The times they are a'changin'
Sí, hijos míos, los tiempos están cambiando.
A partir de ahora me encontraréis aquí. Actualizad vuestros favoritos, vuestros RSS, vuestras cabezas pensantes... lo que sea, pero acompañadme un ratito más...
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El animal que yo llevo dentro
Ay, hijos míos, diréis que he tardado poco en volver a abandonar el blog, lectores pesimistas como sóis, pero ha sido algo mucho más prosaico: ¡he cogido anginas! Sí, como cuando era pequeño, que comía helados y pillaba anginas cada 15 días, sobre todo en agosto. Tengo las anginas como manzanas reinetas, pero yo no sabía que los tiempos habían adelantado una barbaridad con el tema de los antibióticos. Me han recetado uno que son sólo tres pastillas, y te las tomas cada 24 horas, y yo creo que es como las tabletas esas de Dixan que se van soltando poco a poco. Mira, no sé, pero santo remedio.
Mi estancia en casa 24h-a-day no ha sido tan dura como pensaba. Hace unos años, cuando tuve un gripazo que casi me barre, o así me sentía yo, más cerca del coro celestial que de la vida terrenal, la percepción febril que yo tenía era la de un condenado a galeras vigilado por comandantes moriscos de caras brillantes, deformes, ropajes suntuosos de morisco y látigos, lenguas incomprensibles, miradas furibundas. Eran mis padres, naturalmente, y mi madre es muy pesada –sobre todo porque tiene esa percepción de posguerra de que si te has puesto malo es por tu culpa-, pero la fiebre me llevaba a verlo así, y no fue agradable.
Pero las cosas han mejorado, y he descubierto varias cosas de quién soy yo en la enfermedad. Aunque hay cosas que no cambian –por ejemplo, cuando estoy malo me sigo masturbando lo normal, aunque el llamado clímax no es lo mismo-, yo no seré un buen enfermo. No señor. Me aburro. Y la fiebre me hace tener pensamientos oscuros. Son tan oscuros que no me atrevo a airearlos. ¿Serán mi verdadero yo? ¿Soy sólo la última capa de una cebolla que por dentro no es blanca sino púrpura, y después multicolor? Quién sabe. Me aferro a mi última capa, blanca y conocida, y tan confortable…
He descubierto, por ejemplo, que mi hermana melliza llama a mi madre todos los días y la tiene como gurú sentimental. Yo no tendría a mi madre como gurú sentimental ni aún bajo el efecto de hongos alucinógenos. Si tú eres hijo de mi madre y un día apareces por casa con un chico feo –muy feo, no feo como lo somos todos-, con muchos granos y piel lechosa, ella te diría:
-Vamos, date con un canto en los dientes. ¿Dónde vas a ir tú que más valgas?
Las carestías de la guerra –yo todo lo achaco a lo mismo-, la educación machista y en el miedo hacen de mi madre un verdadero peligro andante, en su condición de gurú sentimental. Su táctica es minarte la autoestima para que te sientas cómodo en tu agujero. Es una manera tal vez efectiva para acercarte a la felicidad –todos estamos de acuerdo en la cosa zen de no desear para ser feliz-, pero los seres humanos, a saber por qué, estamos condenados a ponernos en peligro aún a costa de la felicidad.
Y es que yo, por un lado, estoy con lo zen, pero por otro, hijos míos, una vez que asomas la cabeza a la noche, con sus esquinas oscuras y sus sonrisas relucientes, con sus falsas promesas –pero tan excitantes-, no estoy tan seguro que el impulso innato haya dejado de ser la procreación, y haya dejado su puesto ésta a la felicidad. La felicidad es para después de la menopausa, para después de las erecciones, para cuando el animal que yo llevo dentro –como lo denomina genialmente Battiato- nos ha dejado en paz. Antes de todo eso, y vale que es una era idealizada porque cada vez nos hacemos más viejos, no hay felicidad, ni paz, ni nada que se le parezca. Sólo hay pasión y búsqueda, y dolor en las esquinas, y placeres fugaces, explosivos por los que comemos, dormimos –a ratos-, cambiamos de trabajo y hasta matamos. Es cansado sí, pero por encima de todo, pongámonos como nos pongamos, es… inevitable.
Mi estancia en casa 24h-a-day no ha sido tan dura como pensaba. Hace unos años, cuando tuve un gripazo que casi me barre, o así me sentía yo, más cerca del coro celestial que de la vida terrenal, la percepción febril que yo tenía era la de un condenado a galeras vigilado por comandantes moriscos de caras brillantes, deformes, ropajes suntuosos de morisco y látigos, lenguas incomprensibles, miradas furibundas. Eran mis padres, naturalmente, y mi madre es muy pesada –sobre todo porque tiene esa percepción de posguerra de que si te has puesto malo es por tu culpa-, pero la fiebre me llevaba a verlo así, y no fue agradable.
Pero las cosas han mejorado, y he descubierto varias cosas de quién soy yo en la enfermedad. Aunque hay cosas que no cambian –por ejemplo, cuando estoy malo me sigo masturbando lo normal, aunque el llamado clímax no es lo mismo-, yo no seré un buen enfermo. No señor. Me aburro. Y la fiebre me hace tener pensamientos oscuros. Son tan oscuros que no me atrevo a airearlos. ¿Serán mi verdadero yo? ¿Soy sólo la última capa de una cebolla que por dentro no es blanca sino púrpura, y después multicolor? Quién sabe. Me aferro a mi última capa, blanca y conocida, y tan confortable…
He descubierto, por ejemplo, que mi hermana melliza llama a mi madre todos los días y la tiene como gurú sentimental. Yo no tendría a mi madre como gurú sentimental ni aún bajo el efecto de hongos alucinógenos. Si tú eres hijo de mi madre y un día apareces por casa con un chico feo –muy feo, no feo como lo somos todos-, con muchos granos y piel lechosa, ella te diría:
-Vamos, date con un canto en los dientes. ¿Dónde vas a ir tú que más valgas?
Las carestías de la guerra –yo todo lo achaco a lo mismo-, la educación machista y en el miedo hacen de mi madre un verdadero peligro andante, en su condición de gurú sentimental. Su táctica es minarte la autoestima para que te sientas cómodo en tu agujero. Es una manera tal vez efectiva para acercarte a la felicidad –todos estamos de acuerdo en la cosa zen de no desear para ser feliz-, pero los seres humanos, a saber por qué, estamos condenados a ponernos en peligro aún a costa de la felicidad.
Y es que yo, por un lado, estoy con lo zen, pero por otro, hijos míos, una vez que asomas la cabeza a la noche, con sus esquinas oscuras y sus sonrisas relucientes, con sus falsas promesas –pero tan excitantes-, no estoy tan seguro que el impulso innato haya dejado de ser la procreación, y haya dejado su puesto ésta a la felicidad. La felicidad es para después de la menopausa, para después de las erecciones, para cuando el animal que yo llevo dentro –como lo denomina genialmente Battiato- nos ha dejado en paz. Antes de todo eso, y vale que es una era idealizada porque cada vez nos hacemos más viejos, no hay felicidad, ni paz, ni nada que se le parezca. Sólo hay pasión y búsqueda, y dolor en las esquinas, y placeres fugaces, explosivos por los que comemos, dormimos –a ratos-, cambiamos de trabajo y hasta matamos. Es cansado sí, pero por encima de todo, pongámonos como nos pongamos, es… inevitable.
De sicilianos y americanos
Claro que sí, Nuri. ¡Si yo me pongo melancólico con lo de los hijos porque yo quiero tener uno! Pero bueno, a ese niño habrá que darle un hogar y yo no tengo el mío propio aún. ¿Tarde? Sí ¿Demasiado tarde? Nunca. Así que dadme tiempo y veréis.
El sábado fui yo a ver al Battiato, que es más heavy que Motorhead cuando se pone, creedme, y salí con la sensación de haber asistido a un concierto cojonudo. Cierto es que el Palacio de Congresos de la Comunidad tiene peor acústica que el polideportivo viejo de mi pueblo (donde un buen raquetazo se oye hasta el día siguiente, y un ‘cagüendioshijoputacorreunpocoquenosestánmeando’ reverbera hasta el final de la liguilla). Yo echaría la culpa al Manzano, que lo vendió como el local de medio aforo para espectáculos que Madrid estaba esperando y luego seguramente le pasaría el proyecto al sobrino de su mujer, recién salido de la carrera pero con espíritu liberal, liberal como se entiende ahora, liberal según el Libertad Digital, y quedó en eso: un sitio insufrible, un engendro arquitectónico. Pero claro, diréis que soy un rojo recalcitrante, un masón intelectualoide –también según el Libertad Digital-. La cosa es que fui al concierto con un italiano y su novia española. A él le llegó esa arquitectura pretenciosa, está harto de ruinas, pero ella dio en el clavo:
-Pues a mí me parece un cuarto de baño gigante, con tanto marmol.
Así que me guardé para mí el flagrante hecho de que yo ya conocía el sitio, y desde sus inicios, que recién inaugurado recibí yo allí mi graduación de carrera pija. No tengo yo interés de que mi nuevo amigo italiano conozca un pasado tan turbio.
Después nos fuimos a tomar unas copas –otra de las cosas que yo tengo que hacer antes de tener un hijo es dejar de salir- y les llevé al Gris, naturalmente. Cualquiera que me conoza sabe que es mi bar favorito de la capital, y eso es decir mucho, pero es que estoy tan seguro de las bondades de dicho local que no me duelen prendas. Si no conocéis el Gris os perdéis un sitio con glamour. Y allí van los chicos más guapos de Madrid. Diréis que siempre estoy con lo mismo, que qué obsesión, que relaje la hormona, pero es que son guapos de verdad. Uno no puede pasarlo por alto. Pues en el Gris el italiano y la española se pusieron finos de copas, y me contaron un montón de cosas graciosas que ahora no recuerdo, porque la homeostasis celular en modo fin de semana me requirió su dosis de cerveza, y entre eso y que dividía mi atención entre ellos y un americano más prieto que el novio de la Demi Moore –y en cómo este se dejaba magrear por un español que a su vez se besaba con su novio-, pues no me acuerdo.
Eso fue muy bueno, oyes. El americano se plantaba de espaldas a nosotros y de pronto la mano del español se cirnió sobre su cintura, y el americano se arrimó, y el español besó a su novio, que lo abrazaba por otro lado completamente ignorante de que su pareja, para tener sólo dos manos, se las arreglaba muy bien con las relaciones transatlánticas, y una marea de gente entró en el Gris y se hizo paso a través del angosto pasillo, y el americano y la mano del español se fueron contra mis partes pudendas y yo caí encima del italiano y de su novia, que emitió un leve gritito, y todos durante un segundo participamos de una orgía internacional de primer orden. La escena se recompuso, el americano se deshizo del español, cuyo novio empezaba a estar más atento, y nosotros volvimos a nuestra conversación sobre Battiato y el handicap de ser siciliano en un mundo donde la Liga Norte es quien maneja el cotarro.
