La edad de la alegría
Hesíodo narra en "Los trabajos y los días" el mito de las razas. Ya saben, la edad de oro, de plata, la de los héroes y la de hierro. El propio autor confiesa habitar esta última edad, aunque nunca descarta la reversibilidad de este proceso. Sin duda este mito funda una concepción del tiempo degenerativa, entrópica. Todo tiende irremisiblemente al caos. Contra este proceso cabe la revuelta o la resistencia. Nuestros mayores, nuestros ancestros se encuentran más cerca de la edad de oro (curioso que "edad dorada" sea el eufemismo con el que ahora se designa a nuestros viejos), hay por tanto algo en ellos que los privilegia frente a las sucesivas (de)generaciones. Éste al menos era el pensamiento que la cultura imponía hasta hace bien poco. Ocurre sin embargo que finalmente ha irrumpido una especie de inversión mítica. Es lo joven, lo último, lo recién creado o nacido lo que se carga míticamente con una repristinación de los tiempos, lo más valioso. Y, en consecuencia, el vector de la imitación se invierte. No son los jóvenes los que deben copiar y aprender las costumbres de sus mayores sino más bien estos últimos los que deben imitar la relajación juvenil de sus niños y adolescentes. Puestos a examinar las causas de esta mutación mítica, hay que empezar descartando que ésta sea única. Sin embargo hay algunas que pesan más que otras en el ástil de la balanza. Es evidente que la revolución tecnológica (internet, móviles, etc) que de alguna manera marca el pulso de nuestra civilización orienta este proceso; y más evidente -por otra parte- que son los más jóvenes los que se adaptan con mayor facilidad a estos cambios. Hace sólo unos días nuestro ínclito alcalde calificaba a aquellos que se oponían a su proyecto faraónico en la M-30 como de gentes que habían envejecido antes de tiempo. Así es, el hombre contemporáneo ha de estar preparado para la continua mutación. El cambio es la señal de los tiempos. La estabilidad neolítica se apresta a abandonarnos definitivamente. Volvemos al nomadismo (cultural, tecnológico, existencial) y son los más jóvenes, los que carecen de cualquier lastre del pasado, los que mejor se adaptan a esta continua variación del paisaje. La adaptabilidad es la contraseña, la llave que abre todas las puertas de nuestros tiempos. Sin pasado, sin un verdadero hogar que dejar atrás, no hay melancolía. La juventud entonces como la perenne edad de la alegría.
Comentario:
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Pues el cambio se ha consumado... vivan lo nuevo, lo que no se conoce, el instinto, el a lo loco...
y que se jodan los viejos, total... ya no sirven... esa es la filosofía de hoy, por eso ya no están de moda ni el latín ni el griego..
y que se jodan los viejos, total... ya no sirven... esa es la filosofía de hoy, por eso ya no están de moda ni el latín ni el griego..





