Cuevas
Lo que nos hemos jartado estas vacaciones es de ver cuevas. Mi hermana en Brasil y yo debajo del suelo. Así es la vida. Pero uno no se puede concentrar en los bisontes de la famosa reproducción exacta de Altamira si a tu espalda hay una anciana y su silla de ruedas colgando de un montacargas.
-Pasemos a la sala de policromos -se ponía la guía, con su voz de "bragas y sujetadores planta cuarta cinco noventaicinco tres unidades no se pierda nuestras rebajas", esa voz falta de entusiasmo-. A su izquierda, el bisonte tumbado, del magdaleniense inferior, cuidado a su derecha, se nos ha estropeado el ascensor.
No es que se os haya estropeado el ascensor, señorita, es que tenéis a la abuela ahí colgando y se le están poniendo los tobillos morados, te pasas ganas de decirle.
Y luego las de El Soplao, con su sonido digital 5.1, su merchandising y sus estalactitas imposibles, y no hacen más que ponerte la miel en los labios, en plan "hay treinta quilómetros más de galerías excavadas", pues si las hay enséñamelas, hijaputa, y si no, cállate la boca. Qué nervios. Y otra señora se puso a gritar en medio de la cueva:
-Ay, que me pongo muy mala, que no soporto los techos bajos.
-Venga conmigo, señora -se ofrecía la guía, armándose de paciencia-, agárreme del brazo.
-Uy, no, que me pogo peor.
A la "sima de los huesos" con ella, cojones. El Soplao es una cueva, señora, si quiere techos altos visite La Granja de Segovia.
Pero aprendes cosas, como que, si vivías en el solustrense superior, corrías el riesgo de que tus congéneres te abrieran la cabeza de un hachazo por un muslito de cebra ibérica, o de que pillaras tal infección de muelas que se te queda la cara como la del Tiburón, el colega ése que sale en Octopussy, la de James Bond.
Así que te das cuenta de que el suelo sobre el que pisamos es como una tarta con varias capas de bizcocho, chocolate y crema, y cada capa es una era glaciar, y tal vez mis tibias se conserven en una capa concreta y se queden allí por los restos, junto con un reloj Casio y una fundita de condón, y dirán:
-¿"Durex Forte?"? ¿Qué es esto?
Y a ver quién se lo explica. Besos para todos.
-Pasemos a la sala de policromos -se ponía la guía, con su voz de "bragas y sujetadores planta cuarta cinco noventaicinco tres unidades no se pierda nuestras rebajas", esa voz falta de entusiasmo-. A su izquierda, el bisonte tumbado, del magdaleniense inferior, cuidado a su derecha, se nos ha estropeado el ascensor.
No es que se os haya estropeado el ascensor, señorita, es que tenéis a la abuela ahí colgando y se le están poniendo los tobillos morados, te pasas ganas de decirle.
Y luego las de El Soplao, con su sonido digital 5.1, su merchandising y sus estalactitas imposibles, y no hacen más que ponerte la miel en los labios, en plan "hay treinta quilómetros más de galerías excavadas", pues si las hay enséñamelas, hijaputa, y si no, cállate la boca. Qué nervios. Y otra señora se puso a gritar en medio de la cueva:
-Ay, que me pongo muy mala, que no soporto los techos bajos.
-Venga conmigo, señora -se ofrecía la guía, armándose de paciencia-, agárreme del brazo.
-Uy, no, que me pogo peor.
A la "sima de los huesos" con ella, cojones. El Soplao es una cueva, señora, si quiere techos altos visite La Granja de Segovia.
Pero aprendes cosas, como que, si vivías en el solustrense superior, corrías el riesgo de que tus congéneres te abrieran la cabeza de un hachazo por un muslito de cebra ibérica, o de que pillaras tal infección de muelas que se te queda la cara como la del Tiburón, el colega ése que sale en Octopussy, la de James Bond.
