The exotic thing
La Moni siempre me dice que me lío con gente que no vive aquí -o que se pira o que sé que va a desaparecer, whatever- porque en el fondo rehuyo los compromisos. Que lo hago para no involucrarme emocionalmente, vamos. Me lo volvió a repetir ayer cuando le conté que el sábado me lié con el segundo tío residente en Londres en menos de un mes. Todo ello sin salir de los mismos cien metros cuadrados de cierto bar de Chueca. Lo que la Moni no sabe es que yo puedo ser más tonto de lo que parezco. Es decir, que perfectamente puedo involucramre emocionalmente por cualquier gilipollas con la cadera echada pa'lante, por mucho que viva en el Soho, a dos mil kilómetros de aquí. Ella sobreestima mi madurez sentimental, la pobre.
Por este no me voy a pillar, no soy tan idiota -se piraba hoy a París-, a pesar de la mezcla explosiva que se produce en el físico de dicho individuo nacido en Suráfrica de padre peruano y madre holandesa, rubio, ojos grises y rasgados y moreno de piel.
-Lo mío es mucho más fácil -le dije-. Mi padre, un castellano de Grijera, mi madre, castellana de Helecha de Valdivia, a seis kilómetros de Grijera. Yo nací en otro pueblo a cinco km. de estos dos y a los dieciocho me vine a Madrid, donde vivo desde entonces-. Supongo que, para las cifras que él acostumbra, aquello le pareció lo más endogámico del mundo. Como montárselo entre primos, algo así.
"Me estoy jugando el polvo" pensé, cuando le saqué el tema del Apartheid. Y lo volví a pensar cuando le quité una pluma del jersey -auténtica, proveniente de su plumas- y se lo tomó a mal:
-Es que acabo de enterarme de lo que aquí llamáis pluma ayer mismo- dijo, estaba susceptible el chaval con el tema, qué le vamos a hacer. Pero fue un buen sábado por dos razones: porque practiqué el inglés y porque practiqué el sexo.
Esto último lo practiqué en mi coche -lo que ha visto ese coche- muy cerquita de donde escribo ahora mismo, o sea mi curro. Es que él se quedaba en la casa de una amiga por aquí.
Pues esto, junto al espisodio del viernes noche en el que -involuntariamente- fui acusado de romper un matrimonio, todo porque un pijo, borracho y heterosexual -este último adjetivo es el único de los tres que no tiene connotaciones intrínsecamente negativas- se empeñó en abrazarme e invitarme a chupitos de Jack Daniels, ha sido lo más destacado que me ha ofrecido la noche madrileña este fin de semana. Saludos a todos.
Por este no me voy a pillar, no soy tan idiota -se piraba hoy a París-, a pesar de la mezcla explosiva que se produce en el físico de dicho individuo nacido en Suráfrica de padre peruano y madre holandesa, rubio, ojos grises y rasgados y moreno de piel.
-Lo mío es mucho más fácil -le dije-. Mi padre, un castellano de Grijera, mi madre, castellana de Helecha de Valdivia, a seis kilómetros de Grijera. Yo nací en otro pueblo a cinco km. de estos dos y a los dieciocho me vine a Madrid, donde vivo desde entonces-. Supongo que, para las cifras que él acostumbra, aquello le pareció lo más endogámico del mundo. Como montárselo entre primos, algo así.
"Me estoy jugando el polvo" pensé, cuando le saqué el tema del Apartheid. Y lo volví a pensar cuando le quité una pluma del jersey -auténtica, proveniente de su plumas- y se lo tomó a mal:
-Es que acabo de enterarme de lo que aquí llamáis pluma ayer mismo- dijo, estaba susceptible el chaval con el tema, qué le vamos a hacer. Pero fue un buen sábado por dos razones: porque practiqué el inglés y porque practiqué el sexo.
Esto último lo practiqué en mi coche -lo que ha visto ese coche- muy cerquita de donde escribo ahora mismo, o sea mi curro. Es que él se quedaba en la casa de una amiga por aquí.
Pues esto, junto al espisodio del viernes noche en el que -involuntariamente- fui acusado de romper un matrimonio, todo porque un pijo, borracho y heterosexual -este último adjetivo es el único de los tres que no tiene connotaciones intrínsecamente negativas- se empeñó en abrazarme e invitarme a chupitos de Jack Daniels, ha sido lo más destacado que me ha ofrecido la noche madrileña este fin de semana. Saludos a todos.
Cómo son las madres
Las madres son las hostia. Cierto ex salió del armario con su madre en la época en que estábamos juntos. Lo primero que hizo su madre fue a) echarle la bronca -como cuando la mía me la echaba cuando me cogía anginas, ni que yo fuera lamiendo las esquinas para contagiarme a propósito- y b) contárselo a la vecina.
