Me pierde la boca
-La tonta de mi hermana, que se ha puesto a vender acciones -dice el JJ con su acento de Huelva, y se dispone por decimoquinta vez a llamar por teléfono. El JJ tiene una especie de centralita bursátil aquí en la oficina. Pero te ríes, porque habla con su madre de puntos de rentabilidad y juntos llaman al asesor y se mueven por el mundo de las inversiones como yo por el Gaydar, es decir, con más soltura que éxito.
Si le preguntas al JJ qué quiere ser de mayor, él te dice:
-Rentista.
-¿Dentista? -le entendí yo la primera vez. Él me lo tuvo que explicar. Con poca paciencia, porque a JJ no le cabe en la cabeza que alguien no memorice diariamente la paridad dólar-euro.
Un chico de madre venezolana y padre de Burgos con el que he quedado un par de veces -aún no hemos hecho ni manitas, no os penséis que todo el monte es orégano- me escribe en el MSN:
-¿Cómo va la tarde, tarado gilipollas? -es que yo siempre le llamo gilipollas en plan de coña.
-Diría que lo de tarado suena obsoleto, pero conociéndote, diría que suena... sudaca.
Pues no me ha pillado la broma y se ha mosqueado un poco. Ahora estoy intentando limar asperezas. Ha mencionado que estaba "haciendo cositas" en el laboratorio y yo le he dicho que "guay, pero usa después una toallita", y no sé si ha sido limar asperezas o ponerlo peor. Me estoy dando cuenta de que mi sentido del humor, a veces, es un poco arriesgado. Es que a mí, si es suave, no me hace gracia. Pero creo que tendré q empezar a pensar un poco en los demás y en sus propios parámetros humorísticos si no quiero que mi probervial éxito social empiece a verse mermado por las bajas. Soy como mi madre, a la que mi padre siempre decía:
-A ti te pierde el pico.
Además, doy una falsa impresión de mí mismo -lo que ocurre siempre cuando las propias inseguridades prevalecen sobre uno mismo-, porque no tengo nada en contra de Venezuela. Varios de mis lectores saben a qué me refiero.
Posdata: para aliviar la imagen lamentable que las fotos de carnaval han dejado de mí, expongo aquí unas fotos que me hicieron Moni y Vic hace un par de fines de semana. Espero que sirvan de algo. (Si no podéis entrar esperad un rato, que el ancho de banda este no es para tirar cohetes)
Si le preguntas al JJ qué quiere ser de mayor, él te dice:
-Rentista.
-¿Dentista? -le entendí yo la primera vez. Él me lo tuvo que explicar. Con poca paciencia, porque a JJ no le cabe en la cabeza que alguien no memorice diariamente la paridad dólar-euro.
Un chico de madre venezolana y padre de Burgos con el que he quedado un par de veces -aún no hemos hecho ni manitas, no os penséis que todo el monte es orégano- me escribe en el MSN:
-¿Cómo va la tarde, tarado gilipollas? -es que yo siempre le llamo gilipollas en plan de coña.
-Diría que lo de tarado suena obsoleto, pero conociéndote, diría que suena... sudaca.
Pues no me ha pillado la broma y se ha mosqueado un poco. Ahora estoy intentando limar asperezas. Ha mencionado que estaba "haciendo cositas" en el laboratorio y yo le he dicho que "guay, pero usa después una toallita", y no sé si ha sido limar asperezas o ponerlo peor. Me estoy dando cuenta de que mi sentido del humor, a veces, es un poco arriesgado. Es que a mí, si es suave, no me hace gracia. Pero creo que tendré q empezar a pensar un poco en los demás y en sus propios parámetros humorísticos si no quiero que mi probervial éxito social empiece a verse mermado por las bajas. Soy como mi madre, a la que mi padre siempre decía:
-A ti te pierde el pico.
Además, doy una falsa impresión de mí mismo -lo que ocurre siempre cuando las propias inseguridades prevalecen sobre uno mismo-, porque no tengo nada en contra de Venezuela. Varios de mis lectores saben a qué me refiero.
Posdata: para aliviar la imagen lamentable que las fotos de carnaval han dejado de mí, expongo aquí unas fotos que me hicieron Moni y Vic hace un par de fines de semana. Espero que sirvan de algo. (Si no podéis entrar esperad un rato, que el ancho de banda este no es para tirar cohetes)
Guinea Ecuatorial
Estamos tristes y alicaídos porque al JJ -un compi del curro, consultor, y no le da vergüenza ni nada- lo quieren mandar a Guinea Ecuatorial por un proyecto. Se trata de informatizar la Seguridad Social en ese país -"seguridad" y "social" parecen unos conceptos algo cogidos por los pelos cuando se trata de semejante lugar, mucho más si van juntos-. En realidad, nos da un poco la risa floja. A JJ el primero -aunque no hace más que suspirar-. En cuanto ha llegado de la reunión se ha puesto a buscar en el Google.
-Es que creo que iba a haber un golpe de estado -ha soltado, todo pancho.
-España creo que ha mandado unas cuantes fragatas -ha añadido el Yorch, echándole leña al fuego. Aunque él es el primer interesado en que JJ vaya, porque si no, se lo van a ofrecer a él.
Investigando en el Google nos hemos enterado de que la esperanza media de vida en Guinea para los varones es de 51 años.
-El hermano del opositor al régimen ha desaparecido sin dejar rastro -ha leído el Yorch.
-Desaparecer sin rastro no es la idea que tengo yo de pasar el verano -he apuntado yo.
-A mí no me jode desaparecer, pero sin rastro... -ha dicho JJ, que ya se está haciendo a la idea, en el fondo.
-El Ministerio de Asuntos Exterioreshabla de "retenciones injustificadas por parte del ejército y la policía" cuando llegas al aeropuerto -ha insistido el Yorch.
-Hostia puta.
Mientras escribo estas líneas, JJ y Yorch están llamando a la embajada.
-Hasta hoy, no tenía aprecio por mi vida -me acaba de soltar el JJ, palabras textuales, y sin solución de continuidad se ha puesto a hablar con la secretaria del embajador.
Mientras tanto, a un tío de al lado le ha sonado el móvil con la melodía del "Un dos tres" cuando las Tacañonas advertían que había fallado alguien. Los bakalillas recién incorporados al mercado laboral que tengo detrás están jugando virtualmente a una especie de oca llena de penes rezumantes, pechos desnudos y sesenta y nueves, en lugar de ocas y puentes. La jefa del proyecto ha venido y les ha dicho que no se pongan a jugar, incluso aunque estén desocupados, porque les pueden echar, ateniéndose las normas corporativas.
-Se me ocurren varios juegos a los que me apuntaría con esta piba -ha susurrado uno, en cuanto ella se ha dado la vuelta-. Tronko -ha añadido-, es que me la pone to gorda.
Ahí viene el Yorch, que mira al JJ y se muerde los labios para no carcajearse en su cara. Nos hemos descojonado los tres, por fin. La musiquita de las Tacañonas vuelve a soñar, nos hemos girado varios a echar una mirada mortal al movil-freak .
-Voy a llamar a mi madre, a ver qué dice -anuncia el JJ. Hijos míos, esta empresa va derechita a la ruina.
-Es que creo que iba a haber un golpe de estado -ha soltado, todo pancho.
-España creo que ha mandado unas cuantes fragatas -ha añadido el Yorch, echándole leña al fuego. Aunque él es el primer interesado en que JJ vaya, porque si no, se lo van a ofrecer a él.
Investigando en el Google nos hemos enterado de que la esperanza media de vida en Guinea para los varones es de 51 años.
-El hermano del opositor al régimen ha desaparecido sin dejar rastro -ha leído el Yorch.
-Desaparecer sin rastro no es la idea que tengo yo de pasar el verano -he apuntado yo.
-A mí no me jode desaparecer, pero sin rastro... -ha dicho JJ, que ya se está haciendo a la idea, en el fondo.
-El Ministerio de Asuntos Exterioreshabla de "retenciones injustificadas por parte del ejército y la policía" cuando llegas al aeropuerto -ha insistido el Yorch.
-Hostia puta.
Mientras escribo estas líneas, JJ y Yorch están llamando a la embajada.
-Hasta hoy, no tenía aprecio por mi vida -me acaba de soltar el JJ, palabras textuales, y sin solución de continuidad se ha puesto a hablar con la secretaria del embajador.
Mientras tanto, a un tío de al lado le ha sonado el móvil con la melodía del "Un dos tres" cuando las Tacañonas advertían que había fallado alguien. Los bakalillas recién incorporados al mercado laboral que tengo detrás están jugando virtualmente a una especie de oca llena de penes rezumantes, pechos desnudos y sesenta y nueves, en lugar de ocas y puentes. La jefa del proyecto ha venido y les ha dicho que no se pongan a jugar, incluso aunque estén desocupados, porque les pueden echar, ateniéndose las normas corporativas.
