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Peripatetismos
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Las Euménides II
"Sólo deseo la muerte al que ha hecho esto con mi marido, y espero que se muera", palabras literales de una víctima del terrorismo vasco, aunque podría ser pronunciado por cualquier mujer en cualquier lugar del mundo a la que le han matado un marido. La frase ejemplifica como ninguna otra un principio estructural de equivalencia (Levi-Strauss estableció un principio semejante en el caso del don, del regalo), algo así como una ley de conservación de la violencia según la cual la aspiración de toda víctima es convertirse en verdugo de su victimario. Estoy convencido de que esa ley se da en términos generacionales e históricos. Los mártires cristianos extraídos de la plebe, auténticos parias de la ciudadanía, acabarían imponiendo su religión al imperio. Hasta el propio sistema democrático parece basarse en una alternancia de partidos políticos que se erigen en epítome de víctimas (perdedores) y verdugos (ganadores) electorales, confiados los primeros en tomarse la revancha a las primeras de cambio. Cada triunfo parcial, cada afrenta, cada crimen sin castigo siembra la semilla de una futura violencia. Las Erinias encargadas de la venganza en cuestiones de crímenes de sangre, recordemos, eran llamadas asimismo "Euménides", es decir, "Las Benévolas". Ese doble apelativo da muestras de su ambigüedad. Lo que es vivido como terrible castigo por el criminal aparece como justa y tonificante retribución por parte de la víctima.
 
 
 
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Comentario:
Muy agradecido, Horacio. Será un honor aparecer citado en una de las páginas del próximo premio Hiperión.
 
Comentario:
Señor Hautor, como prometí en las bases de mi concurso, ahí va su poema (no es el primero que salió, porque no me gustaba, es otro en el que se recoge un tropo que no conocía hasta que lo mencionó usted en este blog):

ESPACIOTIEMPO

Para Javier Moreno,
por el Wandering Chief

El turista busca figuras
primordiales, como tres gotas
de sangre en la nieve que le hagan pensar
en el arrobo en las mejillas de su primer amor.
Sólo que no lo sabe. No sabe que quiere
ser Parsifal, y no poder moverse
como si la imagen de la sangre
del cisne en la nieve le hubiera
congelado las vértebras. Y su primer amor
está hundido en el tiempo, y no tiene ganas
de viajar tan lejos para tal vez
encontrar cerradas las puertas
de su mediocre memoria. Bosteza,
paga el cappuccino, sube al avión.
No