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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
En el Metro
Ay, hijos míos, me he quedado frito en el Metro. Lo que nunca. Dijeron por los altavoces:
-El Metro se va a econtrar detenido entre diez y quince minutos por avería en la estación de Bilbao -y yo agradeciéndolo.
No pillaba postura, pero al final me he quedado como un bendito con la cabeza medio esnucada hasta Estrecho, y desde Estrecho hasta Plaza Castilla con ella apoyada en el hombro. Y un poco de baba -yo es que babeo mucho si alcanzo la fase REM entre las dos y las seis de la tarde- ha ido a parar a mi polo Inesis -del Decathlon, qué pasa- azul cielo, y una señora me miraba raro, y una japonesa adolescente miraba a otro lado, para no desagradarse.

Qué queréis que le haga, y me he notado respingar cuando la señora me ha tocado el brazo:
-Joven, que esta es la última parada.
-Gracias señora -he balbucido yo, sorbiendo la baba para dentro. La japonesa pestañea como si la hubiesen pinchado con un alfiler.
-Esta juventud, es que no descansáis.
Y gradualmente he ido recordando el número de miembros que tienen los seres humanos, para qué sirve cada par de ellos, después mi nombre y algunos datos imprescindibles de mi historia y posteriormente dónde estaba, de dónde venía -de cambiar un disco en la Fnac- y a dónde iba -de regreso al trabajo-. Y ya he despertado, y he comprobado con horror que me he comprometido con un cliente a tener terminados para esta tarde su Flash y otras pollas en vinagre.

Pero he llegado y he recordado también que no había escrito nada en el blog. Y lo primero es lo primero. También se ha conectado Zoo un momento, pero ha escrito:
-Maldición, necesitan el ordenador -él escribe en el Messenger como en una especie de español antiguo. Yo qué sé.

Hoy me he jurado a mí mismo que voy al gimansio, pero tengo cero ganas. ¿Creéis que lo voy a hacer, creéis que no? Si estáis seguros de algo es que sabéis más que yo. Porque yo resolveré mi duda cuando inicie la rotonda de Pozuelo -de frente, a casa; a la izquierda, el gym-. Dejaré que mis brazos al volante se comuniquen libremente con mi inconsciente y decidan por mí.

[...]

Uy, si he dejado esto a medias. Es que se me conectó el Zoo y hemos estado charlando acerca de sus elisas recubiertas de proteínas -yo me imagino filetes de ternera, qué queréis que le haga- y cosas de esas. Ya sabéis, la parte de los flirteos que consiste en hacerte el interesante. Besos para todos.
 
A mi alrededor
Mientras escucho a Prince cantar "I'm not a woman / I'm not a man / I'm something that you'll never understand" echo un vistazo a mi alrededor, intentando saber en qué clase de empresa trabajo. El Yorch se ha cambiado de sitio -antes le daba el aire acondicionado en la cabeza con tal ímpetu que los pelos se le movían como si fuera un Fraguel- y se ha puesto frente a mí, pero se sigue echándo la rebequita a los hombros. Y es cierto, en su nuevo sitio también hace frío. Este chico atrae las corrientes. Ah, ahora acaba de dar una patada a la roseta y se le ha apagado el ordendador. Muy bien, Yorch, bienvenido a tu nueva ubicación.

Tenemos un bakala nuevo en la oficina, de los de libro, solo que este tiene un culo gordo y cara de idiota y te pone cero, pero le llevamos ya contadas más de cinco camisetas distintas de El Niño y tiene un corte de pelo de esos que si llueve te hace pocillo. Creo que os conté que, los primeros días, se venía con nostros a tomar café y No Abría la Puta Boca en Todo el Rato. Pa eso no vengas, nene. Lee el Marca y ahora parece que se habla un poco con el porrero de Vitoria. No sé, no pegan mucho, creo que hallarán desavenencias en cuanto a las drogas que consumen.

Lo peor es la recepcionista de las mañanas, que no se entera y se agobia. Como diría Eugenio -el humorista difunto-: "estás nerviosa y me estás poniendo nervioso a mí". Suena el teléfono, lo coges y empieza:
-Juanjo, vente para acá que tienes aquí las...
-No soy Juanjo -interrumpo-, soy Julio-. Juanjo no está por aquí.
-Vale, pues avísalo que tiene aquí sus fotocopias.
-Es que, como te digo, no está por aquí -y empieza a emitir unos ruiditos como de insatisfacción extrema, como de desmoronamiento.
-¿Pero no lo ves? Es que tiene...
-Ya te digo que no lo veo, no sé dónde está -tía, haz tu trabajo, yo qué sé.

Pues vengo del café y el Yorch me cuenta que ayer se fueron de barbacoa, hay que ser idiotas, con el día que hacía. Efectivamente, les jarreó.
-Es una nube -dijo la Noe. Así que se aventuraron.
Llegaron al sitio, a 90 km de Madrid, aquí al lado -el organizador del evento, el Alvarito, es vasco, ahora lo entendéis-, y preguntó el novio de una de las chicas, bajando la ventanilla:
-Señoras, no se rían de nosotros y dígannos, ¿dónde queda el merendero? -y las señoras se sujetaban unas a otras porque no podían de la risa.
Así que la cosa fue, más o menos:
-¿Me pones un choricito? -y la otra cogía el plato, lo volcaba para quitarte el agua y te echaba el chorizo.
-Alvarito -él daba vuelta a los morunos-, quítate el paraguas de encima que te hace de campana con el humo. A ver si te vas a asfixiar.
Y todos comiendo de pie bajo los paraguas, tres en uno y cuatro en otro. Pero había más peña en otros merenderos. Lógico, de tres millones de habitantes tampoco es raro encontrar a una centena de idiotas. Es bastante menos de un uno por mil.
 