El sábado fui yo a ver al Battiato, que es más heavy que Motorhead cuando se pone, creedme, y salí con la sensación de haber asistido a un concierto cojonudo. Cierto es que el Palacio de Congresos de la Comunidad tiene peor acústica que el polideportivo viejo de mi pueblo (donde un buen raquetazo se oye hasta el día siguiente, y un ‘cagüendioshijoputacorreunpocoquenosestánmeando’ reverbera hasta el final de la liguilla). Yo echaría la culpa al Manzano, que lo vendió como el local de medio aforo para espectáculos que Madrid estaba esperando y luego seguramente le pasaría el proyecto al sobrino de su mujer, recién salido de la carrera pero con espíritu liberal, liberal como se entiende ahora, liberal según el Libertad Digital, y quedó en eso: un sitio insufrible, un engendro arquitectónico. Pero claro, diréis que soy un rojo recalcitrante, un masón intelectualoide –también según el Libertad Digital-. La cosa es que fui al concierto con un italiano y su novia española. A él le llegó esa arquitectura pretenciosa, está harto de ruinas, pero ella dio en el clavo:
-Pues a mí me parece un cuarto de baño gigante, con tanto marmol.
Así que me guardé para mí el flagrante hecho de que yo ya conocía el sitio, y desde sus inicios, que recién inaugurado recibí yo allí mi graduación de carrera pija. No tengo yo interés de que mi nuevo amigo italiano conozca un pasado tan turbio.
Después nos fuimos a tomar unas copas –otra de las cosas que yo tengo que hacer antes de tener un hijo es dejar de salir- y les llevé al Gris, naturalmente. Cualquiera que me conoza sabe que es mi bar favorito de la capital, y eso es decir mucho, pero es que estoy tan seguro de las bondades de dicho local que no me duelen prendas. Si no conocéis el Gris os perdéis un sitio con glamour. Y allí van los chicos más guapos de Madrid. Diréis que siempre estoy con lo mismo, que qué obsesión, que relaje la hormona, pero es que son guapos de verdad. Uno no puede pasarlo por alto. Pues en el Gris el italiano y la española se pusieron finos de copas, y me contaron un montón de cosas graciosas que ahora no recuerdo, porque la homeostasis celular en modo fin de semana me requirió su dosis de cerveza, y entre eso y que dividía mi atención entre ellos y un americano más prieto que el novio de la Demi Moore –y en cómo este se dejaba magrear por un español que a su vez se besaba con su novio-, pues no me acuerdo.
Eso fue muy bueno, oyes. El americano se plantaba de espaldas a nosotros y de pronto la mano del español se cirnió sobre su cintura, y el americano se arrimó, y el español besó a su novio, que lo abrazaba por otro lado completamente ignorante de que su pareja, para tener sólo dos manos, se las arreglaba muy bien con las relaciones transatlánticas, y una marea de gente entró en el Gris y se hizo paso a través del angosto pasillo, y el americano y la mano del español se fueron contra mis partes pudendas y yo caí encima del italiano y de su novia, que emitió un leve gritito, y todos durante un segundo participamos de una orgía internacional de primer orden. La escena se recompuso, el americano se deshizo del español, cuyo novio empezaba a estar más atento, y nosotros volvimos a nuestra conversación sobre Battiato y el handicap de ser siciliano en un mundo donde la Liga Norte es quien maneja el cotarro.
Querernos
¿Sabéis qué? Creo que he decidido reanudar mi blog. ¿Por qué? Porque me debo a mi público. Porque me gustan mis fans nocturnos que me acosan por la noche, valga la redundancia, y me dicen cosas bonitas que ni siquiera mis novios, los buenos novios, me dijeron jamás. Los novios me han dicho cosas sucias que me han gustado mucho –y los que no fueron novios más-, pero me gustan las cosas que me dicen los fans, carentes de sentido común, y tan desproporcionadas que a uno le gustaría creer.
Además, tengo una novela en la cabeza y quiero que alguien de mi pueblo me la financie. Sí, así de claro. Ya os lo explicaré más adelante. No estoy dispuesto a volverme a currar una novela, tener luego promesas firmes de publicación –por parte de un editor al que creerías serio- y que luego todo se quede en agua de borrajas. Sólo pienso escribir gratis para mi público, el que me dice cosas bonitas por la noche. Y que conste que no quiero ser editado por el dinero –como todo el mundo sabe, por mi trabajo en esta santa empresa cobro un sueldo que es la envidia del vecindario-, sino porque estoy ávido de lectores de mis libros, de audiencia de mis películas, de ‘groupies’ de mis discos. Soy un artista del renacimiento, pero no hago arte para mí mismo, qué gilipollez, lo hago para vosotros, fans incondicionales. Quiero sobrevivir en vuestras mentes, y que después habléis de mí a vuestros hijos. Tal es mi ego.
Por cierto, hablando de hijos, hoy he soñado que mi hermana melliza por fin me daba sobrinos, y fue una lástima despertar, no sólo por tener que ir a trabajar, sino porque yo quiero tener hijos, y si no, sobrinos. Yo quiero que mi hermana tenga hijos y mis amigos también tengan hijos. Quiero que la gente a mi alrededor tenga hijos y me los dejen coger, como este verano cogí al hijito de la prima de Moni, que está estupenda y tiene un noviete supermajete –no recuerdo si están casados, supongo que sí, a la gente le gusta casarse antes de tener hijos-, y noté despertarse hondos sentimientos en mí, para los cuáles no encuentro palabras en mi vocabulario. Era… no sé, necesito una palabra, especial, digamos, tener a aquel niño en mi regazo, respirando y viviendo de esa forma un poco atropellada en que viven los niños, era delicado, mágico, y muy, muy especial. Quiero ser papá.
Así que, por si acaso lo mío se demora, vosotros, queridos amigos, familiares cercanos y fans, tened hijos y dejadme pasearlos un momento plaza abajo. Ya sabéis, un hijo puede participar en 23 cromosomas de vosotros o no, siempre será un hijo, un bichito desvalido como vosotros y como yo –solo que nosotros tenemos carnet de conducir- al que proporcionaréis una oportunidad, y él, lo sabéis de sobra, os la proporcionará a vosotros. Querernos, hijos míos, no significa ninguna de esas pijadas del cine, los libros y la Biblia. Querernos significa darnos una oportunidad.
Además, tengo una novela en la cabeza y quiero que alguien de mi pueblo me la financie. Sí, así de claro. Ya os lo explicaré más adelante. No estoy dispuesto a volverme a currar una novela, tener luego promesas firmes de publicación –por parte de un editor al que creerías serio- y que luego todo se quede en agua de borrajas. Sólo pienso escribir gratis para mi público, el que me dice cosas bonitas por la noche. Y que conste que no quiero ser editado por el dinero –como todo el mundo sabe, por mi trabajo en esta santa empresa cobro un sueldo que es la envidia del vecindario-, sino porque estoy ávido de lectores de mis libros, de audiencia de mis películas, de ‘groupies’ de mis discos. Soy un artista del renacimiento, pero no hago arte para mí mismo, qué gilipollez, lo hago para vosotros, fans incondicionales. Quiero sobrevivir en vuestras mentes, y que después habléis de mí a vuestros hijos. Tal es mi ego.
Por cierto, hablando de hijos, hoy he soñado que mi hermana melliza por fin me daba sobrinos, y fue una lástima despertar, no sólo por tener que ir a trabajar, sino porque yo quiero tener hijos, y si no, sobrinos. Yo quiero que mi hermana tenga hijos y mis amigos también tengan hijos. Quiero que la gente a mi alrededor tenga hijos y me los dejen coger, como este verano cogí al hijito de la prima de Moni, que está estupenda y tiene un noviete supermajete –no recuerdo si están casados, supongo que sí, a la gente le gusta casarse antes de tener hijos-, y noté despertarse hondos sentimientos en mí, para los cuáles no encuentro palabras en mi vocabulario. Era… no sé, necesito una palabra, especial, digamos, tener a aquel niño en mi regazo, respirando y viviendo de esa forma un poco atropellada en que viven los niños, era delicado, mágico, y muy, muy especial. Quiero ser papá.
Así que, por si acaso lo mío se demora, vosotros, queridos amigos, familiares cercanos y fans, tened hijos y dejadme pasearlos un momento plaza abajo. Ya sabéis, un hijo puede participar en 23 cromosomas de vosotros o no, siempre será un hijo, un bichito desvalido como vosotros y como yo –solo que nosotros tenemos carnet de conducir- al que proporcionaréis una oportunidad, y él, lo sabéis de sobra, os la proporcionará a vosotros. Querernos, hijos míos, no significa ninguna de esas pijadas del cine, los libros y la Biblia. Querernos significa darnos una oportunidad.
'No lo llames novio llámalo amigo'
A lo que aspiro
Ay, es verdad Casti, estoy muy petardo. Pero es que el trabajo ocupa mis días, y el Croma key ocupa mis noches, y es que hacer volar las estrellas por detrás de una ventana de nave espacial y que sólo quede un poco cutre es lo máximo a lo que mi cerebro desea aspirar. Pero bueno, aquí me hallo, escribiendo a escondidas, con un par de Activias esperando a que no se me pasen los dientes y se me revuelvan las tripas pensando en comida, cosa que ocurrirá antes de las 11, pero de ningún modo en breve. Encima son de kiwi, que te cagas más.
Mi jefe ya me ha comentado un par de cosillas para hacer, tengo la oreja izquierda caliente. Me gusta mi trabajo, pero es que hay mucho. Tengo un poco más allá de los Activias un mapa de Dinamarca, y pensar en ello tampoco contribuye a la entereza de mis intestinos. Y es que ya me he reservado unos billetitos en Ryanair para ir a visitar al Zoo a Dinamarca este verano. Como sabéis, el Zoo va a hacer sus prácticas del doctorado en semejante país nórdico, en una ciudad que en danés se dice “jodense”, toma ya, y que es donde nación Hans Christian Andersen. En Dinamarca son de polos, o hacen cuentos para niños o inventan el porno.
Pero, temeroso de volar yo, no se me ocurrió otra cosa que entrar a Ciao punto es y mirar comentarios, y claro, qué retortijones. Que si los pilotos de Ryanair son imberbes inexpertos, que si los azafatos son más bordes que un portero de discoteca, que algún aterrizaje ha habido que parecía los Siete Picos en una subida de tensión, que si tal y Pascual. Mira, me cagaba. Total que pregunté a voces en la oficina que si los aviones de Ryanair se estrellan más que los demás, y me vinieron a decir que no, que se estrellan lo mismo, y me tranquilicé un poco, pero sólo un poco. Me parece que no me quito yo el miedo a volar así como así.
En fin, me quedaré ese billete y me haré cristiano, rezaré y rezaré, a ver si las alturas tienen compasión de mí y ese avión en el que yo vaya, sin asientos reclinables, me deposita en Dinamarca sano y salvo.
Hablando de cristianos, estoy todo el día hablando con mi madre de política. Ella va a votar al PP aún a pesar de tener un hijo gay y una hija sin casar que convive con su novio, pero ya sabéis que ser de derechas, tal y como andan las cosas –que la gente de este mundo no se corta un pelo en llevarse por delante todo lo que puede- es esencialmente hipócrita. No me quiero enrollar que me salen enemigos, pero vamos, que cada día estoy más escorao, no lo puedo evitar.
[por la tarde]
Son las cinco y media y estoy esperando a que mi jefa me llame para una gran reunión donde nos haremos los listos durante un rato y luego chocaremos glandes. Todo el mundo tiene glandes virtuales y todo el mundo los choca en las grandes reuniones –es el mismo concepto de “comerse las pollas” de Pulp Fiction-. Entra un calor por la ventana que tengo el lado derecho de mi rostro frito.
