Somontano y mixtos de jamón y queso
Ayer conocí al cuñado del Zoo, un tipo majete. Llevé una botella de vino -Somontano-, algo un poco exótico en casa del Zoo, que es de la liga antialcohol, pero yo, que soy de la liga proalcohol, que si no bebo es porque es fatal para el hígado y me dejo de hipocresías y reconozco -ante mí y ante los demás- que, si no fuera por eso, el alcohol es lo mejor del mundo por encima del sexo y por debajo de Dylan, compré mi botella y me dirigí a aquel hogar.
La Rosita -es china y venezolana, y tiene un nombre impronunciable pero todo el mundo la llama Rosita- también se apuntó, y allí estábamos, el Zoo, su hermana, el recién llegado de Venezuela-for-the-first-time-and-forerver novio de su hermana, el Zoo, la Rosita y yo. La Rosita es una borracha, como yo, así que no me sentí solo. Y le dimos profusamente al somontano y la hermana del Zoo nos preparó unos bocatas cojonudos a la plancha.
Lo bueno de la Rosita, además de que es una borracha, es que está obsesionada con los asuntos de la monarquía. Hables de lo que hables, acabas hablando de los reyes, de los Borbones, de los Austrias, de sus palacios en España y de cómo puede hacer ella para visitar todos los castillos que alguna vez hayan albergado familias reales de la península. Le encanta todo el tema.
-Es que en Venezuela no tenemos reyes -te explica ella, con su acentazo que no entiendes nada. Es como el JJ pero de Venezuela, no la entienden ni los suyos. Eso, para un español de Castilla, como si habla en su cantonés natal, oyes.
Y resulta que la Rosita había visitado hasta el Valle de los Caídos, porque tiene hambre de tumbas de reyes y ya se ha terminado las de Madrid y está empezando con las de los dictadores. No es igual pero le gusta, de todos modos. Y se pone el cuñado de Zoo:
-¿Aquel era comunista, no?
Podéis imaginar que me di la vuelta con el somontano en la mano y el mixto en la otra y pensé "joer, qué de trabajito tengo yo aquí". Y es verdad, porque estaba rodeado de una panda de antichavistas -cosa también comprensible- más azules que el capuchón de un Bic -azul-, y yo, que soy más rojo que el capuchón de un Bic -rojo- pues me remangué las neuronas y me puse manos a la obra.
Al principio me miraban con los ojos como platos, y decía la Rosita, sirviéndose otro vaso -esta chica se llenaba el tazón como si fuera de leche-:
-Ah, bueno. Tú no eres comunista, tú eres socialista -como si hubiéra habido un asesinato en la casa y yo hubiera expuesto una coartada irrefutable. Vamos, que parecía quitarse un peso de encima.
-¿Y no es lo mismo? -preguntaba el cuñado.
-Uy, nada. No tiene nada que ver -resolvía la Rosita con aire de enterada y se pegaba un trago.
Y yo, que hubiera preferido liarme a besos con el Zoo, que es para lo que originalmente me había dirigido yo a esa casa, pegué un mitin político que se me jodió la garganta y todo. Pero dije lo que tenía que decir, y de pronto miré el reloj y vi que me quedaban catorce minutos para que el último tren del día pasara por Pirámides. Así que me despedí a toda hostia y allí les dejé, con el vino y los mixtos y las bocas abiertas, y yo corrí hasta mi tren, que se me salía el hígado por mi propia boca. Llegué a tiempo. Me puse los cascos, busqué "It's all right mama, I'm only bleeding" de Dylan y volé, como siempre, por encima de los tejados de la estación.
Buen finde a todos. Y, si necesitáis volar, poned a Dylan.
La Rosita -es china y venezolana, y tiene un nombre impronunciable pero todo el mundo la llama Rosita- también se apuntó, y allí estábamos, el Zoo, su hermana, el recién llegado de Venezuela-for-the-first-time-and-forerver novio de su hermana, el Zoo, la Rosita y yo. La Rosita es una borracha, como yo, así que no me sentí solo. Y le dimos profusamente al somontano y la hermana del Zoo nos preparó unos bocatas cojonudos a la plancha.
Lo bueno de la Rosita, además de que es una borracha, es que está obsesionada con los asuntos de la monarquía. Hables de lo que hables, acabas hablando de los reyes, de los Borbones, de los Austrias, de sus palacios en España y de cómo puede hacer ella para visitar todos los castillos que alguna vez hayan albergado familias reales de la península. Le encanta todo el tema.
