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Peripatetismos
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Páginas arrancadas al diario de H... (Parte II)
19 de Octubre, jueves


A las 8: 32 p.m. de ayer el asteroide XS1016 pasó apenas a dos mil kilómetros del planeta Tierra. Por razones todavía desconocidas, un fragmento vino a desprenderse de su superficie, ingresando en la atmósfera terrestre, desintegrándose a su vez en pequeños corpúsculos cuyo efecto fue una espectacular lluvia de estrellas fugaces, tantas que los deseos salían a trompicones de la imaginación de todo aquel que hubiese tenido un momento para mirar al cielo. Uno de aquellos corpúsculos lograría atravesar indemne las sucesivas capas de la atmósfera para impactar precisamente con el techo del automóvil robado que en aquel momento conducía Celso. Celso, según el testimonio de los testigos, perdió la dirección de su coche y fue a empotrarse en el escaparate de una tienda de lencería. Su cuerpo sin vida fue hallado, tumbado sobre un maniquí que lucía un vaporoso deshabillé. A su alrededor, desperdigados, docenas de libros salidos del maletero abierto: El secreto de los nombres de Dios, Clara al fin desflorada, Melmoth el errabundo... Oliverio, extrañamente serio durante su relato,
afirma que ellos no han tenido nada que ver en el asunto. Les creo. Antes de que llegase la policía uno de sus hombres, encargado en aquel momento de su vigilancia, tuvo tiempo de hurgar en sus
bolsillos sin levantar sospechas. En uno de sus papeles, debajo de una lista de la compra, se podía leer lo siguiente:


Principio de Identidad y Principio de no Contradicción, ese software elemental ha provocado que la maquinaria del pensamiento ofrezca una y otra vez sobre la límpida pantalla de su consciencia el perenne resultado de la tautología y sus nominadas metáforas. A ese
modelo binario fabricado por la mente humana hemos acabado por llamarlo Mundo sin reparar en que aquella era tan sólo una de las múltiples posibilidades constituyentes del pensamiento, una condición inicial que, puesta en marcha por la historia, ha mostrado
converger hacia una especie de punto fijo. Este atractor extraño no es otra cosa que el Apocalipsis, la consunción de los tiempos.



Celso era un idiota que sabía demasiado, ha dicho Oliverio. Y luego: era lo mejor que podía haberle pasado.

20 de Octubre, 3 de la madrugada



He tenido un sueño o más bien una pesadilla. En él aparecía un hombre (¿Celso?) vestido como un hombre de blanco. Me espiaba al borde de la cama con ojos inquisitivos, crueles. Yo permanecía tumbado sin poder moverme. Entonces comenzaba a hacerme todo tipo de preguntas extrañas. Preguntaba por mamá, papá , por las fiestas de cumpleaños. No podía hablar, petrificado por el miedo.
Intentaba mover el brazo, pero una fuerza misteriosa lo mantenía aprisionado. Entonces me inyectaba algo. Giraba la cabeza y veía tan sólo el émbolo de la jeringuilla. Antes de despertar tuve tiempo de lanzar un vistazo al envoltorio de aquel fármaco. Su nombre era...
!Tetracrucigrammon 666 mg!

Intentaré reconciliar otra vez el sueño. Las paredes de la habitación parecen más blancas de lo habitual, desprenden un extraño halo fosforescente. Estoy asustado. Mucho.


21 de Octubre, sábado



Hoy he trabado relación con un curioso compañero. Hasta ahora nos habíamos mantenido alejados, intercambiando de vez en cuando miradas de mutua curiosidad. De repente se ha acercado con su
rostro poblado de arrugas a pesar de su juventud y me ha invitado a acompañarlo al laboratorio. Una vez solos se ha presentado como Dionisio, a secas. Ha golpeado la pata de una mesa sobre la que descansaba un juego de probetas. El líquido verdoso en su interior osciló, a punto de derramarse. Después se ha acercado a una mesa y, abriendo un cajón, ha sacado un pequeño objeto que ha depositado sobre la superficie. Una canica. Te he estado observando, me ha dicho con un mohín de sarcasmo. Aquí estaremos seguros. Ha tomado la canica entre sus manos y la ha
introducido en una de las probetas. Mira... Durante un buen rato no pasó nada pero, poco a poco, la canica fue adquiriendo un brillo fosforescente, cada vez más intenso, hasta iluminar con su resplandor cegador todo el laboratorio. Cuando se extinguió la luz Dionisio ya no estaba. La canica había desaparecido o bien se había disuelto en el líquido como un terrón de azúcar. Me ha parecido que algo se movía debajo de una de las mesas. Me he acercado con
cautela. Era una rata. Al regresar a mi puesto he podido comprobar que alguien había estado hurgando entre mis papeles. Todo aquí es muy extraño.