-Se me ocurren varios juegos a los que me apuntaría con esta piba -ha susurrado uno, en cuanto ella se ha dado la vuelta-. Tronko -ha añadido-, es que me la pone to gorda.
Ahí viene el Yorch, que mira al JJ y se muerde los labios para no carcajearse en su cara. Nos hemos descojonado los tres, por fin. La musiquita de las Tacañonas vuelve a soñar, nos hemos girado varios a echar una mirada mortal al movil-freak .
-Voy a llamar a mi madre, a ver qué dice -anuncia el JJ. Hijos míos, esta empresa va derechita a la ruina.
La alfombra
Llegúe el lunes a la casa del pueblo, dejé la maleta en mi habitación, eché una meadilla -como decía ayer uno en "CSI", hay que dar todos los detalles, que en los detalles está la pista clave- y me dirigí a la cocina para abrir la llave del agua. Al entrar en la sala me quedé petrificado. Un olor como a humedad y a muerto asaltó mis narices. Me atreví a dar la luz, a sabiendas de que no me esperaba nada bueno. Me acojoné. A lo Chiquito de la Calzada, retiré el pie que estaba a punto de posar en el salón.
La alfombra milenaria de mi madre, tan enorme que pasaba por debajo de los sofás, estába cubierta de un moho blanquecino de un centímetro de grosor. Diversas tonalidades de pardo ondulaban en torno al foco que suponía un radiador reventado por las heladas. No vomité porque no había nadie para verlo y porque sería ponerlo peor. En aquella alfombra había más fauna que en el Amazonas. Y digo bien, fauna, hijos míos, habéis de saber que los líquenes son animales. Creo. O, si no lo son, lo parecen.
Con el estómago encogido por el asco me armé de valor -si no lo hacía de golpe, no lo haría nunca- y hundí las manos en aquel bosque de helechos y tiré de la alfombra, la separé de los sofás, una lámpara fue a parar al suelo, y la doblé como pude. Cuando la hube hecho un bulto del tamaño de una oveja muerta intenté levantarla, pero no pude. Retenía líquidos y pesaba demasiado.
-Armando, ven a mi casa -le llamé por el móvil.
-¿Ya estás en Aguilar?
-Sí. Armando, ven a mi casa, por dios -no pude ocultar el terror.
Pero no pudo venir, así que tuve durante unos cuantos días la oveja muerta en mitad de mi salón, podía ver su silueta en la penumbra cuando me aventuraba a la cocina a por un vaso de agua. Soñé con ella, soñé que la puerta de mi habitación se abría y la alfombra arrebuñada se abalanzaba sobre mí. Horrible.
Días después, Árman pudo venir a ayudarme a bajarla al contenedor. Dejamos moho en las paredes del portal y en el pasamanos, y también un poco en los pantalones Energie de 118€ de Árman, así que tuve que correr una vuelta a mi manzana para que no me pillara.
Por cierto, le prometí al Juanjo que no enlazaría aquí con las fotos de carnaval. Le mentí. Aquí las tenéis. Daos prisa en verlas, por si acaso las cambia. Yo soy la de la media melena negra con cara de zorra, Juanjo la del top de leopardo y Pichina la de los rizos rubios. Lo demás, amigos o agregados.
La alfombra milenaria de mi madre, tan enorme que pasaba por debajo de los sofás, estába cubierta de un moho blanquecino de un centímetro de grosor. Diversas tonalidades de pardo ondulaban en torno al foco que suponía un radiador reventado por las heladas. No vomité porque no había nadie para verlo y porque sería ponerlo peor. En aquella alfombra había más fauna que en el Amazonas. Y digo bien, fauna, hijos míos, habéis de saber que los líquenes son animales. Creo. O, si no lo son, lo parecen.
Con el estómago encogido por el asco me armé de valor -si no lo hacía de golpe, no lo haría nunca- y hundí las manos en aquel bosque de helechos y tiré de la alfombra, la separé de los sofás, una lámpara fue a parar al suelo, y la doblé como pude. Cuando la hube hecho un bulto del tamaño de una oveja muerta intenté levantarla, pero no pude. Retenía líquidos y pesaba demasiado.
-Armando, ven a mi casa -le llamé por el móvil.
-¿Ya estás en Aguilar?
-Sí. Armando, ven a mi casa, por dios -no pude ocultar el terror.
Pero no pudo venir, así que tuve durante unos cuantos días la oveja muerta en mitad de mi salón, podía ver su silueta en la penumbra cuando me aventuraba a la cocina a por un vaso de agua. Soñé con ella, soñé que la puerta de mi habitación se abría y la alfombra arrebuñada se abalanzaba sobre mí. Horrible.
Días después, Árman pudo venir a ayudarme a bajarla al contenedor. Dejamos moho en las paredes del portal y en el pasamanos, y también un poco en los pantalones Energie de 118€ de Árman, así que tuve que correr una vuelta a mi manzana para que no me pillara.
Por cierto, le prometí al Juanjo que no enlazaría aquí con las fotos de carnaval. Le mentí. Aquí las tenéis. Daos prisa en verlas, por si acaso las cambia. Yo soy la de la media melena negra con cara de zorra, Juanjo la del top de leopardo y Pichina la de los rizos rubios. Lo demás, amigos o agregados.
Bakalao con tomate
-Vas a pasar una semana en el pueblo. O lo que es lo mismo, sin follar. ¿Podrás? -me dijo la Moni hace ocho días. A veces, echo de menos amigos un poco más eufemísticos. Ese tipo de comentarios duele. Era domingo y nos íbamos a casa, pero de camino al coche me ofrecieron un flyer para el Weekend. La tentación siempre al acecho, hijos míos. Y yo soy tan fácil...
Fue uno de esas veces en que todo sale como si la vida de uno fuera una peli yanki. El día había empezado mal -me encontré con Ángel, ese chico es como el Nuevo Testamento, sólo te lo tropiezas los domingos, encima cuando estás con la moral descargada-. Pero el pase del Weekend me salvó la vida. Entré, me pedí una copa, me hice el chulo. Me dije "ése". Y ése cayó. Un bakalita chungo y camarero en Alcobendas, tan chulo que me dijo:
-Me lío contigo porque te lo has currado.
Como él se había movido más baldosas que yo, no lo consideré una ofensa. Lo besé y luego me invitó a una copa y bueno, ya sabéis. Pillé atasco al ir a casa, todos los pijos que van a currar al Azca de Pozuelo. Y yo con mis gafas de sol. Voy a terminar siendo un bakala, yo.
Así que el lunes me fui al pueblo más feliz que un regaliz. La Nela, que anda un poco desfasada, me preguntó:
-¿Qué tal con el italiano?
Eso es como preguntarle a Ana Obregón por Suker. No ha llovido desde entonces. Pero yo fui paciente y no entré en detalles. La que ha molado es la madre de Nela, que me ha invitado casi todos los días a comer. Un día hizo un bakalao con tomate que se salió. No repetí por vergüenza. ¿Véis? ya escribo bakalao con "k". Dios.
Pues cuanto más dormía en el pueblo, más sueño tenía. Estaba todo el día durmiendo y comiendo. Añadid la variante "alcohol" desde el jueves y ahí tenéis mi SS. Estábamos todos: los hermanos Malo de Valladolid -uno de ellos fue novio de mi hermana-, Laín -también estuvo con mi hermana- y Susana, que me parto de risa con ella, Moni -que se ha quedado afónica porque no ha parado de rajar en todo el finde- y Vic, Arman y Nela -os hablaré de su tienda de ropa-, la Bea en su dimensión "single", que es la que siempre trae a Aguilar -aunque tiene novio-, el Pichina y el Juanjo -cuyas dimensiones "single" son las que pasean allá dónde van, como yo-, la Pilar, con el cuello roto porque un gilipollas que se creía Oliver Stone la golpeó con una Betacam en carnavales... y muchos más.
Bueno, mañana os cuento lo de la alfombra, que tiene tela. Y es que mi SS en el pueblo no ha sido un camino de rosas. Besos para todos.
Fue uno de esas veces en que todo sale como si la vida de uno fuera una peli yanki. El día había empezado mal -me encontré con Ángel, ese chico es como el Nuevo Testamento, sólo te lo tropiezas los domingos, encima cuando estás con la moral descargada-. Pero el pase del Weekend me salvó la vida. Entré, me pedí una copa, me hice el chulo. Me dije "ése". Y ése cayó. Un bakalita chungo y camarero en Alcobendas, tan chulo que me dijo:
-Me lío contigo porque te lo has currado.
Como él se había movido más baldosas que yo, no lo consideré una ofensa. Lo besé y luego me invitó a una copa y bueno, ya sabéis. Pillé atasco al ir a casa, todos los pijos que van a currar al Azca de Pozuelo. Y yo con mis gafas de sol. Voy a terminar siendo un bakala, yo.