-Es que en Venezuela no tenemos reyes -te explica ella, con su acentazo que no entiendes nada. Es como el JJ pero de Venezuela, no la entienden ni los suyos. Eso, para un español de Castilla, como si habla en su cantonés natal, oyes.
Y resulta que la Rosita había visitado hasta el Valle de los Caídos, porque tiene hambre de tumbas de reyes y ya se ha terminado las de Madrid y está empezando con las de los dictadores. No es igual pero le gusta, de todos modos. Y se pone el cuñado de Zoo:
-¿Aquel era comunista, no?
Podéis imaginar que me di la vuelta con el somontano en la mano y el mixto en la otra y pensé "joer, qué de trabajito tengo yo aquí". Y es verdad, porque estaba rodeado de una panda de antichavistas -cosa también comprensible- más azules que el capuchón de un Bic -azul-, y yo, que soy más rojo que el capuchón de un Bic -rojo- pues me remangué las neuronas y me puse manos a la obra.
Al principio me miraban con los ojos como platos, y decía la Rosita, sirviéndose otro vaso -esta chica se llenaba el tazón como si fuera de leche-:
-Ah, bueno. Tú no eres comunista, tú eres socialista -como si hubiéra habido un asesinato en la casa y yo hubiera expuesto una coartada irrefutable. Vamos, que parecía quitarse un peso de encima.
-¿Y no es lo mismo? -preguntaba el cuñado.
-Uy, nada. No tiene nada que ver -resolvía la Rosita con aire de enterada y se pegaba un trago.
Y yo, que hubiera preferido liarme a besos con el Zoo, que es para lo que originalmente me había dirigido yo a esa casa, pegué un mitin político que se me jodió la garganta y todo. Pero dije lo que tenía que decir, y de pronto miré el reloj y vi que me quedaban catorce minutos para que el último tren del día pasara por Pirámides. Así que me despedí a toda hostia y allí les dejé, con el vino y los mixtos y las bocas abiertas, y yo corrí hasta mi tren, que se me salía el hígado por mi propia boca. Llegué a tiempo. Me puse los cascos, busqué "It's all right mama, I'm only bleeding" de Dylan y volé, como siempre, por encima de los tejados de la estación.
Buen finde a todos. Y, si necesitáis volar, poned a Dylan.
Cosillas de un martes tonto
El JJ me vuelve loco. No en un sentido sexual, no estaría mal en ese caso, sino en un sentido patológico. Me tiene todos los días después de comer mirando pisos, portales, locales comerciales. Comprar, vender, invertir, pon el tipo de interés a tu favor y no en tu contra, así andamos. Si hasta he dicho, esta mediodía:
-Mira qué local comercial más hermoso, son por lo menos trescientos metros -sin pensarlo, incluso con acento JJ, algo así: Mía qué locá mahermoso, son polomeno treciento metro.
El otro día estuvimos de visita en casa de Yorch y Noe y él más pareciera que le hacía una tasación a la finca, en vez de visitar a unos amigos.
En cuanto mi ojo, hijos míos, va mejor. Creo. A veces me lo froto y noto un pinchazo como si se me taladrara el cerebro. ¿A que os ha dado grima? ¿A que incluso os da un poco pena de mí? Si es que hago esto para provocar vuestra compasión y que nunca me falte peña para ir al médico.
Lo bueno de haber tenido un ojo a la izquierda de tu nariz y un pez globo a la derecha era comprobar las reacciones de la gente. La mayoría de ellos se empezaban a rascar el ojo a los dos minutos de mirarte a la cara. Ellos te escuchaban y disimulaban pacientemente, pero su ojo comenzaba a temblar y a llorar, y finalmente se lo rascaban. O se les quedaba palpitando para siempre. Era guay. A otros directamente les repugnaba. Por lo menos, mi madre ha dejado de pensar que necesito un transplante de riñón.
El Yorch acaba de perder conmigo una apuesta -aseguraba que A Bag of Bones fue publicada por primera vez en internet-. Le he dicho:
-Yo no te la pienso perdonar, porque ya sabes que soy super rastrero.
Me encanta saber que a veces no apuesta sobre seguro.
Bueno, gentes. Os dejo que hoy no estoy inspirado. Me piro, creo que hoy me armaré de valor e iré al gym y después -esto sin ningún esfuerzo- me iré al cine a ver alguna, que no tenemos tele en casa y eso de estar tumbado en la encimera, debajo del calentador, y ver la tele minúscula de la cocina por encima del bol de las manzanas y de los plátanos es un coñazo. Besos para todos.
-Mira qué local comercial más hermoso, son por lo menos trescientos metros -sin pensarlo, incluso con acento JJ, algo así: Mía qué locá mahermoso, son polomeno treciento metro.