Así que te das cuenta de que el suelo sobre el que pisamos es como una tarta con varias capas de bizcocho, chocolate y crema, y cada capa es una era glaciar, y tal vez mis tibias se conserven en una capa concreta y se queden allí por los restos, junto con un reloj Casio y una fundita de condón, y dirán:
-¿"Durex Forte?"? ¿Qué es esto?
Y a ver quién se lo explica. Besos para todos.
Ay, que jodida es la vuelta
Aunque yo lo digo en sentido figurado, porque no ha sido tan jodida. Y eso que nos hemos cambiado de oficina, que ya no estamos en el principesco barrio de La Ventilla, sino en pleno centro de Madrid, a cinco minutos de Lavapiés -lo primero que hace uno es ubicar los sitios de copas, ya ves-. Yo he descubierto la estación de Delicias, que es esa estación que siempre ves pero nunca te bajas, y que nunca ubicas exactamente, y resulta que me pilla cerquita, atravesando la plaza Luca de Tena, que es un sitio que yo tengo idealizado porque allí vivía mi hermana mayor cuando yo era pequeño, y me encantaba ir. Recuerdo dormir allí mientras escuchaba "El honor de los Prizzi", que lo echaban en un cine que daba a mi pared, y oía palabras como polla y coño y joder y yo no sabía qué era eso, pero intuía que era algo importante.
Ay, hijos míos, debéis saber que, de mis tres semanas de vacaciones, he pasado dos y pico con mi novio. Durmiendo con mi novio. Levantándome con él, comiendo con él y hasta haciendo turnos para ir al baño -en mi casa del pueblo sólo tenemos un baño, y eso sí que está solicitado, y no visitar las cuevas de El Soplao, de esto os hablaré en otro momento, porque vaya movida-. Os preguntaréis si soy distinto, y os informo: no, no soy distinto, soy el mismo, pero ahora ya sé que es mejor enganchar la sábana bajo los hombros para no quedarte a la intemperie de las rodillas para arriba en mitad de Asturias.
Le dije un día que a ratos me sentía un poco saturado, y pocas veces un ser humano se ha arrepentido tanto de usar un participio de verbo. Esa palabra, saturado, ya nunca me sonará igual. Ya siempre evocaré un cabreo monumental, un momento chungo en la historia reciente de esta persona a quién leéis. Ya nunca más estaré saturado de nada, lo juro por mis muertos -sólo de pensarlo me estremezco-.
Muchas cositas que contar, paisajes guapísimos en mis retinas. De todo ello os iré hablando. Por cierto, espero que os gustara el cuentito, según me cuentan el final no ha molado mucho, es que me pasa como a Stephen King -él siempre lo arregla todo con un incendio-, que la cago en los finales. No obstante, si aún queréis leerlo, podéis descargároslo aquí, o pedírmelo con un correo.
Ay, hijos míos, debéis saber que, de mis tres semanas de vacaciones, he pasado dos y pico con mi novio. Durmiendo con mi novio. Levantándome con él, comiendo con él y hasta haciendo turnos para ir al baño -en mi casa del pueblo sólo tenemos un baño, y eso sí que está solicitado, y no visitar las cuevas de El Soplao, de esto os hablaré en otro momento, porque vaya movida-. Os preguntaréis si soy distinto, y os informo: no, no soy distinto, soy el mismo, pero ahora ya sé que es mejor enganchar la sábana bajo los hombros para no quedarte a la intemperie de las rodillas para arriba en mitad de Asturias.
Le dije un día que a ratos me sentía un poco saturado, y pocas veces un ser humano se ha arrepentido tanto de usar un participio de verbo. Esa palabra, saturado, ya nunca me sonará igual. Ya siempre evocaré un cabreo monumental, un momento chungo en la historia reciente de esta persona a quién leéis. Ya nunca más estaré saturado de nada, lo juro por mis muertos -sólo de pensarlo me estremezco-.
