El banquete (1ª parte, por Henry)
Llevaba días imaginándolo, pensándolo y deseándolo. Estaba seguro de que ella estaría invitada a esa celebración… y así fue.
Hacía un tiempo que no nos veíamos, aunque recordaba con frecuencia los días en los que fuimos unos apasionados y furtivos amantes.
Apareció preciosa, elegante, espectacular. El vestido abrazaba su figura castigándome con recuerdos de piel, calor, placer y sexo. Era un vestido generoso con los observadores por lo amplio del escote y lo corto de su falda. Nada más verla comencé a volverme loco.
No fue el azar, si no la distribución de las mesas lo que hizo que nos encontráramos sentados uno enfrente del otro, cada uno con nuestras respectivas parejas, durante la cena de aquella boda.
Charlamos como si fuéramos desconocidos, haciendo disimuladas referencias al pasado, y cruzando miradas (al menos las mías) cargadas de deseo: recordaba su piel, sus labios, sus pechos, su sexo…
Entonces lo noté: un pie ascendía por mi pierna lentamente, hasta alcanzar mis muslos y mi entrepierna. Ella, mientras tanto, seguía cenando como si nada, apenas perceptible su juego.
Le seguí descalzándome e imitándola. Noté sus piernas, sus muslos, el movimiento entreabriendo las piernas para dejarme avanzar hacia sus braguitas. Ahora era ella la que aceleraba su respiración y me miraba ya no pícaramente, sino con ojos de súplica.
Continuamos nuestro juego un buen rato mientras nuestras parejas charlaban animadamente con el resto de la mesa.
No parece que llamara mucho la atención el que me levantara y caminase hacia los servicios, que se encontraban al fondo de un pasillo. Esperé y en seguida apareció ella. No hablamos: directamente nos besamos y, cosas del destino, al apoyarnos en una puerta junto a la de los servicios, esta se abrió descubriéndonos un cuarto lleno de lencería de mesa, de manteles, de material variado… pero perfecto para nosotros.
Entramos y cerramos la puerta. Ella estaba contra la pared. La besé, pero me moría por saborear de nuevo su sexo. Me agaché, levanté su falda, y separando ligeramente sus pequeñas braguitas devoré aquel sexo tantas veces acariciado, lamido y penetrado por mí.
Ella se arqueó ligeramente, dejándome hacer, hundiendo sus dedos en mi pelo, abriéndose para dejarme penetrarla con un dedo, gimiendo con cada movimiento de mi lengua. Su sexo chorreaba placer, húmedo y sensible, agradecido a las atenciones que le prestaba, llenándome la boca de sus deliciosos jugos. Quería que se corriese así, como a ella le gustaba, con mi lengua, y no me defraudó al notar sus espasmos y sus jadeos acelerarse, sus dedos clavarse con fuerza en mi cabeza y su sexo hincharse y humedecerse aun más cuando le inundó aquel primer orgasmo furtivo de la noche.

Hacía un tiempo que no nos veíamos, aunque recordaba con frecuencia los días en los que fuimos unos apasionados y furtivos amantes.
Apareció preciosa, elegante, espectacular. El vestido abrazaba su figura castigándome con recuerdos de piel, calor, placer y sexo. Era un vestido generoso con los observadores por lo amplio del escote y lo corto de su falda. Nada más verla comencé a volverme loco.
No fue el azar, si no la distribución de las mesas lo que hizo que nos encontráramos sentados uno enfrente del otro, cada uno con nuestras respectivas parejas, durante la cena de aquella boda.
Charlamos como si fuéramos desconocidos, haciendo disimuladas referencias al pasado, y cruzando miradas (al menos las mías) cargadas de deseo: recordaba su piel, sus labios, sus pechos, su sexo…
Entonces lo noté: un pie ascendía por mi pierna lentamente, hasta alcanzar mis muslos y mi entrepierna. Ella, mientras tanto, seguía cenando como si nada, apenas perceptible su juego.
Le seguí descalzándome e imitándola. Noté sus piernas, sus muslos, el movimiento entreabriendo las piernas para dejarme avanzar hacia sus braguitas. Ahora era ella la que aceleraba su respiración y me miraba ya no pícaramente, sino con ojos de súplica.
Continuamos nuestro juego un buen rato mientras nuestras parejas charlaban animadamente con el resto de la mesa.
No parece que llamara mucho la atención el que me levantara y caminase hacia los servicios, que se encontraban al fondo de un pasillo. Esperé y en seguida apareció ella. No hablamos: directamente nos besamos y, cosas del destino, al apoyarnos en una puerta junto a la de los servicios, esta se abrió descubriéndonos un cuarto lleno de lencería de mesa, de manteles, de material variado… pero perfecto para nosotros.
Entramos y cerramos la puerta. Ella estaba contra la pared. La besé, pero me moría por saborear de nuevo su sexo. Me agaché, levanté su falda, y separando ligeramente sus pequeñas braguitas devoré aquel sexo tantas veces acariciado, lamido y penetrado por mí.
Ella se arqueó ligeramente, dejándome hacer, hundiendo sus dedos en mi pelo, abriéndose para dejarme penetrarla con un dedo, gimiendo con cada movimiento de mi lengua. Su sexo chorreaba placer, húmedo y sensible, agradecido a las atenciones que le prestaba, llenándome la boca de sus deliciosos jugos. Quería que se corriese así, como a ella le gustaba, con mi lengua, y no me defraudó al notar sus espasmos y sus jadeos acelerarse, sus dedos clavarse con fuerza en mi cabeza y su sexo hincharse y humedecerse aun más cuando le inundó aquel primer orgasmo furtivo de la noche.