[al día siguiente]
Ay, hijos míos, qué poco productivo soy con esto de la literatura. Tengo este post abierto y no lo acabo. En fin. Me duele un poco el cuello porque las paredes de mi habitación se están calentando y con ellas mi cama y con ella yo, y abro el ojo a las 6 de la mañana, cuando nunca me ocurría, y me pongo a pensar en lo mal que me cae mi nueva compañera y en los ositos de peluche de mi nueva película, y de cómo rodar un aterrizaje de nave espacial en… bueno… no puedo decir dónde, y no sé cómo rodarlo, aunque en la cocina de mi casa hay un fluorescente que titila y no se enciende y eso me puede servir, y total que duermo mal y estoy de mala hostia, y me lamento ya de que no haya llovido más, que la lluvia me ponía contento –soy al revés, también en mí hay un cambio climático- y de cómo me conviene empezar a pensar en los demás cuanto antes, o volveré a los estados neuróticos de los que tanto arte sale, me viene Poe a la mente, pero que yo para nada deseo, porque en el arte soy mediocre y en la mediocridad asumida está la felicidad, que es ese estado al que yo, sí que sí, aspiro. Besos para todos.
Mi jefe ya me ha comentado un par de cosillas para hacer, tengo la oreja izquierda caliente. Me gusta mi trabajo, pero es que hay mucho. Tengo un poco más allá de los Activias un mapa de Dinamarca, y pensar en ello tampoco contribuye a la entereza de mis intestinos. Y es que ya me he reservado unos billetitos en Ryanair para ir a visitar al Zoo a Dinamarca este verano. Como sabéis, el Zoo va a hacer sus prácticas del doctorado en semejante país nórdico, en una ciudad que en danés se dice “jodense”, toma ya, y que es donde nación Hans Christian Andersen. En Dinamarca son de polos, o hacen cuentos para niños o inventan el porno.
Pero, temeroso de volar yo, no se me ocurrió otra cosa que entrar a Ciao punto es y mirar comentarios, y claro, qué retortijones. Que si los pilotos de Ryanair son imberbes inexpertos, que si los azafatos son más bordes que un portero de discoteca, que algún aterrizaje ha habido que parecía los Siete Picos en una subida de tensión, que si tal y Pascual. Mira, me cagaba. Total que pregunté a voces en la oficina que si los aviones de Ryanair se estrellan más que los demás, y me vinieron a decir que no, que se estrellan lo mismo, y me tranquilicé un poco, pero sólo un poco. Me parece que no me quito yo el miedo a volar así como así.
En fin, me quedaré ese billete y me haré cristiano, rezaré y rezaré, a ver si las alturas tienen compasión de mí y ese avión en el que yo vaya, sin asientos reclinables, me deposita en Dinamarca sano y salvo.
Hablando de cristianos, estoy todo el día hablando con mi madre de política. Ella va a votar al PP aún a pesar de tener un hijo gay y una hija sin casar que convive con su novio, pero ya sabéis que ser de derechas, tal y como andan las cosas –que la gente de este mundo no se corta un pelo en llevarse por delante todo lo que puede- es esencialmente hipócrita. No me quiero enrollar que me salen enemigos, pero vamos, que cada día estoy más escorao, no lo puedo evitar.
[por la tarde]
Son las cinco y media y estoy esperando a que mi jefa me llame para una gran reunión donde nos haremos los listos durante un rato y luego chocaremos glandes. Todo el mundo tiene glandes virtuales y todo el mundo los choca en las grandes reuniones –es el mismo concepto de “comerse las pollas” de Pulp Fiction-. Entra un calor por la ventana que tengo el lado derecho de mi rostro frito.
[al día siguiente]
Ay, hijos míos, qué poco productivo soy con esto de la literatura. Tengo este post abierto y no lo acabo. En fin. Me duele un poco el cuello porque las paredes de mi habitación se están calentando y con ellas mi cama y con ella yo, y abro el ojo a las 6 de la mañana, cuando nunca me ocurría, y me pongo a pensar en lo mal que me cae mi nueva compañera y en los ositos de peluche de mi nueva película, y de cómo rodar un aterrizaje de nave espacial en… bueno… no puedo decir dónde, y no sé cómo rodarlo, aunque en la cocina de mi casa hay un fluorescente que titila y no se enciende y eso me puede servir, y total que duermo mal y estoy de mala hostia, y me lamento ya de que no haya llovido más, que la lluvia me ponía contento –soy al revés, también en mí hay un cambio climático- y de cómo me conviene empezar a pensar en los demás cuanto antes, o volveré a los estados neuróticos de los que tanto arte sale, me viene Poe a la mente, pero que yo para nada deseo, porque en el arte soy mediocre y en la mediocridad asumida está la felicidad, que es ese estado al que yo, sí que sí, aspiro. Besos para todos.
A orillas del Danubio
Pues al final me he liado la manta a la cabeza –el otro día me dijo uno que yo utilizo mucho esta expresión, pero es que es verdad que yo me lío muchas veces la manta a la cabeza- y me voy con el Zoo a Budapest. Me han dicho que es una ciudad muy chula, y me lo ha dicho alguien de quien me fío. Alguien que no diría que Lisboa es sucia, alguien que ve el encanto donde está, no en la relumbre. Sergio me dijo:
-Ya verás, o lo pasáis bien o tiras a Zoo al Danubio.
El Sergio se pasa un montón.
El caso es que ya me estoy estudiando el librito de Budapest –qué pija es la gente, que si no te pilles otra cosa que el Lonely Planet, pero ya le he pillado el truco al Lonely Planet, es muy romántico en su percepción de los viajes, es para leer, muy pagado de sí mismo, prefiero mi guía Top 10 de El País Aguilar, que tan buenos resultados me dio en Madeira- porque no me quiero perder nada. Y quiero disfrutar. Hay quien piensa que yo tengo la palabra disfrutar sobrevalorada, y yo lo que creo es mucho peor, creo que este término nunca ha sido valorado lo suficiente. Que eso, que nos vamos a Budapest a un hotel barato y con encanto –o sea, sin cortina de la ducha-, tipo apartamento, que es lo que se estila por allí, y espérate que no te venga una familia húngara de ocupa, que la percepción de propiedad en un país que dejó atrás el comunismo el mismo día que yo perdí las esperanzas de que el Propecia me funcionara –o sea, hace bien poquito- es un tanto relajada.
Ahora, en vez de a Nietzsche, que me estaba poniendo la cabeza como un bombo –estaba yo a punto de escupir a la gente a la cara por la calle, oyes, tal el el repudio a tus semejantes que te inculca este tipo-, estoy leyendo a un psicólogo italiano mucho más constructivo, que también está como un cencerro –perdió a su hijo adolescente, y la segunda parte de su anterior libro era una ditraba para digerirlo, los vellos de punta se te ponían-, y también estoy aprendiendo lo mío. Por lo visto, yo soy como un niño. Me quejo por todo y la realidad que me rodea me es hostil. Y luego me leo la parte del adulto y resulta que también soy como un adulto, ya que valoro mi independencia, necesito libertad y tomo lo que la vida me da. La Moni, Vic, mi amiga Sara… hay varias personas por ahí muy conscientes de hasta qué punto yo “tomo” lo que la vida me da. Hay veces, que incluso no está la vida por la labor de darme nada y yo lo tomo de todas maneras. El caso es que el libro este me tiene confundido, porque o yo tengo personalidad múltiple o al final va a tener razón el Yorch, y es que los libros de autoayuda, como él los llama desdeñosamente, son una puta mierda. No, en serio, el libro tiene buena pinta y es probable que termine enseñandome algo. Lo que pasa es que aún no sé a dónde quiere el italiano llegar.
Ayer me he comprado una maleta naranja fosforito –cuando digo naranja fosforito digo naranja fosforito- y estaba yo en la cola del Carrefour para pagarla y el señor que venía detrás se armó de valor y me comentó muy educadamente que él tenía una y que no me la recomendaba porque se llenaba de mierda. Yo le dije que si la había llevado en avión y que si resistía, que ese era mi objetivo, y me dijo que eso sí, perfectamente, pero que se ensuciaba con mirarla, y yo le dije que me daba igual. Él me miró con cara de “hijo, no sabes lo que dices, se llena realmente de mierda”, pero era tarde, había mirado muchas y había mangado un candado de repuesto para el bolsito de fuera –sé que no está bien, que alguien quizá compre esa otra maleta naranja sin candado y su equipaje se despachurre por las tripas de algún avión, y pierda algún recuerdo querido, tal vez una foto de amor, una muñeca de trapo comprada en un zoco a la sombra, un CD con patentes secretas, una prenda con olor a colonia y sexo en una playa exótica… cosas irremplazables, pero cuando estoy nervioso soy muy egoísta-. Así que, hijos míos, particularmente Nuri, casti, La… si me véis aparecer en Oporto con una maleta naranja cubierta de mugre no quiero risas. Recordad que estaba en una cola ingente del Carrefour y tenía prisa.
Después del Carrefour me compré una sudadera negra en el Decathlon, por si los fríos a orillas del Danubio –aunque quien conoce el norte de Aguilar conoce todos los fríos posibles en el continente- y me fui al gym a hacer bíceps y espalda, que me han contando una movida de los grupos musculares y cómo agruparlos y que si el descanso muscular y que si la fuerza y la potencia que me río yo de los temarios de oposición. Por lo pronto, estoy que me voy por las patas abajo debido a los nervios de tener que volar, que me cago vivo, que eso de meterme en un vehículo y no pilotarlo yo me tiene como una gallina atada a los bajos del AVE. Si tenéis algún comentario que me ayude, algún refuerzo, algún dato empírico, no dejéis de comentarlo aquí. Me sentiré aliviado. Besos para todos.
-Ya verás, o lo pasáis bien o tiras a Zoo al Danubio.
El Sergio se pasa un montón.
El caso es que ya me estoy estudiando el librito de Budapest –qué pija es la gente, que si no te pilles otra cosa que el Lonely Planet, pero ya le he pillado el truco al Lonely Planet, es muy romántico en su percepción de los viajes, es para leer, muy pagado de sí mismo, prefiero mi guía Top 10 de El País Aguilar, que tan buenos resultados me dio en Madeira- porque no me quiero perder nada. Y quiero disfrutar. Hay quien piensa que yo tengo la palabra disfrutar sobrevalorada, y yo lo que creo es mucho peor, creo que este término nunca ha sido valorado lo suficiente. Que eso, que nos vamos a Budapest a un hotel barato y con encanto –o sea, sin cortina de la ducha-, tipo apartamento, que es lo que se estila por allí, y espérate que no te venga una familia húngara de ocupa, que la percepción de propiedad en un país que dejó atrás el comunismo el mismo día que yo perdí las esperanzas de que el Propecia me funcionara –o sea, hace bien poquito- es un tanto relajada.
Ahora, en vez de a Nietzsche, que me estaba poniendo la cabeza como un bombo –estaba yo a punto de escupir a la gente a la cara por la calle, oyes, tal el el repudio a tus semejantes que te inculca este tipo-, estoy leyendo a un psicólogo italiano mucho más constructivo, que también está como un cencerro –perdió a su hijo adolescente, y la segunda parte de su anterior libro era una ditraba para digerirlo, los vellos de punta se te ponían-, y también estoy aprendiendo lo mío. Por lo visto, yo soy como un niño. Me quejo por todo y la realidad que me rodea me es hostil. Y luego me leo la parte del adulto y resulta que también soy como un adulto, ya que valoro mi independencia, necesito libertad y tomo lo que la vida me da. La Moni, Vic, mi amiga Sara… hay varias personas por ahí muy conscientes de hasta qué punto yo “tomo” lo que la vida me da. Hay veces, que incluso no está la vida por la labor de darme nada y yo lo tomo de todas maneras. El caso es que el libro este me tiene confundido, porque o yo tengo personalidad múltiple o al final va a tener razón el Yorch, y es que los libros de autoayuda, como él los llama desdeñosamente, son una puta mierda. No, en serio, el libro tiene buena pinta y es probable que termine enseñandome algo. Lo que pasa es que aún no sé a dónde quiere el italiano llegar.