Muchas cositas que contar, paisajes guapísimos en mis retinas. De todo ello os iré hablando. Por cierto, espero que os gustara el cuentito, según me cuentan el final no ha molado mucho, es que me pasa como a Stephen King -él siempre lo arregla todo con un incendio-, que la cago en los finales. No obstante, si aún queréis leerlo, podéis descargároslo aquí, o pedírmelo con un correo.
Las cuencas vacías (un relato de terror adolescente)
Avanzamos a través de la casi absoluta oscuridad. Empujamos la mitad útil del portón, que crujió pero cedió.
—No se ve nada —dijo Noelia—. ¿Tienes el mechero?
Ya está bien de haceros reír, hombre. Escribí hace años un relato de terror. Estos días he estado rectocándolo un poco y ahora os lo paso para que lo leáis si lo deseáis a la luz de una vela en una noche de verano, un vaso de te frío a vuestro lado. Va de adolescentes, graneros abandonados, abuelas, nietos, amores ocultos y... bueno, también hay... digamos... algo de sangre.
Está en formato libro -24 caras / 12 páginas-, en PDF. Podéis descargároslo en el vínculo que pongo a continuación. Si os da problemas -el ancho de banda de donde lo he colgado no es para tirar cohetes- probad más tarde o escribidme directamente un correo (hijodejuliete@hotmail.com) y yo os lo mando encantado rápidamente.
Espero que os guste. Dadle la difusión que os apetezca y si tenéis algo que decir, vuestros comentarios serán bienvenidos.
Descargar Las cuencas vacías (archivo PDF - 239 kb)
(o botón derecho y "guardar destino como")
besos para todos!
—No se ve nada —dijo Noelia—. ¿Tienes el mechero?
Ya está bien de haceros reír, hombre. Escribí hace años un relato de terror. Estos días he estado rectocándolo un poco y ahora os lo paso para que lo leáis si lo deseáis a la luz de una vela en una noche de verano, un vaso de te frío a vuestro lado. Va de adolescentes, graneros abandonados, abuelas, nietos, amores ocultos y... bueno, también hay... digamos... algo de sangre.
Está en formato libro -24 caras / 12 páginas-, en PDF. Podéis descargároslo en el vínculo que pongo a continuación. Si os da problemas -el ancho de banda de donde lo he colgado no es para tirar cohetes- probad más tarde o escribidme directamente un correo (hijodejuliete@hotmail.com) y yo os lo mando encantado rápidamente.
Espero que os guste. Dadle la difusión que os apetezca y si tenéis algo que decir, vuestros comentarios serán bienvenidos.
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besos para todos!
Madrugones
No sé si os lo he dicho ya, pero estos madrugones que me pego son fatal para la salud y para la piel. Ayer me tiré hasta la una y media hablando por teléfono con Zoo -la última mitad se convirtió en una absurda discusión en la que Zoo me acusó de ser un creído, total porque yo le dije que sabía más que él de física cuántica, algo que, evidentemente, es broma, porque ni él ni yo tenemos ni puta idea- y hoy me he levantado a las siete. Echad cuentas. Como os digo, fatal para la piel. No sólo me mareo en la ducha, eso es algo que me pasa todo el año, sino que también me mareo desayunando y conduciendo en el coche.
Además es que, como llego rendido por la tarde, me echo unas siestas que consisten prácticamente en caer en coma. Mis glándulas salivales se disparan y babeo un montón, pero es una gozada estar solo en casa porque te puedes echar la siesta en calzoncillos en el sofá de la sala, que es lo suyo en verano.
Mirad, os iba a hablar de otra cosa, pero es que me he encendido porque me acaba de decir el Yorch:
-Tú una vez dijiste que como artista eres mediocre, no lo olvides -y sigue en su ordenador como si tal cosa. Y se pone el JJ:
-A mí el arte no me va, yo soy más bien filantrópico -él, que tiene una visión distorsionada de sí mismo, se piensa que es ya el típico rico que regala cantidades enormes de pasta a artistas -mediocres, como diría el Yorch-. No se da cuenta de que sólo es un consultor de segunda asalariado. Pero el Yorch tiene para todos:
-¿Tú quién te crees que eres, un George Soros de la vida?
