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Peripatetismos
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Grietas


Todo está condenado a la ruina, a un poblamiento continuo e inevitable de grietas (pieles, muros, terrenos...) El tiempo se encarga de devolver las cosas a su sitio, es decir, al origen. Platón recoge en su filosofía la idea de chorismos (literalmente, abismo) como la grieta que separa el mundo hiperouránico de las ideas de los entes reales. Al principio fue la grieta, valga decir el grito. Miguel Ángel pinta a Dios y a su criatura en la Sixtina separados por apenas unos centímetros. Siempre me he preguntado si el gesto era de acercamiento o alejamiento, si dios se dispone a otorgarle el hálito a un puñado de arcilla o recién acaba de hacerlo. La mirada ensimismada de Adán casi me haría optar por lo primero. Después me di cuenta de que las cosas pueden verse desde otro punto de vista. Quizás sea Adán el que acaba de dar vida a su dios, de crearlo a su imagen y semejanza. De cualquier manera estoy convencido de que resulta absurdo preguntarse si el gesto es de aproximación o de alejamiento. Una traición de las categorías lógicas tradicionales, del juego macanicista del causa-efecto. Miguel Ángel deja a propósito entre ellos el vacío, el chorismos que permite la diferencia entre lo humano y lo divino y que engendra a un tiempo a ambos, al dios y a la criatura. Al principio no fue la palabra, ni siquiera el acto (como procalamaba la filosofía de Fausto). Al principio fue el vacío, el abismo, primer axioma de toda conciencia trágica de la existencia. Somos engendrados en una grieta, acabará nuestro cuerpo rellenando una grieta en la tierra. El hombre lo sabe y esgrime como defensa el tic del horror vacui. Decía que el tiempo busca entonces recuperar lo suyo, lo que le pertenece desde el principio. Resultan inútiles las tiritas, los liftings y las teorías de la gran unificación. El tiempo lleva una eternidad cumpliendo meticulosamente su trabajo. El instante se desliza inevitablemente sobre el filo de un cuchillo. Se me ocurre a propósito no una analogía sino lo que yo llamaría una resonancia. Durero pintó a su Adán y Eva a ambos lados del díptico, separados por una rama del árbol de la sabiduría. La expulsión del Paraíso quizás sea un símbolo adecuado para el dolor de esa inevitable separación.

 
 
 
 
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