Por segunda vez
Ayer fui otra vez a ver el Episodio III, esta vez con el Zoo. Le avisé al Zoo lo del despertar de Anakin y me susurró al oído -en dicho momento cumbre del film- algo así como:
-Pues a mí me gusta más uno que yo me sé.
Ante lo cuál, ocurrieron dos cosas: una, me empalmé. Y otra, me callé como una puta, porque, si bien es cierto que el Zoo me gusta como el comer con los dedos, también tengo claro que nunca vendrá un Anakin recién llegado de Tatooine a mi vida. Vale, sé que no me creéis cuando me hago el duro y hacéis bien: me gusta mucho el Zoo y no tengo reparos en admitirlo. Y qué cojones, el Zoo hubiera dado totalmente el pego como Anakin, lo que pasa es que no estuvo en el Silicon Valley en el momento adecuado.

Por seguir con el tema de las crisis de ansiedad, os comentaré cómo fue la primera que tuve -sólo he tenido dos plenamente identificadas-. Estábamos en COU y Aguilar era ya para mí la más sofisticada de las prisiones. Jornada de convivencias con los Menesianos, subimos a las Tuerces -unos montes a tomar por culo-, comimos bocadillos, cantamos canciones de misa y de vuelta a casa. No dormí nada y, al día siguiente, autobús a Madrid , que veníamos a concursar al programa de la Verónica Mengod.

Pues a las once de la mañana, llegando al plató, servidor se mareó y se sumió en una espiral de certeza de muerte. La gente aparecía ante mí al final de un túnel vaporoso, sus voces se perdían en la lejanía y mis brazos y mis piernas no eran míos anymore.
-¿Qué te pasa? -notó un compañero, muy observador-. Estás pálido.
-Me muero.
Supe que mi carrera social se estaba yendo a la mierda, que ya todo el mundo pensaría para los restos que estaba loco, pero me daba igual, porque mi muerte era inminente.

Mientras el Colegio Menesiano de Aguilar perdía en todos y cada uno de los estilos de natación, servidor montaba el numerito. Me tumbaron en una ambulancia y, como aquellos gilipollas no debían saber qué es un ataque de pánico, me pusieron oxígeno. Ello, como sabéis, cuadriplicó mi hiperventilación, con lo que mis extremidades pertenecieron ya a un señor de Murcia y el túnel auditivo y visual era de la envergadura del de Guadarrama. Pero la muerte no llegaba, y el colmo fue cuando la propia Verónica Mengod se asomó la ambulancia todo sonriente a ver cómo andaban las bajas. "Ahora sí que me he muerto" pensé yo, porque no era posible que una presentadora de éxito estuviese allí, haciéndome cariñitos y diciéndome:
-No te preocupes, guapo, que no te pasa nada. Ay, qué nervios pasan estos chicos.
Creo que también me agarré a su mano. Me agarraba de las manos de todo el mundo, incluídos compañeros, curas, enfermeros y presentadoras, no me importaba sexo, edad o estado civil.

Pues no morí, pero sabéis lo que son estas cosas. Tardé mucho en perder el miedo a que volviera a ocurrir. Lo bueno que tiene la vida es que es muy entretenida, así que, después, el miedo a las hipotecas a treinta años, a los chicos psicópatas que dicen "te quiero" y desaparecen, a los gerentes de cuenta, a los virus, a los domingos, todos esos miedos, hacen de ti una persona normal y corriente. Besos para todos.
 
Martes en Plaza de Castilla
Pues sí, Mari, casi me hago una paja ahí en el cine, de esas rápidas de por-no-dejártelo-dentro, cuando el Anakin se levanta de la cama. De todas formas, ese chico tiene un soñar con su madre en la cama -Episodio II- y un levantarse de la cama con su novia que, donde estén Ánakin y una cama, que se quiten las pelis porno de Bel Ami.

Pero ahora no estoy para erecciones, porque ayer me he comprado unas zapatillas molonas -tipo las Vans de dibujitos- en plan baratija, eso me pasa por rata de cloaca, en el C&A -19,95, gracias un saludo- y vengo de Plaza de Castilla andando como la Cigüeña de mi pueblo, creo que os hablé de esta mujer, o sea, sin posar mucho los pies en el suelo. No siento los meñiques, hijos míos. Lo que es no sentirlos. Y encima es que son de plástico por arriba y por abajo y por el centro y pa dentro, y me cago en su puta madre, llevo los pies que parecen sendas cazuelas de champiñón al ajillo.
-¿Te las vas a poner mañana? -me dice el Yorch, aguantando la risa.
-Espérate que no las tire por la ventana según pase por Monforte de Lemos.
-¿Pero tan grave es? -ahonda en la herida Yorch.
-Hijo mío, es como llevar unas catiuscas del 39.

