La fiesta de hoy
Mis compañeros de disfraz -os recuerdo que vamos de combatientes de Vietnam-, con motivo del paripé de presentación que habremos de hacer en el evento de esta tarde, han propuesto entrar marchando en formación cantando la típica arenga de las películas americanas:
-Va-mo-nos de va-ca-ciones -el sargento, con la musiquita que todos conocéis.
-Va-mo-nos de va-ca-ciones -respondemos todos.
-A to-car-nos los co-jo-nes -el sargento. Y repetimos de nuevo.
Y yo, llevado por la emoción del momento, he propuesto una línea nueva:
-Y qué os parece esta: "Venimos de Iowa y de Utah / Nuestro jefe es un hijoputa".
Silencio en la cocina. Miradas extrañadas de la peña.
-¿No te parece un poco fuerte? -me suelta la pija, autoerigida en portavoz del grupo.
-Vosotros estábais pensando en hacer una con "cabrón" -replico.
-Ya, pero cabrón es una cosa e hijoputa es otra.
-Cierto. Y se puede ser las dos cosas a la vez.
Lo de siempre, me pierde el pico.
Y la pija jodida en su competitividad porque hay gente que se ha comprado el disfraz.
-Mira que dije que había que poner un límite de gasto, 6 euros, por ejemplo -se pone. Está encantada de conocerse-. Y vamos, que lo hagan los de recursos humanos me parece fatal.
Si ni me ha dejado currarme las chapitas de identificación en mi sitio por si me ve alguien de otro equipo.
-¿Qué pasa, que se van a copiar?
-Al enemigo, ni agua. Y hay que preservar el efecto sorpresa.
El efecto sorpresa, que la vaquilla le pinche un huevo a mi jefe. Esa es la clase de sorpresas por las que daría mi tarde del viernes bien empleada.
Lo que nos tiene a la Noe y a mí devanándonos los sesos es saber cómo vamos a ensuciar nuestras camisetas de forma que parezcan de la guerra pero que la mierda desaparezca después de un lavado.
-Restregarlas con la tierra de una maceta -propongo.
-A lo mejor huele mal. Se me ha ocurrido esta noche cuando abría unos champiñones que con eso, con la tierra de los champiñones.
-Pues también está bien. ¿y abrir el capó del coche y vuelta y vuelta por todo lo que hay ahí dentro?
-Ni de coña.
En fin, hijos míos. Veremos en qué queda todo. El lunes os cuento.
-Va-mo-nos de va-ca-ciones -el sargento, con la musiquita que todos conocéis.
-Va-mo-nos de va-ca-ciones -respondemos todos.
-A to-car-nos los co-jo-nes -el sargento. Y repetimos de nuevo.
Y yo, llevado por la emoción del momento, he propuesto una línea nueva:
-Y qué os parece esta: "Venimos de Iowa y de Utah / Nuestro jefe es un hijoputa".
Silencio en la cocina. Miradas extrañadas de la peña.
-¿No te parece un poco fuerte? -me suelta la pija, autoerigida en portavoz del grupo.
-Vosotros estábais pensando en hacer una con "cabrón" -replico.
-Ya, pero cabrón es una cosa e hijoputa es otra.
-Cierto. Y se puede ser las dos cosas a la vez.
Lo de siempre, me pierde el pico.
Y la pija jodida en su competitividad porque hay gente que se ha comprado el disfraz.
-Mira que dije que había que poner un límite de gasto, 6 euros, por ejemplo -se pone. Está encantada de conocerse-. Y vamos, que lo hagan los de recursos humanos me parece fatal.
Si ni me ha dejado currarme las chapitas de identificación en mi sitio por si me ve alguien de otro equipo.
-¿Qué pasa, que se van a copiar?
-Al enemigo, ni agua. Y hay que preservar el efecto sorpresa.
El efecto sorpresa, que la vaquilla le pinche un huevo a mi jefe. Esa es la clase de sorpresas por las que daría mi tarde del viernes bien empleada.
Lo que nos tiene a la Noe y a mí devanándonos los sesos es saber cómo vamos a ensuciar nuestras camisetas de forma que parezcan de la guerra pero que la mierda desaparezca después de un lavado.
-Restregarlas con la tierra de una maceta -propongo.
-A lo mejor huele mal. Se me ha ocurrido esta noche cuando abría unos champiñones que con eso, con la tierra de los champiñones.
-Pues también está bien. ¿y abrir el capó del coche y vuelta y vuelta por todo lo que hay ahí dentro?
-Ni de coña.
En fin, hijos míos. Veremos en qué queda todo. El lunes os cuento.
La fiesta de mañana
Yo, es que flipo. Con lo que odio yo últimamente esta empresa y mañana nos vamos de selebreichon. Hasta las tres de la mañana, capéas, cenas y demás comidas de polla incluídas. Y lo peor: tenemos que disfrazarnos. Por un segundo pensé que no me iba a tocar con mis compis y ya iba a montar en cólera, pero no, hemos podido hacer grupos más o menos a nuestro gusto. ¿Y de qué vamos a ir nosotros? De combatientes del Vietam, que hasta me he currado unas chapitas. Y ahora nos vamos a una de mayoristas chinos en Lavapies a conseguir unas gafas de pera por dos euros, que ha dicho el chino que si le regateamos nos las dejará a uno ochenta. Los chinos son así, ya sabéis, superan la ficción -y me refiero a la escena del regateo de La Vida de Brian-.
Yo he pedido metralletas de verdad -y pongo justicia divina en pan Viet-Cong ido de la olla-, pero me temo que tendré que conformarme con una de juguete. No se partirá la clavícula algún cargo ejecutivo que yo me sé...
Pero peor es para el Yorch. Porque, además de esa sensación que nos une a ambos de que lo del disfraz y los juegos y la vaquilla es una patochada, se le une a él el pánico escénico -el de caerte en la arena del coso y rodar cual croqueta delante de tu jefe de consultoría, por ejemplo- y no lo lleva. Yo sé que no lo lleva. Y su novia también lo sabe.
-¿Si me pone muy de los nervios esta noche te puedo llamar? -me dice la Noe en bajito.
-Claro. Y me le pasas para que le dé dos gritos. Pero tú no le cuentes lo de escenificar tu propio disfraz mientras te presentas en mitad del ruedo, que sería liarla.
-Ni loca.
Ayer estuve viendo con el Zoo "El Mercader de Venecia" -os la recomiendo- y me identifico talmente con el personaje del judío usurero. No por rata -que lo soy- ni por meterme en la piel Al Pacino -que me gustaría-, sino porque el odio visceral, indómito y siempre creciente de dicho judío hacia el cristiano, su hija y el mundo en general. Que suscribiría total aquello de:
-La villanía que me enseñásteis yo mismo os la ejecutaré, y doy fe de que lo haré mejor que mis instructores.
A lo mejor me notáis un pelín rebosante de odio y de malas vibraciones, y tal vez os quedéis incluso cortos -"Libertad Duradera" no llamaría yo a mi operación, me faltarían adjetivos-, pero os puedo asegurar que estoy muy feliz, gracias a mi vida personal, que es que cruje de lo bien que va. De eso se trata, ¿no?
Yo he pedido metralletas de verdad -y pongo justicia divina en pan Viet-Cong ido de la olla-, pero me temo que tendré que conformarme con una de juguete. No se partirá la clavícula algún cargo ejecutivo que yo me sé...
Pero peor es para el Yorch. Porque, además de esa sensación que nos une a ambos de que lo del disfraz y los juegos y la vaquilla es una patochada, se le une a él el pánico escénico -el de caerte en la arena del coso y rodar cual croqueta delante de tu jefe de consultoría, por ejemplo- y no lo lleva. Yo sé que no lo lleva. Y su novia también lo sabe.
-¿Si me pone muy de los nervios esta noche te puedo llamar? -me dice la Noe en bajito.
-Claro. Y me le pasas para que le dé dos gritos. Pero tú no le cuentes lo de escenificar tu propio disfraz mientras te presentas en mitad del ruedo, que sería liarla.
-Ni loca.
Ayer estuve viendo con el Zoo "El Mercader de Venecia" -os la recomiendo- y me identifico talmente con el personaje del judío usurero. No por rata -que lo soy- ni por meterme en la piel Al Pacino -que me gustaría-, sino porque el odio visceral, indómito y siempre creciente de dicho judío hacia el cristiano, su hija y el mundo en general. Que suscribiría total aquello de:
-La villanía que me enseñásteis yo mismo os la ejecutaré, y doy fe de que lo haré mejor que mis instructores.
A lo mejor me notáis un pelín rebosante de odio y de malas vibraciones, y tal vez os quedéis incluso cortos -"Libertad Duradera" no llamaría yo a mi operación, me faltarían adjetivos-, pero os puedo asegurar que estoy muy feliz, gracias a mi vida personal, que es que cruje de lo bien que va. De eso se trata, ¿no?
