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Peripatetismos
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Samba y chamanismo

Anoche estuve hasta altas horas de la noche (llegamos a aproximarnos homéricamente a la mañana) en el teatro romano de Vienne, maravilloso pueblo en las cercanías de Lyon (recomiendo sus puestas de sol, el brillo mortecino de sus rayos sobre el espejo de las aguas del Rhône). No toda la música brasileña es buena (algo que ya sabía). No todos los brasileños hacen bosanova y jazz (algo que ya intuía). Tom Zé y Fernanda Abreu fueron pruebas definitivas. Y llegó el turno de esa fuerza de la naturaleza llamada Carlinhos Brown. Reconozco que tenía mis dudas, mis prejuicios incluso respecto al personaje. Bien, quedaron destrozados en cinco minutos. Uno asiste al despliegue musical de Carlinhos como a un ritual donde lo importante es dejarse atravesar por el ritmo. Híbrido entre Jerónimo y Bat-man, fue despojándose poco a poco de sus complementos (hasta el final mantuvo su penacho de plumas) para deleitarnos con su electrizante y mágico concepto de la música. Se tiene la impresión viendo a Carlinhos de que uno se halla ante un fenómeno de la naturaleza, una especie de Obélix que cayó en la marmita del ritmo y que nunca podrá despegarse de él. Su cuerpo no conoce el reposo, se mueve por el escenario con el vértigo de una peonza, golpea el timbal mientras lo desplaza como un carrito de la compra... Su naturaleza no es corpuscular, sino ondulatoria. Yo no he venido aquí a actuar, he venido a ayudarles a ser felices. Con tan evangélica expresión a medio camino entre el francés y el portugués de Bahía, Carlinhos propició la entrega inmediata de diez mil personas que a partir de entonces vibraron y bailaron contagiados por el magnetismo del brasileiro. Y es que Carlinhos parece capaz de mover montañas con su mezcla de ritmos esenciales y sus spots de telepredicador de una religión nueva y al tiempo muy antigua: la de la paz y el amor entre los hombres. Carlinhos quiere salvar al mundo con la música. En Vienne lo consiguió durante el par de horas que duró su actuación. Miles de personas se agitaron y conmovieron al compás que marcaba el imán Carlinhos.
 
 
 
 
 
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