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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
I have the touch
Ay, qué resaca tengo. Después de la comida de pollas, de recibir felicitaciones por pasar slides mientras los jefes soltaban sus discursos más falsos que unas zapatillas Mike, de atiborrarme a aperitivos para loros mientras conjeturábamos quién de nuestra empresa puede ser marica -la gente suelta la pluma mucho más en eventos como el de ayer-, nos fuimos a una terraza de la calle Ferrocarril a tomar unas copas.

Y era gracioso ver cómo nuestro Arturo Fernández particular, un comercial casposo de gemelos dorados, metía el pie hasta el fango, más cuanto más bebía, hasta llegar prácticamente a jugarse el puesto. Y me viene la de recursos humanos y se pone:
-Julio, tengo que decirte algo.
-Dime -"segunda charla por llegar cuando me sale de los cojones", pensé. Pero no.
-Últimamente, te veo más guapo.
-Ah, gracias -me quedé de piedra, pero me regaló el oído-. Debe ser el amor -añadí. Yo, tan bocas como siempre.
-¿Sí? Cuenta, cuenta -como les gusta a ellas sentirse progres por tener un gay reconocido en la empresa. No reciben subvenciones por ello, como por los disminuídos, pero cuánto les gustaría.

Una copa tras otra, pagaba la empresa, y le digo a un gerente:
-¿Y tu niña? ¿Ya tiene un año por lo menos, no?
-Pues ya pasa el tiempo deprisa para ti. Porque acaba de hacer cuatro meses.
Lo del pico, que me pierde, ya sabéis.

Y esta mañana, con el estómago como lo tengo, el JJ hablándome de vaselina y de correrse a la vez y de que, como él es muy nervioso y mueve mucho la pierna, que eso le ayuda a empujar en el sexo. Hasta me he tenido que cambiar de sitio. Y he ido al baño al segundo aviso de mis intestinos y se me ha dormido una pierna y, cuando me he levantado, casi voy de morros al lavabo.

Así que me he pasado por el forro del escroto -¿esto no es una redundancia?- la prohibición de utilizar auriculares y me he puesto a Peter Gabriel:

I'm waiting for ignition I'm looking for a spark
Any chance collision and I light up in the dark
There you stand before me, all that fur and all that hair
O, do I dare
I have the touch


Y aquí estoy, también me he quitado los zapatos, pasando de currar, anhelando con todas mis fuerzas las vacaciones -que no llegarán hasta dentro de siete días-, escuchando a Gabriel, agitando los dedillos del pie para que se me refrigeren, viendo cómo el Yorch y el JJ mueven sus bocas y se muestran preocupados por algo, pero es un algo trivial para mí, porque suena "I have the touch" en mi cabeza y estoy por encima de estos tejados y del barrio de la Ventilla.

Estoy solo aquí arriba y no hace tanto calor. Y nadie puede atraparme.
 
En Caños de Meca
Una pasada, los días en Caños de Meca:
-Tengo hipo. Y sólo se me quita de una manera.
-¿Cómo? ¿Siendo follada por detrás?
-Y si quitas el complemento indirecto de lugar, también.
Y así todo el día. Qué bonitas las casas blancas y el mar azul, y qué poco se los entiende a los gaditanos, pero qué buenos están muchos de ellos. Yo tengo novio y soy super fiel, así que me dediqué a ponerme rojo como un cangrejo -con el sol siempre me despisto, porque mi piel se revela tarde, como una fotografía de principios de siglo, y no me di cuenta de que se me había ido la mano hasta las seis de la tarde-. Y todo el día bebiendo y comiendo. Sobre todo, comiendo. Creo que me comí un cazón adulto yo solito, en total. Y con las gambas, idem. Pude haber vestido de soldado todas las que me comí y simular el asedio alemán a Moscú.

Así que ayer, en el gym, notaba yo que mi camiseta se inflaba, pero no en los bíceps, sino por la barriga, y yo metía barriga mientras me miraba al espejo, pero nada, era un esfuerzo baldío, porque necesitaba el aire para llevar oxígeno hasta mis células.

A mí me gustó más Caños de Meca que Tarifa. En Tarifa está todo lleno de pijos surferos y te reías, porque había una playa llena de gente haciendo lo del kite-surfing, pero de los doscientos, sólo tres estaban en el agua, el resto volaba sus cometas sentado en la arena. ¿Y para eso tanto traje y tanta polla? Vamos, anda. Si hasta las tiendas pijas de O'neills y similares estaban más llenas que las playas. Todo pose, hijos míos.

