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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Otro fragmento de mi "Museo"

Palpitaciones tres horas antes de la cita. Me sudan las manos. Enciendo la tele donde ofrecen un documental sobre la naturaleza que no consigue relajarme (las aves macho se pavonean, danzan y agitan sus plumas de colores como un tuno ante la mirada primero compasiva, después complaciente de las hembras. Hay algo ingenuamente romántico -o refinadamente cruel- en las hembras que hace que se sientan atraídas por un macho por el mero hecho de ser capaz de ponerse en ridículo ante ellas). Demasiado realismo. Faltan todavía un par de horas. Intento poner mi cerebro en blanco. Una tontería. Como si me dijeran: no pienses en un piano. No pienses en Carolina... Me tumbo en el sofá, enciendo un cigarro. Le doy un par de caladas. Lo apago. Limpio los hornillos de la cocina. Ordeno los papeles de la mesa. Llamo al número de información meteorológica. No sirve de nada. No consigo que mi imaginación dibuje una cruz sobre la imagen refulgente y todopoderosa de Carolina. O, más bien, la dibujo pero al final acaba despareciendo en pocos segundos, como una sustancia biodegradable. Así, hasta que llega la hora.

Llamo al timbre. No he dicho que la cita era en casa de Acisclo. Nunca había estado en casa de Acisclo y ahora justamente la visitaba, ahora que él estaba en Alemania. Yo no puse ningún reparo. Fue idea de Carolina, naturalmente. A mí nunca se me habría ocurrido. Siempre he conservado cierto espíritu de respeto a la autoridad. Si un obispo pisa una baldosa yo prefiero apoyar mi pie insignificante en la de al lado. Así es que cuando Carolina me abrió la puerta y yo penetré en aquel santuario me sentí tan abrumado que sólo con dificultad pude disimular el temblor de mis piernas. Estaba hermosísima, todo hay que decirlo. Pero me ahorraré los detalles porque algunas cosas prefiero guardarlas sólo para mí que es la única manera de forjarse una intimidad, algo a lo que nadie debería renunciar. Me hace pasar al salón, una estancia amplia con paredes repletas de libros. En la esquina, junto a uno de los sofás, un papagayo de vivos colores da pequeños saltitos en el interior de su jaula. Nos miramos en silencio. Carolina ha desaparecido. La escucho manipulando cosas en la cocina. Yo me levanto para acercarme a la jaula. Para ello doy un rodeo a través de la biblioteca. Naturalmente no constituyo ninguna sorpresa. Me mira con su ojo izquierdo y eriza las plumas de la cabeza un instante antes de llamarme hijoputa. Curiosa manera de manifestarse la voz de mi conciencia. En ese instante aparece Carolina...
 
 
 
 
 
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