Nos vamos a La Rioja
Qué de puta madre, hijos míos, nos vamos toda la pandi de Aguilar a liarla a no sé qué pueblo de La Rioja dentro de unas semanas. Y casi todo parejitas, oyes, quién me lo iba a decir a mí. Mola eso, casas rurales, alcohol y los locos de tus amigos. Viene hasta la Pilar, que era mi pareja de hecho en anteriores excursiones. Somos tantos que hasta la Nuri -organizadora del asunto junto con su prójimo el Casti- ha abierto una cuenta para que hagamos nuestra reserva, y todo. Qué currao.
Si hasta mi hermana -la otra Nuri- se ha apuntado, ella que siempre va por libre y que pasa tanto de ir al pueblo que este verano se pone:
-¿Y dónde hemos quedado?
-En el Excálibur.
-Ah -y se queda un rato pensativa-... ¿y cuál era ése?
Como si no se hubiera emborrachado cienes de veces en dicho bar. Yo, es que a estas chicas no las entiendo. Cuando yo tenía quince años, que era un santurrón, mi hermana llegaba a casa a las tres de la mañana como una cuba, y mi madre:
-Ay, a esta hija me la han drogado -y mi hermana se partía el eje con sólo mirarla el careto medio dormido y se tumbaba en el sofá agarrándose la tripa.
-Me da todo vueltas -farfullaba entre ahogos de la risa, y también de que le subía el alcohol por el esófago.
-Me la han drogado -y se ponía una chaquetilla encima del camisón-. Vamos ahora mismo a urgencias.
-Que estoy borracha, hostias -terminaba mi hermana por admitir, para que no le siguiera dando el coñazo. Y al baño a vomitar. Y ya mi madre, que no estaba dispuesta a ceder en su numerito, se echaba las manos a la cabeza. Y yo, que era más bueno que el pan y no salía, estupefacto con el olor a calimocho que expelía mi hermana por todos los poros de su piel.
Así que la Nuri, que se partió el tobillo saltando de un sofá a otro de la discoteca diciendo "le quiero, le quiero, le quiero" -refiriéndose al facha de Valladolid- como si aquel antro fuera un campo de margaritas, y una semana después le ponía los cuernos al facha con el Benito, ésa Nuri es hoy prácticamente una santa. Los tiempos de las borracheras con la Moni y la Juncal terminaron y se dedica en cuerpo y alma a su novio. Creo que su novio -asiduo lector de este blog- está ahora mismo levantando la mano para objetar algo, pero eso ya queda entre ellos. En términos fiesteros es una renegada, mi hermana, y tal vez debamos ponerle remedio a eso dentro de unas semanas en La Rioja. Os mantendremos informados.
Si hasta mi hermana -la otra Nuri- se ha apuntado, ella que siempre va por libre y que pasa tanto de ir al pueblo que este verano se pone:
-¿Y dónde hemos quedado?
-En el Excálibur.
-Ah -y se queda un rato pensativa-... ¿y cuál era ése?
Como si no se hubiera emborrachado cienes de veces en dicho bar. Yo, es que a estas chicas no las entiendo. Cuando yo tenía quince años, que era un santurrón, mi hermana llegaba a casa a las tres de la mañana como una cuba, y mi madre:
-Ay, a esta hija me la han drogado -y mi hermana se partía el eje con sólo mirarla el careto medio dormido y se tumbaba en el sofá agarrándose la tripa.
-Me da todo vueltas -farfullaba entre ahogos de la risa, y también de que le subía el alcohol por el esófago.
-Me la han drogado -y se ponía una chaquetilla encima del camisón-. Vamos ahora mismo a urgencias.
-Que estoy borracha, hostias -terminaba mi hermana por admitir, para que no le siguiera dando el coñazo. Y al baño a vomitar. Y ya mi madre, que no estaba dispuesta a ceder en su numerito, se echaba las manos a la cabeza. Y yo, que era más bueno que el pan y no salía, estupefacto con el olor a calimocho que expelía mi hermana por todos los poros de su piel.
Así que la Nuri, que se partió el tobillo saltando de un sofá a otro de la discoteca diciendo "le quiero, le quiero, le quiero" -refiriéndose al facha de Valladolid- como si aquel antro fuera un campo de margaritas, y una semana después le ponía los cuernos al facha con el Benito, ésa Nuri es hoy prácticamente una santa. Los tiempos de las borracheras con la Moni y la Juncal terminaron y se dedica en cuerpo y alma a su novio. Creo que su novio -asiduo lector de este blog- está ahora mismo levantando la mano para objetar algo, pero eso ya queda entre ellos. En términos fiesteros es una renegada, mi hermana, y tal vez debamos ponerle remedio a eso dentro de unas semanas en La Rioja. Os mantendremos informados.
El cumple de mi madre
¿Creíais que no lo iba a contar? ¿Creíais que habéis tenido suficiente de mi madre? ¿Creíais vosotras, hermanas mías, que me pongo alguna frontera en lo que concierne a nuestra intimidad familiar? Pues tal vez sí, pero aún ha sido descubierta. Así que lo contaré: mi madre, que nos invitó ayer a comer a todos los hijos, hijos de los hijos y allegados, le había metido el dinero a mi padre en el bolsillo y se lo había cerrado con un imperdible.
-Pues no hay un dios que lo saque -se puso mi padre, que llevaba peleando con el pantalón desde antes de pedir el postre.
-A ver si te vas a pinchar -le preveníamos. Y mi hermana Pilar, carcajadas.
Nosotros nos reímos mucho porque aquí, en esta casa, nadie ha abandonado del todo algún tipo de conducta pueblerina. No te pones imperdibles en los bolsillos -o te los coses con hilo, que también se ha dado- pero algún comportamiento paleto conservas.
-Mi madre también se lo hace a mi padre -dice Zoo, como si ello nos salvara de la quema.
¿Y por qué no se había puesto mi madre el dinero con el imperdible? ¿Qué quería, que los cacos se llevaran el dinero y el pantalón de mi padre y a mi padre con él? Porque los cacos no se amedrentan y casi es peor el remedio que la enfermedad, no sé si mi madre lo sabe.
El caso es que lo pasamos muy bien, y luego nos tomamos algo en las terrazas de Chueca. Era una pasada, mis padres adelantaban en 40 años al siguiente más joven de toda la plaza y ahí estaban, disfrutando del panorama. El Zoo aguantó -gracias Zoo- por enésima vez mi broma de que tiene la nariz operada, pero es que mola, porque sueltas, de pronto:
-Pues el zoo se hizo la estética en la napia.
Y dieciséis ojos se posan en su nariz y la gente tuerce el gesto y alguien atrevido pero conciliador suelta:
-Ah, pues te la han dejado muy bien. ¿Pero cómo la tenías, más aguileña?
Y Zoo empieza, con su paciencia infinita:
-No la tengo operada. A ver, sí, es que tenía el tabique desviado y de pequeño...
Y yo le corto:
-Vamos, que se hizo un dos por uno -y ahí, ya sin remisión, Zoo tiene que emplear quince minutos de su vida explicando que no, que fue algo únicamente patológico. Pero ya todo el mundo le mira la nariz para siempre. Yo es que me parto. Puedo ser muy pesado, es cierto, pero es que no lo puedo evitar. Qué fácil es hacerme feliz.
Bueno, hijos míos, voy a volver al trabajo, a ver si encuentro en alguna esquina del Photoshop algo de la motivación laboral que últimamente me falta. Besos para todos.
-Pues no hay un dios que lo saque -se puso mi padre, que llevaba peleando con el pantalón desde antes de pedir el postre.
-A ver si te vas a pinchar -le preveníamos. Y mi hermana Pilar, carcajadas.
Nosotros nos reímos mucho porque aquí, en esta casa, nadie ha abandonado del todo algún tipo de conducta pueblerina. No te pones imperdibles en los bolsillos -o te los coses con hilo, que también se ha dado- pero algún comportamiento paleto conservas.
-Mi madre también se lo hace a mi padre -dice Zoo, como si ello nos salvara de la quema.
¿Y por qué no se había puesto mi madre el dinero con el imperdible? ¿Qué quería, que los cacos se llevaran el dinero y el pantalón de mi padre y a mi padre con él? Porque los cacos no se amedrentan y casi es peor el remedio que la enfermedad, no sé si mi madre lo sabe.
El caso es que lo pasamos muy bien, y luego nos tomamos algo en las terrazas de Chueca. Era una pasada, mis padres adelantaban en 40 años al siguiente más joven de toda la plaza y ahí estaban, disfrutando del panorama. El Zoo aguantó -gracias Zoo- por enésima vez mi broma de que tiene la nariz operada, pero es que mola, porque sueltas, de pronto:
-Pues el zoo se hizo la estética en la napia.
Y dieciséis ojos se posan en su nariz y la gente tuerce el gesto y alguien atrevido pero conciliador suelta:
-Ah, pues te la han dejado muy bien. ¿Pero cómo la tenías, más aguileña?
Y Zoo empieza, con su paciencia infinita:
-No la tengo operada. A ver, sí, es que tenía el tabique desviado y de pequeño...
Y yo le corto:
-Vamos, que se hizo un dos por uno -y ahí, ya sin remisión, Zoo tiene que emplear quince minutos de su vida explicando que no, que fue algo únicamente patológico. Pero ya todo el mundo le mira la nariz para siempre. Yo es que me parto. Puedo ser muy pesado, es cierto, pero es que no lo puedo evitar. Qué fácil es hacerme feliz.