Pues Mari, qué putada las crisis de ansiedad, no monté numerito yo ni nada en el Centro Sanitario de Aguilar hace años, cuando estudiaba, y llorando y diciendo "me muero", y me importaba tres cojones que la peña me conociera.
-¿Cuántos dedos ves aquí? -me decía la hijaputa la médico. Que no estoy ciego, señora, que simplemente tengo la absoluta seguridad de que voy a morir en algún momento de los próximos cinco minutos.
-Dos. Ay, que me muero. Agárreme.
-¿Oyes voces en tu cabeza?
Yo creo que, durante un segundo, mi crisis remitió del todo. ¿Pero aquella tía, además de hijaputa, era tonta del culo?
-No, simplemente me mareo y muero.
-Pues va a ser un ataque de pánico.
Muchas gracias, señora. Eso ya lo sé yo, usted enchúfeme algún dardo para caballos. Pues me leyó la mente y me metió dos litros de diazepam por las venas, y, a los quince minutos, mi ansiedad y yo visitábamos los anillos de Saturno. Qué felicidad más absurda, oiga. Hoy, después de haberme cargado un montón de neuronas con la ayuda al alcohol, estoy en condiciones de asegurar que los ataques de pánico, aunque se produzcan, serán francamente raros en mi vida. Y no podéis imaginar lo que me alegro. Besos a todos.
 
El condensador de fluzo
-Tengo que subir con un compañero al hidrogenador, que él no se atreve a ir solo -me escribe Zoo en el messenger. Está en el laboratorio, y no me extraña que alguien tenga miedo a ir solo a un hidrogenador. Con ese nombre, cualquiera diría que sirve para descomponerte celularmente y recomponerte en Venus, o algo, tipo la teletransportación en Star Trek. Nunca se me olvidará lo del "condensador de fluzo" de la mencionada serie. ¿Fluzo? ¿De qué vamos? Es difícil estar más colocado que un guionista de ciencia ficción en el verano del amor, está visto.

-Ten cuidado, no se meta una mosca en el otro hidrogenador -he respondido yo, pero el Zoo no me ha pillado la broma cinéfila. El Zoo no es un tío muy interesado por el cine, esto está claro. Espero que su película favorita no sea "El guardaespaldas", como uno que yo me sé.

Pues fue muy bien el fin de semana en mi pueblo con Zoo. Zoo se lo pasó muy bien, se abrazaba a mis amigos y todo, con todas las confianzas, y bailó salsa con mujeres divorciadas de mi pueblo, ellas encantadas de la vida, y yo con la Moni en la barra del Láser -se llama así la disco de mi pueblo, qué pasa- pidiéndonos whiskys. El Zoo, que es medio abstemio -tendríais que haberlo visto a las cuatro de la mañana con un tazón de Biosolán en la mano, que yo le dije: "¿te traigo unas galletitas?"-, me echó un poco la charla cuando llegamos a casa. Es que yo había dado un par de tropezones subiendo las escaleras y me arrastraba un poco por la pared, y cuanto más quería disimular mi borrachera, más se me notaba. Y, mientras él me leía la cartilla, sentados en la cama, yo intentaba enfocar mi visión en un punto para que la habitación, decidida a dar vueltas a mi alrededor, al menos lo hiciera sobre el eje de su rostro, para poder leerle los labios y completar la inconexa información que mis aturdidas orejas me brindaban. [Hostias que redicha esta última frase, cojones, prometo mejorar mi estilo].

La Moni resolvió atacar sus rinovirus con alcohol, y debió conseguir arrinconarlos, al menos por esa noche. Estaba borracha y con la lengua morcillona -como ella dice, "se me pone morcillona", dice-, pero no se le caía la perla -moco líquido- continuamente ni tosía. Así que guay.

Por último, una nota informativa: Sergio, dile a mi hermana que usamos su cama de abajo, la trajimos de su habitación porque tiene tablas y es que, como la mía es de muelles y se hunde, pues al Zoo le viene fatal para las cervicales. Besos para todos.
 
Me piro a Aguilar
Ay, hijos míos, qué excitación nerviosa y sexual y de todo tengo, que me voy a mi pueblo con el Zoo. Que ayer la Moni me mandó un mensaje con la palabra mágica:
Collogos! -así de escueto. Eso, desde tiempos ancestrales, significa entre nosotros que uno de los dos está dejando atrás en la carretera la localidad burgalesa de Cogollos, o sea, que vamos o venimos al pueblo. Nos hizo gracia cambiarle las consonantes y ya os digo, recibir un SMS con "Collogos" significa que la hijaputa de la Moni va pal pueblo.

Pues yo se lo dejé caer al Zoo y el Zoo me dijo "espera que hable con mi hermana", qué bueno es, no la quiere dejar sola, y habló y me dijo esta mañana que nos íbamos a Aguilar y yo dije, para mis adentros, "olé mis cojones". Por cierto, que dichas glándulas sexuales en mi exterior están un poco como vibrando, como con un leve dolor anticipatorio, creo que se temen lo que les espera. Va en serio que me vibran, oyes.

He llamado a la Marisa y me ha comentado que está teniendo una crisis de ansiedad in this very moment por un examen del lunes, así que le viene un poco mal ir al pueblo, pero que me desea lo mejor, vamos. Y me pregunta el Zoo, todo preocupado:
-¿Pero en tu pueblo podremos comprar comida el sábado?
-Sí -respondo yo-, y te dejan pagarlo con euros, y todo. Lo del trueque ya lo abandonamos hace algún tiempo.
Y también se quería llevar toallas, yo creo que este chico se piensa que yo he vivido hasta mis dieciocho años en un asentamiento palestino, o algo.