- Mi hijo, que me ha dicho que es maricón.
Y la vecina entró en casa para verlo, y todo.
- Me podéis echar unos cacahuetes, si eso -apuntó el chaval. Y después se fue de compras con su madre y ella se lo fue contando a las amigas en la cola del pescado, de la fruta y del banco. Mi ex no sabía dónde meterse.
Cuando yo tenía quince años vino a mi pueblo un veraneante que estaba más bueno que todas las cosas. Me las arreglé para que saliera con mi pandilla. Yo era un cagado en aquella época, pero ese tipo de conspiraciones se me daba genial. Pues me tiré todo el verano enamorado platónicamente de aquel chico, que era de Gijón -y heterosexual-. Nos hicimos hermanos de sangre, y todo, para habernos pegado cualquier cosa.
La cuestión es que yo nunca hábia llegado tarde a casa, y menos entre semana. Y aquel día era un martes cualquiera, al día siguiente tenía que ir a ayudar a mi padre al taller y yo llegaba a casa a las cinco de la mañana. El de Gijón dijo, muy solícito:
- No te preocupes, yo subo contigo y hablo con tu madre.
- ¿Estás loco? ¿Qué quieres, ponerlo peor?
Pero subió, en plan valiente. Metí la llave en la puerta y tuve tiempo de ver cómo mi madre, en plan aparición, se acercaba por el pasillo con su camisón -juraría que no movía las piernas- y una mano levantada en posición tortazo inminente. Pero el terror comenzó cuando vi que el chaval interponía su cuerpo entre mi madre y yo y exclamaba:
- ¡No le pegue, señora! -hablaba de usted, él era temerario pero muy educado.
Se llevó el tortazo posiblemente más gordo de su vida. "¿Qué hace, señora?" dijo -en ningún momento perdió la educación-, y escapó escaleras abajo agarrándose la cara. Al día siguiente volvió a buscarme al taller de mi padre, pero esta vez esperó al otro lado de la calle.
Así son las madres. La mía juraría más tarde que ella pensó que era yo. Nunca me lo he creído. De todas formas, no os equivoquéis. Yo he sido un hijo muy querido y no me han maltratado. A ver si os váis a pensar que soy gay por haber nacido en una familia desesctructurada -como dice la Moni de sí misma, qué morro tiene-.
- Mi hijo, que me ha dicho que es maricón.
Y la vecina entró en casa para verlo, y todo.
- Me podéis echar unos cacahuetes, si eso -apuntó el chaval. Y después se fue de compras con su madre y ella se lo fue contando a las amigas en la cola del pescado, de la fruta y del banco. Mi ex no sabía dónde meterse.
Cuando yo tenía quince años vino a mi pueblo un veraneante que estaba más bueno que todas las cosas. Me las arreglé para que saliera con mi pandilla. Yo era un cagado en aquella época, pero ese tipo de conspiraciones se me daba genial. Pues me tiré todo el verano enamorado platónicamente de aquel chico, que era de Gijón -y heterosexual-. Nos hicimos hermanos de sangre, y todo, para habernos pegado cualquier cosa.
La cuestión es que yo nunca hábia llegado tarde a casa, y menos entre semana. Y aquel día era un martes cualquiera, al día siguiente tenía que ir a ayudar a mi padre al taller y yo llegaba a casa a las cinco de la mañana. El de Gijón dijo, muy solícito:
- No te preocupes, yo subo contigo y hablo con tu madre.
- ¿Estás loco? ¿Qué quieres, ponerlo peor?
Pero subió, en plan valiente. Metí la llave en la puerta y tuve tiempo de ver cómo mi madre, en plan aparición, se acercaba por el pasillo con su camisón -juraría que no movía las piernas- y una mano levantada en posición tortazo inminente. Pero el terror comenzó cuando vi que el chaval interponía su cuerpo entre mi madre y yo y exclamaba:
- ¡No le pegue, señora! -hablaba de usted, él era temerario pero muy educado.
Se llevó el tortazo posiblemente más gordo de su vida. "¿Qué hace, señora?" dijo -en ningún momento perdió la educación-, y escapó escaleras abajo agarrándose la cara. Al día siguiente volvió a buscarme al taller de mi padre, pero esta vez esperó al otro lado de la calle.
Así son las madres. La mía juraría más tarde que ella pensó que era yo. Nunca me lo he creído. De todas formas, no os equivoquéis. Yo he sido un hijo muy querido y no me han maltratado. A ver si os váis a pensar que soy gay por haber nacido en una familia desesctructurada -como dice la Moni de sí misma, qué morro tiene-.