Bueno, hijos míos, voy a volver al trabajo, a ver si encuentro en alguna esquina del Photoshop algo de la motivación laboral que últimamente me falta. Besos para todos.
Poli malo
Esta mañana me ha tocado hacer de poli malo en mi curro, echar la charla a unos maquetadores que se están pasando mi maqueta por lo que es el forro de los cojones. Como ando mosqueao con mi jefe y con todo lo relativo a esta empresa en general, no he me ha costado nada meterme en el papel. Más aún, diría yo que han pagado justos por pecadores. Y me dice la jefa de proyecto:
-¿No crees que has sido un poco duro con ellos?
-¿Duro? Pero si sabe más de HTML mi sobrina.
-Es que les has dicho algo así como que se limitaran a copiar las tablas y los tedés como si fueran tontos.
-¿He dicho yo eso? -no lo recordaba, prueba evidente de que iba enfilao a por ellos.
Es que ayer me senté a la mesa de mi jefe a decirle cuánto valía y que no se le ocurriera echarme, al menos no de repente -como si hubiera otra forma-. Yo de colega con él, y las canillas temblándome debajo de la mesa. Y él en sus trece, que soy un recurso. Su política corporativa es muy sencilla y puede desglosarse en lo siguiente: él es jefe de todo lo que se mueva. Dos, todos somos un recurso. Tres, al que no le guste, Madrid es muy grande y está lleno de consultoras tecnológicas. Pues vaya plan que tenemos.
Hostias, que me llama mi hermana que ya está en Delicias. Voy corriendo no vaya a ser que le de una insolación. Buen fin de semana a todos!
-¿No crees que has sido un poco duro con ellos?
-¿Duro? Pero si sabe más de HTML mi sobrina.
-Es que les has dicho algo así como que se limitaran a copiar las tablas y los tedés como si fueran tontos.
-¿He dicho yo eso? -no lo recordaba, prueba evidente de que iba enfilao a por ellos.
Es que ayer me senté a la mesa de mi jefe a decirle cuánto valía y que no se le ocurriera echarme, al menos no de repente -como si hubiera otra forma-. Yo de colega con él, y las canillas temblándome debajo de la mesa. Y él en sus trece, que soy un recurso. Su política corporativa es muy sencilla y puede desglosarse en lo siguiente: él es jefe de todo lo que se mueva. Dos, todos somos un recurso. Tres, al que no le guste, Madrid es muy grande y está lleno de consultoras tecnológicas. Pues vaya plan que tenemos.
Hostias, que me llama mi hermana que ya está en Delicias. Voy corriendo no vaya a ser que le de una insolación. Buen fin de semana a todos!
Regalos
Menuda charla que me pegó mi novio -y sin embargo amigo- por lo de robar. Que si soy cleptómano, que sí como gracia está bien pero ya vale... joer, este chico es una mezcla de la KGB y mi propia madre. Y encima yo, que venía jodido porque tengo un jefe que no es que te marque,es que parece la puta voz de tu conciencia. Así que va a ser que siento mis libertades fundamentales como individuo un poco invadidas últimamente.
Y le jodió también al Zoo lo de que mangara una cartera porque él ya había pensado en regalarme una. Le dije:
-Pues se valora la intención, pero yo sé el tipo de carteras que me gusta y tal vez tú no hubieras acertado -yo, cuando quiero ser agradecido, es que lo bordo.
-Nene -me responde, mirándome desde arriba-, si yo te regalo una cartera no soy gilipollas, sé qué tipo de carteras te puede gustar -sonaba a "si yo te la regalo la usas y punto". Y yo le solté una de esas frases comodín que a mí me gusta usar, porque te sacan de cualquier atolladero:
-Las cosas no son así.
-¿Cómo que no son así? -se sorprendió, pero se recuperó rápidamente-. Los regalos hay que tenerlos en cuenta por la intención.
-Sí, pero el que regala tiene que pensar en el obsequiado, que va a tener que llevar todos los días de su vida el regalo pegado al culo.
-Lo dicho. Tú antes muerto que quedarte sin respuesta.
Me temo que voy a ser el típico hijoputa-desagradecido-hasta-el-final que es mi madre, con el tema de los regalos. Yo, es llegar su cumpleaños y subírseme automáticamente la mala hostia, porque sé que quedaremos mis hermanas y yo, pondremos cuarenta euros por cabeza, le compraremos una chaqueta guapísima de alguna marca pija del Corte Inglés y ella nos saldrá con algo tipo:
-Esto merma.
Nos pasamos ganas de retorcerle el cuello con la propia prenda, pero te cortas, porque es tu madre y además en el Corte Inglés te lo devuelven todo.
Si no lo has robado, claro.
Y le jodió también al Zoo lo de que mangara una cartera porque él ya había pensado en regalarme una. Le dije:
-Pues se valora la intención, pero yo sé el tipo de carteras que me gusta y tal vez tú no hubieras acertado -yo, cuando quiero ser agradecido, es que lo bordo.
-Nene -me responde, mirándome desde arriba-, si yo te regalo una cartera no soy gilipollas, sé qué tipo de carteras te puede gustar -sonaba a "si yo te la regalo la usas y punto". Y yo le solté una de esas frases comodín que a mí me gusta usar, porque te sacan de cualquier atolladero:
-Las cosas no son así.
-¿Cómo que no son así? -se sorprendió, pero se recuperó rápidamente-. Los regalos hay que tenerlos en cuenta por la intención.
-Sí, pero el que regala tiene que pensar en el obsequiado, que va a tener que llevar todos los días de su vida el regalo pegado al culo.
-Lo dicho. Tú antes muerto que quedarte sin respuesta.
Me temo que voy a ser el típico hijoputa-desagradecido-hasta-el-final que es mi madre, con el tema de los regalos. Yo, es llegar su cumpleaños y subírseme automáticamente la mala hostia, porque sé que quedaremos mis hermanas y yo, pondremos cuarenta euros por cabeza, le compraremos una chaqueta guapísima de alguna marca pija del Corte Inglés y ella nos saldrá con algo tipo:
-Esto merma.
Nos pasamos ganas de retorcerle el cuello con la propia prenda, pero te cortas, porque es tu madre y además en el Corte Inglés te lo devuelven todo.
Si no lo has robado, claro.
El Rober
Voy a cruzar la Ronda de Valencia por un paso de cebra, abstraído como iba con los Echo & The Bunnymen en las orejas, cuando escucho el grito siguiente:
-¡¡Juliooooaaargh!!
A la vieja que iba a cruzar a mi lado se le soltó un asa de la bolsa de la compra y se trastabilló un poco. Me miró fatal, como si yo tuviera la culpa de que algún cenutrio hubiera vociferado mi nombre del mismo modo que si cayera por una presa. Un Golf verde oliva nos había rebasado a 145 km/h y de él sacaba medio cuerpo el Rober, novio de la Marisa. Por un segundo pensé que se iba a empotrar con un camión recogedor de cartones, pero mala hierba nunca muere, ya se sabe. Antes de que se me pusiera verde el semáforo, el Golf se perdía detrás de Puerta de Toledo, dejando una estela de ceodós y semblantes atónitos tras de sí.
-Así luego pasa lo que pasa -cruza farfullando la mujer-. Y luego, las madres pagan el pato de llorar al hijo muerto.
-A mí que me cuenta, señora. Y no sea ceniza.
Y me dice ahora la Marisa por teléfono:
-Es que el Rober nunca reconoce a nadie por la calle, así que se emociona -y añade que, para infarto, el que sufrió ella, que iba absorta en sus cosas, como es habitual, y escuchó el grito terrorífico de su novio y lo vio salirse de la ventanilla, total que el corazón se le salía por la boca. Y el padre que él, que conducía, pegó un volantazo del susto que se metió, también.
Yo venía de comer por Sol y de volver a mangar. O me quito de esto o me convierto en un cleptómano -si no lo soy ya, que lo que tienen los cleptómanos es que no lo reconocen-. Es que, como me mangaron la cartera en lo del coche, pues necesito una. De momento, no es para guardar nada, ya que tampoco tengo ni DNI ni tarjetas ni carnet de conducir, pero bueno, para los billetes de Cercanías. El sitio donde delinquí no lo voy a decir, que luego me siguen la pista. No sé por qué escribo esto, si me puede estar leyendo la misma madre de mi novio. Tal vez sea una terapia, como un reconocerse las cosas. Para mí no es robar, es como en la mili, te quitan las botas, tú sisas otro par la madrugada siguiente.
En fin, gentes de España, y esta tarde he percibido que mi jefe me marca pero bastante, con lo que a mí me gusta la libertad. Este jefe se está ganando a pulso un post monográfico, al tiempo. Besos para todos.
-¡¡Juliooooaaargh!!
A la vieja que iba a cruzar a mi lado se le soltó un asa de la bolsa de la compra y se trastabilló un poco. Me miró fatal, como si yo tuviera la culpa de que algún cenutrio hubiera vociferado mi nombre del mismo modo que si cayera por una presa. Un Golf verde oliva nos había rebasado a 145 km/h y de él sacaba medio cuerpo el Rober, novio de la Marisa. Por un segundo pensé que se iba a empotrar con un camión recogedor de cartones, pero mala hierba nunca muere, ya se sabe. Antes de que se me pusiera verde el semáforo, el Golf se perdía detrás de Puerta de Toledo, dejando una estela de ceodós y semblantes atónitos tras de sí.