Y la Silvi, en el pueblo, ya ha preguntado -porque la Moni ya se lo ha cascado a medio pueblo-:
-¿Y nos va a dejar conocer a su novio? -muy ilusionada.
-No se te ocurra decirle al Julitros que si es su novio -le advierte la Moni-, que se te pone agresivo.
¿Y lo que voy a disfrutar yo durmiendo con Zoo en mi habitación de cuando era pequeño, con mis pegatinas del Domund 84 en los cajones, mis tebeos de Axtérix, mis discos de Dylan -vinilo- y mis posters de "Great balls of fire" -para great balls of fire, las mías ahora mismo- y mis cortinas de hojitas de arce? ¿Eh?

Bueno, hijos, os voy dejando que tengo que rematar temas de curro pa irme a casa, comer, echarme la siesta, hacer la bolsita y pirarme. Ah no, que antes tengo que pasar a por mi hermana, que también come en casa. A ver si me la voy a dejar olvidada en Plaza Castilla, que hoy no estoy en lo que celebro. El lunes os cuento.
 
Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes
Hoy me piro al estreno del Episodio tres en el Palafox, que por lo visto tiene DTS, que me han dicho que es que el audio digital va en un disco duro aparte del rollo de película, y yo diciendo, en plan paleto:
-Pues espero que le den al botón a la vez.
Y el lunes veía yo el Espisodio dos y pensé que el Lucas no debería ser el guionista, porque no se puede poner a un muchacho en edad de merecer en mitad de una pradera verde a decir:
-Noto que algo crece aquí dentro -porque nuestro subconsciente escucha, en realidad: "se me está poniendo gorda". Que no, y menos en la Guerra de las galaxias.
Y luego nos muestra Lucas al chaval en la cama sudando y como haciéndose una paja. Si hasta mueve el brazo, oyes. Y, pa ponerlo peor, luego nos cuentan que es que soñaba con su madre. Un despropósito.

A mí gustaba el Yoda diciendo aquello de "hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes". Es un poco más esclarecedor que "se me está poniendo gorda, Amígdala, y sólo en el sexo oral -o sea, en la fuerza- puedo encontrar el equilibrio".

Pues como estoy emocionado con el estreno -me tomaré unas copas antes, así lo disfruto más, ay dios qué alcoholismo indisimulado- me he traído mi R2D2, que le aprietas la barriga y emite sus ruiditos. Y me he ido a mear y a la vuelta me he encontrado al porrero de Vitoria acariciando a mi R2D2 y diciéndole:
-Lorito bonito, lorito bonito.
Tío, cárgate menos los porros, cojones. O comparte, pero es que así no se puede. Que vamos a finalizar la saga, joder.

Y ahora empieza a sonar la fanfarria del Señor de los anillos, os lo juro por U2 y, si no, que se muera The Edge. Es el móvil del Yorch, y se viene corriendo a cogerlo, a mí que me estaban dando ganas de empezar a escalar Mordor. Pero en qué mundo vivimos, que nuestras vidas giran alrededor de trilogías cinematográficas. Además, que tener éso en el móvil está desfasao, Yorch, ahora se estila tener a las Supremas de Móstoles. Por cierto, que me descojono con el Nen de Buenafuente, y os diré más, y esto es perversión, pero es que, si me lo dejo dentro, me acabará haciendo daño: me pone un poco el Nen este.

Hala, paso de seguir, que, si no, seguiré haciendo confesiones. A cascarla.
 
Encuentros en la tercera fase
La auténtica inteligencia, hijos míos, no reside en parecer sesudo y cabreado, sino en mantener el sentido del humor, pase lo que pase -por eso es mucho mejor película "Kill Bill II" que "Pulp Fiction", y la peor de Allen es mejor que cualquiera de estas dos-. Y yo quiero buen rollo en mi blog, así que cambiemos de tercio, digo, perdón, que pasamos a otra cosa -y dejamos el tema de los toros para después de la próxima guerra o hambruna-. Además, Casti, tienes toda la razón, ponerse preachy es lo peor del mundo.

El otro día iba con el Zoo agarrado de la cintura, como van los novios con sus novios -nosotros aún no lo somos, y no quiero risas-, por el Palacio Real. Por fuera del Palacio Real, se entiende. Él iba explicándome no sé qué movidas de los receptores del dolor y de cómo la aspirina se aferra a ellos con uñas y dientes, y yo concentrando todos mis receptores sensoriales en la yema de mis dedos que recorría sus dorsales, y pensando "a ver si llegamos ya al coche" y dando gracias al cielo por aquellos dorsales y por todo lo que ello conlleva.

Pues de morros nos dimos con la hija de la de la pastelería de la plaza -de Aguilar, mi pueblo-, creo que es la pequeña, que iba con más gente y como las vacas al tren se me quedó mirando. Tímidamente la saludé y ella a mí también, después de que su mirada petrificada se parara un segundo en mi brazo alrededor de Zoo, todo lleno de receptores.
-Hostia puta -murmuré-. Pa una vez que me agarro.
-¿Qué pasa? -saqué a Zoo de su disertación.
-Hostias -insití-. ¿La hija de la pastelera en Madrid?
-¿Qué? -el Zoo no entendía nada.
-Bueno, ella sabrá. Porque su hermano es maricón, todo el mundo lo sabe.
-¿Quéeeee? -evidentemente, al Zoo le faltaban datos.

