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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Otro fragmento de mi "Museo"
El último artículo que escribí para Zienzia trataba sobre el tiempo. Un mero apunte tomado de mis numerosas notas sobre el asunto. No existe para el ser humano otro problema que el del tiempo. Recuerdo en mi infancia y adolescencia haber pasado noches en blanco meditando sobre el problema. Imaginándolo primero -al tiempo- como una espiral atravesando cada objeto, uniéndose después a otras espirales hasta componer una nueva espiral, esta vez mayor. Y así sucesivamente. Más tarde desistí de imaginarlo como una forma. El tiempo era un secreto escrito en un libro. En mis sueños alcanzaba a tenerlo en mis manos. Abría el libro y desgranaba minuciosamente sus páginas. Despertaba siempre antes de alcanzar el final. Pero ya empecé a vislumbrar que las palabras tenían algo que ver con la solución del enigma. Naturalmente todavía no he dado con la clave definitiva, a pesar de haber leído todo lo que al respecto han escrito los científicos y los filósofos. Propuse a Acisclo una teoría psicológica del tiempo que entroncase con los diferentes modelos de universo: plano, esférico e hiperbólico. El tiempo plano es el de la rutina, el tiempo del trabajo y los calendarios, un tiempo donde las horas y los días se apilan en fardos inagotables, semejantes los unos a los otros. Un universo plano es un universo aburrido. El tiempo esférico es un tiempo poético donde todos los seres acaban por encontrarse, es el tiempo de las casualidades, de los imprevistos, un tiempo que nos reconforta por la ilusión de que todo está en todo. Un universo esférico es un universo optimista. El tiempo hiperbólico es aquel sin embargo en el que las distancias resultan insuperables, nos acercamos más y más a una meta que resultará para siempre inasequible. Es el tiempo del pasado, de las esperanzas frustradas, de los deseos insatisfechos. Un universo hiperbólico es un universo melancólico. Sentado horas y horas sobre la silla veo cómo poco a poco las líneas que dibujan el salón empiezan a curvarse, las paredes se abalanzan sobre mí, los objetos se distorsionan, el perenne vaso de agua se estrecha hasta parecer un embudo, una trompeta transparente. Hasta Carolina parece experimentar la misma metamorfosis. La llamo en voz queda. Se acerca. Pone su mano sobre la mía. Y sin embargo, bajo nuestra piel, la suya y la mía, hay una sustancia que navega en el espacio, la una junto a la otra, en paralelo, sin ninguna posibilidad de encontrarse.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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