-Así luego pasa lo que pasa -cruza farfullando la mujer-. Y luego, las madres pagan el pato de llorar al hijo muerto.
-A mí que me cuenta, señora. Y no sea ceniza.
Y me dice ahora la Marisa por teléfono:
-Es que el Rober nunca reconoce a nadie por la calle, así que se emociona -y añade que, para infarto, el que sufrió ella, que iba absorta en sus cosas, como es habitual, y escuchó el grito terrorífico de su novio y lo vio salirse de la ventanilla, total que el corazón se le salía por la boca. Y el padre que él, que conducía, pegó un volantazo del susto que se metió, también.
Yo venía de comer por Sol y de volver a mangar. O me quito de esto o me convierto en un cleptómano -si no lo soy ya, que lo que tienen los cleptómanos es que no lo reconocen-. Es que, como me mangaron la cartera en lo del coche, pues necesito una. De momento, no es para guardar nada, ya que tampoco tengo ni DNI ni tarjetas ni carnet de conducir, pero bueno, para los billetes de Cercanías. El sitio donde delinquí no lo voy a decir, que luego me siguen la pista. No sé por qué escribo esto, si me puede estar leyendo la misma madre de mi novio. Tal vez sea una terapia, como un reconocerse las cosas. Para mí no es robar, es como en la mili, te quitan las botas, tú sisas otro par la madrugada siguiente.
En fin, gentes de España, y esta tarde he percibido que mi jefe me marca pero bastante, con lo que a mí me gusta la libertad. Este jefe se está ganando a pulso un post monográfico, al tiempo. Besos para todos.
Quien roba a un ladrón
¿Oyes, que vengo del cine ayer y que me encuentro la luna reventada del coche y me habían robado? A mí, defensor del centro de Madrid como la panacea de los lugares cosmopolitas y seguros. Pues hombre, me dio un poco igual, cuando vi que no se habían llevado la iPod -la había dejado debajo de mi asiento- que es mi mayor pertenencia personal -cómo me gustaba a mí cuando en el Talgo te decían aquello de "next stop Medina del Campo, check your personal belongings on leaving the train, thanks".
Qué más quería el Zoo para asentar sus tesis de venezolano-atracado-mil-veces-en-las-calles-de-Caracas, según las cuáles, si te roban la tarjeta para comprar billetes de Metro, merecen ser colgados de los pulgares. Esto no es cierto, la verdad es que se portó el chaval, hasta estuvo metido en el coche -con la rasca, pues su jersey había sido sustraído- mientras yo asistía a espectáculos dantescos en la comisaría de Leganitos mientras esperaba para firmar mi denuncia.
Una breve descripción de lo que me mangaron:
-Mi cartera de H&M que me habían regalado las supernenas por mi cumple, que a su vez había sido una sustracción de dicha tienda por parte de Vic "Dedos Hábiles".
-Treinta euros. Estos pienso reponerlos poco a poco robando yo para equilibrar mi balanza de pagos o deuda externa entre el país Yo y el país Los Demás, sector Hurtos. Por lo pronto, esta mañana, mientras esperaba para renovar el DNI en la comisaría de Pozuelo, sustraje un libro que me apetecía por valor de 23,20 euros en el Hipercor. Dios, no debería ser tan fácil mangar en ese sitio.
-Mis gafas Ray-Ban. Esto sí me jodió, mira. Para unas que consideraba yo que me quedaban bien. Aunque bueno, los cristales andaban ya un poco rayados, este verano estuvieron esas gafas más tiempo en el suelo que sobre mi nariz.
-El anteriormente mencionado jersey negro del Zoo, de un material que de sólo tocarlo se me ponen los pelos de punta, sobre todo si lo tocas con las uñas recién cortadas. Si les dio a los ladrones la misma grima que a mí, ese jersey debió acabar en algún contenedor cercano.
-Una camiseta del gym sudada del viernes.
-Un calzoncillo de Bugs Bunny al que yo tenía especial cariño, nos habíamos corrido varias juergas él y yo, y también la Moni, hace algún tiempo. ¿Para qué querrían los ladrones estas dos últimas prendas? La gente está loca.
Y bueno, luego el drama siciliano en la calle Leganitos, con mujeres maltratadas -la hija pequeña de una de ellas venía a jugar conmigo, y yo todo el rato mirando la puerta por si aparecía un padre enfebrecido con anillos en los puños y la sensación de que aún queda trabajo por hacer-, turistas robados -todos con cara de lelos, yo creo que a ésos también los roban en sus países natales-, un notario con cara de cuervo que venía a levantar acta de no quiero saber qué atrocidad. Era como ir al médico con un catarro y tener un atropellado al lado, te pasas ganas de levantarte e irte, en plan "vamos a dejar sitio para la gente que viene con lo gordo, que yo no traigo ná". Besos para todos.
Qué más quería el Zoo para asentar sus tesis de venezolano-atracado-mil-veces-en-las-calles-de-Caracas, según las cuáles, si te roban la tarjeta para comprar billetes de Metro, merecen ser colgados de los pulgares. Esto no es cierto, la verdad es que se portó el chaval, hasta estuvo metido en el coche -con la rasca, pues su jersey había sido sustraído- mientras yo asistía a espectáculos dantescos en la comisaría de Leganitos mientras esperaba para firmar mi denuncia.
Una breve descripción de lo que me mangaron:
-Mi cartera de H&M que me habían regalado las supernenas por mi cumple, que a su vez había sido una sustracción de dicha tienda por parte de Vic "Dedos Hábiles".
-Treinta euros. Estos pienso reponerlos poco a poco robando yo para equilibrar mi balanza de pagos o deuda externa entre el país Yo y el país Los Demás, sector Hurtos. Por lo pronto, esta mañana, mientras esperaba para renovar el DNI en la comisaría de Pozuelo, sustraje un libro que me apetecía por valor de 23,20 euros en el Hipercor. Dios, no debería ser tan fácil mangar en ese sitio.
-Mis gafas Ray-Ban. Esto sí me jodió, mira. Para unas que consideraba yo que me quedaban bien. Aunque bueno, los cristales andaban ya un poco rayados, este verano estuvieron esas gafas más tiempo en el suelo que sobre mi nariz.
-El anteriormente mencionado jersey negro del Zoo, de un material que de sólo tocarlo se me ponen los pelos de punta, sobre todo si lo tocas con las uñas recién cortadas. Si les dio a los ladrones la misma grima que a mí, ese jersey debió acabar en algún contenedor cercano.
-Una camiseta del gym sudada del viernes.
-Un calzoncillo de Bugs Bunny al que yo tenía especial cariño, nos habíamos corrido varias juergas él y yo, y también la Moni, hace algún tiempo. ¿Para qué querrían los ladrones estas dos últimas prendas? La gente está loca.
Y bueno, luego el drama siciliano en la calle Leganitos, con mujeres maltratadas -la hija pequeña de una de ellas venía a jugar conmigo, y yo todo el rato mirando la puerta por si aparecía un padre enfebrecido con anillos en los puños y la sensación de que aún queda trabajo por hacer-, turistas robados -todos con cara de lelos, yo creo que a ésos también los roban en sus países natales-, un notario con cara de cuervo que venía a levantar acta de no quiero saber qué atrocidad. Era como ir al médico con un catarro y tener un atropellado al lado, te pasas ganas de levantarte e irte, en plan "vamos a dejar sitio para la gente que viene con lo gordo, que yo no traigo ná". Besos para todos.
JJ y el foniatra
JJ está yendo al foniatra para empezar a hablar español. De una vez por todas. Él es de Almería y yo sé que eso es duro, pero es de los almerienses que habla, además, sin vocalizar y muy deprisa. Lo que él habla no lo entienden ni los peces del mar, que hablan con el agua tapándoles la boca. Dice la Noe:
-De hecho, yo le entiendo mejor cuando me habla en inglés.
En su inglés, al fin y al cabo, existe el sonido de la "s". Cierto día nos dijo:
-Etarde viaaaiaa.
-¿Qué? -preguntamos nosotros al unísono. Sueltas cerebralmente todo aquello en que andabas ocupado y te vuelcas en entender a JJ. Es algo común en nuestro día a día.
-Joé -resopla, y es que encima tiene poca paciencia-. Que ehta tarde vi alfiaaataa.
-¿Que vas a dónde?
-Al foniatra -consigue pronunciar, abriendo mucho la boca-. Joe q difivaher entendemme cohone.
Pues yo le dejé caer el otro día que no le notaba mejora, y él me dice que si se pone sí, pero es que le suena demasiado pijo, todo lo de las eses y tal. Le pregunté que si yo le parecía pijo y él argumentaba que en los demás no suena así, pero que en él sí. Y de pronto ves algo raro por el rabillo del ojo y es el JJ que, sentado en su ordenador, empieza a hacer sus ejercicios vocales. Empieza a abrir la boca y a girar la mandíbula lentamente y sin emitir ningún sonido, como si fuera una carpa a la que le falta el aire.