Pero no es la primera vez que tengo encuentros en la tercera fase -o del tercer tipo, como diría Zoo, es que en su país traducen como dios les da a entender-. Una vez que estaba comiéndome los morros con uno en una esquina de Chueca, de pronto abrí un ojo -el otro lo tenía encima de una oreja- y me encontré a un analista programador de mi curro, que me miraba idénticamente como las vacas al tren.
-¿Julio? -dijo, como si yo fuera disfrazado de lagarterana y resultara difícil de reconocer.
-¿Quién? -dije yo, tratando absurdamente de darme algún margen. Y el otro chaval que no se me despegaba. Le empujé un poquito.
-Hola, te presento a Fulanita, mi novia -el cabrón del analista programador quería sonsacarme.
-Encantado -y saludé como pude-. Este es... un amigo -resolví, porque no me acordaba del nombre del muchacho. No es que yo fuera muy promiscuo, es que estaba nervioso.

El encuentro del tercer tipo que tuve con mis primas las pijas, virgen santísima, ya os lo cuento otro día. Besos a todos.
 
Lo uno no quita lo otro
Veo que esto de haber ido a los toros me va a dejar sin amigos. La gente me mira raro por las calles de Madrid, sobre todo mis amigos. Y me la tiran y ya no me ven igual y creo que desean ponerme un par de banderillas en la chepa. Y mis teorías acerca de que la compasión de uno es limitada y yo me guardo mi compasión para los muertos de sida en África, y que los toros me dan igual pero me gusta ver la movida de Las Ventas cuando me regalan entradas, y que no entiendo lo de salvar hipotéticamente a tu perro Aaron antes que a un Ser Humano Desconocido de caer por unas catataras, y que en el fondo no somos más que niños aburguesados de occidente jugando a salvar el Amazonas, todas estas teorías mías, digo, que por lo visto son descabelladas viniendo de un rojo, caen en saco roto.

Y me dicen mis amigos:
-Lo uno no quita lo otro -se refieren a que sentir lástima por los toros no te quita de sentir lástima por los niños de Burundi. Y yo, que ya debo estar muy loco porque en el fondo creo que me paso de humano, o que los demás no llegan, me quedo con ganas de responder:
-, en el fondo, lo uno quita lo otro.
Pero no lo digo, porque no quiero quedarme sin amigos. Y a mí me da igual que mis amigos lleven unas Nike -fabricadas por niños de once años- o tomen café en un Starbucks -donde el nuevo disco de Springsteen está prohibido porque contiene afrontas al gobierno de Bush-. Yo les quiero igual, aunque sean unos consentidos niños bien de la vieja Europa y cumplan, igual o mejor que yo, con la hipocresía inherente a este tiempo y a este lugar.

Pero luego se nos pasa todo, porque me preguntan:
-¿Y Zoo ya es tu novio? -y yo digo:
-No.
-¿Cómo que no?
-Porque aún no nos hemos pedido de salir -y nos echamos unas risas. Porque hablar de Zoo me hace feliz y lima asperezas. Y escribir sobre ello me hace sonreírme, más cuando en mis auriculares suena el "Devils and dust" de Bruce.
 
Nuestra tarde en Las Ventas
Pues allí que nos presentamos el Edu y yo, con nuestros Jota Be cola y nuestras almohadillas, en el tendido 10, todo rodeados de pijos. Pero algunos pijos son unos mataos, que decía el que teníamos detrás:
-Estos asientos son lo mejor para las almorranas.
Píllate una almohadilla, hijoputa, que sólo es un euro. El Edu se trajo unas quinientas bolsas de pipas, la pija de delante me miró fatal porque, cada vez que se levantaba, le llenaba la almohadilla de cáscaras. Pues no te levantes, hijaputa, que la faena no lo merece. Lo que ella no supo es que se llevó la capucha de su chubasquero llenita de ellas.

Y le echamos el ojo a un superpijo que había un par de asientos más allá, no tendría más de veinte, rancio como él solo, con sus chinos azul marino, su camisa de cuadros y su jersey, sí hijos sí, a los hombros. Pero qué bueno estaba el pobre, de tanto submarinismo y tanta equitación. Creo que me gustaba más a mí que al Edu, y yo le expliqué mi teoría, que a su vez me explicó a mí el Arman.
-A esos hay que tirárselos en plan sumisión, en plan "jódete", en plan "toma España una grande y libre" -el Arman es que es muy bruto, pero yo lo apruebo.

Y qué me decís de las pijas super viejas que había encima de nosotros, en los palcos cubiertos, que desde el segundo toro empezaron a jalar jamón y queso y no parararon en toda la puta tarde, dios qué hambre me daban. Todo renegridas de la playa y los uva, con los pelos rubios teñidos y espantaos, como si en la frente tuvieran placas de energía solar. Pero esas me molan, yo quiero ser así de viejo: rico y aburrido.

Y los del tendido 7, que gritaban "no, si no hay prisa", y yo pensaba en el matador, el hombre, ahí, intentando dar los últimos pases a un toro del que yo había dicho:
-Ese toro está mu loco, Edu -ignorando por completo el argot taurino. No sé cómo deciros, yo me entiendo.
La gente no entiende que esta gente, los toreros, quieren darlo todo en su día en Las Ventas. Ellos allí, jugándose la vida con un bicho del tamaño de un Renault Space y nosotros aquí, pensando en la cena. Y vosotros ahí fuera, pensando "que se joda el torero, pobre animal". Qué mundo éste.
 
