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Peripatetismos
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Radiaciones
Leyendo "Radiaciones", de Junger, uno toma conciencia de esos momentos de la historia en los que lo más terrible llega a convivir con el refinamiento de los sentidos y de la inteligencia. Muchas escenas de la guerra descritas por Junger (dejémonos llevar de una borgiana inversión del vector temporal) recuerdan ciertos elementos del imaginario cinematográfico. Junger sigue con su batallón el rastro de las tropas nazis que asolan la Francia ocupada. El autor describe minuciosamente la destrucción de los edificios, la hinchazón de los cadáveres de personas y animales, que llegan a hacerse indistinguibles, e inmediatamente nos vienen a la cabeza escenas de esa estremecedora película que es Apocalypse Now. Como en la película, Junger toma notas en un diario mientras degusta delicados vinos franceses confiscados a los vencidos y saborea un delioso lenguado Meunier cocinado por un prisionero (pongan música de Wagner y unas tablas de windsurf y las distancias con la película de Coppola de estrechan). Todo ello es un síntoma de la equidistancia moral que caracteriza los momentos de caos y barbarie (Junger lucha contra ello, pero quién sería capaz de superar una prueba como ésa). Toda civilización se sustenta en una clara distinción de categorías (bien/mal, correcto/incorrecto, bello/feo, etc). El poema de Parménides ontologiza dicha distinción al afirmar que "el ser es" y "el no ser no es". Y todo lo anterior permite reflexionar acerca de estos tiempos en los que la confusión de categorías es permanente, donde el no ser tiene a veces más contenido de realidad que el propio ser. En una de las anotaciones de su obra, Junger entra a un pueblo conquistado donde se celebra una especie de macabra mascarada. Soldados alemanes blanden calaveras recién extraídas de un museo antropológico y conducen sus motocicletas al tiempo que beben botellas de champagne mientras todo arde a su alrededor. Quizás haya una concentración de elementos que otorgan singularidad a esta escena. Quizás nuestro orden cotidiano se sustente de alguna manera en esta confusión dantesca. Quizás la única diferencia estribe en que el saqueo y la destrucción acontezcan a cientos, a miles de kilómetros de nuestros resguardados hogares. A veces, sin embargo, la historia, en una pirueta dramática (en el doble sentido), consigue que lo más delicado y lo más terrorífico compartan el mismo escenario. Al menos en estos casos, es cierto, la banalidad nos parece imperdonable.
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