Protocolo del protocolo
He aquí otra de esas palabras -junto a consenso y mediación- que han adquirido una plusvalía inusitada en nuestros tiempos, con las que uno se habría hecho rico caso de que las palabras cotizasen en bolsa. No hay documento oficial que no incluya la palabrita de marras. Protocolo para esto y protocolo para lo otro. El último invento radica en los protocolos para la resolución de conflictos. Se cuenta que cuando el cineasta holandés Teo Van Gogh iba a ser tiroteado por los fundamentalistas les propuso algo así como tomarse aquello (una película de nada) de otra manera. La cosa no funcionó. Quizás por ausencia de protocolo.
El protocolo supone algo así como una algoritmización de las relaciones sociales, algo saludable en algunos casos pero absurdo cuando se lleva al extremo. Idear un protocolo para resolver conflictos implica presuponer la incapacidad de uno o dos seres humanos para dirimir sus diferencias sin tener que recurrir a la abstracción del papeleo, a esa maquinaria que resta al ser humano su más preciado tesoro: su humanidad. La imaginación y la improvisación quedan descartados. Un limado más que nos acerca al perfecto acabado de una rueda dentada para que el sistema biopolíticotecnológico continúe funcionando.
Curiosamente el cumplimiento del protocolo parece anular el propio conflicto, civilizarlo, al ser encauzado por los estrictos vericuetos del propio protocolo. No nos engañemos. Se trata simplemente de la sustitución de una violencia por otra. Se prescinde de la resolución simbólica del conflicto (por cuestiones de autoridad, de rango, de edad, incluso caballerosidad) para penetrar en una maraña de intermediaciones que sólo logran amplificarlo, espectacularizarlo. La metafísica que subyace tras el protocolo es la de la comunicación. Una buena comunicación-mediación ayudará a resolver cualquier conflicto (recuerden ese tigre lamiendo al oso panda en los folletos de los testigos de Jehová). Prescripción de todo orden simbólico, en definitiva. Lo que un lacaniano llamaría forclusión. De ahí a la psicosis, hay sólo un paso.
El protocolo supone algo así como una algoritmización de las relaciones sociales, algo saludable en algunos casos pero absurdo cuando se lleva al extremo. Idear un protocolo para resolver conflictos implica presuponer la incapacidad de uno o dos seres humanos para dirimir sus diferencias sin tener que recurrir a la abstracción del papeleo, a esa maquinaria que resta al ser humano su más preciado tesoro: su humanidad. La imaginación y la improvisación quedan descartados. Un limado más que nos acerca al perfecto acabado de una rueda dentada para que el sistema biopolíticotecnológico continúe funcionando.
Curiosamente el cumplimiento del protocolo parece anular el propio conflicto, civilizarlo, al ser encauzado por los estrictos vericuetos del propio protocolo. No nos engañemos. Se trata simplemente de la sustitución de una violencia por otra. Se prescinde de la resolución simbólica del conflicto (por cuestiones de autoridad, de rango, de edad, incluso caballerosidad) para penetrar en una maraña de intermediaciones que sólo logran amplificarlo, espectacularizarlo. La metafísica que subyace tras el protocolo es la de la comunicación. Una buena comunicación-mediación ayudará a resolver cualquier conflicto (recuerden ese tigre lamiendo al oso panda en los folletos de los testigos de Jehová). Prescripción de todo orden simbólico, en definitiva. Lo que un lacaniano llamaría forclusión. De ahí a la psicosis, hay sólo un paso.
Comentario:
Tienes razón al hablar del protocolo como una especie de secularización del ritual. Como este último, busca neutralizar algo de lo que llamamos lo real. En el ritual se domestica "lo real" religioso. El protocolo sirve para domesticar otros apartados (desde la violencia, hasta el sinsentido de algunas acciones de la vida). Los dos (el ritual y el protocolo), sin embargo, acaban por aburrir y mostrarse vacíos de contenido. El ser humano olvida con el tiempo aquello "real" que estaba debajo y que queda oculto con el ritual. Lo real se convierte en trauma y acaba aflorando de la manera más insospechada (casi siempre violenta). Es cierto que la filosofía, la técnica y muchas veces el arte consisten en protocolos para enfrentarse a eso que llamamos lo real. Hasta llegar casi a un grado de asfixia protocolaria. Sólo pido un poco de contención.
Un saludo, Ana.
Un saludo, Ana.
Comentario:
mientras el ritual no se coma al hombre, es una buena forma de arraigarlo. Siempre pienso que es como las manías, pero en un supermarco, el de las sociedades. A mi hasta cierto punto, y como disfraz me hacen sentir cómoda.





