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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
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Edipo revisitado
Me había propuesto guardar silencio mientras durase mi temporada de exámenes pero la visión de la última película de Haneke me obliga (ay, intentaré ser breve) a salir momentáneamente de mi mutismo. Diré que apenas hace media hora que vi la película y todavía no me he recuperado del asombro. No recuerdo haber visto una película tramada con tanta inteligencia. Cómo pueden introducirse tantas cosas sin que resulte un cosido de retales... En fin, me atropello. Es la impresión.

Dejemos a un lado (y ya es bastante) que se trata de una historia sobre la culpa personal, sobre la culpa histórica de un país (Francia, en este caso), sobre la manipulación mediática y... Vale. Lo que revela una absoluta maestría por parte del director de Caché es la manera que tiene de comprometer al espectador en la historia. Debería ser obligatoria su visión en algún test psicológico para detectar comportamientos neuróticos. Que levanten la mano los que piensen que el culpable era el niño, o el muchacho argelino... Haneke nos planta uno de esos artefactos con forma de nube para que decidamos a qué se parece. Naturalmente acaba pareciéndose -peligrosamente, a veces- a nosotros mismos. Como la escena final, un larguísimo plano fijo que invita a los suspicaces Sherlok Holmes a tomar partido -si no lo habían hecho antes- (¡pero si eran el niño y el morito coaligados los culpables de todo! ). Ja, ja... me parece escuchar la risa llena de ironía e inteligencia del director atronando en medio de la sala que ya empieza a vaciarse. Y es que si alguien ha decidido que realmente hay un culpable (alguien que graba las imágenes y las envía enlatadas en una cinta de VHS) Haneke ya se ha encargado de diseñar la película de manera que ese culpable sea el propio espectador (las escenas de vídeo corresponden exactamente -salvo una de ellas- con las imágenes "reales" mostradas al público). El ojo que contempla la película (el del espectador) ha de ser por tanto el ojo criminal que graba las imágenes en su cámara para luego enviarlas y asustar así a la "feliz" pareja. (Hay un detalle en abîme en la película a través del cual Haneke -en su infinita sabiduría- muestra la indecibilidad de la culpa y es cuando al salir el matrimonio de la comisaría están a punto de ser atropellados por un chico negro que monta en bicicleta. El protagonista lo increpa airado: iba en dirección prohibida. El muchacho se defiende: a quién se le ocurre cruzar sin haber mirado). Sólo si uno decide que no existe nadie tras la cámara entonces debemos concluir que los vídeos no son sino los hitos de un itinerario que conduce al protagonista a descubrir su propia culpabilidad. Y entonces nos encontramos con que Haneke no ha hecho otra cosa que reelaborar la tragedia de Edipo en su sentido más esencial. Un hombre que busca a un culpable y por el camino descubre que el culpable no era sino él mismo. Claro, que siempre puede uno tomar un par pastillas como hace el personaje, como hacen aquello que se devanan los sesos intentando averiguar quién era el que grababa aquellas imágenes incordiantes. Muy bien, hagan sus apuestas mientras sigue ardiendo el mundo.
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