Así que el lunes me fui al pueblo más feliz que un regaliz. La Nela, que anda un poco desfasada, me preguntó:
-¿Qué tal con el italiano?
Eso es como preguntarle a Ana Obregón por Suker. No ha llovido desde entonces. Pero yo fui paciente y no entré en detalles. La que ha molado es la madre de Nela, que me ha invitado casi todos los días a comer. Un día hizo un bakalao con tomate que se salió. No repetí por vergüenza. ¿Véis? ya escribo bakalao con "k". Dios.
Pues cuanto más dormía en el pueblo, más sueño tenía. Estaba todo el día durmiendo y comiendo. Añadid la variante "alcohol" desde el jueves y ahí tenéis mi SS. Estábamos todos: los hermanos Malo de Valladolid -uno de ellos fue novio de mi hermana-, Laín -también estuvo con mi hermana- y Susana, que me parto de risa con ella, Moni -que se ha quedado afónica porque no ha parado de rajar en todo el finde- y Vic, Arman y Nela -os hablaré de su tienda de ropa-, la Bea en su dimensión "single", que es la que siempre trae a Aguilar -aunque tiene novio-, el Pichina y el Juanjo -cuyas dimensiones "single" son las que pasean allá dónde van, como yo-, la Pilar, con el cuello roto porque un gilipollas que se creía Oliver Stone la golpeó con una Betacam en carnavales... y muchos más.
Bueno, mañana os cuento lo de la alfombra, que tiene tela. Y es que mi SS en el pueblo no ha sido un camino de rosas. Besos para todos.
La SS
Cuando alguien a quien no conoces, excepto de chatear unos cuantos días, te escribe la siguiente línea en una ventana de Messenger, ¿es sólo amistad?:
-Yo casi que voy a aprovechar este parentesis que me ofreces para echar una cagá, ahora vuelvo -textual.
¿Es más que amistad? ¿Es menos? ¿Debo valorar que el paréntesis del que habla es el que yo mismo me había procurado para hacer idénticamente lo propio? Quién sabe. No sé que me trajo hasta aquí. Pudieron ser unas fotos, pudo ser una conversación amable y fluída, un ideal de conexión mental a través del ADSL, no lo sé. Sólo sé que no quiero estar aquí. No quiero amistades virtual-escatológicas. Hay cosas que no tengo por qué conocer.
Tengo una hermana que se va a pasar la SS -me gusta este acrónimo que relaciona el hito cristiano con la guardia hitleriana- a Tanzania, y me pregunta que dónde la voy a pasar yo y yo respondo "al pueblo". Tengo otra hermana que está aprendiendo la diferencia entre un problema gordo y un problemilla, y que no es para ponerse así, aunque no le falte razón -no quiero ahondar más en este tema, que me consta que su novio me lee-. Otra que se va a Fuerteventura , la muy zorra -"¿Y tú?" "Yo, al pueblo" repito-. Tengo un amigo -el Javito- al que el novio le ha dicho: "démonos un tiempo, no estoy acostumbrado a tener novio", y una amiga le ha recomendado Prozac, y yo le he dicho al Javito que Prozac no, que tarda en hacer efecto, que mejor una benzodiacepina como Lexatin.
Tengo un chico que quiere quedar conmigo y tiene un hijo, y dice que estoy lleno de prejuicios, y tengo otro que es un puto crío pero se las arregla muy bien en el asiento de copiloto de mi coche. Tengo un amigo -el Yorch- que por fin ha localizado hoy lo suyo como "astenia primaveral" y está encantado porque puede dar rienda suelta a su aprensión. Sé que ha puesto "astenia primaveral" en el Google y se está poniendo las botas.
Tengo muchas cosas que me gustan y alguna que me gusta menos. Pero la SS se acerca y no sé qué va a ser de mí con tanto tiempo libre. Porque tengo muchas cosas, pero no tengo un novio que se quiera venir conmigo de vacaciones y así poder perder de vista por unos días todas esas cosas que, y es verdad, me gustan tanto. Bueno, otro año será.
-Yo casi que voy a aprovechar este parentesis que me ofreces para echar una cagá, ahora vuelvo -textual.
¿Es más que amistad? ¿Es menos? ¿Debo valorar que el paréntesis del que habla es el que yo mismo me había procurado para hacer idénticamente lo propio? Quién sabe. No sé que me trajo hasta aquí. Pudieron ser unas fotos, pudo ser una conversación amable y fluída, un ideal de conexión mental a través del ADSL, no lo sé. Sólo sé que no quiero estar aquí. No quiero amistades virtual-escatológicas. Hay cosas que no tengo por qué conocer.
Tengo una hermana que se va a pasar la SS -me gusta este acrónimo que relaciona el hito cristiano con la guardia hitleriana- a Tanzania, y me pregunta que dónde la voy a pasar yo y yo respondo "al pueblo". Tengo otra hermana que está aprendiendo la diferencia entre un problema gordo y un problemilla, y que no es para ponerse así, aunque no le falte razón -no quiero ahondar más en este tema, que me consta que su novio me lee-. Otra que se va a Fuerteventura , la muy zorra -"¿Y tú?" "Yo, al pueblo" repito-. Tengo un amigo -el Javito- al que el novio le ha dicho: "démonos un tiempo, no estoy acostumbrado a tener novio", y una amiga le ha recomendado Prozac, y yo le he dicho al Javito que Prozac no, que tarda en hacer efecto, que mejor una benzodiacepina como Lexatin.
Tengo un chico que quiere quedar conmigo y tiene un hijo, y dice que estoy lleno de prejuicios, y tengo otro que es un puto crío pero se las arregla muy bien en el asiento de copiloto de mi coche. Tengo un amigo -el Yorch- que por fin ha localizado hoy lo suyo como "astenia primaveral" y está encantado porque puede dar rienda suelta a su aprensión. Sé que ha puesto "astenia primaveral" en el Google y se está poniendo las botas.
Tengo muchas cosas que me gustan y alguna que me gusta menos. Pero la SS se acerca y no sé qué va a ser de mí con tanto tiempo libre. Porque tengo muchas cosas, pero no tengo un novio que se quiera venir conmigo de vacaciones y así poder perder de vista por unos días todas esas cosas que, y es verdad, me gustan tanto. Bueno, otro año será.
La culpa
Yo, cuando era pequeño, era un poco hijo de puta. Era el típico resentido al que le jodían los chulitos. He exagerado un poco, pero es que estoy escuchando ahora el "She's a star" de los James y me pongo dramático -podéis oir este temazo casi todos los viernes en el Gris, sobre la una-. El Iñaki, él nunca lo ha sabido y espero que nunca lo sepa, así que no os vayáis de la lengua, era un chulito de aquellos. Ya lo era cuando tenía doce años. Yo creo que en el fondo me ponía un poco, pero no puedo recordar, éramos todos muy pequeños y en aquella época podías tener deseo sexual y pensarte que era hambre, o sueño, o un corte de digestión.
Pues el Iñaki dijo, una tarde en las eras:
-Subiros al carro, qué apostáis a que puedo con vosotros -era un carro de esos típicos de dos ruedas grandes y viejas de madera, con un, cómo lo diría yo, un palo para tirar.
Y nos subimos los ocho o diez que éramos. Nos pidió que nos colocáramos del eje para atrás, para que él así pudiera levantar del tiro y empujar. Yo les reuní a todos arriba y les dije:
-Cuando diga "ya", nos echamos todos hacia adelante. Y que se joda.
Lo agarró a duras penas, dije "ya" y ocurrió. Un tornillo del grosor de un mechero se clavó en su rodilla hasta el fondo. Se desmayó, sangró, el Pedro Sierra y yo corrimos a llamar a su madre, la culpa como una losa de tres toneladas sobre mí. El resto es historia.
Si cuento todo esto es por que de algo me tiene que servir el blog, aunque sea sólo para expiar mis culpas. Aunque una vez me dijo una psicóloga:
-Además, no tienes por qué sentirte culpable.
-Pero si es que yo nunca me siento culpable -dije yo, y es verdad. Me miró fíjamente y dijo:
-Hombre, pues alguna vez deberías. Porque ese chico te ha dejado por tu culpa.
La hubiera degollado con mis propias manos. No, la culpa no es una buena compañera de viaje, ni siquiera cuando jamás está presente. Así que, desde entonces, intento sentirme culpable a ratos, pero es como culpar al PSOE de las nevadas: lo veo absurdo.
Por cierto, que los fachas del Estrella Digital ya han encontrado un vínculo entre el PSOE y los terroristas del 11M. Algo así de un amigo de un amigo de un compañero de la cárcel. Leedlo si podéis, no tiene desperdicio.
