logotipo

img_google
Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
El mago
Hoy habla Vicente Verdú en el País sobre la banalidad que subyace tras la fama mediática otorgada por nuestros medios a ciertas personas. Paris Hilton, verbigracia. El vacío, convenientemente multiplicado a través del juego especular de los media, puede encumbrarse hasta devenir icono imprescindible en cualquier revistero, en cualquier conversación. Diagnóstico: la banalidad anida y agusana como nunca nuestro tiempo. Todos los tiempos, añadiría yo. La fe de muchos creyentes se funda a veces en alguna oscura reliquia escondida en un secreto relicario, ubicado en un recóndito lugar de un templo. Y mesnadas de estos creyentes se postran y rezan invocando el contenido de ese relicario que bien pudiera -en ocasiones así es- esconder el más terrible vacío. Otra vez el vacío, ya no como último constituyente de la frivolidad sino de aquello que más respeto ha suscitado entre los hombres: la religión. Y ahora hablamos de esa moda al parecer incombustible: los libros de misterio. Libros cuya trama se sostiene la mayor parte de las veces en la inanidad más absoluta. La intriga se mantiene a partir de una expectativa que el lector/espectador/creyente espera ver colmada. Desengáñense, detrás de toda esa construcción se alberga solamente el vacío, la nada, abstracciones para ese acontecer omnipresente que es la muerte. La ficción (la religión entre ellas, naturalmente) o las revistas del corazón mantienen al ser humano en la ilusión, sirven como estrategias para hurtarse al horror vacui que acosa nuestras vidas. La magia, aparentemente fomentadora de la ilusión, contribuye sin embargo a desmontarla. El que asiste a un espectáculo de magia sabe que tras el pase de manos se esconde el truco, que nada sale de la nada. La magia (entendida como espectáculo) pone el dedo en la llaga de la ilusión sostenida en el vacío. Sentados en la grada del circo -como si se tratase del diván de un psicoanalista- abreaccionamos ante el juego de manos del mago, tomamos consciencia del trauma que constituye nuestras vidas: el olvido de que las hacemos flotar sobre el más horroroso de los vacíos. Qué hermoso descubrir -o intuir- que la paloma se escondía bajo el frac o en el doble fondo de la chistera, que -en definitiva- nada sale de la nada; y aun así disfrutar con la maestría con la que se ejecuta el truco. Un goce duplicado, un trompe l'oeil que es lo que siempre debería ser el arte. Un auténtico espectáculo.
No