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Peripatetismos
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Las Euménides
Reflexión al hilo de "Avions nous oublié le mal?", libro de J. P. Dupuy y que debería ser obligatorio en las escuelas y en el congreso de los diputados. A propósito de la caída -demolición, digamos- de las Twin Towers, Dupuy pone de manifiesto el sentimiento de venganza que acaba justificando el acto criminal de los suicidas. Los américanos lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki y Bin Laden, cual Orestes conducido por las Erinias, se apresta a la venganza. Principio de conservación de la violencia entre los verdugos y las víctimas. Revelador darse cuenta de que la verdadera catástrofe tras el 11-S fue constatar que el papel de las víctimas de la historia ha dejado de estar claro (el pueblo judío es otro interesante ejemplo de lo que digo). Erosión en los cimientos de la comunidad biempensante, dispuestos siempre a comprender a los desfavorecidos de la sociedad o la historia (actitud loable donde las haya. Lo que quiero decir es que un ultrajado al que se le da de comer no deja de ser un ultrajado sino que se convierte sencillamente en un ultrajado bien alimentado, sin que por ello se vea mermado necesariamente su ánimo de revancha). Basta darse una vuelta por las aulas para caer en la cuenta de que el mal existe y el que siga pensando que el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad es quien lo corrompe siempre tiene la posibilidad de darse una vuelta por mi desdobe de 2º A-B ESO para caerse del guindo. Pensar entonces qué sucede cuando las víctimas se equiparan o incluso superan en violencia a sus verdugos, menudo dilema que nos toca a nosotros, occidentales "triunfantes", resolver o digerir. Lo primero que habría hacer es meditar en esa bonita frase de que las "víctimas siempre llevan la razón". Quizás la única salida a este cul de sac venga de la mano de algunas víctimas (muy pocas) dispuestas verdaderamente a olvidar, como aquel guardia civil al cual una bomba terrorista destrozó (literalmente) un hijo y que a pesar del dolor reconocía que convertirse en victimario, en ejecutor de sus verdugos, no le era posible, que aquello no podía ser. No poner la otra mejilla sino darse la vuelta y encontrar en ello una curiosa manera de dignidad, la de renunciar a atizar el rescoldo de una de las hogueras que incendian de tanto en tanto la historia.
 
 
 
 
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