Ayer me he comprado una maleta naranja fosforito –cuando digo naranja fosforito digo naranja fosforito- y estaba yo en la cola del Carrefour para pagarla y el señor que venía detrás se armó de valor y me comentó muy educadamente que él tenía una y que no me la recomendaba porque se llenaba de mierda. Yo le dije que si la había llevado en avión y que si resistía, que ese era mi objetivo, y me dijo que eso sí, perfectamente, pero que se ensuciaba con mirarla, y yo le dije que me daba igual. Él me miró con cara de “hijo, no sabes lo que dices, se llena realmente de mierda”, pero era tarde, había mirado muchas y había mangado un candado de repuesto para el bolsito de fuera –sé que no está bien, que alguien quizá compre esa otra maleta naranja sin candado y su equipaje se despachurre por las tripas de algún avión, y pierda algún recuerdo querido, tal vez una foto de amor, una muñeca de trapo comprada en un zoco a la sombra, un CD con patentes secretas, una prenda con olor a colonia y sexo en una playa exótica… cosas irremplazables, pero cuando estoy nervioso soy muy egoísta-. Así que, hijos míos, particularmente Nuri, casti, La… si me véis aparecer en Oporto con una maleta naranja cubierta de mugre no quiero risas. Recordad que estaba en una cola ingente del Carrefour y tenía prisa.
Después del Carrefour me compré una sudadera negra en el Decathlon, por si los fríos a orillas del Danubio –aunque quien conoce el norte de Aguilar conoce todos los fríos posibles en el continente- y me fui al gym a hacer bíceps y espalda, que me han contando una movida de los grupos musculares y cómo agruparlos y que si el descanso muscular y que si la fuerza y la potencia que me río yo de los temarios de oposición. Por lo pronto, estoy que me voy por las patas abajo debido a los nervios de tener que volar, que me cago vivo, que eso de meterme en un vehículo y no pilotarlo yo me tiene como una gallina atada a los bajos del AVE. Si tenéis algún comentario que me ayude, algún refuerzo, algún dato empírico, no dejéis de comentarlo aquí. Me sentiré aliviado. Besos para todos.
Las bodas
Tiene razón Casti que estoy cayendo en barrena, y más mi hermana melliza, que dice que no friega tanto y que qué va a pensar la gente de Aguilar. Yo le digo que en Aguilar también se friega mucho ya que no hay que coger autobuses para ir a ningún lado, y por lo tanto la peña tiene más tiempo libre para fregar, salir a la plaza por la tarde, ir al gimnasio –se va mucho al gimnasio en Aguilar, ¿os habéis dado cuenta?-, tomarte el vermut –qué placer, el vermut en Aguilar, calle del Puente arriba y abajo-, pasearte hasta el pantano si no sale el norte, o con el norte, que se te queda el jeto tipo Amundsen el día antes de espicharla, o lo que sea que quieras hacer. Así que no me va a quedar otra que volver a hablar de mi familia.
El mayor agravio del mundo se ha producido hace menos de un mes, que una prima mía se ha casado y no hemos ido a la boda. Un dramón, sobre todo para mi madre, que siempre lo dramatiza todo; o algo es un drama o, simplemente, no ocurre. El hecho minúsculo de que ella tampoco ha ido a la boda –digamos que porque no le ha salido de los cojones, aunque ha utilizado un montón de excusas- no parece mermarle su numerito, que nos lo monta cada dos por tres, y dice que somos unos malos primos, que nuestras primas siempre nos han querido, que ya veremos si un día nos casamos nosotros, que hay que ver, y que soy un ridículo y un absurdo –ya sabéis que esto, así y por este orden, es lo que me llama mi madre cada vez que tiene ocasión-.
Hace meses yo pensaba que iba a ir, bien lo sabe el cielo, pero es que se me fueron quitando las ganas. Entre que mi relación deja la Guerra de los Rose en un cuento fraternal para niños y que no tengo que ponerme, me dije “a tomar por culo”. Lo de las bodas es una movida. No te puedes comprar la ropa en cualquier sitio porque alguien te lo repite y puedes caer muerto en la mismísma bancada de la iglesia, con todo lo que ello implica. Y si te dejas la pasta, para qué. Luego te pones a bailar, pongamos que con el novio de tu amiga la que emigró a United Kingdom a labrarse un porvenir –y a dejar el alcohol, venga-, y luego éste quiere sobarte según baila –sí, el novio-, y tú le empujas para apartarte, pero como los dos estáis borrachos –el alcohol no se deja- acabas en el suelo, con un metacarpio roto y la manga de la camisa colgando de un hilo. Y la cosa es que en breve se casa otra prima mía, y como no fui a la boda de una, tampoco voy a ir a la de la otra, digo yo. Que nunca necesite yo la ayuda de mi familia materna, virgen santa, que nunca la necesite porque flipo.
Si yo un día me caso, quién lo sabe, de qué me serviría ahora repudiar el matrimonio si cuanto antes abres la boca antes te la cierra la vida, no sé lo que haré. Para empezar, me haré unas invitaciones de diseño, que parezcan más un flyer del Cool –sin tabletas de chocolate, que mi desnudo es poco fibroso y peludo- que una invitación al uso, de esas de pergamino con letras góticas y anillos entrelazados. A no ser que se me permitiera el sarcasmo, en cuyo caso sí, usaría una de las típicas, pero escribiendo en gótica “un anillo para unirlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”, que puede ser una definición del matrimonio tan buena como cualquier otra.
Haría la boda por la tarde, que madrugar es fatal para la piel, y me pondría un traje molón, algo atípico. Lo jodido es que no me podría casar en una iglesia, porque bajarían hileras de ángeles cegadores y furibundos, y subirían demonios candentes a llevarme al infierno con sus sonrisas de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda y habría allí una pelea entre ángeles y demonios de tres pares de cojones, y a mis familiares mayores les daría un síncope con semejante espectáculo y sería una lástima de boda. Y todo porque sería una boda entre dos tíos, y eso, al de arriba, al menos según la iglesia, no le sentaría ni un poquito bien. Así que no me podré casar en una iglesia románica con sus capiteles y sus arcos de medio punto, con lo que me gustan, con lo fresquitas que son y lo que reverberan, y lo reverente de su atmósfera y lo atemporal, y lo sereno –la serenidad es como la piedra filosofal para mí, en pos de ella viajo-, y yo allí con mi traje “slim fit” y mi corbata mod, y todo feliz, prometiendo amor eterno, que es algo que en mi sano juicio no debería yo prometer jamás. Bueno. Buscaré algún otro sitio con encanto. Algún sitio antiguo. Besos para todos.
El mayor agravio del mundo se ha producido hace menos de un mes, que una prima mía se ha casado y no hemos ido a la boda. Un dramón, sobre todo para mi madre, que siempre lo dramatiza todo; o algo es un drama o, simplemente, no ocurre. El hecho minúsculo de que ella tampoco ha ido a la boda –digamos que porque no le ha salido de los cojones, aunque ha utilizado un montón de excusas- no parece mermarle su numerito, que nos lo monta cada dos por tres, y dice que somos unos malos primos, que nuestras primas siempre nos han querido, que ya veremos si un día nos casamos nosotros, que hay que ver, y que soy un ridículo y un absurdo –ya sabéis que esto, así y por este orden, es lo que me llama mi madre cada vez que tiene ocasión-.
Hace meses yo pensaba que iba a ir, bien lo sabe el cielo, pero es que se me fueron quitando las ganas. Entre que mi relación deja la Guerra de los Rose en un cuento fraternal para niños y que no tengo que ponerme, me dije “a tomar por culo”. Lo de las bodas es una movida. No te puedes comprar la ropa en cualquier sitio porque alguien te lo repite y puedes caer muerto en la mismísma bancada de la iglesia, con todo lo que ello implica. Y si te dejas la pasta, para qué. Luego te pones a bailar, pongamos que con el novio de tu amiga la que emigró a United Kingdom a labrarse un porvenir –y a dejar el alcohol, venga-, y luego éste quiere sobarte según baila –sí, el novio-, y tú le empujas para apartarte, pero como los dos estáis borrachos –el alcohol no se deja- acabas en el suelo, con un metacarpio roto y la manga de la camisa colgando de un hilo. Y la cosa es que en breve se casa otra prima mía, y como no fui a la boda de una, tampoco voy a ir a la de la otra, digo yo. Que nunca necesite yo la ayuda de mi familia materna, virgen santa, que nunca la necesite porque flipo.
Si yo un día me caso, quién lo sabe, de qué me serviría ahora repudiar el matrimonio si cuanto antes abres la boca antes te la cierra la vida, no sé lo que haré. Para empezar, me haré unas invitaciones de diseño, que parezcan más un flyer del Cool –sin tabletas de chocolate, que mi desnudo es poco fibroso y peludo- que una invitación al uso, de esas de pergamino con letras góticas y anillos entrelazados. A no ser que se me permitiera el sarcasmo, en cuyo caso sí, usaría una de las típicas, pero escribiendo en gótica “un anillo para unirlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”, que puede ser una definición del matrimonio tan buena como cualquier otra.
Haría la boda por la tarde, que madrugar es fatal para la piel, y me pondría un traje molón, algo atípico. Lo jodido es que no me podría casar en una iglesia, porque bajarían hileras de ángeles cegadores y furibundos, y subirían demonios candentes a llevarme al infierno con sus sonrisas de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda y habría allí una pelea entre ángeles y demonios de tres pares de cojones, y a mis familiares mayores les daría un síncope con semejante espectáculo y sería una lástima de boda. Y todo porque sería una boda entre dos tíos, y eso, al de arriba, al menos según la iglesia, no le sentaría ni un poquito bien. Así que no me podré casar en una iglesia románica con sus capiteles y sus arcos de medio punto, con lo que me gustan, con lo fresquitas que son y lo que reverberan, y lo reverente de su atmósfera y lo atemporal, y lo sereno –la serenidad es como la piedra filosofal para mí, en pos de ella viajo-, y yo allí con mi traje “slim fit” y mi corbata mod, y todo feliz, prometiendo amor eterno, que es algo que en mi sano juicio no debería yo prometer jamás. Bueno. Buscaré algún otro sitio con encanto. Algún sitio antiguo. Besos para todos.