-¿Qué hostias haces, si se puede saber? -te impacientas.
-Miehercicio vocale -te suelta. Si no lo aplica, apañados estamos.
Y ayer nos dijo, encogiéndose de hombros:
-Hoy vié mi madre conmigo a foniatra.
-¿Y para qué?
-Porque le va a echá la chal'la, que dice q no he aprendío na.
Y te callas, porque mentir es pecado, ni siquiera cuando lo haces para reforzar la autoestima de un amigo.
Lo bueno que tiene es que, cuando se pone a hablar bien, aunque esforzado y antinatural, le sale una voz de tenor que para sí la quisiera un locutor de radio.
-Ehto mesiesíe mubié co la tía.
-¿Qué? -de nuevo concentras la atención.
-Que esssto -exagera la ese, marca todas las sílabas- sirve muy bien con lasss tíasss -y te mira como si le hubieras obligado a escalar el Himalaya en calzoncillos-. Joé co lo de que eh difíci entedemme.
-De hecho, yo le entiendo mejor cuando me habla en inglés.
En su inglés, al fin y al cabo, existe el sonido de la "s". Cierto día nos dijo:
-Etarde viaaaiaa.
-¿Qué? -preguntamos nosotros al unísono. Sueltas cerebralmente todo aquello en que andabas ocupado y te vuelcas en entender a JJ. Es algo común en nuestro día a día.
-Joé -resopla, y es que encima tiene poca paciencia-. Que ehta tarde vi alfiaaataa.
-¿Que vas a dónde?
-Al foniatra -consigue pronunciar, abriendo mucho la boca-. Joe q difivaher entendemme cohone.
Pues yo le dejé caer el otro día que no le notaba mejora, y él me dice que si se pone sí, pero es que le suena demasiado pijo, todo lo de las eses y tal. Le pregunté que si yo le parecía pijo y él argumentaba que en los demás no suena así, pero que en él sí. Y de pronto ves algo raro por el rabillo del ojo y es el JJ que, sentado en su ordenador, empieza a hacer sus ejercicios vocales. Empieza a abrir la boca y a girar la mandíbula lentamente y sin emitir ningún sonido, como si fuera una carpa a la que le falta el aire.
-¿Qué hostias haces, si se puede saber? -te impacientas.
-Miehercicio vocale -te suelta. Si no lo aplica, apañados estamos.
Y ayer nos dijo, encogiéndose de hombros:
-Hoy vié mi madre conmigo a foniatra.
-¿Y para qué?
-Porque le va a echá la chal'la, que dice q no he aprendío na.
Y te callas, porque mentir es pecado, ni siquiera cuando lo haces para reforzar la autoestima de un amigo.
Lo bueno que tiene es que, cuando se pone a hablar bien, aunque esforzado y antinatural, le sale una voz de tenor que para sí la quisiera un locutor de radio.
-Ehto mesiesíe mubié co la tía.
-¿Qué? -de nuevo concentras la atención.
-Que esssto -exagera la ese, marca todas las sílabas- sirve muy bien con lasss tíasss -y te mira como si le hubieras obligado a escalar el Himalaya en calzoncillos-. Joé co lo de que eh difíci entedemme.
Sueño
Estoy que me caigo de sueño, hijos míos. Voy paseando mi cuerpo entumecido y mi cabeza mareada por esta santa oficina, hablo con jefes que me absorben el cerebro, con compañeros que me cuentan cosas divertidas que yo, como estoy cansado, ni les pillo la gracia, y todo ello dentro de este caparazón que lo único que pretende hoy es una cama y un rato para pillar horizontalidad en ella.
Es que ayer estuve hasta las dos hablando con el Zoo por teléfono -puta tarifa plana- y lo único que sé es que me llamó "abusador". Y yo cantándome lo de "abusadora... abusadora..." en mi duermevela previo al sueño. Encima, me he tomado un chocolate de la máquina y ya noto que es más corrosivo que el café. No sé si aguantaré este párrafo o me tendré que ir al baño.
Ayer me di cuenta de lo lianta que es mi madre. Le conté que mi hermana me había dejao tirao para ir al cine -un malentendido- y corrió al teléfono a llamar para liarla. Si es que yo sé que mi madre quiere a todos sus hijos por igual -siempre dice "si tuvieran que cortarte un dedo, ¿qué dedo eligirías?", ella siempre con esos ejemplos que te ponen la piel de gallina, como cuando dice, que lo dijo el otro día, "celebremos mi santo este fin de semana que a ver si no llego al siguiente"-, pero le encanta ponernos a unos en contra de los otros. Es que le flipa. Tú estás viendo la tele y la escuchas llamar a una de mis hermanas.
-Ha dicho tu hermana Pilar que no la llamas porque estás enfadada con ella -le suelta, de pronto.
-¿Yo? Pero si hablé con ella ayer.
-Uy, peor me lo pones. Llámala ahora porque está enfadadísima.
Y luego habla con la otra y le dice:
-Te va a llamar tu hermana.
-¿Por qué? Si hablé ayer con ella.
-Pues no sé qué habrá pasado, pero está de unos cojones...
Y así siempre. Yo ya les he puesto sobre aviso a ellas, les he dicho que la he visto actuar y que no me he encontrado un caso parecido de correveidilismo en mis treinta y pico años de historia.
Pero todos la perdonamos porque sabemos que es su forma de relacionarse. Mi madre es un ser social y necesita interactuar con sus congéneres -concretamente con sus hijos y su marido, el resto de sus congéneres sobre la faz de la Tierra, ya sea nuestra vecina donostiarra pija o un nepalí, le dan por culo-. Otra cosa es que su forma de interactuar te joda o no te joda. Pero su lema es "que hablen de mí aunque sea mal".
Aunque no diría yo que es cotilla. Nunca se entera de los chismes. Ella es, cómo decirlo, muy sentimental. A su modo, pero lo es. Es una característica de las personas egoístas. Yo soy parecido. Uy, estoy muerto de sueño y veo que se me hace muy cuesta arriba explicarme. Lo dejaré ahí. Besos para todos.
Es que ayer estuve hasta las dos hablando con el Zoo por teléfono -puta tarifa plana- y lo único que sé es que me llamó "abusador". Y yo cantándome lo de "abusadora... abusadora..." en mi duermevela previo al sueño. Encima, me he tomado un chocolate de la máquina y ya noto que es más corrosivo que el café. No sé si aguantaré este párrafo o me tendré que ir al baño.
Ayer me di cuenta de lo lianta que es mi madre. Le conté que mi hermana me había dejao tirao para ir al cine -un malentendido- y corrió al teléfono a llamar para liarla. Si es que yo sé que mi madre quiere a todos sus hijos por igual -siempre dice "si tuvieran que cortarte un dedo, ¿qué dedo eligirías?", ella siempre con esos ejemplos que te ponen la piel de gallina, como cuando dice, que lo dijo el otro día, "celebremos mi santo este fin de semana que a ver si no llego al siguiente"-, pero le encanta ponernos a unos en contra de los otros. Es que le flipa. Tú estás viendo la tele y la escuchas llamar a una de mis hermanas.
-Ha dicho tu hermana Pilar que no la llamas porque estás enfadada con ella -le suelta, de pronto.
-¿Yo? Pero si hablé con ella ayer.
-Uy, peor me lo pones. Llámala ahora porque está enfadadísima.
Y luego habla con la otra y le dice:
-Te va a llamar tu hermana.
-¿Por qué? Si hablé ayer con ella.
-Pues no sé qué habrá pasado, pero está de unos cojones...
Y así siempre. Yo ya les he puesto sobre aviso a ellas, les he dicho que la he visto actuar y que no me he encontrado un caso parecido de correveidilismo en mis treinta y pico años de historia.
Pero todos la perdonamos porque sabemos que es su forma de relacionarse. Mi madre es un ser social y necesita interactuar con sus congéneres -concretamente con sus hijos y su marido, el resto de sus congéneres sobre la faz de la Tierra, ya sea nuestra vecina donostiarra pija o un nepalí, le dan por culo-. Otra cosa es que su forma de interactuar te joda o no te joda. Pero su lema es "que hablen de mí aunque sea mal".
Aunque no diría yo que es cotilla. Nunca se entera de los chismes. Ella es, cómo decirlo, muy sentimental. A su modo, pero lo es. Es una característica de las personas egoístas. Yo soy parecido. Uy, estoy muerto de sueño y veo que se me hace muy cuesta arriba explicarme. Lo dejaré ahí. Besos para todos.
Pulpa
De pequeño, para que "echara la ruina" -expresión que yo siempre he entendido al revés de lo que significa- mi madre me mezclaba una yema de huevo en la leche. Y me decía:
-Pero qué numeritos montas, hijo mío, si no sabe a nada -yo, es que era pegarle un sorbo y desencajárseme la mandíbula. Del asco infinito.
-Jopé que no -y le enseñaba mis brazos con los pelos de punta-. No me lo pienso tomar. Y me voy, que tengo que estudiar solfeo.
-Te voy a solfear yo las narices -palabras textuales de mi madre.
