Mediaciones
No sé si sorprenderme del auge cada vez mayor que la palabra "mediación" tiene en nuestras sociedades. Mediación y consenso, qué duda cabe, son dos de las claves de bóveda de la retórica que concierne a los valores de nuestro tiempo. A la mediación escolar de conflictos se une ahora la mediación familiar. No es de extrañar. Primero fue el desprestigio de la autoridad del profesorado, consecuencia de la supuesta paridad profesor-alumno en el proceso educativo ("yo a ti no tengo por qué obedecerte", "pero quién te has creído", "los deberes los hace tu abuela", "tu obligación es aguantarme, que para eso te pagan", más o menos) y ahora le ha llegado el turno a la autoridad paterna -rémora vituperable del patriarcado- o materna, en su caso, lo cual hace necesario el concurso de esa figura que hasta ahora sólo era posible admirar en las películas norteamericanas y que es el "mediador familiar". Un señor/a preferentemente psicóloga/o (al igual que ocurre en el sistema educativo) que concluirá lo importante que es escuchar al niño o al adolescente y atender a sus justas y razonables pretensiones de afirmación personal. Lo que sí resulta curioso es comprobar cómo la falta de autoridad de profesores y padres ha hecho que los conflictos (¿sorprendentemente?) en lugar de reducirse, se multipliquen en una casuística demencial (alumnos que maltratan a profesores, niños que pegan a sus padres, etc). Lo que no se discute es que esto de la mediación sirve para dar trabajo a un montón de gente que de otra manera tendría que buscar en otra parte las habichuelas.
Con lo anterior lo único que se consigue es que los ámbitos educativo y familiar pasen de ser lugares de convivencia (vinculados por la heteronomía dada en forma de "auctoritas", por parte del profesor o del padre-madre) a reductos de sospecha, donde en cualquier momento se teme el abuso de autoridad y la opresión de cualquiera de las partes. El colegio o la familia dejan de ser burbujas autónomas (en el sentido solterdijkiano) para ser mediatizadas y monitorizadas por un sistema espurio que busca la uniformización y la adscripción acrítica al wishful thinking. Y si pensamos más allá, ¿no se está convirtiendo el Estado -al menos en este país- en una especie de mediador entre las diversas autonomías/nacionalidades? ¿No ha despachado su labor de tutela para adoptar el papel de padre tolerante ("unum inter pares") que pregunta a sus "pequeños" antes de tomar cualquier decisión? No hay que descartar futuros gobiernos integrados exclusivamente por psicólogos expertos en resolución de conflictos. Al tiempo.
Tres burbujas (familia, colegio, Estado) que explotan o explotarán -o quizás ya lo hayan hecho- delante de nuestras narices, dejándonos a solas con el vacío. Y todo sin que nadie parezca darse cuenta.
Hace un tiempo bastaba con odiar al padre, al profesor o al Estado, necesarios chivos expiatorios que a su vez acababan constituyéndonos como seres autónomos y a los que -aunque fuera tardíamente- podíamos dar muestras de reconocimiento. Ahora ya no es posible proyectar en nadie nuestro malestar, y por lo tanto éste acaba proyectándose hacia cualquiera. Algo que sin duda guarda relación con los modos contemporáneos de violencia.
Con lo anterior lo único que se consigue es que los ámbitos educativo y familiar pasen de ser lugares de convivencia (vinculados por la heteronomía dada en forma de "auctoritas", por parte del profesor o del padre-madre) a reductos de sospecha, donde en cualquier momento se teme el abuso de autoridad y la opresión de cualquiera de las partes. El colegio o la familia dejan de ser burbujas autónomas (en el sentido solterdijkiano) para ser mediatizadas y monitorizadas por un sistema espurio que busca la uniformización y la adscripción acrítica al wishful thinking. Y si pensamos más allá, ¿no se está convirtiendo el Estado -al menos en este país- en una especie de mediador entre las diversas autonomías/nacionalidades? ¿No ha despachado su labor de tutela para adoptar el papel de padre tolerante ("unum inter pares") que pregunta a sus "pequeños" antes de tomar cualquier decisión? No hay que descartar futuros gobiernos integrados exclusivamente por psicólogos expertos en resolución de conflictos. Al tiempo.
Tres burbujas (familia, colegio, Estado) que explotan o explotarán -o quizás ya lo hayan hecho- delante de nuestras narices, dejándonos a solas con el vacío. Y todo sin que nadie parezca darse cuenta.
Hace un tiempo bastaba con odiar al padre, al profesor o al Estado, necesarios chivos expiatorios que a su vez acababan constituyéndonos como seres autónomos y a los que -aunque fuera tardíamente- podíamos dar muestras de reconocimiento. Ahora ya no es posible proyectar en nadie nuestro malestar, y por lo tanto éste acaba proyectándose hacia cualquiera. Algo que sin duda guarda relación con los modos contemporáneos de violencia.