22 de Octubre, domingo

Algo serio se cuece en el laboratorio. El papel que me desapareció (que me fue hurtado) era en el que trataba de demostrar la imposibilidad de síntesis de... (omito los detalles, no puedo
permitirme ningún error).

Me vigilan.


22 de Octubre, domingo


Una revelación me ha asaltado con el vigor de una certeza irrefutable, gracias a la lectura de ese autor que tanto representa para mí en estos momentos. El equilibrio es imposible. Todas las leyes de conservación no pasan de ser meras declaraciones de intenciones. Un sencillo ejemplo: dar y recibir. La continuidad del hurto a lo largo de la historia no hace más que poner en evidencia que de alguna manera la capacidad del hombre para dar no ha llegado jamás
al nivel de la demanda. Generosidad y afán de posesión, dos fuerzas que jamás llegarán a concederse la tregua de un equilibrio. Así la historia sigue guardando su reserva de carbón con la que nutrir sus hogueras.



23 de Octubre, lunes



Este es mi mundo. Sólo aquí es posible el milagro. Todo aquí es ofrenda. No imagino una vida más poética que ésta. Oliverio sigue obsesionado con Celso. Me ha dado a leer un fragmento desechado, recogido hace tiempo del cubo de la basura. En él parece narrarse algo así como un sueño. A continuación lo reproduzco.


Un par de chicas cruzan un semáforo. Una de ellas habla continuamente. La otra escucha con atención. Unos pasos más atrás la figura de un hombre parece seguir el rastro de las muchachas. Desconfianza. Inquietud. Cambio de escena. Una de ellas, la más habladora, ha recibido un curioso mensaje escrito en una indescifrable lengua semítica. La otra chica se muestra tan intrigada como la primera. La segunda chica, ahora me doy cuenta, es poseedora de una belleza digna de reseña. La locutora charla sin parar sobre cualquier tema que no logro identificar. Nuevo cambio de escena. Ambas chicas trabajan juntas en lo que parece una
oficina, algo así como la redacción de un periódico. Ruido de teletipos, música de fondo, etcétera... El tipo siniestro sube por las escaleras. Abre la puerta. Lleva un revólver en la mano. La gente huye despavorida. Dispara contra un reloj de cuco, contra un teléfono móvil
que en ese momento sonaba sobre la mesa, contra una silla giratoria que, tras la huída del ocupante, permanecía dando chirriantes vueltas. Al final quedan tan sólo el par de chicas del principio.
Una de ellas grita histérica, la otra continúa su trabajo indiferente. Un disparo y la gritona cae inerme al suelo. No, no somos ni Romeo ni Julieta... Solamente el sonido de una radio sobre la mesa de la chica más bella parece estorbar el sepulcral silencio. Furioso, el
criminal jadea intentando ahuyentar a las ondas con la fuerza de su aliento; se abalanza al fin sobre ella pero, curiosamente no es contra la chica, que ahora levanta el rostro de la máquina de escribir y lo
mira con curiosa expectación, sino contra el aparato de radio que el asesino se dirige. Agarrándolo, lo desconecta de un tirón y lo arroja por encima de su cabeza, por la ventana abierta. Ella lo mira con ojos impertérritos. Él la desea. Un silencio absoluto preside la escena. El silencio es el último protagonista. Él ha conquistado su rostro sereno y ella lo acoge como al príncipe sudoroso que recién hubiera decapitado al maléfico dragón mientras mordisquea coqueta la capucha del bolígrafo.

El resto es silencio.



Parecemos cómodamente instalados en el revés del mundo pero el mundo es algo tan frágil, al fin y al cabo. Desde aquí resplandece con la absurda belleza de un enorme castillo de naipes. Un soplido, un golpe descuidado a la pata de la mesa y todo se vendría abajo con el estrépito de las murallas de Jericó.


25 de octubre, miércoles




Mi cerebro, ese órgano invisible que me apunta desde su concha gris como si de una triste representación de opereta se tratase. Ahora te comprendo. Tú eres esa perfecta, esa acabada pajarita de infinitos pliegues que revoloteas en la jaula de mi cráneo y que, glotona,
picoteas uno tras otro mis magros pensamientos. Cómo me gustaría tomarte entre mis manos para liberarte y que tus alas batiesen al fin la amplitud del ancho mundo. Pero estamos condenados el uno al otro, yo pendiente de tu canto y tu buena presencia y tú, tú, mi pobre palomita, sometida a la pobre dieta de mis ideas. Ahí va una: El mundo es la reproducción a gran escala del laberinto. El hombre se ha convertido en su guardián, el auténtico monstruo. Pero esa
idea, ¿es realmente mía? ¿Hasta qué punto una idea nos pertenece? (Pensar en ello).



