Geles vs Cremas
Sloterdijk habla en su monumental Esferas de la imposibilidad del héroe (o, más bien, en su disgusto) al degustar un untoso caramelo. La degustación de lo empalagoso (yo siempre detesté el merengue) nos saca de nosotros mismos y nos lleva a reconocer (movimiento psicológico casi siempre inconsciente) que somos arrancados de nuestro centro para ser conducidos a un medio muelle y disolvente. Y entonces recuerdo esos estudios de mercado relacionados con el género de los consumidores y que concluyen la preferencia de los hombres por los geles frente a las cremas. Yo no soy una excepción. Quizás lleve razón el filósofo alemán. La untuosidad de la crema, su capacidad de obstruir nuestros poros, nos convierte en seres fácilmente penetrables. ¿Dónde queda entonces nuestra indepencia y autonomía frente al ambiente? Aunque, en el fondo, siempre penda sobre nosotros la convicción de que somos no sólo penetrables, sino juguetes en manos de una alteridad que nos conforma (llamémosle Su Hautoría). Sólo nos queda saludar esta filosofía capaz de explicar lo anecdótico de la existencia.