Se me va la pinza
A principios de los sesenta, posguerra total aún, mi padre y mi madre y mis hermanas, entonces niñas, comen todos a la mesa. Mi hermana Pilé -tengo que dar nombres, esta vez-, que siempre fue la más radical, se pone:
-Mamá, ¿a ti te gustan los toros? -y sorbe una cucharada de sopa. Expectación en el ambiente, ante aquella pregunta repentina.
-Pues sí.
Entonces mi hermana, feliz por poder completar el chiste que había escuchado aquella mañana en el colegio, suelta la cuchara y dice:
-Anda, igual que a las vacas.
En un abrir y cerrar de ojos, recibe un tortazo de mi padre igualmente inesperado, que resuena por toda la cocina y por el portal abajo. Cuando ahora lo recuerdan, a todos nos da la risa, pero es que, según mi padre, aquello era una especie de falta de respeto.
-Ahora, son otros tiempos -añade, como para quitarle hierro. Es verdad, no le gusta recordar su etapa autoritaria -luego se quedó en nada, si hasta mi hermana melliza y yo insultábamos a nuestra madre delante de él y no nos pasaba nada-.

Es que mi hermana Pilé fue la revolucionaria de la familia, en aquellos años franquistas. Con ocho años se perdió en la playa del Sardinero porque se puso a seguir a un negro. En aquella época no había muchos negros, así que aquello era el colmo del exotismo, y mi hermana lo hubiera seguido hasta el fin del mundo.

Y hay una foto de su primera comunión en la que salen todas las niñas de todos los bancos a la redonda, sin excepción, giradando por completo sus cuerpos hacia mi hermana, que alarga una mano hacia adelante y mira a la cámara como reconociendo su culpa.
-Es que a la que estaba al lado mío le habían robado el misalito y yo estaba averigüando quién lo tenía -en mitad de la misa, oyes. Ella, como el Robin Hood, siempre mirando por los desfavorecidos.

Y vivió un poco la Movida Madrileña, que iba a casa de unos pintores y llegaba el Fabio McNamara y se cambiaba delante de ellas y se quedaba en bragas negras de puntilla. Y eso que mi madre, desde niña, ya intentaba convertirla en una renegada, que la decía:
-Hija mía, qué negruca eres -ni que mi madre fuera la Romi Schneider.
-Que no soy negra, que soy "colodada" -protestaba mi hermana.

En fin, que todo esto iba a que hoy me voy a los toros, y se me ha ido la pinza. Mañana os cuento.
 
Tuñas de la humanidad
Tuñas -borracheras- de la humanidad. Muchas y espectaculares. Mi hermana mayor en la pedida de mano de otra de mis hermanas. Salgo en una foto con cuatro años en brazos de dicha hermana mayor aquel día, bailando conmigo y con cara de borracha, yo con cara de alucinado, como diciendo "que me bajen de aquí". Nunca han servido de nada los esfuerzos de mis padres por hacer de la nuestra una familia bien.

Las paranoicas que se pillaba la Gago, que empezaba a decir que veía a Joshua -una especie de alter ego-, y la Nuri decía "yo me voy de aquí", porque también estaba borracha y le daba miedo. Y la Gago se echaba al suelo y se ponía "que me muero", y luego la sentábamos en la repisa de la joyería de la Aparicio y se daba cabezazos contra el mármol de la columna, y la Aparicio:
-Esta hijaputa me tira la tienda.

La mía la pasada nochevieja. Me encontré a las mil a mi sobri Carli y sólo fui capaz de balbucir:
-Holaaaaaaa Carliiiiiii -con una sonrisa estúpida y tambaleándome. Lo mejor es que yo me decía a mí mismo "qué va, no se me nota", pero el Carli reconoció al día siguiente:
-Pero qué dices, si te sostenías sólo porque había peña alrededor.
Yo, es que se supone que soy un ejemplo para mis sobrinos y lo que pasas es que no aguanto la presión. No veáis el alivio cuando ya todos mis sobrinos varones crecieron, que le dije a la Moni un día, en plan confesión:
-Menos mal que no ha salido ninguno maricón. A ver,si me llegan a echar las culpas.

Las del Pichina, meando en los pantalones al Laín mientras meaban, valga la redundancia, contra un muro.
-Uy, perdona.
-Calla gilipollas y mira hacia adelante.

La que nos pillamos a agua de Valencia en una boda a la que fuimos a cantar los de misa de niños, que eramos heavy-pop.
-Qué bien lo habéis hecho, chigüitos. La carne de gallina.
-Se hace lo que se puede señora. ¿Me alcanza una copa de esas del borde azucarao?
La Ana Barrio vomitando con el coche en marcha por la ventana cual cohete de emergencia del Columbia -esto, pa los enteraos- y diciendo, entre eructos:
-La de "Gracias Jesús vivo" mejor la bajamos a re -y se limpiaba.
Y, en mitad de una canción, la Moni paró de tocar la guitarra, apartó el micro y susurró:
-Juncal, cierra la puta boca -porque la Juncal desafinaba.
Y a mí se me enchufó la distorsión en la eléctrica por accidente y parte del "padre nuestro tú que estás", el de Simon & Telefunken, sonó un poco como el "And Justice for all" de Metallica. Las viejas que tenía a mi lado respingaron del susto, una incluso se santiguó.
Y luego nos felicitaban en el cóctel, y una tía nos contrató ya para la boda de su hijo que tendría lugar quince días después. La gente es que es la hostia.

Y muchas más, la que nos cogimos en Segovia a vermut de grifo y diciendo "esta catedrál es más grande que la de Burgos, fijo" o "arrodillaos ante Francisco de Goya", los quinitos en la Cascajera con Javi de Valladolid haciendo la serpiente o hablando con la "i":
-Miquiguintipidri.

