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Peripatetismos
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Chivo expiatorio und Verfremdung
Imagínense a un magnífico dramaturgo que vive alrededor del año cero de nuestra era. Imaginemos que, además de dramaturgo, también posee dotes de actor y que -además- se encuentra fascinado por el efecto de distanciamiento (Verfremdung diría, si supiese alemán). Este personaje descubre que el chivo expiatorio es el mecanismo por excelencia del control de la violencia social, el punto de inflexión que permite el tránsito del "todos contra todos" al "todos estamos de acuerdo en que este tipo representa el mal, así que lo mejor es que nos lo quitemos de enmedio cuanto antes". Nuestro personaje vive en Jerusalén, por entonces colonia romana. Los fariseos odian a los celotas, los judíos odian a los fariseos y a los celotas, los celotas odian a los fariseos y a los romanos; y los romanos odian a todo el mundo. El dramaturgo del que hablamos cree en el cambio social a través del arte y confía en la eficacia revolucionaria de los happenings. Y así intenta aplicar su método de distanciamiento en las calles. Ante una mujer a punto de ser lapidada por su mala reputación, se interpone entre ella y los lapidadores para decir: "el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra". Y la cosa funciona. Pero sólo momentáneamente, porque el odio se sigue propagando igual que la pólvora y amenaza con desencadenar una guerra civil o un enfrentamiento con los colonizadores romanos. Nuestro dramaturgo medita y llega a una decisión radical y definitiva. Sólo ofreciéndose a sí mismo como chivo expiatorio (un tipo a todas luces inocente) puede hacer que el pueblo tome conciencia del atavismo en el que delega su cohesión social. Y empieza de inmediato a poner en práctica su plan. Recluta a una docena de hombres de simpleza ejemplar a los que convence sin mucha dificultad de su condición divina. Usa sus dotes dramatúrgicas para realizar unos cuantos "milagros". Con ellos logra extender la fe entre algunos y sembrar la sospecha o el odio en otros. Cuando el pueblo judío ya se encuentra más o menos dividido en torno a la naturaleza divina de nuestro personaje, intervienen al fin los romanos. Es juzgado y condenado a morir crucificado. Ya ha conseguido lo que se proponía. "Yo soy el cordero de dios que quita el pecado del mundo" grita sin parar en su camino hacia el Gólgota, esperando que los que lo escuchan tomen conciencia de lo injusto de la condena. Nadie nunca, en ningún momento de la historia, ha esperado tanto de un procedimiento dramático (podemos considerar por este motivo a nuestro personaje como el mártir de todos los vanguardistas). Por el contrario, lo único que escucha son insultos. Su cuerpo es una miasma de escupitajos. Ya en la cruz, agonizante, consciente de su fracaso, y sin embargo fiel todavía a su gran papel, se le escucha decir: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
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