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Peripatetismos
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Pequeño Athenäum I
Antes de la modernidad las parcelas del saber se hallaban en una relativa contigüedad (las palabras y las cosas, Foucault). La ley de la analogía hacía que la poesía pudiese hacerse cargo de dar una visión inmediata del mundo. Con la modernidad, los continentes del saber fueron (la analogía es geológica) distanciándose. Sólo la novela –nunca antes del siglo XX- podía hacerse cargo de cubrir esas distancias, insalvables para la lírica (encastillada las más de las veces en una visión trasnochada de la subjetividad). Ya en el romanticismo alemán surge la sospecha de cuanto decimos. De ahí –quizás- que F. Schlegel considere a la novela como el género específicamente romántico.

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Lo que quizás intentó Mallarmé con su teoría acerca del libro y cuya plasmación más aproximativa correspondería a un coup de dés, sería de alguna manera la representación exhaustiva de las posibilidades combinatorias del lenguaje, el intento imposible de lograr un prontuario donde quedara cristalizada la secreta elocuencia del azar. Joyce intentó otro tanto en su casi infinito Finnegan’s Wake. Sin embargo... Hay que admitir que cada uno de esos intentos equivale a una jugada perdida sobre el tablero del niño-Aión de Heráclito, aquél que verdaderamente comprende todas las posibilidades combinatorias del tablero-mundo. Nunca será posible la subitaneidad absoluta, el mesiánico Augenblick de Benjamin que nos muestre el verdadero rostro del tiempo, la eternidad. Sin embargo, y a pesar del seguro jaque mate, nada impide la diversión (pues en eso consiste, en divertirse, en divertir –como siempre- a la muerte) de recomenzar una y otra vez el juego.

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Un coup de dés jamais n’abolira l’hazard... Ni siquiera la kenosis ha cerrado las posibilidad de otros acontecimientos. Quizás sea ése el significado más profundo de la revolución francesa y que desató una auténtica tormenta en las conciencias de la época. Hasta que un hombre, Nietzsche, pudo instaurar una nueva era. Después todo se ha precipitado. Desde entonces el tiempo está definitivamente fuera de quicio.

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A vueltas con el tiempo. Al tiempo intentamos girarlo por ver si le vemos el rostro. Ya Agustín de Hipona demostró la imposibilidad del intento, la inaprensibilidad del presente. Sólo nos resta la tarea de leer en el pasado –a veces en el futuro, como cuando decimos mira, voy a hacer esto-, ese conjunto de impresiones que se ordenan en el relato hasta componer la biografía, esa sarta de cuentas atravesadas por el tenaz hilo del sujeto. Curiosa es la complicidad del relato biográfico e histórico. Ambos se sustentan en un mismo tropo temporal –ajeno al prontuario habitual de la retórica- que guarda semejanzas con un bucle. Un sujeto narra desde el presente una serie de acontecimientos cuya singularidad consiste en contener a su vez –ab ovo- el mismo sujeto que los narra. De manera análoga escuchamos al historiador decir que el cogito cartesiano forja al sujeto de la modernidad, mostrando entonces que todo sujeto contemporáneo puede considerarse inscrito –predicho, de cierta manera- en las Meditaciones metafísicas. Es lo que en términos de lógica de conjuntos recibe el nombre de hiperconjuntos, o conjuntos mal fundados.

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Lo que naturalmente no analiza la teoría de conjuntos (recordemos que el conocimiento, la moral y la estética son dominios que se retroalimentan y sobre cuya prioridad disputan las diversas filosofías) es cuál pueda ser el motivo ético que produce el citado bucle autorreferencial (el resultado estético ya lo conocemos, la narración lineal-causal preponderante durante siglos en la literatura occidental, al menos hasta la llegada del modernismo). Si todos los acontecimientos del pasado me incorporan debe ser , porque yo estaba ahí y algo de mí ha quedado prendido del acontecimiento en forma de conciencia.

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Fantaseemos con un hombre cuya manía consista en acudir a todos los acontecimientos mediáticos (en el mundo contemporáneo nunca faltan) con el fin de salir en alguna de las imágenes (no importa que la persona en cuestión esté rodeada de una masa de gente, imaginémoslo desde el barullo saludando sencillamente a la cámara). Una persona así, a la que supondremos dotada de la suficiente disciplina como para no haberse perdido los acontecimientos dignos de pasar a la historia, podemos decir que encarnaría la historia de su tiempo. Si además –nada cuesta imaginar- lo suponemos inmortal ya tendríamos un testigo privilegiado de la historia universal. Creo que se entiende a dónde queremos llegar. Un personaje como el que describimos sería la encarnación de la conciencia individual que es testigo de los sucesos de una vida. Con al menos una diferencia esencial. Mientras que la conciencia normalmente representaría el papel de objetivo objetivo (valga la redundancia) que plasma el suceso, en el experimento imaginario que planteamos es la conciencia la retratada por los medios, de ahí que el cambio sea importante, (el paso que media es el que va del género documental a la parodia). Lo que ocurre es que la escisión objeto (espacio)-sujeto (tiempo) ha sido desbancada. Sujeto y objeto yacen inextricablemente enmarañados. El espacio y el tiempo (como en la teoría relativista) se funden hasta hacerse irreconocibles. Esto que decimos se hace especialmente visible (en el doble sentido de la palabra) en el género documental moderno. Ocurre con mayor frecuencia que el director del filme aparezca como personaje implicado dentro del propio documental.

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Es en obras como el Asno de Oro de Apuleyo en las que se nos revela un modo de narración en primera persona pero (al estilo de las novelas milesias) donde, a diferencia de cuanto comentábamos antes, el sujeto narrador no se incorpora a la peripecia. Lo que va de una aventura a otra no tiene trazas de ninguna operación causal. El narrador no hila los acontecimientos hasta ofrecernos el acabado tapiz reflejando la imagen de un destino (recordemos la diferencia benjaminiana, recuperada en nuestras tierras y nuestro pensamiento por Sánchez Ferlosio entre personajes de carácter y personajes de destino).
 
 
 
 
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