La puta y la monja
El año pasado, en Carnavales, vino a mi pueblo el que por entonces era mi novio. Había estado poniéndose en el messenger los días anteriores el nick "quién va a invitarme a su pueblo a Carnavales?" y yo, que no tengo un pelo de tonto, pillé la indirecta. Así que se lo propuse, él se hizo el remolón tres segundos y medio y aceptó. Pero dijo:
- Ah, una cosita. Yo no me voy a disfrazar.
- No te preocupes, tú haz lo que quieras -le tranquilicé, y me sonreí. Porque sabía que se iba a disfrazar. Por encima de mi cadáver.
Así que lo primero que hicimos al llegar fue tirarnos unas bolas de nieve, ponernos cachondos por la excitación de tanto abrigo y tanta bufanda y tanto sofoco pueril, culminar dicho asunto en mi habitación -aún decorada como cuando era pequeño, con mis naves de Star Wars y mis tebeos de Astérix- mientras sonaba uno de mis viejos vinilos de Dylan -él preguntó "¿quién es este que canta como una cabra montesa?" y yo casi lo mato pero en lugar de eso se me puso más dura-, vestirnos de nuevo e irnos a casa de la Gago, una de mis mejores amigas en el pueblo, a ver de qué nos disfrazábamos.
- Que yo no me voy a disfrazar -repetía por el camino.
- Que no me comas la oreja, que hagas lo que quieras -en aquella época aún tenía yo la sartén por el mango.
Pues le apañamos entre la madre de la Gago -absolutamente consciente de que aquel chico era más que un amigo de Madrid- un traje de monja que para sí le quisieran las clarisas del otro lado del río. Era un poema verle a la madre de la Gago arreglarle la cofia y decirle:
- Estate quieto, chiguito, que te voy a clavar un alfiler. Coño con el niño.
- Si es que yo no me quiero disfrazar.
- Ay qué ocurrencias. ¿Qué piensas, salir vestido de calle? Se ríen de ti. Qué chavales.
Así que se disfrazó, quisiera o no, y yo me disfracé, para hacer el contraste, de auténtica zorra. Yo, aunque intente parecer una chica fina o pija, o una chica normal, siempre parezco el zorrón del barrio. La Marisa me maquilla y me pongo to nervioso cuando me pinta la raya con el ojo cerrao. No valdría para ser tía. Pues parezco una zorra hasta las cuatro. A partir de las cuatro parezco un travelo chungo al que le han obligado a una felación, le han pegado dos hostias y encima no le han pagado.
Pues de semejante guisa salimos con mi pandilla. Yo le miraba -su actitud, sólo le asomaba la cara en el disfraz, y todo él, a excepción del whisky cola en la mano, era de una monja de verdad- y me partía el eje de las equis. Yo le metía mano debajo de la sotana y se apartaba todo recatado. Más tarde, mandábamos aquel recato y aquella sotana a un rincón de mi habitación de niño, pero eso ya no sale en el capítulo de hoy, queridos televidentes. No queremos que nos retiren de la parrilla tan pronto.
Hablando de series, el Alvarito me ha mandado una foto con el nuevo prota de "UPA dance". Yo nunca he visto esa serie, pero un poster del colega éste si me compraba. Dice Alvarito que, por él, la serie debería llamarse "Chupa dance". Estoy de acuerdo.
- Ah, una cosita. Yo no me voy a disfrazar.
- No te preocupes, tú haz lo que quieras -le tranquilicé, y me sonreí. Porque sabía que se iba a disfrazar. Por encima de mi cadáver.
Así que lo primero que hicimos al llegar fue tirarnos unas bolas de nieve, ponernos cachondos por la excitación de tanto abrigo y tanta bufanda y tanto sofoco pueril, culminar dicho asunto en mi habitación -aún decorada como cuando era pequeño, con mis naves de Star Wars y mis tebeos de Astérix- mientras sonaba uno de mis viejos vinilos de Dylan -él preguntó "¿quién es este que canta como una cabra montesa?" y yo casi lo mato pero en lugar de eso se me puso más dura-, vestirnos de nuevo e irnos a casa de la Gago, una de mis mejores amigas en el pueblo, a ver de qué nos disfrazábamos.
- Que yo no me voy a disfrazar -repetía por el camino.
- Que no me comas la oreja, que hagas lo que quieras -en aquella época aún tenía yo la sartén por el mango.
Pues le apañamos entre la madre de la Gago -absolutamente consciente de que aquel chico era más que un amigo de Madrid- un traje de monja que para sí le quisieran las clarisas del otro lado del río. Era un poema verle a la madre de la Gago arreglarle la cofia y decirle:
- Estate quieto, chiguito, que te voy a clavar un alfiler. Coño con el niño.