El otro día estuvimos de visita en casa de Yorch y Noe y él más pareciera que le hacía una tasación a la finca, en vez de visitar a unos amigos.
En cuanto mi ojo, hijos míos, va mejor. Creo. A veces me lo froto y noto un pinchazo como si se me taladrara el cerebro. ¿A que os ha dado grima? ¿A que incluso os da un poco pena de mí? Si es que hago esto para provocar vuestra compasión y que nunca me falte peña para ir al médico.
Lo bueno de haber tenido un ojo a la izquierda de tu nariz y un pez globo a la derecha era comprobar las reacciones de la gente. La mayoría de ellos se empezaban a rascar el ojo a los dos minutos de mirarte a la cara. Ellos te escuchaban y disimulaban pacientemente, pero su ojo comenzaba a temblar y a llorar, y finalmente se lo rascaban. O se les quedaba palpitando para siempre. Era guay. A otros directamente les repugnaba. Por lo menos, mi madre ha dejado de pensar que necesito un transplante de riñón.
El Yorch acaba de perder conmigo una apuesta -aseguraba que A Bag of Bones fue publicada por primera vez en internet-. Le he dicho:
-Yo no te la pienso perdonar, porque ya sabes que soy super rastrero.
Me encanta saber que a veces no apuesta sobre seguro.
Bueno, gentes. Os dejo que hoy no estoy inspirado. Me piro, creo que hoy me armaré de valor e iré al gym y después -esto sin ningún esfuerzo- me iré al cine a ver alguna, que no tenemos tele en casa y eso de estar tumbado en la encimera, debajo del calentador, y ver la tele minúscula de la cocina por encima del bol de las manzanas y de los plátanos es un coñazo. Besos para todos.
en La Rioja
Pasamos nuesta pandi de Aguilar (22 congéneres) el fin de semana en La Rioja y fue genial. Hoy sólo quiero destacar aquí alguna de las frases memorables que allí se dijeron:
"No habléis muy alto que hay gente durmiendo": el Rober en las cuevas, refiriéndose a los murciélagos que colgaban de las estalactitas.
"Rober, ten cuidado que tú eres un poquitín patoso": Marisa, segundos antes de que rober resbalara con la humedad del suelo y se agarrara a una estalagmita ante el estupor de la guía, que nos había dicho que no se podían tocar las susodichas, y mucho menos las estalactitas, ni siquiera sus gotas de agua colgando, ya que se tardaban mil años en formar unos pocos centímetros.
"El Rober lleva ya cuatro mil años en las manos": Nuri.
"Hostiasquéhostiamehedao": Arman al abrirse una herida de cinco centímetros en su cabeza rasurada con una estalactita.
"Mira, Arman ya jodió otros mil años": Nuri.
"Hijofdefuta": Nuri y Casti todo el rato y en todos los sitios, sacando los dientes por fuera.
"Estoy un poco enfadado": el Zoo, tras ser despertado de un portazo a las cuatro de la mañana por la culpita de Nuri, Lourdes y el alcohol que había en nuestras venas.
"¿Quieres un chicle?": El Jose Gasolinero a todo el mundo unas quince veces, extendiendo un paquete de chicles de mentira que daba calambre.
"Esa broma no está homologada": mi hermana, refiriéndose a los chicles mencionados.
"¿Vas a dejarme?": la Nuri cuando su marido dijo "Entonces qué, ¿nos damos un tiempo?" refiriéndose a un ratillo cada uno a lo suyo antes de regresar al plan común.
"Si no os importa, voy con mi novio a darme unos besos y magreos en la habitación y ahora bajamos": anónimo.
"Esto, mirándolo con tiempo...": Sergio, sobre cualquier cosa.
"Es Merce, no Merche": Sergio.
"¿Dónde está el Excálibur?": mi hermana, refiriéndose a un bar se su pueblo natal y al que habrá ido varios centeneres de veces.
Se me olvidan muchas, lo sé. Si recordáis alguna, ponedla en los comentarios.
"No habléis muy alto que hay gente durmiendo": el Rober en las cuevas, refiriéndose a los murciélagos que colgaban de las estalactitas.
"Rober, ten cuidado que tú eres un poquitín patoso": Marisa, segundos antes de que rober resbalara con la humedad del suelo y se agarrara a una estalagmita ante el estupor de la guía, que nos había dicho que no se podían tocar las susodichas, y mucho menos las estalactitas, ni siquiera sus gotas de agua colgando, ya que se tardaban mil años en formar unos pocos centímetros.
"El Rober lleva ya cuatro mil años en las manos": Nuri.