300 o así
Como no quiero hablar del amor, porque el amor se me escapa –no el sentimiento, que amo siempre y todo el día, de qué si no iba a estar yo tan calvo, sino la definición-, hablaré de cine. Mis compis, estetas de la guerra como sólo puede serlo un chico bien alimentado de occidente, llevan meses con el “making of” de “300” en la iPod. Mucho croma, mucha hormona en tetas y bíceps, mucho 3D indisimulado. Que me he empapado yo de la batalla de las Termópilas, que me las sé desde el primer día hasta el cuarto, y por un monográfico de El Mundo, que es peor. No me ha hecho falta leer mucho para resumirme en que aquello no fue más que una batalla romantizada y utilizada por la propaganda Ateniense del momento para encabronar a su ejército y conseguir que éste se empleara a fondo en la derrota de los persas. Y los derrotaron, cuenta de ello da la historia. Pero vamos, que la propaganda no la inventaron los nazis, ni los atenienses 25 siglos antes, que la propaganda es conocida por el ser humano desde que se organizó en sociedad y los listos supieron que era relativamente fácil organizar a los tontos para que muriesen y conquistasen un palmo de terreno. El terreno es necesario para que nadie te de el coñazo, y el truco está en convencer a un montón de gente para que asegure su posesión. Dos tácticas básicas: primera, no educar. La educación acerca a la gente al libre albedrío, y vaya movida. Segunda, ponerlos a procrear. Hacen falta muros humanos de repuesto cuando la vanguardia cae. Así que la propaganda está de moda en el mundo más que los jerseys de rayas este año –con lo que engordan-, y de ella se sirvieron griegos, romanos, judíos, napoleónicos, revolucionarios, comunistas –éstos leyeron a Marx al revés, lástima de Allende-, fascistas y todos y cada uno de los gobiernos democráticos que sirven hoy en día a las sociedades anónimas y a los grupos de presión. A mí me encanta la propaganda, pero si la hago yo.
A lo que iba, que “300” es lo que es, una ditraba militarista y maniquea, y es que dentro de poco a la palabra libertad le va a pasar como a la bandera de España, que a unos cuántos nos va a dar pereza esgrimirla, de tanta apropiación indebida. Desde que Reagan empezó a usar la palabra libertad cuando quería decir lo contrario, desde que Aznar, un poco más vergonzoso, hablaba de “libertades”, resulta que ahora uno puede usar un término que suena bien, que a todo el mundo le gusta, y ponerse a desfacer entuertos por medio de las armas. Frank Miller es un fachilla de medio pelo a lo Tom Clancy, eso lo sabemos todos, y a ambos dos se les da bien contar historias –nosotros en España no tenemos fachillas que cuenten historias, ahora que de nuestro Nobel sólo queda una esposa ruborizante-, así que la peli no deja de ser un espejo de su padre, el autor del cómic.
A muchos les joderá, pero la libertad que promulgaban los griegos, además de en el ejercicio científico de la guerra, que ciertamente lo practicaban, también consistía en comerse la polla unos a otros sin prejuicio judeo-cristiano que valga –al cúal le quedaban unos siglos por nacer-, por ejemplo. Cerrad los ojos o lo que queráis, hijos míos, pero es lo que hay. Se comían las pollas con una alegría del copón. La libertad es Aristóteles, pero eso a Frank Miller y a los propagandistas de Bush, que meten mano en Hollywood más que un marionetista de Canal + al guiñol de Zaplana, no les mola. Frank Miller, como muchos americanos medios, era un tipo listo pero nunca folló lo suficiente, o sea que está reprimido. Propone una visión militarista y masculinizada y absurda, y que me caiga un rayo ahora mismo o los autores de la peli han terminado resaltando el efecto filo gay sin quererlo, para regocijo mío, que me encanta ver cómo los fachillas la cagan. Y eso que ponen a Jerjes, el jefe de los malos, como un gogó dancer del Spank, buscando la risa del respetable. Filo gay porque la vista se te va –aunque no seas gay, y sed sinceros si la habéis visto- a los abdominales de los protas más que a sus rostros o sus lanzas, y los niños del cine, unos están pensando en apuntarse al gym, y otros –los menos, vale, pero no lo desdeñemos- están teniendo una erección inapropiada; sin detrimento de esa mayoría, por supuesto, que ni se erecta ni piensa en el gym, pero se traga hasta el fondo –valga la expresión, a ver si me entendéis, respetos al máximo- la tesis de que el único camino hacia la libertad es ponerse un taparrabos y hacer la guerra.
Así que “300” es propaganda disfrazada. Es decirle a la gente que la libertad se obtiene a través de la muerte del enemigo. Obviarle que el poder auténtico se dirime en despachos de empresas privadas, en los parlamentos de los estados, que el dinero de un lado y los votos del otro son las flechas y los escudos de hoy, son los objetos, son el fin, y que soldados y civiles no son otra cosa que herramientas. Obviarle que sólo la educación y la formación nos convierte en héroes –en cuanto un héroe no es otra cosa que un sujeto capaz de terminar, sólo o acompañado, con una situación injusta-. O tal vez no sea para tanto y la peli ésta sólo sea como un partido de fútbol, una representación idealizada del deseo territorial que tan sublimado anda en este mundo de hoy. Sí, es cierto, me gustaría pensar que nadie se la toma en serio.
En fin. Te ríes. Unos se lo creen, otros se empalman y sólo los auténticos héroes –en su mayoría chicas, digámoslo-, se aburren como una ostra. Besos para todos.
A lo que iba, que “300” es lo que es, una ditraba militarista y maniquea, y es que dentro de poco a la palabra libertad le va a pasar como a la bandera de España, que a unos cuántos nos va a dar pereza esgrimirla, de tanta apropiación indebida. Desde que Reagan empezó a usar la palabra libertad cuando quería decir lo contrario, desde que Aznar, un poco más vergonzoso, hablaba de “libertades”, resulta que ahora uno puede usar un término que suena bien, que a todo el mundo le gusta, y ponerse a desfacer entuertos por medio de las armas. Frank Miller es un fachilla de medio pelo a lo Tom Clancy, eso lo sabemos todos, y a ambos dos se les da bien contar historias –nosotros en España no tenemos fachillas que cuenten historias, ahora que de nuestro Nobel sólo queda una esposa ruborizante-, así que la peli no deja de ser un espejo de su padre, el autor del cómic.
A muchos les joderá, pero la libertad que promulgaban los griegos, además de en el ejercicio científico de la guerra, que ciertamente lo practicaban, también consistía en comerse la polla unos a otros sin prejuicio judeo-cristiano que valga –al cúal le quedaban unos siglos por nacer-, por ejemplo. Cerrad los ojos o lo que queráis, hijos míos, pero es lo que hay. Se comían las pollas con una alegría del copón. La libertad es Aristóteles, pero eso a Frank Miller y a los propagandistas de Bush, que meten mano en Hollywood más que un marionetista de Canal + al guiñol de Zaplana, no les mola. Frank Miller, como muchos americanos medios, era un tipo listo pero nunca folló lo suficiente, o sea que está reprimido. Propone una visión militarista y masculinizada y absurda, y que me caiga un rayo ahora mismo o los autores de la peli han terminado resaltando el efecto filo gay sin quererlo, para regocijo mío, que me encanta ver cómo los fachillas la cagan. Y eso que ponen a Jerjes, el jefe de los malos, como un gogó dancer del Spank, buscando la risa del respetable. Filo gay porque la vista se te va –aunque no seas gay, y sed sinceros si la habéis visto- a los abdominales de los protas más que a sus rostros o sus lanzas, y los niños del cine, unos están pensando en apuntarse al gym, y otros –los menos, vale, pero no lo desdeñemos- están teniendo una erección inapropiada; sin detrimento de esa mayoría, por supuesto, que ni se erecta ni piensa en el gym, pero se traga hasta el fondo –valga la expresión, a ver si me entendéis, respetos al máximo- la tesis de que el único camino hacia la libertad es ponerse un taparrabos y hacer la guerra.
Así que “300” es propaganda disfrazada. Es decirle a la gente que la libertad se obtiene a través de la muerte del enemigo. Obviarle que el poder auténtico se dirime en despachos de empresas privadas, en los parlamentos de los estados, que el dinero de un lado y los votos del otro son las flechas y los escudos de hoy, son los objetos, son el fin, y que soldados y civiles no son otra cosa que herramientas. Obviarle que sólo la educación y la formación nos convierte en héroes –en cuanto un héroe no es otra cosa que un sujeto capaz de terminar, sólo o acompañado, con una situación injusta-. O tal vez no sea para tanto y la peli ésta sólo sea como un partido de fútbol, una representación idealizada del deseo territorial que tan sublimado anda en este mundo de hoy. Sí, es cierto, me gustaría pensar que nadie se la toma en serio.
En fin. Te ríes. Unos se lo creen, otros se empalman y sólo los auténticos héroes –en su mayoría chicas, digámoslo-, se aburren como una ostra. Besos para todos.
Teorías
Las teorías de mis hermanas acerca de lo que me pasa en el cerebro al respecto de mi actual novio son dispares. Una de ellas piensa que ya se me pasará, que hay que dejarme en paz, que no habría que hacerme las cosas en casa y que estoy muy consentido. Otra opina directamente lo siguiente:
-Vaya, otro que no pone sentimientos.
Ésta habla directamente también de su ex y está con el tema de los sentimientos, que son esas cosas que siente cualquier persona viva desde las 0 hasta las 24 horas de todos los días de su vida, desde su primer día fuera del útero hasta el día en que dices “hasta luego Lucas”. Lo que quiero decir yo es que estoy condenado a tener sentimientos. Condenado a sentirme necesitado, a necesitar, a ser demandado, a demandar, a pedir por esta boquita o a quedarme mudo para siempre si me llevo un susto muy gordo. Siento, y siento bastante la verdad. Lo siento por mí, por mi novio, por las hormigas que en este extraño día de marzo en que hace sol y caen copos de nieve han decidido salir de sus agujeritos porque huele a flores, pero no es primavera. Lo siento por el tiempo gastado y por el que me queda, y por los chicos que bailan profesionalmente y por las chicas holandesas que vienen a España y se echan un novio de Sevilla, porque de ellas será el reino de los cielos. No te jode… y no sólo siento. Estoy, como digo, condenado a sentir. Pongo sentimientos en cada músculo que ejercito para teclear algo en el ordenador, para girar el volante de mi coche o para llevarme una onza –es la octava- de una tableta de Milka a la boca. Y no me refiero a sentidos. Me refiero a todo lo que cualquiera interpreta por sentimientos. De hecho, creo que lo que me pasa es que pongo sentimientos en sitios donde no hace falta. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llego.
Otra de mis hermanas dice que tengo demasiado tiempo libre. Esta es mi hermana melliza, y yo le dije a mi madre que mi hermana melliza ha heredado lo peor de ella, su progenitora, a saber, ese afán sin límites por la limpieza del hogar. Así, es imposible tener tiempo, lógicamente. O sea, es cierto que yo tengo tiempo libre, pero es probable que, uno, yo no herede en esta vida tal abnegación en la limpieza –tal vez en la próxima, cuando sea amapola en un cerro en Helecha de Valdivia y entonces las fregonas me vendrán grandes-, y dos, que incluso cuando llegue el momento de que hasta la última mota de polvo o muestra de fritura en una sartén sean responsabilidad mía, yo me las arregle para seguir teniendo tiempo libre a diario. Dios, espero que se me logre así. Bien porque pueda pagar a algún profesional que lo haga por mí –con el positivo efecto colateral de reactivación económica-, bien porque viva en el ascetismo más radical –no necesite comer y todo lo mío suponga un impacto mínimo en el mundo-, bien porque me pegue la paliza los domingos.
Hoy me voy de concierto con la Aida, a ver a otro de esos grupos de origen madrileño e inspiración gaditana, tipo El Bicho. El grupo es lo de menos, nos tomaremos algo y variaré mi plan diario de zona noroeste. Estoy más harto del triángulo Pozuelo – Majadahonda – Las Rozas que Heidi del invierno. También me gustaría encontrar un plan para esta Semana Santa, pero he tardado en descubrir que estoy en una edad muy mala. Los amigos de uno tienen sus planes, la gente no se va de vacaciones con otras parejas a no ser que vayan a hacer intercambios y cosas raras, y a mí me gustan las cosas raras, pero lo que no me gusta es follar con gente que no me pone… vamos que nadie se va de viaje conmigo. Si encuentro algo que me guste para ir solo ya os lo comentaré. Besos para todos.