Pero Caños de Meca sí que mola. Hay casi más perros que hippies -¿os habéis fijado en que todos los hippies tienen perro?- y de tíos buenos está igual, solo que estos son más auténticos. Hasta fuimos a ponernos una mascarilla de arcilla en una calita de al lado, que decía la Nuri:
-Está subiendo la marea -mientras escalábamos la falda del acantilado y las olas se nos venían encima.
-No creo que toda esa gente -señalé al grupito que se embadurnaba de barro verde- sea tan gilipollas.
Pues lo eran, porque la marea subía y a mí me decía una morena que, de haber sido hétero, me habría puesto cachondo:
-Yo aún no me voy. Me falta una pierna.
Pues ahí te quedas, tía. Ya saldrás luego en los periódicos. Y qué fina te queda la cara después. Y después, hala, a una jaima a beber mojitos. No nos drogamos ni nada, somos unos chicos sanos. Sólo alcohol y cigarros. Y muy poco, que ya estamos mayores.

Bueno, hijos míos, os dejo. Tengo que rematar una presentación comepollas para que los jefes hagan lo propio a las siete de esta tarde. Os sigo contando.
 
Morid de la envidia
Ayer, mientras en el cine veía "Semen, una historia de amor" -cuyo protagonista, Alterio hijo, es indudablemente el mejor actor español joven de lo que llevamos de siglo- recibí un mensaje de Pichina:
-La playa estará bien, pero como la noche mole, a la playa le van a dar mucho por culo.
Esa es la actitud que me gusta, me dije. Y es que, hijos míos, no quiero envidias: me piro a los Caños de Meca este puente. De hecho, sobre el altavoz derecho de mi ordenador reposa, envuelto en papel Albal, un bocadillo enorme de queso con chorizo que me ha hecho mi camarero favorito, un nativo de La Ventilla que me suelta todas las mañanas:
-Son dos cincuenta, macho -y macho pacá y macho pallá, yo creo que dice macho hasta a las tías.

Pero es que, y seguid conteniendo las envidias, nos vamos en AVE. El otro día leí yo que se había reforzado la vigilancia policial en el AVE por los atentados de Londres y la sangre se congeló en mis venas. Porque ni idea tenía yo de que ya se vigilara policialmente el AVE, siquiera. En fin, que la excitación será doble.

He quedado con la Nuri y el Casti y el Pichi en Atocha. Casi se me olvidan los billetes en casa, para una cosa que yo me había encargado de hacer. Como no sabía dónde ponerlos para no perderlos, los metí en la impresora. Que me acuerde de no imprimir nada estos días, me dije, y hasta me puse un aviso en el móvil. Pero no, me acordé de los billetes, de la colonia, del cepillo de dientes, del Propecia -no quiero risas, sabed que algo de efecto sí me hace-, del cargador y hasta de la toalla de playa me acordé, que es algo que uno siempre olvida.

Condones no he metido, porque a mí me gusta mucho mi Zoo, así que no pienso follar allí por mucho macizo emporrao que me eche a la cara. Además, yo desnudo pierdo mucho, así que sé perfectamente que nadie se va a fijar en mí. Otra cosa es que yo venga con doscientos cuerpos masculinos clavados en la retina.

Y menuda parrafadas que nos vamos a echar la Nuri y yo, que a los dos nos encanta rajar. Pero si hasta una vez, de copas, de tanto que le conté a Nuri de no sé qué, la pobre se me aturulló y empezó a faltarle el aire y se tuvo que salir. Y me prohibió que volviera hablarle en lo que restaba de noche, y me dijo que mi sola presencia le producía ganas de vomitar. Yo le dije que sería muy pesado, pero que ella me andaba a la zaga, y que a mí también me había faltado el aire con ella. Es verdad, somos capaces de producir un montón de información en un minuto, y de soltarla ordenadamente, y como siempre son cosas interesantes, la gente satura sus cerebros.

Pero seguimos teniendo amigos. Yo creo que es que la Nuri y yo somos como una droga para los demás. Tal vez nos repudien de vez en cuando, pero siempre vuelven a por más.
 
