Room service (Henry)
Era delicioso disfrutar de esas dos mujeres, mi June, y nuestra amiga oriental. Era un sueño, un festín para mis sentidos, un atracón de belleza, la de sus cuerpos, de sabor, de olor, de... todo, absolutamente todo delicioso e inolvidale.
Cuando la oriental y yo nos corrimos, June nos miraba extasiada, sus piernas abiertas, sus dedos acariciando su sexo excitado y deseoso de recibir su recompensa.
Inmediatamente comencé a competir por el delicioso clítoris de June. Nuestras cabezas pugnaban por alcanzar nuestro premio, por saciar su insaciable hambre de sexo. Era el momento de June, de llegar a un nuevo orgasmo, de temblar, de gemir, de temblar... y estaba cerca.
Me levanté y cogí una vela de la mesita de la habitación, una vela larga, gruesa. Volví a colocarme entre sus piernas y comencé a humedecerlo con nuestra saliva y los Jugos de June, hasta que estuvo bien lubricado y comencé a introducirlo en su agina lentamente. June dio un respingo, suspiró y aumento la intensidad de sus gemidos.
Me incorporé sin dejar de follarla con la vela. La oriental continuó lamiendo su clítoris, mientras June me miraba extasiada a los ojos. Con mi mano libre comencé a acariciar sus pechos, a disfrutar del tacto de sus pezones duros. Comenzamos a besarnos, salvajemente, nuestras lenguas peleando por penetrar nuestras bocas, una mano moviendo la vela como podía en su interior, la otra pellizcando sus pezones, la oriental lamiendo expertamente, cuando un ahogado, largo, profundo e intenso gemido escapó de sus labios, a la vez que su cuerpo se tensaba y retorcía por el placer que lo recorría.
Quedamos los tres así, un rato quietos. Luego la oriental se fue. Quedamos June y yo, solos, abrazados, quietos. Disfrutaba de la pasión pero tambien de la paz de este momento. Nos quedamos sintiendo la piel del uno en contacto con la del otro, sintiendo el olor de nuestro sexo inundando la estancia, sintiendo nuestro aliento. Nos quedamos abrazados pensando en nuevas formas de darnos placer el uno al otro.

Cuando la oriental y yo nos corrimos, June nos miraba extasiada, sus piernas abiertas, sus dedos acariciando su sexo excitado y deseoso de recibir su recompensa.
Inmediatamente comencé a competir por el delicioso clítoris de June. Nuestras cabezas pugnaban por alcanzar nuestro premio, por saciar su insaciable hambre de sexo. Era el momento de June, de llegar a un nuevo orgasmo, de temblar, de gemir, de temblar... y estaba cerca.
Me levanté y cogí una vela de la mesita de la habitación, una vela larga, gruesa. Volví a colocarme entre sus piernas y comencé a humedecerlo con nuestra saliva y los Jugos de June, hasta que estuvo bien lubricado y comencé a introducirlo en su agina lentamente. June dio un respingo, suspiró y aumento la intensidad de sus gemidos.
Me incorporé sin dejar de follarla con la vela. La oriental continuó lamiendo su clítoris, mientras June me miraba extasiada a los ojos. Con mi mano libre comencé a acariciar sus pechos, a disfrutar del tacto de sus pezones duros. Comenzamos a besarnos, salvajemente, nuestras lenguas peleando por penetrar nuestras bocas, una mano moviendo la vela como podía en su interior, la otra pellizcando sus pezones, la oriental lamiendo expertamente, cuando un ahogado, largo, profundo e intenso gemido escapó de sus labios, a la vez que su cuerpo se tensaba y retorcía por el placer que lo recorría.
Quedamos los tres así, un rato quietos. Luego la oriental se fue. Quedamos June y yo, solos, abrazados, quietos. Disfrutaba de la pasión pero tambien de la paz de este momento. Nos quedamos sintiendo la piel del uno en contacto con la del otro, sintiendo el olor de nuestro sexo inundando la estancia, sintiendo nuestro aliento. Nos quedamos abrazados pensando en nuevas formas de darnos placer el uno al otro.