- Si es que yo no me quiero disfrazar.
- Ay qué ocurrencias. ¿Qué piensas, salir vestido de calle? Se ríen de ti. Qué chavales.
Así que se disfrazó, quisiera o no, y yo me disfracé, para hacer el contraste, de auténtica zorra. Yo, aunque intente parecer una chica fina o pija, o una chica normal, siempre parezco el zorrón del barrio. La Marisa me maquilla y me pongo to nervioso cuando me pinta la raya con el ojo cerrao. No valdría para ser tía. Pues parezco una zorra hasta las cuatro. A partir de las cuatro parezco un travelo chungo al que le han obligado a una felación, le han pegado dos hostias y encima no le han pagado.
Pues de semejante guisa salimos con mi pandilla. Yo le miraba -su actitud, sólo le asomaba la cara en el disfraz, y todo él, a excepción del whisky cola en la mano, era de una monja de verdad- y me partía el eje de las equis. Yo le metía mano debajo de la sotana y se apartaba todo recatado. Más tarde, mandábamos aquel recato y aquella sotana a un rincón de mi habitación de niño, pero eso ya no sale en el capítulo de hoy, queridos televidentes. No queremos que nos retiren de la parrilla tan pronto.
Hablando de series, el Alvarito me ha mandado una foto con el nuevo prota de "UPA dance". Yo nunca he visto esa serie, pero un poster del colega éste si me compraba. Dice Alvarito que, por él, la serie debería llamarse "Chupa dance". Estoy de acuerdo.
Gominolas de osito
"La vida es un limón y quiero que me devuelvan el dinero" dice una canción de Meat Loaf -bienvenidos al primer gay de vuestra vida que es fan del Meat Loaf-. Me cago en todo, porque tenía medio log escrito y se me ha borrao por gilipollas, por ejecutar el correo, todo para ver una gilipollez de mensaje cadena -a lo mejor no me duran los novios porque nunca mando a 10 amigos mi animal preferido y si he llorado alguna vez por una chica; sí, lloré una vez por la tía Lici, fue cuando salió del Cantábrico en la playa del Sardinero cual Neptuno, y tardó hasta tener el agua por los tobillos en darse cuenta de que la ola que la había tumbado le había bajado el bañador hasta el ombligo; nadie en la primera cala del Sardinero se perdió aquel momento glorioso de carne libre y gozo sensual; sí, lloré por ella, y menudas carcajadas me eché; ella, que siempre había sido tan suya, que sólo su marido había disfrutado antes de semejante paisaje y ahora entraba de golpe en el Top Five del Cantabria Sexy Grandma-.
Pues me jode porque tenía ya contado lo de mi Motorola V50 -Peq, que mide 1,90 y por eso le llamamos así, me lo sugirió-, que voló por los aires por la carretera de la Coruña porque me lo había olvidado en el capó de mi Corsa y las piezas aparecieron decenas de metros unas de otras, una de ellas en un carril de la propia N-VI, y de cómo me arrojé ante la atónita mirada de los programadores de Oracle a la inmisericorde fila de coches en dicha autovía, insultos, frenazos, pitidos, pero recuperé mi móvil, lo monté de nuevo y, os lo creáis o no, funcionaba. Ya no lo uso, pero lo tengo en casa expuesto en una vitrina -esto sí es broma-.
Pues sí, la vida es un limón y se acerca el día de los enamorados. Yo no estoy enamorado, y hace cuatro años, cuando tampoco lo estaba pero andaba en tratos con un chico, fue la única vez que he recibido regalos por dicha fecha. Fue una peli de Woody Allen y una bolsa de gominolas. El chaval era azafato del Ave y me traía siempre gominolas de osito de fresa que yo compartía con mis compis de entonces -Peq entre ellos-. Fue el novio mío de la época que más les gustó -también me regalaba botellitas de Chivas- y lo lamentaron sinceramente cuando me dejó. Me dijeron que me había portado mal y que era un agonías, todo por las gominolas de osito. Nos quedamos todos sin gominolas de osito, y desde entonces siempre quisieron que me liara con chicos de cuyos curros se pudiera sacar algo -comestible, a ser posible- gratis. Fue demasiada presión. Mis hermanas querían para mí novios con carrera, ellos novios con trabajos culinariamente generosos... así que sigo soltero. No aguanto la presión.