"Hostiasquéhostiamehedao": Arman al abrirse una herida de cinco centímetros en su cabeza rasurada con una estalactita.
"Mira, Arman ya jodió otros mil años": Nuri.
"Hijofdefuta": Nuri y Casti todo el rato y en todos los sitios, sacando los dientes por fuera.
"Estoy un poco enfadado": el Zoo, tras ser despertado de un portazo a las cuatro de la mañana por la culpita de Nuri, Lourdes y el alcohol que había en nuestras venas.
"¿Quieres un chicle?": El Jose Gasolinero a todo el mundo unas quince veces, extendiendo un paquete de chicles de mentira que daba calambre.
"Esa broma no está homologada": mi hermana, refiriéndose a los chicles mencionados.
"¿Vas a dejarme?": la Nuri cuando su marido dijo "Entonces qué, ¿nos damos un tiempo?" refiriéndose a un ratillo cada uno a lo suyo antes de regresar al plan común.
"Si no os importa, voy con mi novio a darme unos besos y magreos en la habitación y ahora bajamos": anónimo.
"Esto, mirándolo con tiempo...": Sergio, sobre cualquier cosa.
"Es Merce, no Merche": Sergio.
"¿Dónde está el Excálibur?": mi hermana, refiriéndose a un bar se su pueblo natal y al que habrá ido varios centeneres de veces.
Se me olvidan muchas, lo sé. Si recordáis alguna, ponedla en los comentarios.
Mi pupila y yo
El sábado pasado, queridos hijos míos, amanecí con el globo ocular como un globo, pero de los de fiesta de cumpleaños: rojo y grande. Y lo dejé pasar, ya que a mí se me irritan los ojos habitualmente porque me echo la crema hidratante como si mi cara fuera una pared a encalar. Pero la cosa iba a peor y ayer fui al médico. Y el médico me mandó al hospital. De urgencias.
Así que contuve la taquicardia y la hiperventilación, cogí el coche y zumbando al Puerta de Hierro. Y cuántos accidentes de ojos en el noroeste de Madrid un martes, la que iba delante me enseña su ojo, o lo que quedaba de él, y se pone:
-Me lo hice al colgar un cuadro, con un clavo.
Dios, o el clavo tenía el diámetro de una manzana reineta o a aquella mujer le había llovido una hostia.
-Pasa tú delante, que lo tienes peor -ofrecí. Más por quitarme de enmedio la visión de aquella lástima de ojo, hay que reconocerlo.
Y me llega el oftanmólogo -que estaba bastante bueno, creo, o mi escasa visión bidimensional me engañaba- y me pone varias gotas -con las que me entraron ganas de sacarme los ojos y frotármelos contra el jersey- y me hizo leer letras:
-La erre, la jota, eso me parece que es una ese...
-Vale, vale -me interrumpe-, que estás leyendo ya las que no veo ni yo-, y me dijo que tengo una visión del ciento cincuenta por cien. Incluso con mi ojo jodido. Pa que veáis.
Pero va el tío y me hecha otras gotas para dilatarme las pupilas y me pregunta:
-¿Con quién has venido?
-Solo -respondo amargamente, me sentí desamparado y nada querido en aquel momento, bajo aquella mirada escrutadora.
-¿En coche?
-Sí.
-Pues vas a tener que quedarte por aquí unas cuantas horas hasta que puedas ver.
-¿Es que voy a dejar de ver? -y ya no pude sujetar las amarras de la hiperventilación.
Oyes, qué flipe lo de las pupilas dilatadas. Echas en falta un par de copas, con un par de copas mi tarde de ayer en el hospital hubiera sido mejor que el mejor sábado por la noche. Qué visiones, qué colores. Así que disfruté de mi viaje sentado en un pasillo solitario de hospital entre una maltratada y una pija con legañas, pero lo disfruté a tope. Y el médico siguió haciéndome pruebas, pero él para mí era ya sólo una mancha, porque yo flotaba más arriba en mi fiesta particular de éter y silencio amplificado, bailaba en mi cabeza la música que sonaba en mi cabeza -canciones que nunca existieron- mientras los tejados del hospital y los árboles negros de la Dehesa de la Villa se hacían más y más pequeños debajo de mí.
Me recetó tres colirios que me echo a las horas pares. Y lo mejor, queridos todos, es que uno de ellos es un dilatador de pupilas. Con eso os lo digo todo. Besos for all.
Así que contuve la taquicardia y la hiperventilación, cogí el coche y zumbando al Puerta de Hierro. Y cuántos accidentes de ojos en el noroeste de Madrid un martes, la que iba delante me enseña su ojo, o lo que quedaba de él, y se pone:
-Me lo hice al colgar un cuadro, con un clavo.