28 de octubre, sábado


Mañana tengo una cita con Dionisio. Me ha prometido sorpresas. ¿Fue él el que robó los papeles de mi investigación? Habrá que esperar...


29 de octubre, domingo



Dionisio me ha conducido a la sede central, hoy vacía. El tiempo ha llegado. Todo está listo. Muy pronto sabrás cuál es tu misión. Tienes que estar preparado. Éstas fueron sus palabras. Mientras tanto, Dionisio anotaba cifras en una libreta. Ante mi mirada inquisitiva ha respondido: fórmulas!, fórmulas!, fórmulas...! al tiempo que alzaba a la altura de su cabeza el envase oxidado de una lata de conserva. Después, sacando una píldora del bolsillo
de su chaqueta, la ha introducido en su boca y le ha pegado un trago al cartón de vino. Durante un buen rato ha permanecido en silencio, mirando en lontananza, dando pequeños sorbos a intervalos regulares de tiempo. La vida es epifenómeno..., ha dicho de repente. Y después ha añadido: Lo que habitualmente llamamos vida, Hermógenes, no es más que la resultante de las reacciones químicas en cadena de nuestro metabolismo. Sin embargo... Yo escuchaba atento a lo que suponía una revelación decisiva pues así lo manifestaba tanto su impasible gesto como la profética gravedad de su voz. Sin embargo esas reacciones que conceden la vida son las mismas que acaban oxidando nuestras células. Lo que nos mantiene vivos es también lo que nos condena... Parecía fatigado. Se acercó de nuevo a la libreta y, tras hacer una
serie de cálculos, se echó otra píldora a la boca. Salvo que lográsemos un perfecto equilibrio. Imagina un desplazamiento físico y espiritual sin rozamiento, sin que ningún cuerpo extraño interfiriese nuestro camino, los engranajes de nuestra alma. En ese caso... Apenas lograba entender lo que Dionisio quería decirme. Le he preguntado entonces por las píldoras. Muy sencillo, Hermógenes. Consiste en conseguir en el menor tiempo posible reponer la energía consumida en una actividad, aportando un exceso energético mínimo
que permita la actividad siguiente. Eso exige un cálculo continuo del consumo calórico. Una palabra, una caloría. Un paso, dos calorías. Un pensamiento superficial, tres calorías. La metafísica, Hermógenes, es prohibitiva. El acto sexual, ni hablemos... El objetivo es lograr lo que yo llamo una geodésica existencial. Cada sentimiento, cada afección, cada actitud moral ha de ser cuidadosamente cuantificada en términos calóricos. Todo lo que exceda ciertos límites desestabilizará el sistema que se alejará irremediablemente de la conveniente geodésica. Epicureísmo científico, así lo llamo
. Se detuvo. Su rostro era el moribundo
retrato de la fatiga. Tuvo que apoyarse en la vieja carcasa de un frigorífico. A duras penas consiguió llevar una nueva píldora a su boca. Esto es un claro ejemplo. A veces un exceso en una
de las variables puede resultar fatal,
dijo cuando se hubo recuperado un tanto de su desfallecimiento. Yo, entonces, sin saber porqué, le di una patada al casco de una botella de cerveza que acabó por romperse en mil pedazos. Eso es, Hermógenes. Hombres como tú son los que necesitamos para nuestra
causa, que crean en la acción
. Y endosándome una palmada en la espalda me ha ofrecido su cartón de vino. Entonces, al fin, después de pegarle un buen trago, me he atrevido a preguntar aquello que desde hace tanto tiempo deseaba saber. ¿Celso?, ha dicho con sorpresa, ¿quién es ese tipo?, ¿por qué tendría que conocerlo? Yo, para no estropear más las cosas, he
simulado un ataque epiléptico.



34 de octubre, viernes



Luego Oliverio y Florián desconocen por tanto lo que se cuece en la mente de Dionisio. Las conspiraciones se multiplican. ¿De cuál formaré yo parte?

 
 
 
 
 
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Comentario:
A mi es que me gusta leer tumbada o en el parque. Veremos si la tecnología se adpata a mis necesidades.
 
Comentario:
A mí antes me pasaba lo mismo, pero ya soy capaz de leerme guerra y paz en word, PDF o lo que haga falta. Uno se acostumbra, de verdad.
 
Comentario:
Es que leer en la pantalla es un espanto. Por eso, cuando hablan de la desaparición del libro, el tradicional, me congratulo de mi ya avanzada edad para no sufrirlo.
 
Comentario:
Me gusta mucho el principio, pero no he sido capaz de leer el relato aqui en la pantalla, a ver si lo imprimo cuando termine mi periplo de regreso a la Luna.
No