Pues el Iñaki dijo, una tarde en las eras:
-Subiros al carro, qué apostáis a que puedo con vosotros -era un carro de esos típicos de dos ruedas grandes y viejas de madera, con un, cómo lo diría yo, un palo para tirar.
Y nos subimos los ocho o diez que éramos. Nos pidió que nos colocáramos del eje para atrás, para que él así pudiera levantar del tiro y empujar. Yo les reuní a todos arriba y les dije:
-Cuando diga "ya", nos echamos todos hacia adelante. Y que se joda.
Lo agarró a duras penas, dije "ya" y ocurrió. Un tornillo del grosor de un mechero se clavó en su rodilla hasta el fondo. Se desmayó, sangró, el Pedro Sierra y yo corrimos a llamar a su madre, la culpa como una losa de tres toneladas sobre mí. El resto es historia.
Si cuento todo esto es por que de algo me tiene que servir el blog, aunque sea sólo para expiar mis culpas. Aunque una vez me dijo una psicóloga:
-Además, no tienes por qué sentirte culpable.
-Pero si es que yo nunca me siento culpable -dije yo, y es verdad. Me miró fíjamente y dijo:
-Hombre, pues alguna vez deberías. Porque ese chico te ha dejado por tu culpa.
La hubiera degollado con mis propias manos. No, la culpa no es una buena compañera de viaje, ni siquiera cuando jamás está presente. Así que, desde entonces, intento sentirme culpable a ratos, pero es como culpar al PSOE de las nevadas: lo veo absurdo.
Por cierto, que los fachas del Estrella Digital ya han encontrado un vínculo entre el PSOE y los terroristas del 11M. Algo así de un amigo de un amigo de un compañero de la cárcel. Leedlo si podéis, no tiene desperdicio.
El Tal Iván
El viernes, antes de salir del Heaven a las 10 de la mañana -del sábado-, lo llamo viernes para no sentirme culpable, pero el hecho es que me crucé con un padre y sus hijos con globitos mientras yo reptaba hasta mi coche, el sol en lo alto, que lo tenía aparcado delante del Cornucopia, donde el Justo, que es el primer tío del que me pillé en mi vida, es jefe de cocina... por dónde cojones iba? Ah sí, que el viernes me encontré con el Tal Iván en el Heaven.
El Tal Iván -siempre le llamábamos así- es protésico dental y el ex-novio de la Bárbara, que trabajó conmigo hace tiempo y me encantaba porque era super zorra y super cachonda -en en sentido de que tenía mucho sentido del humor-. Barb imitaba a la ex del Jesulín, la bakala ésa que no me acuerdo como se llama, dicendo "que no me grabes, hostia" y cerrando la puerta del coche con el codo. Yo me partía. La Bárbara y el Tal Iván eran geniales, salían con nosotros de marcha, eran los más modernos -el Tal Iván, llegara a la hora que llegara de salir, se ponía el despertador y veía Futurama el domingo, y luego se volvía a dormir- y un día la Bárbara se morreó con la Moni y el Iván conmigo. Se me fue un poco la mano al culete, pero él lo entendió, es que era muy moderno. Y noté, juro por dios, que lo prolongaba. El beso. Lo que tiene el Tal Iván es que es bajito, pero está muy bueno. Tiene cara de santo, tipo hobbit, ya sabéis que esos son los peores.
Pues dos cositas: una, que el Tal Ivan, que era delgadito, como yo, ahora está cachas. Muy cachas. Y está muy pero que muy cañón. Y me decía:
-Toca, toca -sacando bola.
-No, que me erecto -yo es que soy muy sincero. Y más en el Heaven a esas horas.
Y la segunda cosa es que el Tal Iván es maricón. Ahora. Sé que la Barb lo dejó con él hace cosa de dos años ya, y sé que lo dejó ella o fue mutuo, y sé que prolongó el beso y que también pilló cacho en mis nalgas en aquel momento pasional, y que le gustaba más Chueca que a un tonto una tiza. Pero de ahí a verle con camiseta sin mangas en el Heaven comiéndole la oreja a otro cachitas, va un trozo. Y uno, en el fondo, siempre ha confiado en las apariencias. Quiero decir que yo no veo la verdad hasta que la tengo delante. Tuve que haberlo tenido claro entonces: "este tío saldrá con la Barb y vivirá con ella, pero es maricón, fijo". Pues no lo vi. O tal vez no lo fuera, por aquella época. O tal vez ya lo fuera y lo diera salida en la oscuridad del after del momento. Yo qué sé. Sólo sé que vino, me saludó y habló conmigo super majete, y que sacó bola para mí y que volvió a sobarme un poquito. Con qué poco soy feliz.
El Tal Iván -siempre le llamábamos así- es protésico dental y el ex-novio de la Bárbara, que trabajó conmigo hace tiempo y me encantaba porque era super zorra y super cachonda -en en sentido de que tenía mucho sentido del humor-. Barb imitaba a la ex del Jesulín, la bakala ésa que no me acuerdo como se llama, dicendo "que no me grabes, hostia" y cerrando la puerta del coche con el codo. Yo me partía. La Bárbara y el Tal Iván eran geniales, salían con nosotros de marcha, eran los más modernos -el Tal Iván, llegara a la hora que llegara de salir, se ponía el despertador y veía Futurama el domingo, y luego se volvía a dormir- y un día la Bárbara se morreó con la Moni y el Iván conmigo. Se me fue un poco la mano al culete, pero él lo entendió, es que era muy moderno. Y noté, juro por dios, que lo prolongaba. El beso. Lo que tiene el Tal Iván es que es bajito, pero está muy bueno. Tiene cara de santo, tipo hobbit, ya sabéis que esos son los peores.
Pues dos cositas: una, que el Tal Ivan, que era delgadito, como yo, ahora está cachas. Muy cachas. Y está muy pero que muy cañón. Y me decía:
-Toca, toca -sacando bola.
-No, que me erecto -yo es que soy muy sincero. Y más en el Heaven a esas horas.
Y la segunda cosa es que el Tal Iván es maricón. Ahora. Sé que la Barb lo dejó con él hace cosa de dos años ya, y sé que lo dejó ella o fue mutuo, y sé que prolongó el beso y que también pilló cacho en mis nalgas en aquel momento pasional, y que le gustaba más Chueca que a un tonto una tiza. Pero de ahí a verle con camiseta sin mangas en el Heaven comiéndole la oreja a otro cachitas, va un trozo. Y uno, en el fondo, siempre ha confiado en las apariencias. Quiero decir que yo no veo la verdad hasta que la tengo delante. Tuve que haberlo tenido claro entonces: "este tío saldrá con la Barb y vivirá con ella, pero es maricón, fijo". Pues no lo vi. O tal vez no lo fuera, por aquella época. O tal vez ya lo fuera y lo diera salida en la oscuridad del after del momento. Yo qué sé. Sólo sé que vino, me saludó y habló conmigo super majete, y que sacó bola para mí y que volvió a sobarme un poquito. Con qué poco soy feliz.
El mago mentalista
Ayer, hijos míos, y no me preguntéis cómo, terminé cenado -de forma indirecta- con un individuo que no era funcionario, o programador, ni siquiera encargado de una pizzería u operario de una Dumper o asesor de bolsa. Era mago mentalista. Así me dijo, y a mí se me atragantó la boletus al ajillo. Y su novia era, como podéis suponer, su ayudante. Sí, la que se pone unas bragas de tiro largo con flecos y dice:
-A continuación, mi novio me va a hacer desaparecer.
Así, sin violencia de género. Y ella desaparece tan tranquila. ¿Y yo qué hice ante semejante revelación? Lo que hubiera hecho cualquiera: intentar cerrar la mente ante una posible intrusión a saco del mentalista. Pero el colega era un poco tartaja y además tenía una mirada muy penetrante, y como yo estaba de resaca, pues desistí. Pensé: "adelante, si quieres entrar aquí dentro y divertirte un poco, tú mismo. Pero vas a ver cosas que ni en las películas de Passolini".
Yo anduve todo el rato preocupado diciéndome a mí mismo: "no pienses que es una gilipollez de trabajo el suyo, no lo pienses que te pilla". Así que no disfruté de las setas, que creo que estaban cojonudas. A mí la que me parece que realmente tenía poderes es la novia, porque me miraba y yo creo que pensaba: "¿Quién cojones se cree que es este advenedizo, con su media sonrisa estúpida y condescendiente?" Es que es verdad, yo hacía como que me lo creía y me acojonaba, pero me daba un poco la risa. Y la tía me echó varios males de ojo, y creo que alguno me acertó de lleno. Tengo esa sensación.
Así que me hizo varias movidas de cartas con ondas, estrellas y círculos, y yo veía los círculos y me imaginaba los círculos que dejan los vasos de tubo en las barras de los bares. Cada uno con lo suyo. Me daban ganas de preguntarle a ella:
-¿Tu madre te deja salir con este chico? -pero para qué ponerlo peor.