Otra de mi madre
El otro día, aprovechando que echaban lo de las mujeres desesperadas on TV y mi madre se descojonaba en plan progre de lo que allí acontecía, salté, en plan casual pero mirando de reojo:
-Ah, que sepas que en agosto se viene el Zoo a pasar unos días a Aguilar.
-Ya me lo temía yo -se pone. Pero le daba la risa-. ¿Y dónde se va a quedar?
-En casa -repuse, pasándome de cauto.
-Me supongo. ¿En qué habitación?
-En la mía -vi que le seguía dando la risa y que le importaba menos que si se le desata un zapato y añadí-: No te preocupes, que no haremos ruido.
-Ten en cuenta que al lado dormimos tus padres. Tenlo en cuenta -repitió, y siguió a lo suyo.

Yo creo que mi madre, ya en la edad dorada, se ha pasado de vueltas y le da todo igual. Tener un hijo mosesual ha sido sólo la guinda a una vida llena de sobresaltos con sus hijos, cuñados y hermanos. Sobre todo con sus hermanos, que le querían chulear unas tierras de la abuela Jandra -ay, si me leen, puedo darme por repudiado... aunque creo que me toca los cojones... sí, confirmado, me los toca-.

Mi madre, sin embargo, no es rencorosa. Sólo ha tardado tres años y medio en perdonar a sus hermanos por chulearla, y no os riáis, os puedo asegurar que, para los plazos que los odios interfamiliares manejan, esto no es tiempo. Así que, ahora, sus hermanos van de vez en cuando a casa y mi madre les pone Kas de naranja y las pastas que ellos mismos le regalan. Pero siempre quedan algunas, y yo me las tomo para desayunar. Le digo a mi madre:
-Ponles unas galletas de las mías y que se jodan. Así me quedo yo las pastas -no soy un egoísta, pero es que, si no tomo para desayunar algo que me guste, tengo arcadas.
-No seas así -dice ella-. Son mis hermanos y se merecen lo mejor.
-Mamá, recuerda lo que te quisieron hacer con las tierras.
-Ay, es verdad -se pone ella, los ojos fugazmente entrecerrados y vidriosos-. Pero no -se repone-, son mis hermanos y yo los quiero.
-Mamá, tú sólo quieres a tus hijos y a papá.
-Ay, es verdad -y sigue limpiando la campana. La limpieza es lo único que no la detiene.

Por dios, hijos míos, pero qué bruto soy, acabo de estirarme en plan orangután, me han crujido los codos que pensé que se me arrancaban los antebrazos y se clavaban en el aire acondicionado, y me he dado cuenta, porque tampoco he podido ahogar un gemido, de que varias personas de esta santa empresa me observaban estupefactas. Acabo de ser un maleducado de la hostia y la peña se ha coscao. Muy bien, julito, tú sigue así.


 
Jethro Tull y la rubia de bote
Concierto de Jethro Tull, primera fila, pegaditos a la valla. El Zoo a mi lado, me había preguntado:
-¿Ah, pero no es sentado?
-¿Tú has ido a muchos conciertos? -quise saber yo.
-A dos. Cuando era pequeño.
-¿De Parchís? Tengo entendido que Parchís fueron muy famosos en América.
-Creo haberte dicho que no me gustas cuando sacas el tema de América.
Ya os he dicho alguna vez que me pasa como a mi madre, que tengo un pico que mejor me lo guardaba en el culo.

Pues nos hicimos colegas de una rubia de bote emporrada hasta atrás, pero el tema empeoró cuando apareció su maromo, tocho como un armario empotrado, y marcó el territorio. Pero yo tengo un novio al que le gusta jugarse el tipo -o que no se entera de nada- y durante algunos momentos, temí por su integridad física. Por la mía no, porque yo le querré mucho, pero no soy gilipollas.
-Nene, no es necesario que le rodees el hombro con la mano a la tía cada vez que le vayas a decir algo -le hice notar, mientra sonaba el "Thick as a brick".
-Es que, si no, no me oye. Los porros la dejan sorda -qué sabrá el de porros, me pregunté para mis adentros.
-Ya, pero su novio tiene los ojos inyectados en sangre. Mira sus tetas.
-Te juro que no le he mirado las tetas -se excusó Zoo, señalando el canalillo de la rubia.
-Digo las tetas de él.