-Vaya, otro que no pone sentimientos.
Ésta habla directamente también de su ex y está con el tema de los sentimientos, que son esas cosas que siente cualquier persona viva desde las 0 hasta las 24 horas de todos los días de su vida, desde su primer día fuera del útero hasta el día en que dices “hasta luego Lucas”. Lo que quiero decir yo es que estoy condenado a tener sentimientos. Condenado a sentirme necesitado, a necesitar, a ser demandado, a demandar, a pedir por esta boquita o a quedarme mudo para siempre si me llevo un susto muy gordo. Siento, y siento bastante la verdad. Lo siento por mí, por mi novio, por las hormigas que en este extraño día de marzo en que hace sol y caen copos de nieve han decidido salir de sus agujeritos porque huele a flores, pero no es primavera. Lo siento por el tiempo gastado y por el que me queda, y por los chicos que bailan profesionalmente y por las chicas holandesas que vienen a España y se echan un novio de Sevilla, porque de ellas será el reino de los cielos. No te jode… y no sólo siento. Estoy, como digo, condenado a sentir. Pongo sentimientos en cada músculo que ejercito para teclear algo en el ordenador, para girar el volante de mi coche o para llevarme una onza –es la octava- de una tableta de Milka a la boca. Y no me refiero a sentidos. Me refiero a todo lo que cualquiera interpreta por sentimientos. De hecho, creo que lo que me pasa es que pongo sentimientos en sitios donde no hace falta. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llego.
Otra de mis hermanas dice que tengo demasiado tiempo libre. Esta es mi hermana melliza, y yo le dije a mi madre que mi hermana melliza ha heredado lo peor de ella, su progenitora, a saber, ese afán sin límites por la limpieza del hogar. Así, es imposible tener tiempo, lógicamente. O sea, es cierto que yo tengo tiempo libre, pero es probable que, uno, yo no herede en esta vida tal abnegación en la limpieza –tal vez en la próxima, cuando sea amapola en un cerro en Helecha de Valdivia y entonces las fregonas me vendrán grandes-, y dos, que incluso cuando llegue el momento de que hasta la última mota de polvo o muestra de fritura en una sartén sean responsabilidad mía, yo me las arregle para seguir teniendo tiempo libre a diario. Dios, espero que se me logre así. Bien porque pueda pagar a algún profesional que lo haga por mí –con el positivo efecto colateral de reactivación económica-, bien porque viva en el ascetismo más radical –no necesite comer y todo lo mío suponga un impacto mínimo en el mundo-, bien porque me pegue la paliza los domingos.
Hoy me voy de concierto con la Aida, a ver a otro de esos grupos de origen madrileño e inspiración gaditana, tipo El Bicho. El grupo es lo de menos, nos tomaremos algo y variaré mi plan diario de zona noroeste. Estoy más harto del triángulo Pozuelo – Majadahonda – Las Rozas que Heidi del invierno. También me gustaría encontrar un plan para esta Semana Santa, pero he tardado en descubrir que estoy en una edad muy mala. Los amigos de uno tienen sus planes, la gente no se va de vacaciones con otras parejas a no ser que vayan a hacer intercambios y cosas raras, y a mí me gustan las cosas raras, pero lo que no me gusta es follar con gente que no me pone… vamos que nadie se va de viaje conmigo. Si encuentro algo que me guste para ir solo ya os lo comentaré. Besos para todos.
Nas y lo demás
Llamémosla Nas. Es de ascendencia iraní, ojos almendrados, morena, unas tetas como cabezas de niño chico. Hace un par de semanas le paró la Policía de Las Rozas, ella iba con Madonna a todo trapo en su Saab berlina, bailando en el asiento, sin papeles ni seguro, porque las chicas de Las Rozas se mueven en Las Rozas como vaqueros en el lejano oeste, a sus aires, conquistando el terreno virgen. Se saltó un semáforo en rojo, pero como Madonna y ella se encontraban en el culmen del dueto, no vieron las sirenas ni oyeron el altavoz. El coche de policía la siguió un par de calles y por fin ella se dio cuenta. Salió Nas del vehículo, tan pequeñita, sonrió y el policía terminó dándole el teléfono.
El otro día le dice una compi:
-Qué bonitos los tangas con triangulito de metal para pillar las tiras por detrás.
Ella se excita y viene corriendo:
-¿A que sí?
-Es que el tuyo se te sale.
Ayer me llama y me dice:
-Ay lo que me ha pasado. Otra vez con la policía.
Y me cuenta que la pillaron otra vez, esta vez varios policías, y ella sin papeles y dos stops sin parar a la chepa. Le pidieron los papeles. Y le pusieron la multa. Y el poli le preguntó:
-¿Se puede saber qué hace una chica con un coche tan grande?
Lejos de parecerle estúpida esta pregunta –se lo pareció, pero Nas no tiene un pelo de tonta-, le contó su vida:
-Nada, me quedé con él. Era de mi exmarido. También me quedé con el piso –y se echa a reír-. Pero lo quiero vender, es muy grande para mí.
-Yo acabo de comprarme uno, pero si no, te lo compraría. Es un coche cojonudo.
-Pues cómpramelo.
-Ya no puedo. Pero dame tu número, que a lo mejor conozco un tío que lo compraría.
Y Nas, todo nerviosa, porque ella no piensa en follar, os lo juro que no piensa, pero todo el mundo quiere follar con ella. Y ese no enterarse es lo que les da las ganas a los demás. El caso es que le dio el número, y a la media hora, en casa, le llamó el policía para perdonarle la multa. Sí, habéis oído bien: le perdonó la multa. ¿Puede hacerse eso? ¿No hay bases de datos u otros rollos patata? No lo sé. Pero le PERDONÓ la multa.
Lo que yo os iba a contar, en cualquier caso, es que mi actual novio y yo, ese novio cuyo amor yo pregoné a los cuatro vientos, está, por decirlo rápidamente, a puntito de mandarme a tomar por culo. ¿Y por qué? Diría que me lo pregunto, pero no es así, y es que conozco muy bien el porqué. La verdad es que estoy un poco extraño. El otro día le expliqué a mi madre, que está todo el día dándome el coñazo –lleva la cuenta de los días que llevo sin verme con Zoo, creo que van para veinte-, que yo lo que tengo son un montó de deseos sexuales. Le dije que ella no lo entiende porque es mujer, y mis hermanas tampoco por lo mismo, y que ya estoy harto de que me miren con los ojos como platos, porque tener deseos sexuales, digamos omnidireccionales, no significa ser intrínsecamente un desalmado. Ellas intentan hablar de ética cuando se habla de naturaleza, y yo, desde que he descubierto a Nietzsche, me he dado cuenta de que lo mío es cosa de la naturaleza, y que tales impulsos no se deben cercenar, y que lo natural es virtud mucho más que lo ético.
Entonces, mi madre, ayer día del padre, ha ido hermana por hermana contándoles mi teoría de lo masculino incomprendido en esta casa, y cada una de mis hermanas le ha dado una opinión. Por teléfono en mi casa se habla mucho de mí, y a mí eso me gusta. Yo creo que vivo demasiado bien y que esta es la raíz de mis problemas. Pero como estoy seguro de que pagaré por elló, me perdono. Besos para todos.
El otro día le dice una compi:
-Qué bonitos los tangas con triangulito de metal para pillar las tiras por detrás.
Ella se excita y viene corriendo:
-¿A que sí?
-Es que el tuyo se te sale.
Ayer me llama y me dice:
-Ay lo que me ha pasado. Otra vez con la policía.
Y me cuenta que la pillaron otra vez, esta vez varios policías, y ella sin papeles y dos stops sin parar a la chepa. Le pidieron los papeles. Y le pusieron la multa. Y el poli le preguntó:
-¿Se puede saber qué hace una chica con un coche tan grande?
Lejos de parecerle estúpida esta pregunta –se lo pareció, pero Nas no tiene un pelo de tonta-, le contó su vida:
-Nada, me quedé con él. Era de mi exmarido. También me quedé con el piso –y se echa a reír-. Pero lo quiero vender, es muy grande para mí.
-Yo acabo de comprarme uno, pero si no, te lo compraría. Es un coche cojonudo.
-Pues cómpramelo.
-Ya no puedo. Pero dame tu número, que a lo mejor conozco un tío que lo compraría.
Y Nas, todo nerviosa, porque ella no piensa en follar, os lo juro que no piensa, pero todo el mundo quiere follar con ella. Y ese no enterarse es lo que les da las ganas a los demás. El caso es que le dio el número, y a la media hora, en casa, le llamó el policía para perdonarle la multa. Sí, habéis oído bien: le perdonó la multa. ¿Puede hacerse eso? ¿No hay bases de datos u otros rollos patata? No lo sé. Pero le PERDONÓ la multa.
Lo que yo os iba a contar, en cualquier caso, es que mi actual novio y yo, ese novio cuyo amor yo pregoné a los cuatro vientos, está, por decirlo rápidamente, a puntito de mandarme a tomar por culo. ¿Y por qué? Diría que me lo pregunto, pero no es así, y es que conozco muy bien el porqué. La verdad es que estoy un poco extraño. El otro día le expliqué a mi madre, que está todo el día dándome el coñazo –lleva la cuenta de los días que llevo sin verme con Zoo, creo que van para veinte-, que yo lo que tengo son un montó de deseos sexuales. Le dije que ella no lo entiende porque es mujer, y mis hermanas tampoco por lo mismo, y que ya estoy harto de que me miren con los ojos como platos, porque tener deseos sexuales, digamos omnidireccionales, no significa ser intrínsecamente un desalmado. Ellas intentan hablar de ética cuando se habla de naturaleza, y yo, desde que he descubierto a Nietzsche, me he dado cuenta de que lo mío es cosa de la naturaleza, y que tales impulsos no se deben cercenar, y que lo natural es virtud mucho más que lo ético.
Entonces, mi madre, ayer día del padre, ha ido hermana por hermana contándoles mi teoría de lo masculino incomprendido en esta casa, y cada una de mis hermanas le ha dado una opinión. Por teléfono en mi casa se habla mucho de mí, y a mí eso me gusta. Yo creo que vivo demasiado bien y que esta es la raíz de mis problemas. Pero como estoy seguro de que pagaré por elló, me perdono. Besos para todos.
