Anacronismos
Sabemos que nuestro cuerpo arrastra consigo una serie de órganos y piezas perfectamente inútiles, auténticos anacronismos fisiológicos tales como el apéndice o las muelas del juicio. De lo que no somos tan conscientes es de otras componentes que quizás no desempeñen todas las funciones de las que son capaces o incluso permanezcan arrumbadas, esperando que llegue el momento de ponerse en marcha y contribuir al progreso de la especie (pienso sobre todo en algunas partes del cerebro). Se sabe que las plumas poseían en principio una función reguladora de temperatura, distinta a la posterior que permitiría a algunos saurios ejercitarse por primera vez en el vuelo. De alguna manera la forma parece llevar la delantera al fondo. Todo ser vivo, toda obra de arte está dotada de una sobreabundancia, de un exceso a la espera de adquirir una función, un sentido (como el pavo real ha acabado convirtiendo su cola en una herramienta indispensable de su cortejo. En esto revela la naturaleza su sabiduría, al promover esta pluralidad de formas, muchas de las cuales escapan a cualquier principio pragmático). Como digo, ocurre algo parecido en las obras de arte. Pienso, por ejemplo, en esos retratos de Klimt de personajes de la época llenos de doradas incrustaciones clásicas, auténtico anacronismo artístico. Lo más sorprendente, sin embargo, es aquello que atisbamos en sus cuadros y que los convierte en contemporáneos nuestros, quizás porque algo dentro de ellos crece y evoluciona con el paso del tiempo. Benjamin llamaba a este fenómeno überleben, sobrevivencia, una traslación de la noción vital a las obras de arte. Por ello una obra absolutamente contemporánea, que no incorpore formas cuyo sentido esté de alguna manera por venir, está condenada a la desaparición tras un breve plazo de tiempo. Quizás éste sea uno de los secretos de la perdurabilidad. Cambiando de dominio, otro tanto parece ocurrir en el tejido social, donde ciertos grupos o individuos ocupan lugares de algún modo marginales, de escasa o nula utilidad aparente. Muchas veces son esos individuos o grupos los que catalizan los cambios dentro de la sociedad, como el pulgar enfrentado de nuestra mano que de repente -descubrimos- nos permite fabricar utensilios.