No llegó la sangre al río y hasta nos invitaron a una cerveza. ¿Y os podéis creer que, al final, el Martin Barre, guitarrista legendario de los Tull, le dio su púa a la zorra de la rubia? Hay que joderse. Yo estiré más el brazo, pero el Barre lo evitó hábilmente y se la dio a ella, y le guiñó el ojo y le hizo un gesto como "estoy en el camerino en veinte minutos". Flipas.

Al Zoo le gustó el evento, le pareció increíble que hubiera peña que compusiera -ellos mismos- canciones de más de cuatro minutos, letras y todo, y sin estribillos, y que toclara la flauta travesera y la guitarra, y hacía preguntas tipo:
-¿Qué es eso que pisa en el suelo todo el rato?
-Los pedales.
-¿Y para qué sirven?

Y cuando salieron y empezamos a pedir los bises, se puso mi Zoo del alma:
-No sé por qué la gente insiste, no van a salir. Ya se han despedido.
Y la rubia y yo, de una piedra. Ella mirándome como "¿de dónde lo has sacado?" y yo como "a mí que me cuentas, me pone cachondo". Como véis, salir con este chico es un acto de fe, porque a veces te asusta. Yo entiendo que la generación Luis Miguel ha quedado profundamente marcada, y que es muy difícil ver en estos días la conexión arte - música popular. Pero háila, y el Zoo lo vislumbró fugazmente el otro día. Así que omití el pequeño hecho de que yo, no os lo ocultaré a vosotros, mis queridos lectrores, estuve en un concierto de Luis Miguel. Y me quedé con la boca abierta cuando se descolgó de una especie de farola hortera, dejando al descubierto dos docenas de músicos horteras y cantando aquello de "derramando por tu cintura las semillas del querer" enfundado en su traje de Armani. Todos tenemos un lado oscuro. Yo no iba a ser menos.
 
Rectitud
Tengo un novio que es la rectitud en persona. Y a mí, tanta rectitud me escama. Mi vida, en cuanto a rectitud, es, digamos, la subida a los lagos de Covadonga. El viernes nos fuimos al cine de verano de la Complu a aterrorizarnos un poco con la niña de El Exorcista -no os liéis, la escena más terrorífica de esa película es cuando le hacen el escáner cerebral a la chavala- y olía a porro de puta madre. Pues iba a señalar yo este extremo, cuando mi novio se adelantó en otros términos:
-¿Qué es este olor nauseabundo? -dijo, en su castellano antiguo.
-Porro -aclaré. Me miró que quiso matarme.
-Pues como pille a los que se lo están fumando los descuartizo. No se puede respirar.
-Que sí hombre, sí. Tú hincha los pulmones y luego los deshinchas, verás como respiras -me gané la segunda mirada furibunda de la noche. No fue la última. La última fue cuando estrujé sus glándulas suprarrenales durante el exorcismo final y pegó un salto que casi se sube a una farola. Pero esto es otra historia.
-O sea, que de pedirles un tirito ni hablamos, ¿no? -rematé yo, con lo que a estas alturas no pretendía ser más que una broma. Una de esas en las que te juegas la vida, en este caso.

Y ayer la medio tuvimos porque yo le dije que hoy venían mis adorados Jethro Tull a Madrid y que si quería venir conmigo, y como él es, en cuanto a rectitud, la A6 entre Tordesillas y Valladolid, sólo dijo:
-No me sé ninguna de ellos.
-A ver. Nadie se sabe una canción de los Tull, igual que nadie se sabe una cantata de Bach. Te gusta o no te gusta.
-Ah. ¿Y cuánto cuesta? -evidentemente, su respuesta no estaba siendo la más entusiasta del mundo. Y me piqué.

Así que estuvimos dos horas sin hablarnos en la piscina, yo en la sombra leyéndome "A bag of bones" y él a diez metros, al sol, vuelta y vuelta poco hecho.
-Cuando vayas a bañarte, avísame, si tienes a bien -decía él.
-No creo que me bañe.

Pero luego, el sol se fue moviendo y acercando mi sombra a su sol, así que, cuando estuvimos cerca, nos pedimos disculpas, dijimos que no queríamos sentirnos mal, que treinta y cuatro euros no iban a separarle de mí, decía él, y que vendría a los Tull, y yo dije que no, que no era necesario, que había utilizado una tontería para ponerle entre la espada y la pared, y una lágrima rodó de la esquina de mi ojo hasta la toalla. Y él lo vio, me cago en todo.