La primavera
Escucho “Jonás y la ballena” de Miguelito Bosé, de su segundo mejor disco, con su arreglo ochentero y su envidiable melodía. Este chico escribía bien, al contrario de lo que podáis pensaros. Y pienso en un montón de cosas. Pienso que no debo desayunarme nunca más una bolsa de cacahuetes a palo seco. Y que a mí trabajar no me va, que no lo cambiaría por una vida contemplativa, vale, el ideal asceta no es lo mío –lo que hay en mi interior no quiero saberlo ni a tiros-, pero sí lo cambiaría por una vida dedicada a otra cosa. No quiero decir a qué me gustaría dedicarme, que es muy pretencioso. Pero vamos, que no me dedicaría a lo que me dedico yo ahora, eso de la gestión, eso de comerse marrones, eso de negociar. Me he dado cuenta que la cosa fenicia de mi madre la he heredado yo, y se me da bien vender motos, pero no negociar. Para negociar hace falta paciencia, y yo eso lo desconozco. La paciencia me es ajena, igual que el pelo en la cabeza, y no os preocupéis que pago por ambas carencias. Y sólo por una de ellas pago tanto en verano como en invierno.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
Tengo un compañero a mi espalda que cada vez que dice la palabra “queco”, refiriéndose siempre a un muñequito 3D de esos que diseñan, me sube la mala hostia. No es su volumen, que también –valdría para locutor de radio-, no es él –me cae guay-, es la palabra. ¿Queco? ¿¿Queco?? A veces dice “quequito” y me puedo morir. Es la primavera. A mi lado está ahora mismo una pesada de la oficina de España, que es más pesada que una vaca en brazos, lleva vaqueros, polo celeste, una goma celeste para el pelo, unos pendientes celestes y ahora ha subido una pierna en la mesa y veo sus calcetines, también celestes. ¿Os lo podéis creer? Es un almendro en flor. La primavera también ha llegado a ella. Esto a mi izquierda, a mi derecha hay un ventanal que parece una estufa. La primavera ha llegado, hijos míos. Y no pidáis que os cuente algo de mi familia, que no puedo pensar.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
Tengo un compañero a mi espalda que cada vez que dice la palabra “queco”, refiriéndose siempre a un muñequito 3D de esos que diseñan, me sube la mala hostia. No es su volumen, que también –valdría para locutor de radio-, no es él –me cae guay-, es la palabra. ¿Queco? ¿¿Queco?? A veces dice “quequito” y me puedo morir. Es la primavera. A mi lado está ahora mismo una pesada de la oficina de España, que es más pesada que una vaca en brazos, lleva vaqueros, polo celeste, una goma celeste para el pelo, unos pendientes celestes y ahora ha subido una pierna en la mesa y veo sus calcetines, también celestes. ¿Os lo podéis creer? Es un almendro en flor. La primavera también ha llegado a ella. Esto a mi izquierda, a mi derecha hay un ventanal que parece una estufa. La primavera ha llegado, hijos míos. Y no pidáis que os cuente algo de mi familia, que no puedo pensar.
El Nietzsche de los cojones
Me leo al Nietzsche éste de los cojones, que estaba como un cencerro –qué daño hizo en descerebrados tipo el Hitler- pero tenía razón en algunas cosas. Me lo leo ahora, mientras las televisiones se calientan con el tema del etarra éste también de los cojones, y no hago sino asentar mi ya de por sí asentada posición –qué lástima envejecer, cada vez está más seguro uno en sus posiciones, con lo necesariamente malo que debe ser esto-. Yo no creo que los alemanes hereden alguna clase de espíritu heróico y precioso que ha de prevalecer, qué antiguo quedó todo eso, y qué bajitos los alemanes si se les compara, por ejemplo con otros caucásicos centroasiáticos, pero sí creo que la cultura judía ha hecho mucho en contra de cierto tipo de progreso –el que tiene que ver con la felicidad de la raza humana en su conjunto-, y a favor del establecimiento de la sumisión de la plebe para regocijo –debe ser secreto, si no no sería regocijo- de la élite. Los judíos estuvieron encantados con el descubrimiento del poder del miedo y de la propaganda, y pasaron el testigo al cristianismo, que prosperó y perfeccionó en esa línea, y luego muchos estados aprendieron de ello y no veas si lo perfeccionaron a su vez. Vamos, que Madrid se llenó el sábado, y aquí siento decirlo pero yo lo digo, que decir debe ser libre, de productos de la manipulación.
Que un madrileño con un sueldo inferior a 70.000 euros anuales vote a Espe, usufructuaria por derecho carnal de una fortuna de empresarios, es algo que se me escapa. La desinformación hace estragos, pero estar desinformado y ver Telemadrid ya debe ser como de locos. O eso, o es que la mayoría de los pobres, o los no-ricos, de los que no estamos y probablemente no ingresemos jamás en la élite manipuladora, vamos, jamás se ha topado en serio con uno de éstos. Porque yo sí me topé. Y sé cómo son. Y he leído libros de historia y tengo sentido común. Y sé que si los votantes de Espe entendieran hasta qué punto a ella le importan un bledo la democracia, la política y el derecho romano –qué lástima lo de los romanos, que los bárbaros sólo nos dejaron precisos arcos apuntados, pero jodieron todo lo demás, y aquí empieza mi desacuerdo con Nietzsche-, estos españoles votantes, digo se echarían a temblar y jamás votarían a la beneficiaria de Aguirre-Newman. Que los ricos son otra cosa, chicos. Que tienen fiestas privadas y conversaciones que nunca creeríamos. Que su misión en la vida es seguir forrándose y eso de la “sociedad” en el sentido griego del término es algo de lo que se mofan, algo que ni siquiera creen que exista –y en cierta manera tienen razón-. Que digo que si votas a Espe, bueno, allá tú con tu conciencia -y con tu dinero, que es peor-. Pero de ahí a que te creas lo que proponen...
En fin, hablar del etarra y darle al tema la importancia que no tiene –el que aún crea que si De Juana muere o no dentro o fuera de una carcel tiene alguna relevancia “real” fuera la disquisición legalista o moral que levante la mano, que le sugiero otra pandilla con la que irse de copas, que si somos un grupo grande no nos dejan entrar en las discotecas-, hablar de esta movida, digo, me apetece cero, porque lo que pienso lo pensaba ya y la gente me mira raro, y yo sí creo en eso de la sociedad. Vamos, que me gusta tener amigos, aunque no lleguen a las mismas conclusiones que yo.
Y no os echéis las manos a la cabeza. Ni vosotros ni yo ni el mogollón de desinformados de la Castellana puede devolver a la vida a alguno de los muertos a manos del etarra, si a eso vamos. Aunque tal vez si el PP no hubiera adelantado 54 condenas antes de 2001… venga, ya me callo, que me lío. Quién sabe si yo también estoy desinformado.
En cuanto a lo importante, que es cómo me va con mi novio, pues os diré que las cosas no andan bien. Él se piensa que soy un monstruo con cuatro cabezas, escamas y agujeros en la nariz por los que cabría un melón blanco, y yo me pienso que él es, pues eso, como mi madre. Y en esas andamos. Hoy viene su familia de Venezuela, piensan quedarse unos cuantos meses. Mis padres se quieren ir a Aguilar cuando empiece el calor, los padres de Zoo vienen a Madrid, el Zoo se va a Dinamarca, Sergio –Pichina- se va a Palencia, yo no me voy a mi piso –ya os cuento otro día lo del frigo y de cómo rascar un congelador con un tenedor no es una buena idea-… para que luego digan que el calentamiento global sólo afecta a las mareas. Besos para todos.
Que un madrileño con un sueldo inferior a 70.000 euros anuales vote a Espe, usufructuaria por derecho carnal de una fortuna de empresarios, es algo que se me escapa. La desinformación hace estragos, pero estar desinformado y ver Telemadrid ya debe ser como de locos. O eso, o es que la mayoría de los pobres, o los no-ricos, de los que no estamos y probablemente no ingresemos jamás en la élite manipuladora, vamos, jamás se ha topado en serio con uno de éstos. Porque yo sí me topé. Y sé cómo son. Y he leído libros de historia y tengo sentido común. Y sé que si los votantes de Espe entendieran hasta qué punto a ella le importan un bledo la democracia, la política y el derecho romano –qué lástima lo de los romanos, que los bárbaros sólo nos dejaron precisos arcos apuntados, pero jodieron todo lo demás, y aquí empieza mi desacuerdo con Nietzsche-, estos españoles votantes, digo se echarían a temblar y jamás votarían a la beneficiaria de Aguirre-Newman. Que los ricos son otra cosa, chicos. Que tienen fiestas privadas y conversaciones que nunca creeríamos. Que su misión en la vida es seguir forrándose y eso de la “sociedad” en el sentido griego del término es algo de lo que se mofan, algo que ni siquiera creen que exista –y en cierta manera tienen razón-. Que digo que si votas a Espe, bueno, allá tú con tu conciencia -y con tu dinero, que es peor-. Pero de ahí a que te creas lo que proponen...
En fin, hablar del etarra y darle al tema la importancia que no tiene –el que aún crea que si De Juana muere o no dentro o fuera de una carcel tiene alguna relevancia “real” fuera la disquisición legalista o moral que levante la mano, que le sugiero otra pandilla con la que irse de copas, que si somos un grupo grande no nos dejan entrar en las discotecas-, hablar de esta movida, digo, me apetece cero, porque lo que pienso lo pensaba ya y la gente me mira raro, y yo sí creo en eso de la sociedad. Vamos, que me gusta tener amigos, aunque no lleguen a las mismas conclusiones que yo.
Y no os echéis las manos a la cabeza. Ni vosotros ni yo ni el mogollón de desinformados de la Castellana puede devolver a la vida a alguno de los muertos a manos del etarra, si a eso vamos. Aunque tal vez si el PP no hubiera adelantado 54 condenas antes de 2001… venga, ya me callo, que me lío. Quién sabe si yo también estoy desinformado.
En cuanto a lo importante, que es cómo me va con mi novio, pues os diré que las cosas no andan bien. Él se piensa que soy un monstruo con cuatro cabezas, escamas y agujeros en la nariz por los que cabría un melón blanco, y yo me pienso que él es, pues eso, como mi madre. Y en esas andamos. Hoy viene su familia de Venezuela, piensan quedarse unos cuantos meses. Mis padres se quieren ir a Aguilar cuando empiece el calor, los padres de Zoo vienen a Madrid, el Zoo se va a Dinamarca, Sergio –Pichina- se va a Palencia, yo no me voy a mi piso –ya os cuento otro día lo del frigo y de cómo rascar un congelador con un tenedor no es una buena idea-… para que luego digan que el calentamiento global sólo afecta a las mareas. Besos para todos.
nuestros temas de nochebuena
Como ya sabéis, me encantan las navidades. El día de nochebuena hice lo que no suelo hacer a menos que tenga fiebre: quedarme en casa un día entero. Ahí, remoloneando, con las manos en los bolsillos y los zapatos puestos, mirando hipnotizado las luces del árbol de navidad –nuestras luces empiezan bien, pero su ratio encendido-apagado se va empequeñeciendo, y al rato digamos que tienes que mirar un par de minutos para verlas lucir un solo segundo, son luces de árbol primera generación, cometa Halley, como quieras llamarlo-. Por la tarde me quedé solo en casa y me eché unas risas viendo Zoolander –me han tenido que descubrir esa peli compañeros del curro, cinéfilo de mí-. Estaba un poco triste porque Zoo y yo no estamos últimamente para tirar cohetes, es que yo tengo un gen que me impide saber lo que quiero y mi mente se queda como bloqueada, creo que tiene que ver con la serotonina, algunos dicen que es morro supino, pero ellos desconocen el poder de la sinapsis neuronal, que llama mucho la atención sobre todo cuando no se da, precisamente. Pero estar triste también forma un poco parte de las navidades.
Después empezó a llegar mi familia y me puse guapo y contento y me eché colonia y me puse mis New Balance negras, que es como mis zapatos de gala y saqué los ingredientes que había comprado para mi ensalada. Y la hice con todo el cariño del mundo para competir con la de mi hermana Pilar, y perdí, porque, aunque acerté con los ingredientes, la cagué con el aliño, eché demasiado limón, y me quedó más ácida que chupar una aspirina. Pero no me importó, porque lo pasamos genial y dijimos barbaridades y nos echamos unas risas. Os hago un breve listado de las cosas de las que nos reímos:
- De la epiglotis defectuosa de mi madre –así la define ella-, que es una cosa horrible que le pasa y empieza a toser y a mí me da mucho asco y nos reímos un montón con ello. Es sólo que se pone nerviosa y se atraganta.