A lo que responde JJ:
-Después de mi paso por aquí, os va a quedar cierta afición al dinero, por lo menos. Y no está mal, porque ya me está tocando los cojones éste -y se vuelve hacia mí-, que va de maricón y artista.
Y yo respondo, todo digno:
-Yo no me hago el maricón, perdona. Lo soy.
Pero no creáis que perdemos el buen rollo, al contrario, es nuestra forma de relacionarnos con el entorno. Esto le tuve que decir al Zoo ayer, que no me hago el listo, que simplemente estoy acostumbrado a cierto nivel cañero de disgresión con mis compañeros. Pero no, al final le dije que le quiero igual, que pelillos a la mar.
Y mi despertador, que no entiende del amor, me despertó a las siete, y yo salí del coma y entré en un infarto, y salí del infarto y ya entré en el estado de vigilia que me permite mear, comer, trabajar y todas esas cosas que uno hace durante el día. Odio madrugar. Qué feliz soy de pensar que el viernes es el último día que lo hago, antes de las vacaciones. Besos para todos.
Además es que, como llego rendido por la tarde, me echo unas siestas que consisten prácticamente en caer en coma. Mis glándulas salivales se disparan y babeo un montón, pero es una gozada estar solo en casa porque te puedes echar la siesta en calzoncillos en el sofá de la sala, que es lo suyo en verano.
Mirad, os iba a hablar de otra cosa, pero es que me he encendido porque me acaba de decir el Yorch:
-Tú una vez dijiste que como artista eres mediocre, no lo olvides -y sigue en su ordenador como si tal cosa. Y se pone el JJ:
-A mí el arte no me va, yo soy más bien filantrópico -él, que tiene una visión distorsionada de sí mismo, se piensa que es ya el típico rico que regala cantidades enormes de pasta a artistas -mediocres, como diría el Yorch-. No se da cuenta de que sólo es un consultor de segunda asalariado. Pero el Yorch tiene para todos:
-¿Tú quién te crees que eres, un George Soros de la vida?
A lo que responde JJ:
-Después de mi paso por aquí, os va a quedar cierta afición al dinero, por lo menos. Y no está mal, porque ya me está tocando los cojones éste -y se vuelve hacia mí-, que va de maricón y artista.
Y yo respondo, todo digno:
-Yo no me hago el maricón, perdona. Lo soy.
Pero no creáis que perdemos el buen rollo, al contrario, es nuestra forma de relacionarnos con el entorno. Esto le tuve que decir al Zoo ayer, que no me hago el listo, que simplemente estoy acostumbrado a cierto nivel cañero de disgresión con mis compañeros. Pero no, al final le dije que le quiero igual, que pelillos a la mar.
Y mi despertador, que no entiende del amor, me despertó a las siete, y yo salí del coma y entré en un infarto, y salí del infarto y ya entré en el estado de vigilia que me permite mear, comer, trabajar y todas esas cosas que uno hace durante el día. Odio madrugar. Qué feliz soy de pensar que el viernes es el último día que lo hago, antes de las vacaciones. Besos para todos.
Los carteles de mi madre
Un fin de semana estupendo con mi peazo novio, perdonad si sueno ostentoso, que yo siempre pongo verdes a los que son ostentosos con sus novios, pero es que es verdad que es un peazo novio. Por alto y por bueno. He dormido las dos noches en su casa y hemos visto Ice Age y hemos mirado libros en inglés en la Fnac y hemos vuelto a ver pelis malas de terror en el cine.
También hemos tomado el sol en la piscina pija que ya conocéis, y esta vez nos hemos tocado los ombligos y un poco por encima los pezones, como a la que vas a estirar la toalla, y creo que nos hemos dado hasta algún pico, todo ello sin importarnos un cojón de pato que pudieran vernos los pijos de Pozuelo, y más aún, sus hijos.
