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(Micro)biología y terrorismo

Recuerdo que apenas unas horas después del atentado del 11-S había surgido en mí la idea de que el terrorismo de Al-Qaeda (como todas aquellas cosas que surgen de improviso y para las cuales carecemos de categorías) sólo podía ser entendido a través de la alegoría. En este caso la metáfora más aproximada acudió en forma de analogía biológica. El terrorismo es al orden mundial (civilización occidental) lo que el virus al ser vivo. Meses más tarde leí en el suplemento cultural del País un artículo donde un sociólogo usaba una imagen semejante a la mía (al fin y al cabo las ideas no poseen derechos de autor. Derrida ha reflexionado con acierto sobre el tema al considerar cómo el copyright puede afectar a la dispositio y la elocutio, pero nunca a la inventio) lo cual me confirmaba en mi impresión inicial. Resulta una santa ingenuidad pensar que el "orden mundial", sea del signo que sea, puede instituirse sin resistencia de las potencias del caos. Y no estoy hablando de los movimientos antiglobalización cuyo lema más difundido es el de "otro mundo es posible", es decir, otro orden, aunque distinto del imperante. El virus atenta directamente contra la organización (lo orgánico), supone un mentis inapelable del principio de identidad de la célula, la unidad más pequeña capaz de desenmascarar la ficción del principium individuationis. La identidad, aunque sea la de la más pequeña célula, se encuentra siempre al borde del caos, de la muerte. El virus existe para recordárnoslo. El terrorismo, como el virus, desborda por su capacidad de mutación, por su resistencia a las etiquetas (¿qué nombramos, en el fondo, bajo el nombre de Al-Qaeda?). Las consecuencias estéticas no son despreciables. Vuelve con toda su fuerza la noción kantiana de lo sublime, lo unheimlich, aquello que desborda cualquier categoría y que, como un Jano, muestra en uno de sus rostros la faz de lo terrible. Frente a él el otro rostro, una masa de arcilla maleable cuya modelado se impone como tarea ineludible del artista. El conjunto revela el totem de lo trágico, aquello que -como el ser heideggeriano- habíamos olvidado envueltos en la felicidad temática de la postmodernidad. El diagnóstico de Félix Duque (uno de nuestros pocos pensadores con mayúsculas) me parece certero: la postmodernidad ha finiquitado. Otra vez, de nuevo, incipit tragoedia!
 
 
 
 
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