Todo esto venía a que ayer, el Zoo, que se cree mi nutricionista particular, me aconsejaba no sé qué brebaje de plátanos con huevo con no sé cuántas cosas más, de las irreconciliables en un batido. Y a mí, como a Kafka, me entraba la náusea. Porque rememoré aquellos trocitos flotando en la leche como pulpa y me cagaba del asco. "Pulpa" y no "vulva", como dijo la Moni una vez en sociedad, refiriéndose a los trocitos de fruta en su zumo, y la gente puso los ojos como platos, "se me queda la vulva entre los dientes" dijo, a mí se me salía la Coca Cola por la nariz, de la risa.
-No me voy a tomar ningún zumo de esos -le digo al Zoo-. Paso total del rollo gym agobiao-. Reconozco que esto es la típica racionalización freudiana de a quien le fastidia ir al gym y que el contorno de sus biceps siga igual mes tras mes.
-Si no es por el gym, es por tus tres kilos de más.
-No son de más, tal vez antes estaba demasiado delgado -breve silencio al otro lado de la línea. Evidentemente, Zoo buscaba las palabras para no herirme.
-¿Y qué estás comiendo ahora? -cambió de tercio. Me escuchaba masticar.
-Un melocotón -reconocí-. El segundo.
-Eso está muy bien, pero necesitas proteínas.
-Pues me como un filete.
-Pensaba que comer carne por la noche te desvelaba.
-¿Cuándo he dicho yo eso? -lo malo de ser un bocas es que todo lo que dices puede ser utilizado en tu contra, las manos a la espalda, cuidado con la cabeza al entrar en el coche.
-El otro día en mi casa, cuando te ofrecí unos filetes de pollo.
-Eran las tres de la mañana y habían perdido la cadena de frío -creo que os conté que Zoo tuvo el frigorífico estropeado varios días, que íbamos a por hielo a las gasolineras para meterlo en la nevera de cámping.
-Aquellos filetes habían sido comprados ese mismo día, tiré los otros. No deseo envenenarme ni envenenar a nadie. ¿Siempre tienes respuesta para todo?
-No siempre. Pero a las tres de la mañana no me suele apetecer pechuga de pollo.
-Pero qué numeritos montas, hijo mío, si no sabe a nada -yo, es que era pegarle un sorbo y desencajárseme la mandíbula. Del asco infinito.
-Jopé que no -y le enseñaba mis brazos con los pelos de punta-. No me lo pienso tomar. Y me voy, que tengo que estudiar solfeo.
-Te voy a solfear yo las narices -palabras textuales de mi madre.
Todo esto venía a que ayer, el Zoo, que se cree mi nutricionista particular, me aconsejaba no sé qué brebaje de plátanos con huevo con no sé cuántas cosas más, de las irreconciliables en un batido. Y a mí, como a Kafka, me entraba la náusea. Porque rememoré aquellos trocitos flotando en la leche como pulpa y me cagaba del asco. "Pulpa" y no "vulva", como dijo la Moni una vez en sociedad, refiriéndose a los trocitos de fruta en su zumo, y la gente puso los ojos como platos, "se me queda la vulva entre los dientes" dijo, a mí se me salía la Coca Cola por la nariz, de la risa.
-No me voy a tomar ningún zumo de esos -le digo al Zoo-. Paso total del rollo gym agobiao-. Reconozco que esto es la típica racionalización freudiana de a quien le fastidia ir al gym y que el contorno de sus biceps siga igual mes tras mes.
-Si no es por el gym, es por tus tres kilos de más.
-No son de más, tal vez antes estaba demasiado delgado -breve silencio al otro lado de la línea. Evidentemente, Zoo buscaba las palabras para no herirme.
-¿Y qué estás comiendo ahora? -cambió de tercio. Me escuchaba masticar.
-Un melocotón -reconocí-. El segundo.
-Eso está muy bien, pero necesitas proteínas.
-Pues me como un filete.
-Pensaba que comer carne por la noche te desvelaba.
-¿Cuándo he dicho yo eso? -lo malo de ser un bocas es que todo lo que dices puede ser utilizado en tu contra, las manos a la espalda, cuidado con la cabeza al entrar en el coche.
-El otro día en mi casa, cuando te ofrecí unos filetes de pollo.
-Eran las tres de la mañana y habían perdido la cadena de frío -creo que os conté que Zoo tuvo el frigorífico estropeado varios días, que íbamos a por hielo a las gasolineras para meterlo en la nevera de cámping.
-Aquellos filetes habían sido comprados ese mismo día, tiré los otros. No deseo envenenarme ni envenenar a nadie. ¿Siempre tienes respuesta para todo?
-No siempre. Pero a las tres de la mañana no me suele apetecer pechuga de pollo.
Como una foca
He pillado tres kilos estas vacaciones y no me los quito de encima. Me rodean a la altura del ombligo como un cinturón de asteroides, se bambolean mientras camino siguiendo escrupulosamente las leyes de la teoría de partículas, que son las mismas que levantan las olas en el mar. Soy como una especie de bidón con piernas y brazos.
El joputa del Sergio se descojonaba cuando estuvimos en Cádiz y me vió sin camiseta.
-Ah, pues sí se nota el gimnasio, sí -y ahogaba las carcajadas contra la almohada. Y yo me tenía que callar.
Así que ahora estoy muerto de hambre. Ya lo tenía antes del té, pero el té de esta máquina es, al contrario que otros tés, malísimo para el estómago. De hecho, como baba de alien, se abre paso a través de tus vísceras y ahora mismo está atravesando el suelo hacia el piso de abajo.
La culpa la tiene Casti, que se viene a pasar unos días a Madrid y celebra cada día como si fuese el último de un astronauta en la Tierra antes de subirse al transbordador espacial. Cuánto pulpo, cuánta ensalada de queso de cabra y bacalao, cuántas lágrimas de chocolate e ísimos del Bazaar. Me cago en todo.
Pero yo insisto. Ayer volví al gimnasio y ahí estaba, mi barriga abriéndose paso, bamboleándose todas sus miles de partículas en forma de onda más allá de la camiseta -ya amplia, de por sí-. Y, para colmo, se me acaba la batería de la iPod. Pues jódete y escucha Telemadrid con su versión antigubernamental del asunto, o conversaciones de levantadores de pesas enfebrecidos, tipo:
-Joder, tronco, me he bajao la sesión de este viernes del DJ Pollas en Ministry y es la polla. Tenía un paraguas con agujeros y sacaba una linterna y hacía juegos de luz y la polla.
-Te cagas. Pues este próximo se pira a Pachá Ibiza y yo voy, espero hacerlo con trescientos talegos, porque no tengo un pavo.
-Ya ves. ¿Me pasas las de quince?
Que no puedo con ellos, hijos míos, que pensaréis que en el fondo es envidia, pero va en serio que no. Besos para todos.
El joputa del Sergio se descojonaba cuando estuvimos en Cádiz y me vió sin camiseta.
-Ah, pues sí se nota el gimnasio, sí -y ahogaba las carcajadas contra la almohada. Y yo me tenía que callar.
Así que ahora estoy muerto de hambre. Ya lo tenía antes del té, pero el té de esta máquina es, al contrario que otros tés, malísimo para el estómago. De hecho, como baba de alien, se abre paso a través de tus vísceras y ahora mismo está atravesando el suelo hacia el piso de abajo.
La culpa la tiene Casti, que se viene a pasar unos días a Madrid y celebra cada día como si fuese el último de un astronauta en la Tierra antes de subirse al transbordador espacial. Cuánto pulpo, cuánta ensalada de queso de cabra y bacalao, cuántas lágrimas de chocolate e ísimos del Bazaar. Me cago en todo.
Pero yo insisto. Ayer volví al gimnasio y ahí estaba, mi barriga abriéndose paso, bamboleándose todas sus miles de partículas en forma de onda más allá de la camiseta -ya amplia, de por sí-. Y, para colmo, se me acaba la batería de la iPod. Pues jódete y escucha Telemadrid con su versión antigubernamental del asunto, o conversaciones de levantadores de pesas enfebrecidos, tipo:
-Joder, tronco, me he bajao la sesión de este viernes del DJ Pollas en Ministry y es la polla. Tenía un paraguas con agujeros y sacaba una linterna y hacía juegos de luz y la polla.
-Te cagas. Pues este próximo se pira a Pachá Ibiza y yo voy, espero hacerlo con trescientos talegos, porque no tengo un pavo.
-Ya ves. ¿Me pasas las de quince?
Que no puedo con ellos, hijos míos, que pensaréis que en el fondo es envidia, pero va en serio que no. Besos para todos.
Qué impresión nos hemos llevado
Dos son los hechos que han marcado la historia reciente de occidente. Uno, la caída del Muro de Berlín, el otro, cuando el sábado, en la Dama Noire, el Pichina -Sergio, en adelante- le puso la mano en la rodilla a la -hasta entonces sólo "presunta"- novia. O ligue, o chica con la que está, o como quiera él decirlo, que es que, según él, parece que nunca aciertas, oyes.
