Gödel-Platón
Ocurre algo extraño cuando uno lee un diálogo platónico y -de repente- Sócrates nos suelta un mito para -mejor- explicar sus ideas a los contertulios de turno. Como si el método dialéctico no fuese suficiente para darse a entender (al igual que usamos un gesto o una expresión facial para acompañar lo que expresamos con nuestras palabras), se mostrase de alguna manera incompleto. Incompletud -como la que dictaba el matemático Kurt Gödel en su conocido teorema- llevada al terreno del conocimiento. Piensen en ello y verán con qué frecuencia ocurre lo que digo. Se atiende o se participa en una charla sobre estética y al rato uno desemboca -sin haberlo buscado- en la ética o en la epistemología. No existe compartimentación de saberes. Basta hablar un tiempo razonable sobre cualquier tema para acabar hablando de otra cosa distinta (o quizás no tanto). Los saberes guardan curiosas proximidades, extrañas conexiones metonímicas o metafóricas. Aristóteles simultanea en su poética el discurso artístico con el biológico (concepción de la obra de arte como un organismo vivo, tipos de metáforas -el género por la especie o la especie por el género-, etc). Más bien parece que conocer algo consiste en adoptar una cierta perspectiva, perspectiva que va cambiando conforme uno se adentra más y más en el tema (el paralaje de Zizek), como si el sujeto fuese un satélite orbitando alrededor del objeto del saber. Como todo este discurso, cuando yo en realidad quería hacer una mera reflexión sobre el mito en Platón.
Comentario:
Gracias, Sergi, por tu comentario o deriva laberíntica. Qué razón tienes con lo de llevar la conversación a su terreno, con lo incómodo que es que lo metan a uno en el redil y escuchar al docto pastor diciendo eso de la be con la e, bééé... Para acabar concluyendo -el pastor-: veis, si es lo que yo decía.
Bienvenido. Y un abrazo.
Bienvenido. Y un abrazo.
Comentario:
Si el saber fuera un edificio parcelado, serÃa un espacio más asequible a la medida, y asÃ, creyendo ver una lógica matemática, los necios lo toman por una suerte de juego de la oca en el que un peldaño lleva al otro (y por el afán o la incontinencia, a menudo, como en el tablero, se saltan las casillas y dan por transitadas las que se obviaron). Solapistas y bocazas. Letromentodos, a veces. O dicho de otro modo, abundan los sacerdotes del "saber" que se ordenaron con mucha beatitud y poca fe, y te sermonean sobre la castidad o el sexo sin observar la primera (tantas veces vendidas sus carnes en la lonja de la vanidad) ni inflamarse con la segunda. Y estos curillas se suben al púlpito y sancionan, excomulgan o bendicen, tan lejos del Dios de los campos abiertos y las gentes, tan pegados a la huera admiración de los feligreses.
Joder, disculpa mi aparente estado de conciencia alterado, no respondo.
El caso es que el saber mismo no es una parcela distinta a las otras vÃas que tiene el humano para aprehender la vida, su existencia, su alienación, su goce de ser, sus abismos, todo en sà mismo y su infinita pequeñez en el resto de las cosas. El saber es otro sentido, acaso, que desarrollamos con la misma naturalidad (o deberÃamos) con la que olemos las cosas o nos las llevamos a la boca, aun a gatas o en manteles de hilo.
Y los que confunden el saber con no sé qué Ãnfulas y doctorados, son poco más que cobayas ilustradas que transitan por las celdas de ese juego infame de laberintos y parcelas.
El conocimiento no tiene siempre que ver con la sabidurÃa, si se me permite la salida, tan sencilla pero cierta.
Las personas más pedantes que he conocido insistÃan siempre en llevar la conversación a su parcela, desde la que se sentÃan seguros para pontificar o epatar. Los seres más sabios que se cruzaron en mi camino, me mostraron al tiempo la deriva de los cuerpos celestes o el vuelo de una abeja sobre el maÃz.
O algo asÃ, querÃa decir.
Para tener una neurona, Hautor, le sacas un partido impresionante. Te leà en Diario de Lecturas y desde ya mismo le cuelgo un atajo en mis alas a tus circunvalaciones dialécticas (peripatetismos, al cabo).
Un abrazo.
Joder, disculpa mi aparente estado de conciencia alterado, no respondo.
El caso es que el saber mismo no es una parcela distinta a las otras vÃas que tiene el humano para aprehender la vida, su existencia, su alienación, su goce de ser, sus abismos, todo en sà mismo y su infinita pequeñez en el resto de las cosas. El saber es otro sentido, acaso, que desarrollamos con la misma naturalidad (o deberÃamos) con la que olemos las cosas o nos las llevamos a la boca, aun a gatas o en manteles de hilo.
Y los que confunden el saber con no sé qué Ãnfulas y doctorados, son poco más que cobayas ilustradas que transitan por las celdas de ese juego infame de laberintos y parcelas.
El conocimiento no tiene siempre que ver con la sabidurÃa, si se me permite la salida, tan sencilla pero cierta.
Las personas más pedantes que he conocido insistÃan siempre en llevar la conversación a su parcela, desde la que se sentÃan seguros para pontificar o epatar. Los seres más sabios que se cruzaron en mi camino, me mostraron al tiempo la deriva de los cuerpos celestes o el vuelo de una abeja sobre el maÃz.
O algo asÃ, querÃa decir.
Para tener una neurona, Hautor, le sacas un partido impresionante. Te leà en Diario de Lecturas y desde ya mismo le cuelgo un atajo en mis alas a tus circunvalaciones dialécticas (peripatetismos, al cabo).
Un abrazo.