Pues me jode porque tenía ya contado lo de mi Motorola V50 -Peq, que mide 1,90 y por eso le llamamos así, me lo sugirió-, que voló por los aires por la carretera de la Coruña porque me lo había olvidado en el capó de mi Corsa y las piezas aparecieron decenas de metros unas de otras, una de ellas en un carril de la propia N-VI, y de cómo me arrojé ante la atónita mirada de los programadores de Oracle a la inmisericorde fila de coches en dicha autovía, insultos, frenazos, pitidos, pero recuperé mi móvil, lo monté de nuevo y, os lo creáis o no, funcionaba. Ya no lo uso, pero lo tengo en casa expuesto en una vitrina -esto sí es broma-.
Pues sí, la vida es un limón y se acerca el día de los enamorados. Yo no estoy enamorado, y hace cuatro años, cuando tampoco lo estaba pero andaba en tratos con un chico, fue la única vez que he recibido regalos por dicha fecha. Fue una peli de Woody Allen y una bolsa de gominolas. El chaval era azafato del Ave y me traía siempre gominolas de osito de fresa que yo compartía con mis compis de entonces -Peq entre ellos-. Fue el novio mío de la época que más les gustó -también me regalaba botellitas de Chivas- y lo lamentaron sinceramente cuando me dejó. Me dijeron que me había portado mal y que era un agonías, todo por las gominolas de osito. Nos quedamos todos sin gominolas de osito, y desde entonces siempre quisieron que me liara con chicos de cuyos curros se pudiera sacar algo -comestible, a ser posible- gratis. Fue demasiada presión. Mis hermanas querían para mí novios con carrera, ellos novios con trabajos culinariamente generosos... así que sigo soltero. No aguanto la presión.
Marisa y los pájaros prehistóricos
Marisa es una amiga de la pandilla de mi pueblo de toda la vida. Por cierto, mi pueblo es Aguilar de Campoo, donde se hacen -mejor dicho, se hacían- las galletas Fontaneda. Ayer mandó Marisa un SMS comunitario de esos que ella manda diciendo que vienen los U2 a Madrid en agosto y que cuántas entradas compra. Conmigo ya sabe que cuenta.
Marisa es lo más del mundo. Cuando teníamos 20 años, es decir hace un siglo, en una pizzería cutre de mi pueblo alguien le preguntó si era virgen. Hablábamos de sexo, en aquella época se practicaba más la teoría que el sexo en sí. Marisa pegó un mordisco de su porción de beicon y respondió:
- Digamos que soy virgen de mente, pero mi cuerpo está corrupto.
A mí la Coca-cola me salía por las narices. Igual que cuando entró en clases particulares -íbamos a clases particulares porque no había un dios que sacara el COU por ciencias puras- y dijo:
- Ay, Blanqui -blaqui era la profe-, hoy no des mucha caña que vengo que veo pájaros prehistóricos-. Y otras veces venía diciendo que tenía "la cabeza llena de datos", y otro día casi le da un síncope cuando recibió una carta fotocopia de fotocopia firmada del club de fans de los Backstreet Boys. Como lo oís. Necesitó un Valium por la vena. Y otro día tiró un pisapapeles de piedra encima del pie descalzo de su novio. La Marisa y yo nos ponemos a hablar de benzodiacepinas y nos quedamos solos. Anda que no hemos dado lecciones de psicotropos a médicos recién salidos de la carrera, que se creen que saben. Con las drogas de farmacia hay que experimentar, no vale leerlo en los libros.
Y en nuestro último finde en una casa rural, Marisa se paseó por las ruinas de Numancia, con el frío que hacía, con sus botas altas negras de tacón y su falda de flores rosas y rojas, que se veía desde el asentamiento romano del norte. No sé si conocéis Numancia, pero juro que el asentamiento romano del norte, donde se ponía el Escipión a putear a los celtíberos, está a tomar por el culo. Al guía le faltaba el resuello y tartamudeaba y se le olvidaban algunas fechas.
Por cierto, que menuda pedazo de hostia que me pegué ayer cerrando el maletero de mi coche. Me lo cerré en la frente. Ahora tengo una especie de tercer ojo que lo ve todo, el futuro y el pasado. Mi compi el Yorch (Jorge) me ha dicho que, de paso, podía haber puesto el motor en marcha y haberme auto-atropellado, o algo. Ocurrió yendo al Carrefour de Majadahonda, y la semana pasada, que también fui, me quedé sin gasolina -mi hermana no me había advertido el pequeño detalle de que no funciona el puto piloto amarillo de "out of gas"-. Moraleja: la M50 en su tramo entre Pozuelo y Majadahonda está maldita. No la utilicéis jamás.