Me llevaba yo a la boca el primer pedazo de mi pastel de verduras y casi me atraganto, y eso que tenía el estómago vacío. Y le digo disimuladamente a la Villarén:
-Cagondiós Nuri, mira pallá.
-¿Qué pasa?
-Mira esa mano. Yo creo que está encima de la pierna de ella.
Y la Nuri pegó un respingo y dejó el tenedor en el plato con un sonoro golpe de porcelana rota. Más bien se le había caído. Sí, aquella mano se doblaba sospechosamente debajo de la mesa más allá del tronco de Sergio, prácticamente el codo bajo el codo de ella.
-Te juro por mis muertos que yo pensé que no estaban -mascullé.
-Toma, y yo. Nos ha tenido todo el verano engañados. El muy cabrón.
Y, de ahí, toda la noche con sorpresas. Voy al baño en otro bar y me los encuentro entrelazados en un esquinazo. Me costó reconocer en aquel bulto a mi amigo Sergio. Oyes, y te alegrabas por él, pero pasé de ir a mear y me di la vuelta y se lo conté a todos. Y decía mi hermana:
-Corre, llama a Armando -nuestro amigo a más de trescientos cincuenta quilómetros de distancia- y cuéntaselo.
-Voy a dejar la tarifa de Unidos temblando -se ponía el Casti.
-No sé para qué os hacéis ilusiones, esto en el pueblo no nos lo creen.
Pues sí, hijos míos. Es lo que pasa cuando te pasas de discreto, como es el caso de Sergio. Que vale, tu intimidad queda a salvo, pero das lugar a las especulaciones. Y en esta pandilla las especulaciones son salvajes. Y te sientes defraudado cuando tienes que desechar las ideas oscuras -la más suave, la de Laín de "a este chaval hay que hervírselas (las chicas)", una intermedia, la que tiene que ver con la sospechosa pasión de Sergio por el sumo- y quedarte con que, simplemente, estaba esperando a conocer a una chavala tan maja como esta. Por que sí, es bien maja. De hecho, estamos pensando en sacarle a Sergio -por imbécil- fuera de la pandilla y meterle a ella. Besos para todos.
Me llevaba yo a la boca el primer pedazo de mi pastel de verduras y casi me atraganto, y eso que tenía el estómago vacío. Y le digo disimuladamente a la Villarén:
-Cagondiós Nuri, mira pallá.
-¿Qué pasa?
-Mira esa mano. Yo creo que está encima de la pierna de ella.
Y la Nuri pegó un respingo y dejó el tenedor en el plato con un sonoro golpe de porcelana rota. Más bien se le había caído. Sí, aquella mano se doblaba sospechosamente debajo de la mesa más allá del tronco de Sergio, prácticamente el codo bajo el codo de ella.
-Te juro por mis muertos que yo pensé que no estaban -mascullé.
-Toma, y yo. Nos ha tenido todo el verano engañados. El muy cabrón.
Y, de ahí, toda la noche con sorpresas. Voy al baño en otro bar y me los encuentro entrelazados en un esquinazo. Me costó reconocer en aquel bulto a mi amigo Sergio. Oyes, y te alegrabas por él, pero pasé de ir a mear y me di la vuelta y se lo conté a todos. Y decía mi hermana:
-Corre, llama a Armando -nuestro amigo a más de trescientos cincuenta quilómetros de distancia- y cuéntaselo.
-Voy a dejar la tarifa de Unidos temblando -se ponía el Casti.
-No sé para qué os hacéis ilusiones, esto en el pueblo no nos lo creen.
Pues sí, hijos míos. Es lo que pasa cuando te pasas de discreto, como es el caso de Sergio. Que vale, tu intimidad queda a salvo, pero das lugar a las especulaciones. Y en esta pandilla las especulaciones son salvajes. Y te sientes defraudado cuando tienes que desechar las ideas oscuras -la más suave, la de Laín de "a este chaval hay que hervírselas (las chicas)", una intermedia, la que tiene que ver con la sospechosa pasión de Sergio por el sumo- y quedarte con que, simplemente, estaba esperando a conocer a una chavala tan maja como esta. Por que sí, es bien maja. De hecho, estamos pensando en sacarle a Sergio -por imbécil- fuera de la pandilla y meterle a ella. Besos para todos.
Mi madre está rarísima
Últimamente, mi madre está rarísima. Decir que mi madre de toda la vida ha sido un poco aprensiva es como decir que Pinochet ha violado ligeramente el derecho internacional. Ella no es aprensiva, ella está enferma terminal por defecto, salvo algunos días al año, en los que llegaría a decir:
-Hoy, por lo menos, no estoy en las últimas.
Os podéis imaginar que crecer en este ambiente no fue amable para un niño de mis características, sensible y empático. Mi padre siempre se descojona porque una vez -un viernes a la hora del "Un dos tres", lo tengo grabado al fuego- mi madre empezó:
-Me muero -así, de pronto. Y la Mayra con que si "tenemos la espuela, la liga de la cabaretera y el ojo del tuerto, vamos a ver qué opina el público", y el público siempre opinaba para joder.
-Papá, que mamá dice que se muere -salgo yo gritando, corriendo hacia la cocina.
-Me muero, llamad a un cura.
Según mi padre, fue mencionar mi madre al cura y mi hermana y yo nos ajrrojamos como cohetes escaleras abajo por el portal. Mi padre con lágrimas en los ojos de la risa, oyes, cada vez que lo recuerda. Él dice que lo que nos hizo cagarnos de pánico fue lo del cura, no lo de que mi madre se muriera. Y mira, es que es así, una cosa es tu madre yaciendo en una cama y otra cosa lo mismo pero con un cura a sus pies sujetando un crucifijo. Lo uno es que tu madre se ha puesto mala, lo otro es "El exorcista".
Pues mi madre siempre se moría los viernes a la hora del "Un dos tres". Al final te acostumbrabas, se moría durante la subasta y ya para cuando a los residentes en Úbeda les tocaban cinco mil cajas de cerillas largas ya se le había pasado. Yo creo que eran gases.
El caso es que, como os decía, mi madre está muy rara. Precisamente porque lleva un tiempo que está genial de la salud y pasa de todo. Este verano, por ejemplo, con mi novio en casa, estaba tan pancha. Sin cánceres ni ná. Y volvemos el Zoo y yo de pasar nuestros días en Asturias y nos cuenta que le habían dicho que tenía la tensión alta y en vez de imaginarse con un trombo cerebral en las losetas de la cocina, te decía:
-Échale un poco de sal a esa lechuga que está sosa.
-Pero mamá, que la sal sube la tensión -le previenes.
-Qué más da -y cita-: para que esté buenillo, otro poquillo.
Me tiene flipado esta mujer. Lo de que su hijo meta al novio en casa le está curando todos los males a sus setenta y pico. Nunca es tarde.
-Hoy, por lo menos, no estoy en las últimas.
Os podéis imaginar que crecer en este ambiente no fue amable para un niño de mis características, sensible y empático. Mi padre siempre se descojona porque una vez -un viernes a la hora del "Un dos tres", lo tengo grabado al fuego- mi madre empezó:
-Me muero -así, de pronto. Y la Mayra con que si "tenemos la espuela, la liga de la cabaretera y el ojo del tuerto, vamos a ver qué opina el público", y el público siempre opinaba para joder.
-Papá, que mamá dice que se muere -salgo yo gritando, corriendo hacia la cocina.
-Me muero, llamad a un cura.
Según mi padre, fue mencionar mi madre al cura y mi hermana y yo nos ajrrojamos como cohetes escaleras abajo por el portal. Mi padre con lágrimas en los ojos de la risa, oyes, cada vez que lo recuerda. Él dice que lo que nos hizo cagarnos de pánico fue lo del cura, no lo de que mi madre se muriera. Y mira, es que es así, una cosa es tu madre yaciendo en una cama y otra cosa lo mismo pero con un cura a sus pies sujetando un crucifijo. Lo uno es que tu madre se ha puesto mala, lo otro es "El exorcista".
Pues mi madre siempre se moría los viernes a la hora del "Un dos tres". Al final te acostumbrabas, se moría durante la subasta y ya para cuando a los residentes en Úbeda les tocaban cinco mil cajas de cerillas largas ya se le había pasado. Yo creo que eran gases.
El caso es que, como os decía, mi madre está muy rara. Precisamente porque lleva un tiempo que está genial de la salud y pasa de todo. Este verano, por ejemplo, con mi novio en casa, estaba tan pancha. Sin cánceres ni ná. Y volvemos el Zoo y yo de pasar nuestros días en Asturias y nos cuenta que le habían dicho que tenía la tensión alta y en vez de imaginarse con un trombo cerebral en las losetas de la cocina, te decía:
-Échale un poco de sal a esa lechuga que está sosa.
-Pero mamá, que la sal sube la tensión -le previenes.
-Qué más da -y cita-: para que esté buenillo, otro poquillo.
Me tiene flipado esta mujer. Lo de que su hijo meta al novio en casa le está curando todos los males a sus setenta y pico. Nunca es tarde.