No creo en nada de eso, hijos míos. Yo sólo creo en el amor, en el cielo azul y en qué pequeños somos. Y en qué oscuro estaba el Heaven el viernes y en que tengo que dejar unas gafas de sol en el coche para cuando me voy a casa por la mañana. Sí, hijos míos. Creo en el amor.
-A continuación, mi novio me va a hacer desaparecer.
Así, sin violencia de género. Y ella desaparece tan tranquila. ¿Y yo qué hice ante semejante revelación? Lo que hubiera hecho cualquiera: intentar cerrar la mente ante una posible intrusión a saco del mentalista. Pero el colega era un poco tartaja y además tenía una mirada muy penetrante, y como yo estaba de resaca, pues desistí. Pensé: "adelante, si quieres entrar aquí dentro y divertirte un poco, tú mismo. Pero vas a ver cosas que ni en las películas de Passolini".
Yo anduve todo el rato preocupado diciéndome a mí mismo: "no pienses que es una gilipollez de trabajo el suyo, no lo pienses que te pilla". Así que no disfruté de las setas, que creo que estaban cojonudas. A mí la que me parece que realmente tenía poderes es la novia, porque me miraba y yo creo que pensaba: "¿Quién cojones se cree que es este advenedizo, con su media sonrisa estúpida y condescendiente?" Es que es verdad, yo hacía como que me lo creía y me acojonaba, pero me daba un poco la risa. Y la tía me echó varios males de ojo, y creo que alguno me acertó de lleno. Tengo esa sensación.
Así que me hizo varias movidas de cartas con ondas, estrellas y círculos, y yo veía los círculos y me imaginaba los círculos que dejan los vasos de tubo en las barras de los bares. Cada uno con lo suyo. Me daban ganas de preguntarle a ella:
-¿Tu madre te deja salir con este chico? -pero para qué ponerlo peor.
No creo en nada de eso, hijos míos. Yo sólo creo en el amor, en el cielo azul y en qué pequeños somos. Y en qué oscuro estaba el Heaven el viernes y en que tengo que dejar unas gafas de sol en el coche para cuando me voy a casa por la mañana. Sí, hijos míos. Creo en el amor.
La Cuqui
La Cuqui era la que nos vendía la leche cuando éramos pequeños, en mi pueblo. Leche directa de la vaca. Íbamos allí -casi siempre me tocaba a mí- a las 10 de la noche con nuestra lecherita de latón, hacíamos cola en aquel pequeño despacho que olía a vaca y leche a partes iguales y ella nos llenaba las lecheras. La Cuqui era muy gorda y tenía unos brazos como mis piernas y unas piernas como pies de farola. Yo me descojonaba con ella. Hablaba a voces, de tal forma que cuando salías a la noche con tu lechera llena te pitaban los oídos, y una frase de las finas suyas podía ser:
-Me cago en la puta jodía de la vaca, me ha dado un pisotón hoy que casi me parte el espinazo.
Agarraba una lechera de cien litros con un brazo, casi tan alta como ella, y la volcaba en el medidor y del medidor a tu lechera, todo sin derramar una sola gota.
-¿Tú cuánto llevas hoy, chiguito?
-Dos y medio.
-Trae para acá -e iniciaba el trasvase-. Dile a la jodía de tu madre que si quiere pan el sábado que me diga cuántas barras, que siempre anda tarde, mal y nunca.
Pero aquel día, al levantar el bidón de cien litros, un ratón salió de debajo. La Cuqui empezo a gritar como una loca y a dar saltos por todo el local sin soltar la lechera, empujándonos. Salió por su boca tal cantidad de imprecaciones, algunas de ellas blasfemias, que las mujeres que hacían cola se santiguaban. Alguna se fue de la cola y dijo "ya volveré mañana". La Cuqui cabreada era peligrosa, y resulta que los ratones eran la única cosa en el mundo capaz de doblegar su espíritu. Cuando se hubo ido el ratón y ella se hubo tranquilizado, dijo:
-Es que me tiemblan hasta las putas de las piernas.
Pero esto lo decía con el bidón aún bajo el brazo, y sin que una sola gota hubiera resbalado de él. Cuando lo posó, sí se notó que le temblaban. Yo no pude contener la risa y las señoras que se habían quedado me miraron fatal, ni que se fuera a cortar la leche. La Cuqui me entendió y termino riéndose también.
Desde aquel día, mi hermana y yo no nos volvimos a pelear por no ir a por la leche. Yo siempre me ofrecía voluntario. En el trayecto desde mi casa a la de la Cuqui soñaba con que volviera a aparecer un ratón y ella empezara a blasfemar como nunca antes se había oído en un pueblo cristiano, y con que la leche directa de la vaca terminara duchando los tupés lacados y las permanentes de aquellas beatas mujeres.
No ocurrió, que yo supiera. Pero echo de menos ir donde la Cuqui a por leche. Gracias a ella aprendí que cagarte en la virgen y que te cayera un rayo en la cabeza no era necesariamente una relación causa-efecto directa.
-Me cago en la puta jodía de la vaca, me ha dado un pisotón hoy que casi me parte el espinazo.
Agarraba una lechera de cien litros con un brazo, casi tan alta como ella, y la volcaba en el medidor y del medidor a tu lechera, todo sin derramar una sola gota.
-¿Tú cuánto llevas hoy, chiguito?
-Dos y medio.
-Trae para acá -e iniciaba el trasvase-. Dile a la jodía de tu madre que si quiere pan el sábado que me diga cuántas barras, que siempre anda tarde, mal y nunca.
Pero aquel día, al levantar el bidón de cien litros, un ratón salió de debajo. La Cuqui empezo a gritar como una loca y a dar saltos por todo el local sin soltar la lechera, empujándonos. Salió por su boca tal cantidad de imprecaciones, algunas de ellas blasfemias, que las mujeres que hacían cola se santiguaban. Alguna se fue de la cola y dijo "ya volveré mañana". La Cuqui cabreada era peligrosa, y resulta que los ratones eran la única cosa en el mundo capaz de doblegar su espíritu. Cuando se hubo ido el ratón y ella se hubo tranquilizado, dijo:
-Es que me tiemblan hasta las putas de las piernas.
Pero esto lo decía con el bidón aún bajo el brazo, y sin que una sola gota hubiera resbalado de él. Cuando lo posó, sí se notó que le temblaban. Yo no pude contener la risa y las señoras que se habían quedado me miraron fatal, ni que se fuera a cortar la leche. La Cuqui me entendió y termino riéndose también.
Desde aquel día, mi hermana y yo no nos volvimos a pelear por no ir a por la leche. Yo siempre me ofrecía voluntario. En el trayecto desde mi casa a la de la Cuqui soñaba con que volviera a aparecer un ratón y ella empezara a blasfemar como nunca antes se había oído en un pueblo cristiano, y con que la leche directa de la vaca terminara duchando los tupés lacados y las permanentes de aquellas beatas mujeres.
No ocurrió, que yo supiera. Pero echo de menos ir donde la Cuqui a por leche. Gracias a ella aprendí que cagarte en la virgen y que te cayera un rayo en la cabeza no era necesariamente una relación causa-efecto directa.
Mi madre
Está bien hijos míos; lo bueno que tenéis, hijos de puta, es que me hacéis pensar: lo digo por el Peq y el Casti. Puede que tengáis razón, lo mismo lo mío es un complejo de edipo mal curao. ¿Y sabéis qué os digo? Que me da igual. Por seguir abundando, relataré aquí la única vez que mi madre intentó agredirme.
Tendría yo doce años y mi madre esperaba en frente de una sartén al fuego con un huevo en la mano.
-¿Qué prefieres, huevo frito o tortilla francesa? -me había preguntado. Era la hora de cenar.
-Huevo frito -respondí yo, la atención volcada en un tebeo de Superlópez encima de un plato vacío-. Bueno no, tortilla francesa -lo pensé mejor-. No, huevo frito -me desdije. Así estuve un buen rato. De pronto, un objeto volador atravesó el éter entre mi nariz y el tebeo. El huevo se estrelló en la ventana contigua y chorreó hacia abajo. Volví la vista a mi madre y ahí estaba ella, con la mano aún levantada.
A mi madre se le agotaba la paciencia conmigo enseguida. Y con mi hermana. La Moni siempre recuerda a mi madre persiguiendo a mi hermana con una cámara vieja de bici en la mano, tratando de engancharla, alrededor de la manzana, como unos Tom y Jerry de la vida real aguilarense. Todo por llegar tarde un día de diario y andarse un con una chica nueva que había venido al pueblo, creo que se llamaba Cristina, a quien una fama de "ligera de cascos" -según la terminología habitual entonces- le había precedido desde Santander. Pero mi hermana corría mucho cuando se trataba de huir de una cámara de bici. Mi hermana es que era una pieza, de niña. No como yo, que era un santo. Podéis creerme o no, pero yo era un santo.