Marisa es lo más del mundo. Cuando teníamos 20 años, es decir hace un siglo, en una pizzería cutre de mi pueblo alguien le preguntó si era virgen. Hablábamos de sexo, en aquella época se practicaba más la teoría que el sexo en sí. Marisa pegó un mordisco de su porción de beicon y respondió:
- Digamos que soy virgen de mente, pero mi cuerpo está corrupto.
A mí la Coca-cola me salía por las narices. Igual que cuando entró en clases particulares -íbamos a clases particulares porque no había un dios que sacara el COU por ciencias puras- y dijo:
- Ay, Blanqui -blaqui era la profe-, hoy no des mucha caña que vengo que veo pájaros prehistóricos-. Y otras veces venía diciendo que tenía "la cabeza llena de datos", y otro día casi le da un síncope cuando recibió una carta fotocopia de fotocopia firmada del club de fans de los Backstreet Boys. Como lo oís. Necesitó un Valium por la vena. Y otro día tiró un pisapapeles de piedra encima del pie descalzo de su novio. La Marisa y yo nos ponemos a hablar de benzodiacepinas y nos quedamos solos. Anda que no hemos dado lecciones de psicotropos a médicos recién salidos de la carrera, que se creen que saben. Con las drogas de farmacia hay que experimentar, no vale leerlo en los libros.
Y en nuestro último finde en una casa rural, Marisa se paseó por las ruinas de Numancia, con el frío que hacía, con sus botas altas negras de tacón y su falda de flores rosas y rojas, que se veía desde el asentamiento romano del norte. No sé si conocéis Numancia, pero juro que el asentamiento romano del norte, donde se ponía el Escipión a putear a los celtíberos, está a tomar por el culo. Al guía le faltaba el resuello y tartamudeaba y se le olvidaban algunas fechas.
Por cierto, que menuda pedazo de hostia que me pegué ayer cerrando el maletero de mi coche. Me lo cerré en la frente. Ahora tengo una especie de tercer ojo que lo ve todo, el futuro y el pasado. Mi compi el Yorch (Jorge) me ha dicho que, de paso, podía haber puesto el motor en marcha y haberme auto-atropellado, o algo. Ocurrió yendo al Carrefour de Majadahonda, y la semana pasada, que también fui, me quedé sin gasolina -mi hermana no me había advertido el pequeño detalle de que no funciona el puto piloto amarillo de "out of gas"-. Moraleja: la M50 en su tramo entre Pozuelo y Majadahonda está maldita. No la utilicéis jamás.
Los guionistas de mi serie
¿No os pasa que a veces véis vuestra vida como si fuera una teleserie barata de esas en las que los secundarios entran y salen como por exigencias de guión, caché u otras? ¿Sí, eh?
El sábado, como una Loles León cualquiera que se hubiera bajado de la parra, reapareció en mi serie, esa serie que tienen q poner en horario nocturno porque los niños no deben verla, el de San Martín de Valdeiglesias. Sí, el mismo que me dio un fin de semana memorabe en dicho pueblo -calambrazo con una lámpara vieja en mitad de la noche incluído, ay dios qué risas me eché-, en ese pueblo que está a tomar por culo, me hizo feliz y luego se piró como si nada.
Él y sus bíceps y su tableta de chocolate reaparecieron el sábado en mi teleserie dispuestos a subirme la audiencia a cualquier costa. Me cagué en mis guionistas y en sus madres. Y allí estaba él con su camisa negra medio abierta. Pero esta vez los guionistas se han pasado a la ciencia ficción, porque el de San Martín quiso enrollarse conmigo. Yo vi las puertas del cielo abrirse y bajar trompetas celestiales. Señalé al fondo del bar y dije:
- ¿Ves ese chico rubio de allí? Pues me lo voy a tirar hoy.
De vez en cuando la vida es justa y el mundo es un lugar mejor. Y el de San Martín, que estaba casi más bueno que antes y unas quince veces más bueno que el chaval rubio, se quedó con las ganas. Y yo también, vale, pero por una vez hice lo que tenía que hacer. Me fui con el rubio, con cuyo hermano me había enrollado anteriormente, pero esto no lo contaré ahora, que váis a pensar que soy un puto promiscuo.
