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El baúl de Harar
Para los entusiastas de Rimbaud (supongo que el 90% al menos de los que se asoman a este blog) aquí les dejo un regalo. Un poema inédito encontrado en el conocido como "Baúl de Harar" traído a su regreso de Abisinia. Se trata probablemente de un ejercicio escolar promovido como tantos otros por el profesor Izambard. Lo que no está claro es porqué decidió el poeta transportarlo entre sus enseres y conservarlo tanto tiempo después del abandono definitivo de la poesía. La traducción es mía. Podéis encontrar el original en la revista francesa exit-poesie.

¡Camaradas, alegraos...! pues las bayaderas del invierno descubren su último velo. Quizás sepáis ya que la primavera es prodigiosa en recuerdos cuando comienza a ser parca en recaudos. ¡No importa! Las flores son nuevas... y un sol nuevo mancha el cielo cada día.


Enumerar la lista de placeres que colmaron mi vida es cosa fácil para quien nutre su memoria de tiernas baladas. ¿Mis pecados?, insuficientes para dar placer a esos clérigos sahumados que se relamen tras estolas asperjadas de buen vino, rubicundos como bacantes, mientras acechan la ruborosa confesión de las casaderas;
(¡Oh!, ¿hasta cuando estos inútiles empachos de virginidad?)


Pero vosotros, camaradas, ¿a qué esperáis para deshacer vuestras torpes lazadas? ¡Vivan los rigodones que levantan las sayas y agitan bajo el corpiño los almibarados pechos de las damiselas!; y, ¿por qué no?, ¡vivan las avemarías y los paternóster...! junto a beatucas de enaguas almidonadas y carne prieta. ¿Cómo olvidar la recompensa, tras las disputadas rimas a Orfeo, de unas caricias de mujer, más dulces que ámbar y aguamiel, indiscretas como hocico de garduña?


¿Villano?, ¿bufón?, ¿rufián?, ¿ladrón?... ¡Malsines, aguadores de vino! ¿Y qué si picoteé algún cofín ajeno o escabullí una docena de maravedíes...? ¿Qué tienen en contra de un gorrión hambriento? No sólo de bohemia vive el poeta. Robar no consistía sino en un acto de caridad, un bálsamo para carnes magras y huesos sin médula. Como veis, nada que el buen dios no permitiera a cualquiera de sus criaturas.


Yo, que compartí oficio con la alondra y el ruiseñor, que hice de mi poesía lluvia y sol de primavera, soy recompensado con las albricias de la prisión. Pero no lloréis ni derrochéis la valiosa melancolía... y, ¡respondedme ahora, camaradas!: ¿acaso es cierto que las rosas son más rojas y las mujeres aún más bellas?
 
 
 
 
 
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