A mí, aquella Cristina me caía genial. Mi hermana la subía a escondidas a casa y yo me quedaba embobado escuchando sus historias de ligera de cascos de ciudad. Hasta tal punto me gustaba, que eso es lo que soy yo ahora: un ligero de cascos de ciudad.
Tendría yo doce años y mi madre esperaba en frente de una sartén al fuego con un huevo en la mano.
-¿Qué prefieres, huevo frito o tortilla francesa? -me había preguntado. Era la hora de cenar.
-Huevo frito -respondí yo, la atención volcada en un tebeo de Superlópez encima de un plato vacío-. Bueno no, tortilla francesa -lo pensé mejor-. No, huevo frito -me desdije. Así estuve un buen rato. De pronto, un objeto volador atravesó el éter entre mi nariz y el tebeo. El huevo se estrelló en la ventana contigua y chorreó hacia abajo. Volví la vista a mi madre y ahí estaba ella, con la mano aún levantada.
A mi madre se le agotaba la paciencia conmigo enseguida. Y con mi hermana. La Moni siempre recuerda a mi madre persiguiendo a mi hermana con una cámara vieja de bici en la mano, tratando de engancharla, alrededor de la manzana, como unos Tom y Jerry de la vida real aguilarense. Todo por llegar tarde un día de diario y andarse un con una chica nueva que había venido al pueblo, creo que se llamaba Cristina, a quien una fama de "ligera de cascos" -según la terminología habitual entonces- le había precedido desde Santander. Pero mi hermana corría mucho cuando se trataba de huir de una cámara de bici. Mi hermana es que era una pieza, de niña. No como yo, que era un santo. Podéis creerme o no, pero yo era un santo.
A mí, aquella Cristina me caía genial. Mi hermana la subía a escondidas a casa y yo me quedaba embobado escuchando sus historias de ligera de cascos de ciudad. Hasta tal punto me gustaba, que eso es lo que soy yo ahora: un ligero de cascos de ciudad.
Cómo se hacen los niños
Yo, de pequeño, estaba convencido de que la madera era, cómo os diría yo, hijos míos, una sustancia fabricada artificialmente por los seres humanos. Como el plástico, vamos. Y la gente me decía "que no, que viene de los árboles". Y yo me descojonaba de ellos a la cara. Miraba un tronco flaco de los pinos del pantano de mi pueblo, después miraba una mesa y pensaba "qué tonta es la gente". Así era yo. Del mismo modo que no recuerdo creer nunca en los Reyes Magos -la torpe silueta de mis padres con los regalos se veía perfectamente a través del cristal esmerilado de la puerta de mi habitación, daba igual, me hacía la misma ilusión-, creí lo de la madera hasta mucho después de tener vello púbico, seguramente.
Yo me tenía que hacer mi propia composición de las cosas. Había un dibujo en un libro que yo tenía del cuerpo humano que nunca entendía. El estómago, perfecto: una gran fábrica llena de poleas y almacenes y gente llevando comida de un lado a otro. Pero aquel dibujo, que era un gran muelle alargado que se metía en una especie de hangar y de él salían unos hombrecillos vestidos de blanco, me tenía intrigado. "Los pulmones no es, eso fijo", me decía yo.
Y llegó la lista de mi hermana melliza, que era una adelantada, y me dijo:
-Eso es una pilila, de los niños, que se mete en la peseta de las niñas.
-¿Qué? -lo había entendido, pero me había dado mogollón de asco. No me hubiera parecido a mí necesaria tanta cercanía entre dos personas para nada en el mundo.
-Una pilila dentro de la peseta.
-¿Y por qué?
-Para tener hijos.
Y mi hermana inició una pormenorizada explicación que me fue dejando progresivamente atónito. Pero después entré en la cocina y le dije a mi madre, con el libro en la mano:
-Mamá, ya sé cómo se hacen los niños.
A mi madre, que estaba haciendo un huevo frito, se le cayó la escurridera llena de aceite al suelo. La recogió y dijo:
-Entonces ya sabes lo que cuesta traerlos al mundo, ¿no?
No sé si respondí algo, pero, desde luego, estaba de acuerdo con ella: me parecía un esfuerzo supremo.
Yo me tenía que hacer mi propia composición de las cosas. Había un dibujo en un libro que yo tenía del cuerpo humano que nunca entendía. El estómago, perfecto: una gran fábrica llena de poleas y almacenes y gente llevando comida de un lado a otro. Pero aquel dibujo, que era un gran muelle alargado que se metía en una especie de hangar y de él salían unos hombrecillos vestidos de blanco, me tenía intrigado. "Los pulmones no es, eso fijo", me decía yo.
Y llegó la lista de mi hermana melliza, que era una adelantada, y me dijo:
-Eso es una pilila, de los niños, que se mete en la peseta de las niñas.
-¿Qué? -lo había entendido, pero me había dado mogollón de asco. No me hubiera parecido a mí necesaria tanta cercanía entre dos personas para nada en el mundo.
-Una pilila dentro de la peseta.
-¿Y por qué?
-Para tener hijos.
Y mi hermana inició una pormenorizada explicación que me fue dejando progresivamente atónito. Pero después entré en la cocina y le dije a mi madre, con el libro en la mano:
-Mamá, ya sé cómo se hacen los niños.
A mi madre, que estaba haciendo un huevo frito, se le cayó la escurridera llena de aceite al suelo. La recogió y dijo:
-Entonces ya sabes lo que cuesta traerlos al mundo, ¿no?
No sé si respondí algo, pero, desde luego, estaba de acuerdo con ella: me parecía un esfuerzo supremo.
Un lunes
El tocamiento de huevos al que he me he sometido toda la mañana y lo que llevamos de tarde en este santo trabajo es que no tiene nombre. Si os preguntáis que si puedo hacerlo, la respuesta es sí. Si os preguntáis si debo: claramente, no. Por ejemplo, tengo que zipear unas imágenes para enviarlas por correo porque, si no, no pasan. Aún no lo he hecho. Y llevo debiendo hacerlo desde las 10 de la mañana. Abrir el WinZip me parece un esfuerzo supremo de concentración.
Pero he hablado con la Nuri Villarén y me ha contado que la peli de "Esta casa es una ruina" está basada en la suya propia. Que se les ha jodido el frigorífico y que tiene los yogures en la ventana, con la fresca, y que ahora su miedo está en que se les caiga la bañera y aparezcan en bolas en la oficina parroquial. Es un miedo muy lógico, dadas las circunstancias. De vez en cuando se me ausentaba la Nuri del Messenger porque debía ir a atender a alguna cliente -a quien mantendremos en el anonimato- que entraba en la farmacia con un problema muy concreto: su marido no podía hacer de vientre y le habían pedido unos análisis. De aquello.
-¿Y qué quería, un Tupper? -he dicho yo, en mi ignorancia.
-Hala, que bruto -me devuelve ella a la realidad-. La cosa es que, si no puede hacerlo, cómo se lo van a analizar.
-Pues también es verdad.
Y en esas conversaciones escatológico-farmacéuticas nos hemos entretenido hasta la hora de comer.
También se ha dado la circunstancia de que este fin de semana me ha ocurrido una cosa super importante. He conocido a alguien que me gusta. Lo super importante es que parece recíproco. Avisados quedáis. Anotad este día en vuestras agendas. Lo que pasa es que no pienso hablar de ello. Os creéis muy listos si os pensáis que aquí lo cuento todo. Lo realmente íntimo me lo guardo. Tendréis que esperar a que la cague para que lo cuente aquí.
Pero he hablado con la Nuri Villarén y me ha contado que la peli de "Esta casa es una ruina" está basada en la suya propia. Que se les ha jodido el frigorífico y que tiene los yogures en la ventana, con la fresca, y que ahora su miedo está en que se les caiga la bañera y aparezcan en bolas en la oficina parroquial. Es un miedo muy lógico, dadas las circunstancias. De vez en cuando se me ausentaba la Nuri del Messenger porque debía ir a atender a alguna cliente -a quien mantendremos en el anonimato- que entraba en la farmacia con un problema muy concreto: su marido no podía hacer de vientre y le habían pedido unos análisis. De aquello.
-¿Y qué quería, un Tupper? -he dicho yo, en mi ignorancia.
-Hala, que bruto -me devuelve ella a la realidad-. La cosa es que, si no puede hacerlo, cómo se lo van a analizar.
-Pues también es verdad.
Y en esas conversaciones escatológico-farmacéuticas nos hemos entretenido hasta la hora de comer.
También se ha dado la circunstancia de que este fin de semana me ha ocurrido una cosa super importante. He conocido a alguien que me gusta. Lo super importante es que parece recíproco. Avisados quedáis. Anotad este día en vuestras agendas. Lo que pasa es que no pienso hablar de ello. Os creéis muy listos si os pensáis que aquí lo cuento todo. Lo realmente íntimo me lo guardo. Tendréis que esperar a que la cague para que lo cuente aquí.