Y alargó su mano hacia la mía, en mitad de aquel nucleo duro del pijismo que supone la piscina de mis padres en Pozuelo y nos tocamos como en el mural de Miguel Angel, un dedo hacia el otro, otorgándonos vida mutua, un espacio irreductible entre nuestros dedos y tan exíguo, a la vez.
-¡Toma! -gritó Alicia, la hija de unos vecinos, una especie de terremoto encarnado en niña cándida, y nos asestó un palazo terrible en los dedos con su pala de playa, y su padre y su madre, separados en la teoría y por el tramo de la piscina donde cubre poco en la práctica, corrieron a sacárnosla de encima.
-Puta enana -susurró Zoo, dejándose por una vez de circunloquios medievales. Y yo le volví a querer.
 
Esto no es vida
Estoy harto de madrugar, hijos míos. Esto no es vida. Es que, como no quiero tener una nueva falta leve, entro por la puerta de esta santa empresa a las ocho menos cinco. Y, encima, he pinchado al aparcar. Un bordillo. Yo, que salgo del auto y oigo un silbido de aire. Pues mi rueda delantera izquierda. Asi que, en el descanso de dentro de un rato, con la fresca, servidor se dispondrá a cambiar la rueda del coche. Me quedaré sin café ni montadito de queso, me marearé a media mañana y, para eso de las dos, estaré ya hiperventilando.

Ayer volví de nuevo a Valladolid por el curro, y de vuelta me paré a comer en Tordesillas.
-Este pueblo tiene que ser chulo por cojones.
Pues llegué a una placita minúscula y comí de puta madre en unos soportales, de primero melón con jamón -que me flipa- y de segundo unos huevos estrellaos. Los pajaritos se caían de los árboles, de calor, pero yo estaba guay. Digerí, desenfundé mi cámara digital y pregunté:
-Perdona, ¿la plaza del pueblo?
-Esto.
Helado, me quedé. No esperaba estar en Venecia, pero... si tienes una plaza, no sé, empánala.
-¿Y no hay más?
-¿Qué más quiere usted que haya? -me dice el abuelo-. Si bajas por esa calle está el convento.
-¿Y la oficina de turismo?
-Al lado del convento.
Así que hice fotos a las paredes del convento y a una excursión de franceses y a una señora que caminaba por la sombra. Yo, que me las había prometido felices en mi visita turística.

[...]

Vengo de cambiar la rueda del coche, me he puesto las manos negras hasta el codo. Pero el JJ, que está de buen samaritano, lo está siempre que se entera de que su novia le quiere pero no lo suficiente, bienvenido JJ al mundo de las inseguridades afectivas, me ha ayudado. Fundamentalmente, su ayuda se ha reducido a poner papeles de periódico en el suelo y a levantarme la tapa de la rueda de repuesto, pero se agradece.

He quedado con él -JJ- y Zoo después para hablar de negocios, no os puedo decir más por el momento, y yo voy a hacer de traductor JJ venezolano - venezolano JJ, que no os penséis que no tiene miga. Entre que el Zoo usa palabras de castellano antiguo y JJ jota se pasa por el forro un 60% de las consonantes y convierte todas las vocales en "a", preveo nuestra reunión más ardua que lo del cambio de rueda. Ahora sí, me voy a echar unas risas. Eso lo veo claro. Besos para todos.

 
Los higos chungos
El sábado metí el ventilador y la tartera en el maletero y me fui con el Zoo de excursión a Cuenca. El ventilador era con vistas, es que después nos iríamos a dormir a Majadahonda, y en esa habitación no hay mucha corriente y hace mucho calor y dos cuerpos encendidos son dos cuerpos encendidos.

Pues qué bonito Cuenca, oyes, con sus museos de arte abstracto y sus meandros, sus callejuelas empinadas y sus bakalas quemando caucho -cuánto coleguita en su Ibiza amarillo tuneao, lo mismo pensé la última vez que estuve en Toledo, debe ser cosa de Castilla La Mancha-, con sus monumentos árabes y sus cientos de miles de ovejas balando en la ribera del río.