De todas formas, yo soy muy optimista a este respecto, al tema de las cogorzas. Creo que la mejor está aún por venir. Besos para todos.
 
Aquí huele a muerto
En 1999, cuando aún era posible, yo me compré mi apartamentito en Majadahonda. Lo había visto de resaca y había dado la señal aquella misma mañana de domingo -no estaba dispuesto a que se me volvieran a adelantar-. Cuando volví a verlo por segunda vez, mi movida mental era: "¿Será una puta mierda de piso pero me moló porque aún había whisky en mis venas? ¿La habré cagado para siempre? ¿Soy el tío más imbécil del noroeste de Madrid?", cosas así. Pero no, el piso molaba.

Pues me llevé a mis padres a limpiarlo -cuánto quiere uno a los padres, ¿verdad?- una calurosa tarde de mayo.
-Este baño huele a muerto. Qué cerdas son estas parejas jóvenes -señaló mi madre, y un sexto sentido me hizo volver la cabeza a la rejilla de ventilación en el techo. Sin decir nada, mis padres limpiando las ventanas por fuera, pillé un destornillador y me subí a una banqueta.

Quité un tornillo y la rejilla cedió por el peso de algo.
Algo.
-Papá, ven un momentito -de pronto, las canillas me temblaban-. Ahí hay algo. Míralo tú, que yo voy a tomar un poco el aire.
Y mi padre, que ha sostenido el cubo en matanzas, degollado pavos de navidad y vivido una posguerra, tomó el relevo mientras algunas plumas se empezaban a colar por los huecos de la rejilla.
-Dios. Mamá, creo que voy a devolver este piso.
Pero fui valiente y cogí una bolsa del Vip's y llegué justo a tiempo para que mi padre terminara de quitar la rejilla: tres palomas en diversos estados de putrefacción cayeron por el hueco, llenando el baño de plumas y de un hedor infinito. Cayeron en mi bolsa. La náusea.

Mi padre aún se descojona de mí cuando se acuerda. Dice que cómo se nota que yo lo he tenido todo en esta vida. Opina que yo me compré ese piso tan bien de precio because of that. Seguro que sí. Los dos que habían vivido antes también parecían, como yo, pusilánimes urbanitas.

Es que Zoo me dijo el sábado de madrugada:
-Aquí huele a muerto -y yo miré la puerta entreabierta del baño desde la cama y sentí ese truco de la distancia focal, como en las escaleras de "Rebeca" y la náusea regresó y vislumbré un ojo de fantasma de paloma mirarme fíjamente desde la penumbra-. ¿Se te está bajando? -notó Zoo, con su mano en mis partes.
-Nada, es que me he desconcentrado un segundo.
-¿Seguimos?
-Claro que sí -decidí, y apagué el mapamundi.
 
Otro tío mío
Yo tengo un tío al que se le va muchísimo la olla. No es el que tiene manías persecutorias, el que decía que le seguían para robarle las tierras, este es otro. Del que hoy os hablo es uno que es una especie de obseso sexual. Una vez, les dijo a mis hermanas:
-Las chicas no deberíais llevar las medias tan apretadas. Os podéis quedar estériles.
Y mis hermanas, carcajadas. Es que con mi tío este te tiras por los suelos. Lo gordo fue cuando mi madre le contó que yo era gay, y el le dijo:
-Pues qué le váis a hacer, le tendréis que querer igual, pero tened cuidado que no haga nada malo con niños.
Ante lo cuál, mi padre, que es como el Capitán América con este tema, lo levantó del sofá de un empujón y lo echó de casa.
-¡Y no vuelvas a aparecer ante mi vista!
Y yo pensé, pues qué putada, porque con mi tío te partes el eje cuando se pone a decir que masturbarse es malísimo para los huesos y de que las lesbianas, que él conoce muchas -ya le gustaría a él- son malas por naturaleza y no sé cuántas cosas más. Y yo, claro, en vez de cortarle y explicarle la cruda realidad de la vida, pues le tiro de la lengua, porque es mejor que una nochevieja de Martes y Trece.

Tíos raros en ese plan, ya no me quedan más. Debo reconocer que me gustan más mis tíos por parte de mi padre. Tengo un tío que tiene un bar -y una hija a todas luces lesbiana, por cierto- y que camina igual que mi padre y que yo, y si hago una media aritmética entre ellos, ya sé cómo seré yo cuando tenga setenta años -otra cosa es que llegue-. Pero claro, tengo unos padres tan mayores que hasta la mayoría de mis primos están ya jubilados.

Pues hoy he quedado con el Zoo para salir, y me ha dicho que a lo mejor podíamos ir a no sé qué fiesta con espectáculo de sexo en directo y no sé qué pollas más around the world. Yo le he dicho que ya sé lo que es una sauna y un cuarto oscuro, y se me ha picado, porque él nunca ha ido a esos sitios. Lo que yo digo: Manolete, si no sabes torear, pa qué te metes.

Bueno, hijos míos. Para la semana que viene prometo recuperar más historietas de mi familia, arriesgando mi culo, pero bueno. Besos para todos.
 
La prueba
Esta mañana he ido al médico a recoger mis pruebas que me había hecho -ahora podéis comprender mi bajón espiritual de estos días pasados-. Iba con mi coche por medio del atasco de Alberto Aguilera, drogado con dos Lexatines 1,5 y un porro cojonudo que me fumé ayer después de salir de la empresa con mi compi de atrás, el vasco que dice que a los barbos les gusta el queso.