Y cuando nos echaron del bar ahí estaba el colega, intentando llamar a sus amigos porque los había perdido. Por mi culpa, se supone. Ya lo siento. "No estoy aquí para darte pena", me dijo, y yo le respondí: "estás muy lejos de darme pena", pero no era cierto. Un poco de pena sí me dio. Y fui feliz. No pretendo ser un buen tío, y está claro que la venganza a todos nos sabe a gloria. Y de vez en cuando, los guionistas, después de vapulearte durante capítulos y capítulos, te dan un respiro, aún a costa de la audiencia, que siempre prefiere ver un buen polvo antes que una beneficiosa decisión personal. Además, los que se quedaron hasta el final de capítulo sí vieron un buen polvo -con el rubio- aunque los títulos de crédito fueron afeados por los ronquidos de ñu del joputa del rubio, que está delgadín y no me explico cómo esa caja torácica puede emitir semejantes estertores. Es que me daba hasta miedo. Pero me había abrazado y se había quedado frito -¿eso es que se lo hice demasiado bien o que se había aburrido?-, y a mí, si me abrazan, me quedo un rato.
El sábado, como una Loles León cualquiera que se hubiera bajado de la parra, reapareció en mi serie, esa serie que tienen q poner en horario nocturno porque los niños no deben verla, el de San Martín de Valdeiglesias. Sí, el mismo que me dio un fin de semana memorabe en dicho pueblo -calambrazo con una lámpara vieja en mitad de la noche incluído, ay dios qué risas me eché-, en ese pueblo que está a tomar por culo, me hizo feliz y luego se piró como si nada.
Él y sus bíceps y su tableta de chocolate reaparecieron el sábado en mi teleserie dispuestos a subirme la audiencia a cualquier costa. Me cagué en mis guionistas y en sus madres. Y allí estaba él con su camisa negra medio abierta. Pero esta vez los guionistas se han pasado a la ciencia ficción, porque el de San Martín quiso enrollarse conmigo. Yo vi las puertas del cielo abrirse y bajar trompetas celestiales. Señalé al fondo del bar y dije:
- ¿Ves ese chico rubio de allí? Pues me lo voy a tirar hoy.
De vez en cuando la vida es justa y el mundo es un lugar mejor. Y el de San Martín, que estaba casi más bueno que antes y unas quince veces más bueno que el chaval rubio, se quedó con las ganas. Y yo también, vale, pero por una vez hice lo que tenía que hacer. Me fui con el rubio, con cuyo hermano me había enrollado anteriormente, pero esto no lo contaré ahora, que váis a pensar que soy un puto promiscuo.
Y cuando nos echaron del bar ahí estaba el colega, intentando llamar a sus amigos porque los había perdido. Por mi culpa, se supone. Ya lo siento. "No estoy aquí para darte pena", me dijo, y yo le respondí: "estás muy lejos de darme pena", pero no era cierto. Un poco de pena sí me dio. Y fui feliz. No pretendo ser un buen tío, y está claro que la venganza a todos nos sabe a gloria. Y de vez en cuando, los guionistas, después de vapulearte durante capítulos y capítulos, te dan un respiro, aún a costa de la audiencia, que siempre prefiere ver un buen polvo antes que una beneficiosa decisión personal. Además, los que se quedaron hasta el final de capítulo sí vieron un buen polvo -con el rubio- aunque los títulos de crédito fueron afeados por los ronquidos de ñu del joputa del rubio, que está delgadín y no me explico cómo esa caja torácica puede emitir semejantes estertores. Es que me daba hasta miedo. Pero me había abrazado y se había quedado frito -¿eso es que se lo hice demasiado bien o que se había aburrido?-, y a mí, si me abrazan, me quedo un rato.
hay que joerse
Hay que joderse que mi compañera y amiga (por este orden? que noooo!) Noe del curro me ha metido en la cabeza esto de los web logs, o como coño se diga. Noe de Noelia, no de Noé el que introdujo a todos los bichos que le cupieron en una patera gigante antes de que subiera la marea.
Pues la Noe me ha pasado el web log -o como se diga- de un coleguita que también va al Gris, como yo, y q no me suena ni me lo he tirado ni nada (aunque, viendo las fotos, por mí no hubiera quedado) y sí, es gracioso. El tío, además de estar bueno, tiene dos neuronas conectadas y con sinápsis de por medio y todo. Y yo me he dicho:
- Yo también puedo ser gracioso -a lo mejor me he dicho en realidad "me jode que esté bueno y también sea gracioso, así q yo también puedo estar bueno, digo ser gracioso".
Y la Noe me ha medio sonreído, como queriendo decir "no tienes ni puta gracia, excepto cuando a las 11 nos vamos al Simal, que es un bar cutre de al lado, a tomar el café, menos el Alvarito, que se toma un café y un montado de panceta, como si eso fuera normal, y nos cuentas, queramos o no, tus moviditas". Eso creo yo q ha pensado. Ella cree que soy gracioso a pesar de mí mismo. Así que por mis huevos. Yo me he dado de alta y aquí estoy, inaugurando mi web log (se dice así por fin o no?)