La tía de la oficina de turismo nos hizo un mapa, pero se nos cayó a una fuente y se nos borraron todas las rutas. ¿Y cómo es que se nos cayó a una fuente?, os preguntaréis. Porque este imbécil que escribe, en un alarde de exhibición de cortejo animal, se encaramó a un muro imposible a coger higos chungos.
-A ver, Zoo, no me agarres de ahí -dije, gotas de sudor bajaban por mi nuca.
-¿De dónde ahí?
-Me estás cogiendo directamente de la polla, ¿no lo notas? -y encima se reía. Qué obsesión. Y aún exigía:
-No, ese no, mira a ver si pillas ese otro que está más maduro -y yo estirando el gadgetobrazo.

Así que fuimos a la fuente a lavar los higos y resultaron super chungos, los higos. El idiota del Zoo le dio un mordisco a uno y casi se vomita. Lógico. Aquello, ni eran higos ni eran nada. Y yo, para vengarme de mi espectáculo encima de la tapia, le eché agua de la fuente y él, que es muy vengativo y no tiene sentido del humor y de nada le valen las explicaciones, me puso que parecía que acababa de salir de la ducha. Encima, es que a mí me da la risa en esos momentos en que tienes que salir corriendo, y las piernas no me sirven y los brazos tampoco.

Ni siquiera pudimos ver lo de la ciudad encantada, porque hicimos un alto en el camino, cómo diría yo, una parada técnica en mitad del bosque, lo pilláis, total que aquello cerraba y nos quedamos sin verlo. Y ya, nos volvimos a Majadahonda, a cenar burritos picantes que nos habían sobrado. A las dos de la mañana. Con eso os lo digo todo, qué nochecita. Pero esto ya es otra historia...
 
Ayer la tuvimos
Vaya, y ahora tengo a mi hermana Mari y al Zoo aliándose y haciendo pandi en plan "cómo nos gusta que el Julio se vuelva un poco pijo". Y me dice el Zoo, todo crecido, delante de mi sister:
-Es que así nos gustas mucho más, Julito. Hazme caso a mí, que yo sé de esto.
A lo que yo respondo, con este piquito de oro que me caracteriza:
-Hombre, viniendo de uno que usa pantalones blancos de lino, no sé muy bien qué hacer con este consejo, si pasármelo por el forro o pasármelo por el forro.
Y claro, ya la tenemos.

Callad, que ayer ya la tuvimos. Hasta las dos de la mañana discutiendo en mi Opel Corsa que estuvimos, delante de su casa, mientras en vigilante gitano de la obra adyacente nos insultaba y seguía bebiendo. Yo creo que fue nuestra primera discusión en toda regla, y yo me puse un poco cachondo. Sí, qué queréis que le haga.

Pero a lo que vamos, que yo no soporto más mi nueva imagen de super pijo, porque yo no soy pijo. Y ahora, la gente no reconoce mi mitad inferior -por el tema de los náuticos- y la superior aún les descoloca un poco, porque insisto de más en los polos y las camisas. A mí me gustaba cuando iba al Gris, que me contagiaba un poco del look underground y me ponía mis camisetas raras con vaqueros raros y zapatillas raras, todo junto. Con el pelo, poca cosa podía yo hacer, porque, como muy bien sabéis, estoy calvo perdido.

Yo es que fui muy pijo cuando era joven, y no hay peor cosa que ser el típico renegado de algo. Los fachas renegados, los rojos renegados, los jesuítas renegados, los pijos renegados... terminas volviéndote el más recalcitrante en lo tuyo. Yo es que era de castellanos color vino y polito del cocodrilo. Y el facha aquel que fue novio de mi hermana hacía pulseras con la banderita de España y yo iba y me las ponía. Ay, qué gilipollas. Me alegro de haber sido capaz de quitarme de aquello. Y no os preocupéis, que no volveré a las andadas.

Creo.
 
Pijos por todas partes
Hijos míos, pero qué está pasando. Tengo en los pies unos náuticos, como los pijos, y he llegado esta mañana a las ocho menos cinco a la empresa. No me reconozco. Y todo porque, últimamente, en esta santa empresa se están poniendo imposibles, tema horas y tema ropas. Ayer he tenido un aviso, como los toreros, por el tema de la hora, y al tercero me ganaré una falta leve. Supongo que a la tercera falta leve será falta grave y podrán echarme, y a la tercera vez que me echen será pecado mortal, y al tercer pecado mortal todo mi yo eclosionaré como en un agujero negro o algo, y el pedacito más grande de mí será del tamaño de un anti quark.