Y Zoo ha tenido la oportunidad de ver con sus propios ojos los carteles que me deja mi madre por toda la casa cuando se van al pueblo antes que yo: "Hijo, no salgas de casa sin bajar las persianas, la vitrocerámica apagada, el gas cerrado, la luz apagada, el ventilador apagado, el frigorífico limpio y descongelado y la basura bajada". Éste, en la puerta principal. También hay carteles en el baño -"baja la tapa, cierra los grifos..."-, en la cocina "no dejes fruta ni patatas..." y en otros lugares.
Mi madre se piensa que soy gilipollas. Yo sé que tendría motivos para verme despistado: una vez puse aceite para freírme unas patatas y me fui a encender el ordenador y ya me puse a jugar al Super Pang y de pronto una nube negra entró por el techo de mi habitación, tipo Mordor, y yo hice lo que pude por evitar incendiar la urbanización, y mi madre, ajena en aquellos momentos a mi piromanía, siempre ha mantenido después que las cortinas de la sala huelen a gitano -perdonad mi incorrección política, pero comprended a mi madre y pensad que quiero ser lo más fiel posible a sus palabras-. O sea, que despistado sí, pero gilipollas profundo, tampoco.
A mi madre le dio por primera vez por los cartelitos cuando yo tendría dieciséis o diecisite años. Llego un día de clase y me encuentro, encima de la mesa de mi habitación, Aguilar, un paquete de tabaco encuadrado encima de un folio en el que había escrito un texto. Sí, yo había tenido aquel paquete escondido en algún sitio, pero no faltaba ni un solo cigarro. El escrito rezaba -soy textual, queridos lectores-: "hijo mío, hace falta que seas idiota. ¿No ves que estás acabando con tu salud? Eres mayorcito para hacer lo que quieras, así que tú verás". Así, es ella. Única.
O algo.
También hemos tomado el sol en la piscina pija que ya conocéis, y esta vez nos hemos tocado los ombligos y un poco por encima los pezones, como a la que vas a estirar la toalla, y creo que nos hemos dado hasta algún pico, todo ello sin importarnos un cojón de pato que pudieran vernos los pijos de Pozuelo, y más aún, sus hijos.
Y Zoo ha tenido la oportunidad de ver con sus propios ojos los carteles que me deja mi madre por toda la casa cuando se van al pueblo antes que yo: "Hijo, no salgas de casa sin bajar las persianas, la vitrocerámica apagada, el gas cerrado, la luz apagada, el ventilador apagado, el frigorífico limpio y descongelado y la basura bajada". Éste, en la puerta principal. También hay carteles en el baño -"baja la tapa, cierra los grifos..."-, en la cocina "no dejes fruta ni patatas..." y en otros lugares.
Mi madre se piensa que soy gilipollas. Yo sé que tendría motivos para verme despistado: una vez puse aceite para freírme unas patatas y me fui a encender el ordenador y ya me puse a jugar al Super Pang y de pronto una nube negra entró por el techo de mi habitación, tipo Mordor, y yo hice lo que pude por evitar incendiar la urbanización, y mi madre, ajena en aquellos momentos a mi piromanía, siempre ha mantenido después que las cortinas de la sala huelen a gitano -perdonad mi incorrección política, pero comprended a mi madre y pensad que quiero ser lo más fiel posible a sus palabras-. O sea, que despistado sí, pero gilipollas profundo, tampoco.
A mi madre le dio por primera vez por los cartelitos cuando yo tendría dieciséis o diecisite años. Llego un día de clase y me encuentro, encima de la mesa de mi habitación, Aguilar, un paquete de tabaco encuadrado encima de un folio en el que había escrito un texto. Sí, yo había tenido aquel paquete escondido en algún sitio, pero no faltaba ni un solo cigarro. El escrito rezaba -soy textual, queridos lectores-: "hijo mío, hace falta que seas idiota. ¿No ves que estás acabando con tu salud? Eres mayorcito para hacer lo que quieras, así que tú verás". Así, es ella. Única.
O algo.





