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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Siempre he sentido predilección por esa estatua helenística de la que después se han desprendido (como pétalos de una rosa imaginaria que deja al descubierto el vacío utópico de la idea) numerosas copias repartidas por los museos de Europa. Se trata del conocido "Spinario", un adolescente sentado sobre un tocón intentando sacarse una espina del pie. Quizás sea el contraste entre la intrascendencia del gesto irrumpiendo en la solidez del mármol o el bronce. Imagino la piedra caliza forjándose durante milenios en las entrañas de la tierra para ser redimida en un forma cuya graciosa levedad jamás deja de sorprenderme. Pronto olvidamos la gravedad de los apolos o la torpe brutalidad de los hércules. Y de repente me encuentro, examinando unas fotografías del templo del sol de Konarak, esta otra imagen, similar de alguna manera a la que vengo comentando. Una ninfa se ata la sandalia en un gesto de reconcentrada serenidad que contrasta con las imágenes de exacerbado erotismo que pueblan los relieves contiguos. Recuerdo aquella frase de Benjamin donde afirmaba que con el movimiento juguetón del rabo esgrimía el perro callejero su derecho a la felicidad. Detalles, detalles, detalles... Uno puede olvidar un rostro hermoso. Sin embargo es difícil no recordar la manera en que una determinada muchacha se tumbó aquel día sobre la arena de la playa. El contraste entre la ninfa y los contorsionismos sexuales quizás no sea tal. El travieso Eros nos hunde sus flechas justo en esos momentos fugaces donde el objeto de contemplación parece ausentarse, plegarse en sí mismo. No en el acoplamiento de los cuerpos sino en la observación del detalle es donde mora el dios.
 
 
 
 
 
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Modérese, señor pistacho. Aunque bien mirado -nunca mejor dicho-, el acto de escritura es un acto de reconcentración y -cierto tipo de- ensimismamiento por parte del escritor. ¿Estaremos descubriendo de repente el erotismo del lector-voyeur que asiste -en diferido- al gesto desprevenido e inocente del autor? Ah, concupiscent lecteur, mon semblable, mon amour...
 
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Si, el Spinario a mí también me atraía siempre mucho.

Auque también me gusta El Laocoonte... ¡y mi abuela había vendido en un mercadillo su copia en ébano en una mudanza!
 
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Pues no sé, hautor... me estoy poniendo cachondo con este artículo...
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