El cielo sobre nuestras cabezas
Cuando yo decía que me gustaba más nuestra antigua oficina, con su rollito ladrillo visto, metacrilato y halógenos -ibas por la vida como una Ally McBeal a la española pero sin anorexia-, era por algo. Oyes, que estoy tan feliz dándole a la tecla, no sé exactamente si currando, y veo cómo una especie de diluvio universal ocurre delante de mí encima de ordenadores -incluído el mío-, papeles y mochilas. Una gotera, más bien el Salto del Angel, caía sobre nuestras cabezas desde la rejilla del aire acondicionado.
-Cagondios -salta uno de mis nuevos compis de enfrente, y retira su mochila mientras añade más juramentos-. Su puta vida, que mierda de sitio. Y todo para verle el culo a las nuevas cuando van al baño-. Entiendes su reacción con respecto a la mochila, había hecho pocillo y todo. Pero lo otro... yo pensaba: "¿y este chico es el que acaba de tener una niña antes de verano? Que dios la coja confesada".
Y claro, lo que nos gusta a todos un desastre natural. Todos corriendo a por bolsas, papeleras y cartones para contener la tromba. Y suben los encargados, armados con sus walkie talkies de larga distancia y dan órdenes tipo:
-Súbete a Vodafone y echa un vistazo en el sector cinco, a ver qué ocurre -y te partes el eje, porque asumes que todos los curros tienen su argot, pero de ahí a hablar de "sector 5" va un cacho.
-Me comunican que ellos no tienen la avería. Cuidado, apartad que la escayola del doble techo se está combando.
A mí me tocaba los cojones que el doble techo del sector cinco fuera a caer, tenía que rescatar mis discos fuera como fuera, y mis cascos, porque además está prohibido escuchar musica en la empresa, y no quería dejar pruebas del delito.
Y le digo a mi director general:
-Qué, has comprado la burra coja, ¿eh?
Y me mira que echa chispas, y yo me doy cuenta, una vez más, de que he perdido una ocasión preciosa para meterme la lengua en el culo.
-¿Ya te has instalado en otro sitio, Julito? -me responde, qué manía tiene con llamarme Julito, a veces me siento la mascota de esta empresa. Ser el único al que pagan por hacer dibujitos aquí parece que no me ayuda en absoluto.
-Pues no -respondo, cabizbajo.
-Sala de formación uno -se pone-. Tarifando.
Es lo que hemos dicho siempre, que a este hombre le fallan las formas. Y qué manía les ha dado a todos con bautizar a los lugares con números. Ni que esto fuera la nave Enterprise, cojones. En fin, me voy ahora a tomar algo por Lavapiés. Allí la gente es más normal. Besos para todos.
-Cagondios -salta uno de mis nuevos compis de enfrente, y retira su mochila mientras añade más juramentos-. Su puta vida, que mierda de sitio. Y todo para verle el culo a las nuevas cuando van al baño-. Entiendes su reacción con respecto a la mochila, había hecho pocillo y todo. Pero lo otro... yo pensaba: "¿y este chico es el que acaba de tener una niña antes de verano? Que dios la coja confesada".
Y claro, lo que nos gusta a todos un desastre natural. Todos corriendo a por bolsas, papeleras y cartones para contener la tromba. Y suben los encargados, armados con sus walkie talkies de larga distancia y dan órdenes tipo:
-Súbete a Vodafone y echa un vistazo en el sector cinco, a ver qué ocurre -y te partes el eje, porque asumes que todos los curros tienen su argot, pero de ahí a hablar de "sector 5" va un cacho.
-Me comunican que ellos no tienen la avería. Cuidado, apartad que la escayola del doble techo se está combando.
A mí me tocaba los cojones que el doble techo del sector cinco fuera a caer, tenía que rescatar mis discos fuera como fuera, y mis cascos, porque además está prohibido escuchar musica en la empresa, y no quería dejar pruebas del delito.
Y le digo a mi director general:
-Qué, has comprado la burra coja, ¿eh?
Y me mira que echa chispas, y yo me doy cuenta, una vez más, de que he perdido una ocasión preciosa para meterme la lengua en el culo.
-¿Ya te has instalado en otro sitio, Julito? -me responde, qué manía tiene con llamarme Julito, a veces me siento la mascota de esta empresa. Ser el único al que pagan por hacer dibujitos aquí parece que no me ayuda en absoluto.
-Pues no -respondo, cabizbajo.
-Sala de formación uno -se pone-. Tarifando.
Es lo que hemos dicho siempre, que a este hombre le fallan las formas. Y qué manía les ha dado a todos con bautizar a los lugares con números. Ni que esto fuera la nave Enterprise, cojones. En fin, me voy ahora a tomar algo por Lavapiés. Allí la gente es más normal. Besos para todos.
Hostias en Moncloa
Vosotros, hijos míos, a lo mejor os pensáis que es una cuestión de ingenuidad el querer ser sincero a toda cosa con tu pareja. Pero y qué. A mí, que la mía tenga conocimiento del presente blog casi me cuesta un disgusto. Yo sé que vosotros queréis más, que nunca os dáis por satisfechos, que no os pilla en vuestras propias carnes leer cosas como "espero que mi pene sepa lo que hace". Veo que de nada os vale que yo ponga nombre simulados, incluso que disfrace tanta barbaridad de la que aconteció en mi vida en aquellos tiempos en los que yo era free like a bird.
Pero ya está bien. Mi intimidad es mía, y apaga esa cámara o te la apago, coño. O, como decía la ex del Jesulín, que ahora no me acuerdo cómo se llama, "que no me grabes más, te he dicho que no me grabes más". Así que, a partir de ahora, volveré a escribir de mi familia -me da igual acabar fatal con ellos-, de mi abuela ya difunta o de todo el que pille por medio, pero no de mí ni del Zoo.
Porque, por si fuera poco, por culpa de nuestra pequeña crisis, que a su vez es culpa del blog, que a su vez es culpa de la noche madrileña y de mí mismo, para qué nos vamos a engañar, casi me parten la cara el viernes por la noche.
Y es que tuve que volver a Pozuelo en autobús a las tantas, porque ahora soy usuario del transporte público de nuevo, y no quiero quedar como un listo, pero joderme, me jode. Y de pronto, en mitad de mi disputa conyugal para mayor fortuna de Amena, unos skins se empiezan a pegar delante de mí. Y yo:
-Zoo, un momentín que se están moliendo a hostias aquí mismo.
-¿Cómo?
-Lo que oyes.
Mira por donde, relajamos tensión, justo lo que también hubiera hecho falta en la dársena aquella. Y yo pensé: "que se maten, así me entretengo". Y después:
-Zoo, espera que ahora viene la poli y me están mirando.
-Sería mejor que vinieras a casa.
-Por mis huevos que salto por encima de los heridos y me monto en mi autobús.
Y así lo hice, esquivé las bajas sin mirar a nadie a los ojos y me metí en el autobús. Llevaba dos horas esperando, prefería un navajazo intercostal a cuarenta minutos más con el culo pegado a las escaleras del Ministerio del Aire. ¿Os podéis creer que uno de los polis era medio colega de un skin? Puta mierda de sistema.
Pero que sepáis que a uno de los anormales aquellos se le calló el móvil, uno guapísimo, y yo, con toda mi sangre fría, disimulé y me lo agencié. Me encanta robar rozando el largero. Besos para todos.
Pero ya está bien. Mi intimidad es mía, y apaga esa cámara o te la apago, coño. O, como decía la ex del Jesulín, que ahora no me acuerdo cómo se llama, "que no me grabes más, te he dicho que no me grabes más". Así que, a partir de ahora, volveré a escribir de mi familia -me da igual acabar fatal con ellos-, de mi abuela ya difunta o de todo el que pille por medio, pero no de mí ni del Zoo.
Porque, por si fuera poco, por culpa de nuestra pequeña crisis, que a su vez es culpa del blog, que a su vez es culpa de la noche madrileña y de mí mismo, para qué nos vamos a engañar, casi me parten la cara el viernes por la noche.
Y es que tuve que volver a Pozuelo en autobús a las tantas, porque ahora soy usuario del transporte público de nuevo, y no quiero quedar como un listo, pero joderme, me jode. Y de pronto, en mitad de mi disputa conyugal para mayor fortuna de Amena, unos skins se empiezan a pegar delante de mí. Y yo:
-Zoo, un momentín que se están moliendo a hostias aquí mismo.
-¿Cómo?
-Lo que oyes.
Mira por donde, relajamos tensión, justo lo que también hubiera hecho falta en la dársena aquella. Y yo pensé: "que se maten, así me entretengo". Y después:
-Zoo, espera que ahora viene la poli y me están mirando.
-Sería mejor que vinieras a casa.
-Por mis huevos que salto por encima de los heridos y me monto en mi autobús.
Y así lo hice, esquivé las bajas sin mirar a nadie a los ojos y me metí en el autobús. Llevaba dos horas esperando, prefería un navajazo intercostal a cuarenta minutos más con el culo pegado a las escaleras del Ministerio del Aire. ¿Os podéis creer que uno de los polis era medio colega de un skin? Puta mierda de sistema.
Pero que sepáis que a uno de los anormales aquellos se le calló el móvil, uno guapísimo, y yo, con toda mi sangre fría, disimulé y me lo agencié. Me encanta robar rozando el largero. Besos para todos.