Y mañana me tengo que ir a Valladolid, con más pijos, a tomar requisitos para una web de mierda. Pero nada me importa, porque en un par de semanitas me piro a un pueblo de Cádiz con la Nuri y el Casti y el Pichi, a bañarnos en el mar y a fumar cigarros o cigarros con algo más y a lo que se tercie. De nuevo, este año parece que mis vacaciones se circunscriben a la península ibérica. Porque, hijos míos, en agosto me temo que lo más cerca de mi pueblo que voy a salir es a 80 km, es decir, a Burgos. Va en serio. Reíros lo que queráis.

Y encima estos zapatos, que me van a dejar los tobillos como los de los Clicks de Famobil, es decir, sin tobillos. Hoy ando como la Cigüeña de mi pueblo, creo que os hablé de ella. Y también me he enfadado con mi madre, porque ayer, al ver en la tele lo de las tonadilleras tortilleras, se le escapó, refiriéndose a los periodistas que las pillan haciendo la tijera:
-¿Pero es que no las pueden dejar de buscar desgracias?
-Así que ser gay es una desgracia, ¿no? -dije yo, y a partir de ahí ya la tuvimos.

Y la Chusa, que me cuenta:
-Vaya fin de semana que he tenido -con los muertos, se refiere-. Primero un suicidio y después la abuela pija de un alto cargo del PP.
-¿Un suicidio?
-Sí. Ahorcado.
Vaya por dios. Veo que hay trabajos peores que el mío. Y pijos por todas partes. Besos para todos.
 
La Chusa
Hacía tiempo que no hablaba con la Chusa. La Chusa es una ex-compi de curro. Muchas juergas y muchas risas nos corrimos juntos, pero le entró la morriña y regresó a Murcia. Ella no es de esos murcianos que te dice:
-¿Vahpahpah?
-¿Lo qué? -repites, incrédulo.
-Que hi vahpahpah.
Por el contexto, acabas entendiendo. Que si vas para el pub, están preguntando. Pues no, ella no es de ellos. Pero se volvió. Quiso estudiar veterinaria, es que le daba mucha pena que cortaran el pico a los pollos de McDonalds antes de pasarlos por la picadora. Yo qué sé, los que somos de pueblo nos fijamos menos en esas cosas. En los pueblos es costumbre dar patadas a los perros si se plantan en la puerta de tu casa. Tenemos otro tipo de relación con los animales. Somos, cómo diría yo, menos ecologistas: el campo y los animales no es algo que haya que cuidar, es, simplemente, falta de higiene.

Pues me cuenta la Chusa que tiene un curro nuevo, porque, evidentemente, a su edad, que es la mía, lo de ponerse a estudiar una carrera superior no pasa de paja mental.
-¿Y de qué es? -inquiero.
-En el tanantorio.
-¿Con los muertos? -me quedé seco.
-Sí, los arreglamos y tal. De momento, yo no he tenido ningún numerito. A la chica que curra conmigo le tocó una a la que había matado el marido.
Y tragas saliva. Porque no te imaginas a la Chusa maquillando a un muerto o poniéndole el traje. Yo que sé. Tampoco pregunté más.
-¿Y qué tal de ligues? -cambié de tercio.
-Bueno.
-¿Bueno?
-Digamos que la gente que frecuento últimamente no es demasiado... activa.
Tardé un rato en pillarlo. El humor negro siempre me coge de improviso.

Por cierto, hijos míos, no os conté que este pasado uno de julio fue mi cumpleaños. Ya tengo treinta y dos años, y qué queréis que os diga, pero, así dicho, a mí me suena mejor treinta y dos que, por ejemplo, veintinueve. Es como con el tema de los precios psicológicos. Lo celebré llevándome al Zoo a cenar, a un sitio de comida de esta creativa. Pensé en llevármelo a un vasco, directamente, donde te ponen un entrecot que se tiene de canto, porque el Zoo es más bien de los de llenar el buche. Pero bueno, era mi cumple así que me tiré al lado fino, que es algo que, los de pueblo, por mucho que el campo y los animales nos parezcan sólo falta de higiene, sabemos hacer muy bien.

Besos para todos.