmutable, satisfecho en su plenitud, alejado del vértigo de las excavadoras y los anuncios. Algo que nunca veremos detrás del resplandeciente cristal de un escaparate.