- Del estofado de mi hermana Pilar, que en realidad, aunque era cordero, no era estofado, sino un montón de costillas apelotonadas. Ella no lo supo ver, así que comimos costillas de cordero, que era en lo que quedó aquel bulto de carne una vez que lo metimos al horno.
- De la situación kafkiana de mi hermana Pilar, separada, divorciada y, en general, dada la vuelta. La cosa es para reirse, como todo lo tenebroso y lo inexplicable del mundo. Si te ríes de la muerte, no te vas a reír del ex marido de mi hermana.
Lo que más risa nos da es discutir, porque discutimos un montón de toda la vida, y nunca nos enfadamos, aunque los nuevos a nuestra familia se asustan a veces, para ellos es imposible alcanzar este nivel de gritos y no llegar a las manos. Pues nosotros nunca llegamos a las manos y lo pasamos genial. Discutimos sobre cosas como estas:
- Política. Este es nuestro tema favorito. Siempre es porque somos todos de izquierdas menos mi madre, que no es tan facha, pero que se lo hace para picarnos. El otro día brindó, literalmente, “por que los vascos nos dejen España” y todos nos descojonamos, porque hasta ella misma se dio cuenta de que se había pasado, aunque todos, menos mi cuñado, que es muy ecuánime, estamos de acuerdo en que los nacionalismos son un coñazo.
- Religión. Nuestro segundo tema favorito. Mi madre, cristiana. Nosotros, ateos. Nuestra tesis es que nuestra madre también es atea, sólo que se tira el rollo. Este tema nos da para mucho, y terminamos blasfemando y nos partimos la caja.
En fin, hay muchos más temas, como la anorexia y la vigorexia, y si se nos están de cojones estas enfermedades del sigo XXI, o si en San Sebastián son pijos, modernos o sólo provincianos, o ninguna de las tres, o si las mujeres de edad que más se quejan son las que más duran, o si está bien que lo más importante de la vida después de las carreras sean los novios, y la clase de educación que deriva de ello. Un montón de cosas, vamos. Ya os contaré más. Besos para todos.
Después empezó a llegar mi familia y me puse guapo y contento y me eché colonia y me puse mis New Balance negras, que es como mis zapatos de gala y saqué los ingredientes que había comprado para mi ensalada. Y la hice con todo el cariño del mundo para competir con la de mi hermana Pilar, y perdí, porque, aunque acerté con los ingredientes, la cagué con el aliño, eché demasiado limón, y me quedó más ácida que chupar una aspirina. Pero no me importó, porque lo pasamos genial y dijimos barbaridades y nos echamos unas risas. Os hago un breve listado de las cosas de las que nos reímos:
- De la epiglotis defectuosa de mi madre –así la define ella-, que es una cosa horrible que le pasa y empieza a toser y a mí me da mucho asco y nos reímos un montón con ello. Es sólo que se pone nerviosa y se atraganta.
- Del estofado de mi hermana Pilar, que en realidad, aunque era cordero, no era estofado, sino un montón de costillas apelotonadas. Ella no lo supo ver, así que comimos costillas de cordero, que era en lo que quedó aquel bulto de carne una vez que lo metimos al horno.
- De la situación kafkiana de mi hermana Pilar, separada, divorciada y, en general, dada la vuelta. La cosa es para reirse, como todo lo tenebroso y lo inexplicable del mundo. Si te ríes de la muerte, no te vas a reír del ex marido de mi hermana.
Lo que más risa nos da es discutir, porque discutimos un montón de toda la vida, y nunca nos enfadamos, aunque los nuevos a nuestra familia se asustan a veces, para ellos es imposible alcanzar este nivel de gritos y no llegar a las manos. Pues nosotros nunca llegamos a las manos y lo pasamos genial. Discutimos sobre cosas como estas:
- Política. Este es nuestro tema favorito. Siempre es porque somos todos de izquierdas menos mi madre, que no es tan facha, pero que se lo hace para picarnos. El otro día brindó, literalmente, “por que los vascos nos dejen España” y todos nos descojonamos, porque hasta ella misma se dio cuenta de que se había pasado, aunque todos, menos mi cuñado, que es muy ecuánime, estamos de acuerdo en que los nacionalismos son un coñazo.
- Religión. Nuestro segundo tema favorito. Mi madre, cristiana. Nosotros, ateos. Nuestra tesis es que nuestra madre también es atea, sólo que se tira el rollo. Este tema nos da para mucho, y terminamos blasfemando y nos partimos la caja.
En fin, hay muchos más temas, como la anorexia y la vigorexia, y si se nos están de cojones estas enfermedades del sigo XXI, o si en San Sebastián son pijos, modernos o sólo provincianos, o ninguna de las tres, o si las mujeres de edad que más se quejan son las que más duran, o si está bien que lo más importante de la vida después de las carreras sean los novios, y la clase de educación que deriva de ello. Un montón de cosas, vamos. Ya os contaré más. Besos para todos.
merry christmas baby
¿A qué huele? ¿Huele a navidad? Va a ser eso. Estoy escuchando una big band en mis cascos y pienso en Bill Cosby –siempre pienso en Bill Cosby cuando oigo jazz, igual que siempre pienso en el antiguo armario de mis padres cuando huelo a lavanda, o en Superman I cuando huelo Eau de Rochas, porque era la colonia que llevaba mi hermana mayor cuando me llevó a ver esa película- y también pienso en las navidades. Porque las felices navidades consumistas –sabéis que yo jamás uso el término “consumista” en tono peyorativo- ya están aquí, y a mí eso me pone contento.
Metido en mi big band auricular me dejo llevar hasta fuegos de leña, hasta cocinas calientes con bandejas de polvorones, a mesas opulentas, a llevar la ropa de calle en casa –¿os habéis fijado en que el día de nochebuena todos llevamos nuestros zapatos de calle para estar en casa?-, a todas esas cosas que tiene la navidad y que a mí, personalmente, y siento defraudar a los que apoyan el nuevo mito de que la navidad es una mierda, me gustan.
Lo que tengo es que, cómo no, estoy engordando, y cómo no, me quejo. Porque lo mío es quejarme. Además de engordar. Todos los días hay aquí pasteles o bombones, y el otro día hemos bebido en horas de trabajo, el ron miel ese de los canarios, que yo nunca había probado, pero que se sale. También hemos organizado un amigo invisible. Yo estoy encantado porque esta mañana, al llegar, me he encontrado en mi mesa un recorte de periódico sobre cuyo titular hay escrito a rotulador: “soy tu amigo invisible”. El titular del artículo reza: “Si quieres ser un buen empleado, llega motivado desde casa”. El artículo va de un estúpido libro que ha escrito alguien –americano, con esto os lo digo todo- y que mantiene la tesis de que la motivación del trabajador tiene que nacer de sí mismo, y que el directivo debe ser únicamente responsable de organizar y de no desmotivar. Más allá de esta tesis, el objeto de este libro es ridículo, porque si eres un empleado jamás leerás este libro y jamás te enterarás de que te tienes que sacar la motivación de la manga, y si eres directivo da igual lo que te leas: tu mera existencia ya desmotiva. En cuanto a la tesis propiamente dicha, poco hay que decir. Una teoría liberalista radical más. Tú curra y arréglatelas para que tus planteamientos emocionales empujen la idea de que tienes que trabajar feliz y productivo 14 horas al día. Para más inri, el autor debe finalizar el libro con algo así como “abandonemos los esquemas mentales actuales heredados de la revolución industrial”. Un punto de razón podrá tener, pero, desde luego, él bien ha elegido escribir un libro de listillo para dejar su trabajo probablemente de mierda –llamo trabajo de mierda para resumir, me refiero a los trabajos a los que tienes que entrar a las 9, no importa cuanto te paguen-.
Pero la pista me ha gustado mucho –no me he dado por aludido- y estoy deseando saber quién es mi amigo invisible. A todo el mundo le voy preguntado:
-¿Bueno, y qué me vas a regalar? –a ver si alguno pica. Ya verás, como alguno se ponga colorado, ya le he pillado y se me bajará la ilusión a los pies. Si es que me lo ando buscando.
En cuanto a mi amigo invisible, regalo a una tía de por aquí, y le he querido mandar un e-mail desde una cuenta de correo que tengo por ahí, pero creo que la he cagado, porque mi nombre, aunque no está en la dirección, sí que aparece en el contenido de correo como emisor. Joder, qué cagada. Besos para todos.
Metido en mi big band auricular me dejo llevar hasta fuegos de leña, hasta cocinas calientes con bandejas de polvorones, a mesas opulentas, a llevar la ropa de calle en casa –¿os habéis fijado en que el día de nochebuena todos llevamos nuestros zapatos de calle para estar en casa?-, a todas esas cosas que tiene la navidad y que a mí, personalmente, y siento defraudar a los que apoyan el nuevo mito de que la navidad es una mierda, me gustan.
Lo que tengo es que, cómo no, estoy engordando, y cómo no, me quejo. Porque lo mío es quejarme. Además de engordar. Todos los días hay aquí pasteles o bombones, y el otro día hemos bebido en horas de trabajo, el ron miel ese de los canarios, que yo nunca había probado, pero que se sale. También hemos organizado un amigo invisible. Yo estoy encantado porque esta mañana, al llegar, me he encontrado en mi mesa un recorte de periódico sobre cuyo titular hay escrito a rotulador: “soy tu amigo invisible”. El titular del artículo reza: “Si quieres ser un buen empleado, llega motivado desde casa”. El artículo va de un estúpido libro que ha escrito alguien –americano, con esto os lo digo todo- y que mantiene la tesis de que la motivación del trabajador tiene que nacer de sí mismo, y que el directivo debe ser únicamente responsable de organizar y de no desmotivar. Más allá de esta tesis, el objeto de este libro es ridículo, porque si eres un empleado jamás leerás este libro y jamás te enterarás de que te tienes que sacar la motivación de la manga, y si eres directivo da igual lo que te leas: tu mera existencia ya desmotiva. En cuanto a la tesis propiamente dicha, poco hay que decir. Una teoría liberalista radical más. Tú curra y arréglatelas para que tus planteamientos emocionales empujen la idea de que tienes que trabajar feliz y productivo 14 horas al día. Para más inri, el autor debe finalizar el libro con algo así como “abandonemos los esquemas mentales actuales heredados de la revolución industrial”. Un punto de razón podrá tener, pero, desde luego, él bien ha elegido escribir un libro de listillo para dejar su trabajo probablemente de mierda –llamo trabajo de mierda para resumir, me refiero a los trabajos a los que tienes que entrar a las 9, no importa cuanto te paguen-.
Pero la pista me ha gustado mucho –no me he dado por aludido- y estoy deseando saber quién es mi amigo invisible. A todo el mundo le voy preguntado:
-¿Bueno, y qué me vas a regalar? –a ver si alguno pica. Ya verás, como alguno se ponga colorado, ya le he pillado y se me bajará la ilusión a los pies. Si es que me lo ando buscando.
En cuanto a mi amigo invisible, regalo a una tía de por aquí, y le he querido mandar un e-mail desde una cuenta de correo que tengo por ahí, pero creo que la he cagado, porque mi nombre, aunque no está en la dirección, sí que aparece en el contenido de correo como emisor. Joder, qué cagada. Besos para todos.