Ellas
Hijos míos, hoy os hablo desde el extremo de una neurona temblorosa. No voy a ahondar más en el tema para no abrir más la brecha entre mis hermanas, las RACE Sisters -porque siempre vienen a tu auxilio-, y yo. Recuerdo una canción que cantábamos en el colegio durante el Mes de María -joer, cómo me asusta no haber olvidado estas cosas- y que decía, por algún sitio: "pero mis mamás son dos". Pues, hijos míos, mis mamás son cuatro. Mi madre biológica y las tres RACE Sisters. Así que la inducción de sentimiento de culpabilidad, castración y otras manipulaciones psicológicas típicamente -y con esto aclaro que habrá excepciones- femeninas, lo siento chicas, tengo que ser valiente y decir claro lo que pienso, se multiplican por cuatro sobre mí. Más que femeninas debería decir maternales. ¿Mejor así?
La castración es algo que vengo estudiando. Es cuando te dicen: "no pongas los pies ahí". Y luego van y los ponen ellas/os -me abro a la posibilidad de que sea un tío el que te lo dice, vale-. Es como la negación por sistema de la acción emprendida por el espíritu de abandono típicamente masculino. Apaga las luces. No andes descalzo -estas dos se convirtieron en un tantra permanente en mis tímpanos desde mis cero años hasta los doce-. No saques el codo por la ventanilla. ¿Qué más cojones da que saques tu codo por la ventanilla del coche? ¿Es que le quitas aerodinamismo? No, es que puede pasar una moto y llevártelo por delante. Menuda gilipollez. Aquel día le expliqué yo a la Moni que la paralela del extremo del espejo retrovisor es más externa que la paralela que pasa por mi codo. El caso es castrar.
Y aquí es donde expongo una opinión para la polémica: lo que creo que quieren decir ellas/os en realidad con una frase de esas es "guárdate la polla en los calzoncillos y no vayas paseándola por ahí con tanta alegría". En caso de tu pareja -ella o él- es "esa polla es sólo mía", en el de una madre es "qué pena que mi niño se ha hecho grande", en el caso de una amiga/o es "folla menos que se te va a caer el pito". Pensaréis que se me va la olla. Puede ser. Ya digo, una opinión para la polémica.
La castración es algo que vengo estudiando. Es cuando te dicen: "no pongas los pies ahí". Y luego van y los ponen ellas/os -me abro a la posibilidad de que sea un tío el que te lo dice, vale-. Es como la negación por sistema de la acción emprendida por el espíritu de abandono típicamente masculino. Apaga las luces. No andes descalzo -estas dos se convirtieron en un tantra permanente en mis tímpanos desde mis cero años hasta los doce-. No saques el codo por la ventanilla. ¿Qué más cojones da que saques tu codo por la ventanilla del coche? ¿Es que le quitas aerodinamismo? No, es que puede pasar una moto y llevártelo por delante. Menuda gilipollez. Aquel día le expliqué yo a la Moni que la paralela del extremo del espejo retrovisor es más externa que la paralela que pasa por mi codo. El caso es castrar.
Y aquí es donde expongo una opinión para la polémica: lo que creo que quieren decir ellas/os en realidad con una frase de esas es "guárdate la polla en los calzoncillos y no vayas paseándola por ahí con tanta alegría". En caso de tu pareja -ella o él- es "esa polla es sólo mía", en el de una madre es "qué pena que mi niño se ha hecho grande", en el caso de una amiga/o es "folla menos que se te va a caer el pito". Pensaréis que se me va la olla. Puede ser. Ya digo, una opinión para la polémica.
Arreglando bicis (segunda parte)
Ayer, en una cervecería, me quedaba yo empanado mirando a un camarero de camiseta ajustada, hasta que el Yorch me sacó de mi ensimismamiento:
-¿No te gustan más con cuello?
A la Noe se le salía la cerveza por las narices. Yo le dije, Noe, si le vas a reír todas las tonterías a tu novio, estamos apañados. Pero el Yorch tenía razón. La cabeza y los hombros de aquel chico eran contínuos no discretos, como los números reales -es increíble las cosas absurdas del colegio que guarda mi cerebro-. Aquí era hombro, y una infinitésima de metro más allá, era cabeza. Así, de golpe.
Pero yo hoy quiero seguir hablando del taller de mi padre y de aquellos infames veranos sólo enmendados por los desnudos parciales de su ayudante. He arreglado en mi vida un millon y medio de pinchazos de bici. Sin exagerar. Lo haría ahora con los ojos cerrados. Pero al principio no sabía bien y venía un tío y me decía:
-Oye, ayer me arreglaste la rueda y hoy se me ha vuelto a pinchar.
Yo la cogía, la desmontaba y la metía en agua de nuevo. Efectivamente, el parche que le había puesto el día anterior se había levantado. Y yo iba y le decía:
-¿A que has ido por el mismo camino de ayer?
-Pues sí.
-Pues eso es que está lleno de zarzas. Ya puedes tener cuidado.
Es que eran muy de pueblo. Yo le arreglaba el pinchazo y se lo volvía a cobrar. Así era yo. Todo lo deshonesto que no era mi padre. Y un puto listo.
Otro verano subí, por cuenta propia, el precio de los pinchazos. De 175 pesetas a 250. Me tiré todo el verano cobrándolos así, no penséis que me quedaba con nada, pero es q a mí me parecía mucho esfuerzo para tan poco precio. Y mi padre se enteró al final, cuando uno le fue a pagar las 250 y él le dio cambio. No me pegó porque mi padre nunca me ha pegado, pero me soltó una patada que esquivé de milagro. Yo creo que mi padre nos soltaba esas patadas dándonos una ventaja suficiente como para no pillarnos. Dar patadas no es pegar, pegar es con las manos.
Y luego aprendí a motar bicis, que las montaba con la polla al final, ya, que eran para que los bancos especuladores se las pudieran regalar a sus clientes -mi padre pillaba cacho, así que no comment-, y a afilar cadenas de motosierra. Pero nunca me gustó. Ni siquiera el corto porno que suponía compartir vestuario con el ayudante me compensaba. Prefiero mi vida de ahora, que no tengo que arreglar pinchazos y puedo pasar a la acción carnal en vez de conformarme con la mera contemplación.
-¿No te gustan más con cuello?
A la Noe se le salía la cerveza por las narices. Yo le dije, Noe, si le vas a reír todas las tonterías a tu novio, estamos apañados. Pero el Yorch tenía razón. La cabeza y los hombros de aquel chico eran contínuos no discretos, como los números reales -es increíble las cosas absurdas del colegio que guarda mi cerebro-. Aquí era hombro, y una infinitésima de metro más allá, era cabeza. Así, de golpe.
Pero yo hoy quiero seguir hablando del taller de mi padre y de aquellos infames veranos sólo enmendados por los desnudos parciales de su ayudante. He arreglado en mi vida un millon y medio de pinchazos de bici. Sin exagerar. Lo haría ahora con los ojos cerrados. Pero al principio no sabía bien y venía un tío y me decía:
-Oye, ayer me arreglaste la rueda y hoy se me ha vuelto a pinchar.
Yo la cogía, la desmontaba y la metía en agua de nuevo. Efectivamente, el parche que le había puesto el día anterior se había levantado. Y yo iba y le decía:
-¿A que has ido por el mismo camino de ayer?
-Pues sí.
-Pues eso es que está lleno de zarzas. Ya puedes tener cuidado.
Es que eran muy de pueblo. Yo le arreglaba el pinchazo y se lo volvía a cobrar. Así era yo. Todo lo deshonesto que no era mi padre. Y un puto listo.
Otro verano subí, por cuenta propia, el precio de los pinchazos. De 175 pesetas a 250. Me tiré todo el verano cobrándolos así, no penséis que me quedaba con nada, pero es q a mí me parecía mucho esfuerzo para tan poco precio. Y mi padre se enteró al final, cuando uno le fue a pagar las 250 y él le dio cambio. No me pegó porque mi padre nunca me ha pegado, pero me soltó una patada que esquivé de milagro. Yo creo que mi padre nos soltaba esas patadas dándonos una ventaja suficiente como para no pillarnos. Dar patadas no es pegar, pegar es con las manos.
Y luego aprendí a motar bicis, que las montaba con la polla al final, ya, que eran para que los bancos especuladores se las pudieran regalar a sus clientes -mi padre pillaba cacho, así que no comment-, y a afilar cadenas de motosierra. Pero nunca me gustó. Ni siquiera el corto porno que suponía compartir vestuario con el ayudante me compensaba. Prefiero mi vida de ahora, que no tengo que arreglar pinchazos y puedo pasar a la acción carnal en vez de conformarme con la mera contemplación.