No soy gracioso, pero sé que alguna de las cosas que me pasan tiene gracia. A lo mejor provocan una risa así como congelada, como de "que se calle ya", pero es que no me corto un pelo a la hora de contar en corrillos las cosas que me pasan con los tíos, fundamentalmente. Pues si tengo un punto exhibicionista, qué le voy a hacer. Si me va la marcha, si no espabilo, si encima soy un puto bufón, pues es lo que hay. Qué puedo decir. Ya cambiaré otro día, si eso.
Bueno, ya llego tarde pa contar la que montamos ayer uno y yo, un chico natural de Tenerife con el que quedo en su casa últimamente para aquello que dijimos (lo mío es el servicio a domicilio, es que no tengo dónde caerme muerto) con su cámara digital y los clips esos de treinta segundillos, que, afortunadamente, no graban también el sonido. Porque a mí me dio la risa cuando la camarita empezaba a ladearse fuera del "It" de Stephen King y el radiocasete que componían un precario trípode por efecto de la vibración. Esto pertenece al género de lo privado ("vale" estará diciendo ahora la Noe, "eso de privado lo dirás tú; a las 11 en el Simal lo cuentas todo entre bocado y bocado de pincho tortilla sin cortarte un pelo"). Y eso es verdad, yo lo cuento todo (casi todo, venga), sólo interrumpido por el "dos de pan, Chus!" del chavalillo camarero. De él hablaré algún día, porque tiene tela.
Por cierto, que, como vaticinó el otro día el chaval de Tenerife, el mapa tridimensional de dicha isla que le habían traído por Reyes y que él había colgado en su cuca habitación de Madrid se desprendió de la pared en mitad del acto. Durante un segundo se me puso el Teide de sombrero.
Es lo que tiene Tenerife, que pasa una falla por debajo.
Pues la Noe me ha pasado el web log -o como se diga- de un coleguita que también va al Gris, como yo, y q no me suena ni me lo he tirado ni nada (aunque, viendo las fotos, por mí no hubiera quedado) y sí, es gracioso. El tío, además de estar bueno, tiene dos neuronas conectadas y con sinápsis de por medio y todo. Y yo me he dicho:
- Yo también puedo ser gracioso -a lo mejor me he dicho en realidad "me jode que esté bueno y también sea gracioso, así q yo también puedo estar bueno, digo ser gracioso".
Y la Noe me ha medio sonreído, como queriendo decir "no tienes ni puta gracia, excepto cuando a las 11 nos vamos al Simal, que es un bar cutre de al lado, a tomar el café, menos el Alvarito, que se toma un café y un montado de panceta, como si eso fuera normal, y nos cuentas, queramos o no, tus moviditas". Eso creo yo q ha pensado. Ella cree que soy gracioso a pesar de mí mismo. Así que por mis huevos. Yo me he dado de alta y aquí estoy, inaugurando mi web log (se dice así por fin o no?)
No soy gracioso, pero sé que alguna de las cosas que me pasan tiene gracia. A lo mejor provocan una risa así como congelada, como de "que se calle ya", pero es que no me corto un pelo a la hora de contar en corrillos las cosas que me pasan con los tíos, fundamentalmente. Pues si tengo un punto exhibicionista, qué le voy a hacer. Si me va la marcha, si no espabilo, si encima soy un puto bufón, pues es lo que hay. Qué puedo decir. Ya cambiaré otro día, si eso.
Bueno, ya llego tarde pa contar la que montamos ayer uno y yo, un chico natural de Tenerife con el que quedo en su casa últimamente para aquello que dijimos (lo mío es el servicio a domicilio, es que no tengo dónde caerme muerto) con su cámara digital y los clips esos de treinta segundillos, que, afortunadamente, no graban también el sonido. Porque a mí me dio la risa cuando la camarita empezaba a ladearse fuera del "It" de Stephen King y el radiocasete que componían un precario trípode por efecto de la vibración. Esto pertenece al género de lo privado ("vale" estará diciendo ahora la Noe, "eso de privado lo dirás tú; a las 11 en el Simal lo cuentas todo entre bocado y bocado de pincho tortilla sin cortarte un pelo"). Y eso es verdad, yo lo cuento todo (casi todo, venga), sólo interrumpido por el "dos de pan, Chus!" del chavalillo camarero. De él hablaré algún día, porque tiene tela.
Por cierto, que, como vaticinó el otro día el chaval de Tenerife, el mapa tridimensional de dicha isla que le habían traído por Reyes y que él había colgado en su cuca habitación de Madrid se desprendió de la pared en mitad del acto. Durante un segundo se me puso el Teide de sombrero.
Es lo que tiene Tenerife, que pasa una falla por debajo.





