Política ficción
Hay que reconocerlo. Ya no es posible hacer política. Lo que hace apenas un siglo eran variables han devenido constantes pretendidamente universales. La idea esbozada por Kant acerca de la historia universal en sentido cosmopolita parece haberse cumplido como otras tantas profecías. El pescao está vendido, en definitiva. El margen real de nuestros gobiernos occidentales es infinitesimal. La macro-economía, la macro-política vienen dictadas desde instituciones más elevadas que dictaminan desde su trono de acuerdo a leyes supuestamente infalibles. Desterrado el territorio de lo macro, los gobiernos orientan su mirada de hidra hacia el escueto terreno de lo micro, aquello que señala el ritmo del día a día del común de los ciudadanos. La ley de (contra) los fumadores, la ley de equiparación de géneros (o como quiera que se llame), la obsesión por la higiene pública y privada, la corrección política... son unos cuantos ejemplos de lo que digo. A ningún gobierno (de derechas o de izquierdas, si es que esta diferencia tiene todavía algún sentido) se le ocurre controlar los beneficios de las grandes empresas o bancos. El mundo de lo macro es el de lo hiperouránico, de lo divino, intocable, entonces. Lo que sí parece estar a su disposición son los cuerpos y las almas de los muy mortales ciudadanos. Y me sigue pareciendo cuanto menos curioso que el método -no sé si inconsciente- seguido por estos gobiernos obedezca al mismo principio descrito por Kant en el ensayo antes mencionado. Aprovecharse de las oposiciones (o crearlas y fomentarlas en su caso) para, tras el inevitable conflicto, entrar a legislar de modo conveniente, esto es, de modo que las relaciones entre los antagonistas ya no sean directas sino mediadas a través de la correspondiente ley (del tabaco, de la igualdad de sexos -o como se diga-, etc). Por este camino -imparable, por otra parte- ya no es necesario solicitar a un fumador que deje de fumar en nuestra presencia sino que directamante podemos acudir al cuartelillo de la benemérita más cercano e incoar una denuncia. La intimidad, ese espacio reservado a los individuos o a las parejas se llena de repente de leyes, de mediadores de conflictos, de psicólogos que ni siquiera gozan del favor dramatúrgico de la sotana. Dentro de poco habrá que enseñar a los adolescentes un protocolo para dirigirse a una chica, tendremos que aprender protocolos para cruzar una calle, acariciar a un niño, hacer colas en el autobús o en la pescadería... Si no, al tiempo.