Hace siglos que no fumaba un porro, tenéis que comprenderme -sobrinos lectores míos, tomad nota de mi actitud y no malinterpretéis mis acciones o justifiquéis las vuestras propias-, es que estaba fatal de los nervios. Pues en el parque de la Ventilla nos lo fumamos, y después me fui al cine, y después a ver a Moni y a Vic en plan última despedida, y allí me tomé un Lexatin mientras veíamos las tomas falsas de Aquí no hay quien viva -me reí, a mi pesar- y lo empujé con un poco de cerveza, y ya en casa me tomé otro, por si las moscas. Voy a acabar como el hijo de la Lola Flores, me dije, exagerando, como siempre.

Y abrí el ojo a las 3.30 de la mañana sin saber si era yo o Catalina de Aragón, y dormité hasta que sonó el despertador y me duché, llamé a Moni -había dicho que me acompañaría- y me dirigí a mi destino en forma de informe clínico, calle Sandoval.

-¿Le importa que me quede de pie? -le dije a la enfermera.
-No. Si yo, es por ti.
-Muchas gracias -la habitación daba vueltas a mi alrededor y yo flotaba en mi nube de ansiedad suprema, ahora lejos de la médico, ahora cerca, cada vez más lejos de allí y del mundo.
-Sífilis no tienes, déjame encontrar el otro papel -y rebuscaba y rebuscaba, y yo ya entraba ya en la órbita de Urano-. Me estás poniendo nerviosa a mí, que no lo encuentro.
-Dios -dije yo, con todo lo ateo que soy.
-No tienes nada -leyó, por fin-. Negativo VIH, negativo hepatitis. Estás más sano que una manzana.
Sono el teléfono, era la Moni que justo entraba en la sala de espera. A buenas horas, nena.
-Ya estoy aquí -jadeando-, ¿dónde estás?
-Dentro. Que me acaban de decir que no tengo nada.
-Cuánto me jode tener razón -es una frase que le encanta a la Moni.

Al rato llamé a mi hermana Nuri, que hizo unos gorgoritos muy raros por el teléfono, entendí que de alivio -o falta de cobertura- y me echó media charla acerca de mi promiscuidad. Y llamé a mi hermana Mari, a quien sí entendí sus gorgoritos de alivio, y luego a mi madre, que se extendió en alabanzas celestiales. Y luego a Zoo, que pegó un grito de tribu neozelandesa en pie de guerra y luego me prometió varias cosas al oído que no tengo huevos para reproducir aquí, pero para las que necesitaremos una cama grande.

Esto es todo por hoy, hijos míos. Estoy exhausto pero no hay nadie más feliz que yo hoy bajo la estratosfera. Gracias Moni, Nuri, Mari, mamá, Zoo, Canario Cuatro Caminos, Noe, Yorch, Vic y todos todos, todos los demás. Os llevo dentro.
 
Castellanos
Hijos míos, debió ser hace un par de años, cuando un día, chateando en Chueca dot com, un chico, después de darme sus medidas -ancho y alto de sí mismo- y de mandarme unas fotos -parecía guapete-, leí lo siguiente en nuestra ventanita:
-Ah, otra cosa -ya estábamos terminando nuestra conversación, hora y lugar para una cita ya habían sido convenidos.
-Dime -en absoluto me esperaba lo que vino a continuación.
-¿Tienes castellanos?
-¿Castellanos?
-Zapatos castellanos.
-¿Por qué?
-Verás, es que yo soy pijo y me gustan los pijos. Y me encantan los tíos con zapatos castellanos.
-Pues yo suelo llevar zapatillas, la verdad -en ese momento ya había decidido que no iba a quedar con el chico fetichista.
-¿Y tu padre tiene? Podrías ponerte unos de tu padre.
-Mi padre creo que tampoco usa castellanos -y cerré la ventanita.

Varias cosas se me ocurrieron a continuación. ¿Cómo es posible que alguien diga de sí mismo que es pijo? ¿No es como asumir los errores desde el principio, como decir que la tienes pequeña, por ejemplo? Cuando eres fetichista, ¿te da igual que el tío te diga que mide 1,59 y pesa 83 kg y le falta una oreja pero, eso sí, lleva castellanos? ¿Te ponen igual los castellanos negros que los color vino? ¿Mejor con borlitas que sin ellas? ¿Te conformas con mirarlos o prefieres lamerlos? Quién sabe, yo no soy fetichista hasta ese punto.

Bueno, una amiga mía de Bilbao se pone malita con las cosas de los médicos, los tubos, los artilugios niquelados y las camas de hospital. Lo que más la excitaba en el mundo era imaginarse a su novio entubado y monitorizado hasta las cejas en el Ramón y Cajal.
-Donde esté "Urgencias", que se quite una peli porno -decía siempre.

Y a la Moni le ponen las pelis de Drácula, con sus mordiscos en el cuello, y a otro amigo las faldas plisadas, y a otro las patillas de las barbas mal afeitadas. De hecho, mis pelos a la espalda le han puesto a mucha gente a lo largo de la historia, y eso sí que me parece a mí una desviación sexual de primer orden. Lo de mis pelos de la espalda tiene tela, no os creáis. Incluso, uno me dijo una vez:
-¿Tú te depilas el culo? -por el contraste, se referiría. No veáis lo mal que me sentó.
Pero bueno, lo llevo muy bien. Mis pelos encuentran su público.