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Investigaciones coprológicas


No es para tanto, hombre... Sin querer equipararlo a la madalena de proust es cierto que esta imagen me retrotae a aquella interesante conversación donde la dejamos exactamente hace tres años. ¿Recuerdas, Horacio? (Horacio, por supuesto existe y reside habitualmente en Poesía y macarrones. Eso sí, no esperen encontrar nada parecido a la Epistola ad pisones, aunque recomiendo especialmente la versión picachu de la página) Encontramos aquella noche en un bar (dónde iba a ser...) correspondencias insólitas entre los actos de escritura y de excretura (digámoslo así). Al fin y al cabo la lectura precedió al habla (¿cómo iban a encontrar una manada de balbucientes trogloditas el rastro de una pieza de caza sino indagando en esos transparentes signos dejados aquí y allá por el animal que son los excrementos?), lo cual da de paso -y de rebote- un argumento de una solidez estimable a la teoría derridiana de la gramatología. Pues eso.

Y sin embargo...

Tampoco se trata de equiparar al escritor y a la bestia paleozoica (no sea que de repente nos veamos privados de un considerable número de amigos) . Digamos, para empezar a señalar diferencias, que mientras el rastro excrementicio dejado por el animal cae del lado del signo icónico (Peirce, dixit), el del escritor (al menos eso deberíamos esperar de él) debería estar del lado simbólico. Para decirlo en plata y sin zarandajas, los excrementos (animales o humanos, físicos o psicológicos) no son herramientas útiles para crear ficción. Para decirlo rápido: la mierda no engaña. El signo literario deja pistas también, pero pistas engañosas que no valen al lector para encontrar al escritor, sino acaso a una figura mitológica dispuesta ahí por su imaginación: un tiranosaurio con toquilla y castañuelas. Para decirlo más rápido todavía: el escritor siempre nos engaña. Hasta aquí la elemental diferencia y la túrpida analogía.
 
 
 
 
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Comentario:
Si no recuerdo mal nos estábamos riendo de los escritores (excretores) que van por ahí hablando de la llamada que los empuja a escribir, de la necesidad que satisfacen escribiendo. Y ahí empezamos a listar tochos de más de quinientas páginas: las necesidades de tal o cual escritor (excretor). Creo. La literatura es mentira pero seguimos creyendo en la limpieza de esa mentira (o al menos en su buen olor).
No