Arreglando bicis (primera parte)
-Este hijo baja todos los días puntual cuando en la puta vida -le dijo mi padre a mi madre hace 15 años. Era verano y yo me pasaba las mañanas ayudando a mi padre en contra de mi voluntad en su taller de motos y bicis. Lo odiaba.
-A mí también me tiene escamada -se escamaba mi madre.
Y sí, era puntual, porque si llegaba a las nueve podía cambiarme en la trastienda a la vez que el otro tío que había contratado mi padre aquel verano, un chaval que rondaría los veintidos años y había acabado la FP rama automoción y ocupaba su tiempo libre cambiando el tejado de su casa del pueblo. Imaginaos, hijos míos, qué deltoides. Así que a las nueve podía verle quitarse la camiseta y enfundarse en el mono naranja de Stil -marca de motosierras-. La imagen que tengo de aquello es lo más parecido a la página central del Fresh Men que podáis imaginar. Empalmado toda la mañana. Con quince años sabéis que esto es posible.
-Ayuda a este hijo mío a quitar esa cubierta, que está dura.
Y venía en mi ayuda. Aquella cubierta estaba menos dura que mi polla, y si me temblaban las manos era porque no tenía sangre suficiente para todo. Y él intervenía y sus deltoides se inflaban y a mí se me ponía todavía más dura. Tenía una novia fea, canija y palurda, con la que le veía de la mano los fines de semana. Si el mal de ojo existiera, aquella chica hubiera caído ese verano de un cáncer fulminante.
Lo mejor venía a las dos, cuando se metía donde la manguera, se bajaba el mono hasta la cintura y se lavaba el sudor con la manguera, echándose el agua por encima. Lo juro. Juro por los Spock's Beard que no exagero. Como una peli porno. Igual. No me considero un tío especialmente fetichista, pero si hay algo de lo "accesorio" que me pone, es las manchas de grasa sobre la piel y los monos de taller. Así es, hijos míos. Por eso casi me caigo de culo la primera vez que fui a Desguaces La Torre a por recambios para mi antiguo Renault 11 y me encontré con aquella plantilla, también todos recién salidos de FP rama automoción, con sus monos y sus manchas de grasa. Aunque, como diría Michael Ende, esto es otra historia y será contada en otra ocasión.
-A mí también me tiene escamada -se escamaba mi madre.
Y sí, era puntual, porque si llegaba a las nueve podía cambiarme en la trastienda a la vez que el otro tío que había contratado mi padre aquel verano, un chaval que rondaría los veintidos años y había acabado la FP rama automoción y ocupaba su tiempo libre cambiando el tejado de su casa del pueblo. Imaginaos, hijos míos, qué deltoides. Así que a las nueve podía verle quitarse la camiseta y enfundarse en el mono naranja de Stil -marca de motosierras-. La imagen que tengo de aquello es lo más parecido a la página central del Fresh Men que podáis imaginar. Empalmado toda la mañana. Con quince años sabéis que esto es posible.
-Ayuda a este hijo mío a quitar esa cubierta, que está dura.
Y venía en mi ayuda. Aquella cubierta estaba menos dura que mi polla, y si me temblaban las manos era porque no tenía sangre suficiente para todo. Y él intervenía y sus deltoides se inflaban y a mí se me ponía todavía más dura. Tenía una novia fea, canija y palurda, con la que le veía de la mano los fines de semana. Si el mal de ojo existiera, aquella chica hubiera caído ese verano de un cáncer fulminante.
Lo mejor venía a las dos, cuando se metía donde la manguera, se bajaba el mono hasta la cintura y se lavaba el sudor con la manguera, echándose el agua por encima. Lo juro. Juro por los Spock's Beard que no exagero. Como una peli porno. Igual. No me considero un tío especialmente fetichista, pero si hay algo de lo "accesorio" que me pone, es las manchas de grasa sobre la piel y los monos de taller. Así es, hijos míos. Por eso casi me caigo de culo la primera vez que fui a Desguaces La Torre a por recambios para mi antiguo Renault 11 y me encontré con aquella plantilla, también todos recién salidos de FP rama automoción, con sus monos y sus manchas de grasa. Aunque, como diría Michael Ende, esto es otra historia y será contada en otra ocasión.
El valor añadido
El marisco que cené -devoré- el viernes se hizo fuerte en mi estómago, creo que sobre todo las nécoras, y yo, que nunca jamás vomito, a pesar de que me emborracho regularmente, vomité. Rodeando la taza del váter con los brazos a las 12 de la mañana, sin haber pegado el ojo, todo mi cuerpo temblando y con una sensación que sólo puede definirse como horrible, lo eché todo, en plan niña del exorcista.
Para cuando el sol se puso de nuevo, volví a estar dentro de mi cuerpo, con hambre y ganas de salir. Mi hermana melliza inauguraba su piso para todos sus hermanos -o sea, mis otras hermanas y yo, digamos que a ninguno de los hijos de mi padre le ponen las tías, supongo que le salí rana- y allí fuimos, a asustar al novio de mi hermana, que no tiene hermanas -ni hermanos gays-, y en su casa jamás se ha hablado de trapos ni de alimentación rica en fibra y carbohidratos, así que se debe sentir entre nosotros como visitando el zoo.
Sergio, así se llama el novio de mi hermana, no sabe dónde se mete. Que nos aguanta es la mejor prueba de que la quiere con todas sus fuerzas. La elocuencia no es lo suyo, y esto, hijos míos, es sin duda una virtud. A lo largo de mi vida, abrir la boca y cagarla ha sido todo uno. Admiro a la gente que escucha más que habla. Yo escucho un 20% del tiempo y hablo el 80% restante. Ello me acarrea dos problemas fundamentales. Primero, que casi siempre hablo sin saber, dándo palos de ciego, y segundo, que aburro a la gente. Sergio sólo abre la boca cuando sabe que va a tener razón -y la tiene- o cuando va a aportar un valor añadido -que lo aporta-. Yo hablo tanto que la mayoría de las veces no hago más que repetir algo dicho, rodear las conversaciones, vender motos, intentar manipular las opiniones de los demás o a ellos mismos -esto nunca se consigue, mierda-, hacerme pasar por alguien que no soy o lanzar temas bomba como "¿Vísteis que fulanito de tal se plantó con una camiseta de playa en la despedida?", luego dejo que los demás lo despellejen un ratito y por último digo "Tampoco os paséis, es un buen chaval". Nada de esto puede considerarse aportar valor añadido, ¿eh? Así que el Sergio, igual que otras personas -como mi sobrino Santi-, me hace sentirme vacuo y absurdo, con sus opiniones certeras y su espíritu permanentemente ecuánime. En fin, me alegraré por ellos y por sus novias.
Para cuando el sol se puso de nuevo, volví a estar dentro de mi cuerpo, con hambre y ganas de salir. Mi hermana melliza inauguraba su piso para todos sus hermanos -o sea, mis otras hermanas y yo, digamos que a ninguno de los hijos de mi padre le ponen las tías, supongo que le salí rana- y allí fuimos, a asustar al novio de mi hermana, que no tiene hermanas -ni hermanos gays-, y en su casa jamás se ha hablado de trapos ni de alimentación rica en fibra y carbohidratos, así que se debe sentir entre nosotros como visitando el zoo.
Sergio, así se llama el novio de mi hermana, no sabe dónde se mete. Que nos aguanta es la mejor prueba de que la quiere con todas sus fuerzas. La elocuencia no es lo suyo, y esto, hijos míos, es sin duda una virtud. A lo largo de mi vida, abrir la boca y cagarla ha sido todo uno. Admiro a la gente que escucha más que habla. Yo escucho un 20% del tiempo y hablo el 80% restante. Ello me acarrea dos problemas fundamentales. Primero, que casi siempre hablo sin saber, dándo palos de ciego, y segundo, que aburro a la gente. Sergio sólo abre la boca cuando sabe que va a tener razón -y la tiene- o cuando va a aportar un valor añadido -que lo aporta-. Yo hablo tanto que la mayoría de las veces no hago más que repetir algo dicho, rodear las conversaciones, vender motos, intentar manipular las opiniones de los demás o a ellos mismos -esto nunca se consigue, mierda-, hacerme pasar por alguien que no soy o lanzar temas bomba como "¿Vísteis que fulanito de tal se plantó con una camiseta de playa en la despedida?", luego dejo que los demás lo despellejen un ratito y por último digo "Tampoco os paséis, es un buen chaval". Nada de esto puede considerarse aportar valor añadido, ¿eh? Así que el Sergio, igual que otras personas -como mi sobrino Santi-, me hace sentirme vacuo y absurdo, con sus opiniones certeras y su espíritu permanentemente ecuánime. En fin, me alegraré por ellos y por sus novias.