Dios, o el clavo tenía el diámetro de una manzana reineta o a aquella mujer le había llovido una hostia.
-Pasa tú delante, que lo tienes peor -ofrecí. Más por quitarme de enmedio la visión de aquella lástima de ojo, hay que reconocerlo.
Y me llega el oftanmólogo -que estaba bastante bueno, creo, o mi escasa visión bidimensional me engañaba- y me pone varias gotas -con las que me entraron ganas de sacarme los ojos y frotármelos contra el jersey- y me hizo leer letras:
-La erre, la jota, eso me parece que es una ese...
-Vale, vale -me interrumpe-, que estás leyendo ya las que no veo ni yo-, y me dijo que tengo una visión del ciento cincuenta por cien. Incluso con mi ojo jodido. Pa que veáis.
Pero va el tío y me hecha otras gotas para dilatarme las pupilas y me pregunta:
-¿Con quién has venido?
-Solo -respondo amargamente, me sentí desamparado y nada querido en aquel momento, bajo aquella mirada escrutadora.
-¿En coche?
-Sí.
-Pues vas a tener que quedarte por aquí unas cuantas horas hasta que puedas ver.
-¿Es que voy a dejar de ver? -y ya no pude sujetar las amarras de la hiperventilación.
Oyes, qué flipe lo de las pupilas dilatadas. Echas en falta un par de copas, con un par de copas mi tarde de ayer en el hospital hubiera sido mejor que el mejor sábado por la noche. Qué visiones, qué colores. Así que disfruté de mi viaje sentado en un pasillo solitario de hospital entre una maltratada y una pija con legañas, pero lo disfruté a tope. Y el médico siguió haciéndome pruebas, pero él para mí era ya sólo una mancha, porque yo flotaba más arriba en mi fiesta particular de éter y silencio amplificado, bailaba en mi cabeza la música que sonaba en mi cabeza -canciones que nunca existieron- mientras los tejados del hospital y los árboles negros de la Dehesa de la Villa se hacían más y más pequeños debajo de mí.
Me recetó tres colirios que me echo a las horas pares. Y lo mejor, queridos todos, es que uno de ellos es un dilatador de pupilas. Con eso os lo digo todo. Besos for all.
Interés compuesto
Mi novio está encabronado, ¿quién lo desencabronará? Yo no, desde luego. Astérix temía que el cielo cayera sobre su cabeza, y yo, particularmente, lo que más temo es que mi novio caiga sobre la mía. Le ha salido malo su nuevo móvil y se pone:
-Es que todo es una mierda -y en mi mente se rotula "vaya por dios, con el Zoo hemos topado".
-Eso es una generalización -rescato mis conocimientos de psicología conductista y los esgrimo con paciencia, una vez más-. Algo habrá en tu vida que no sea una mierda. Tu hermana, por ejemplo -intento buscar algún hobby que añadir, pero no recuerdo ninguno, el Zoo sólo sabe profundamente de química.
-Por supuesto, Julio -se ofende.
-Pues ya está. No todo es una mierda. Comienza por no exagerar con el lenguaje y a lo mejor terminas por no exagerar con lo demás.
Pero vamos, que lo mejor que puedes hacer es apartarte de su camino y no salirle con esas cosas que, ellas solitas, pugnan por salir, tipo "la culpa es tuya por dar mil vueltas hastas encontrar una funda-calcentín de tu agrado en vez de probarlo en los siete primeros días por si salía malo". Pero hay veces en la vida que una sabiduría profunda surge de algún lado y te susurra al oído:
-Esto, Julito, no lo hagas.
Y sabes que debes hacerle caso. Lo sabes.
El JJ, el otro hombre de mi vida, con quien comparto mis almuerzos y mis jornadas laborales, está empeñado en convertirme en un inversor de fondo. No entiende que, si no sé qué va a ser de mí el fin de semana que viene, cómo voy a plantearme más allá de la anécdota su cuadro de inversiones a cuarenta años. Se lo ha currado en Excel y me lo ha mandado. Y se pica porque me lo paso por el forro.
-Pues invierte en Bosques Naturales -sugiere.
-Los árboles me tocan los cojones -le digo.
-Ay que ver. Un maricón como tú y que no haya salido ecologista.
Concretamente, lo ha dicho así:
-Ay que vé. Umaiomotú y que noasalío ecologihta -pero ya sabéis que yo tengo el traductor simultáneo más que atornillado en el cerebro.
Este es mi panorama vital últimamente. Un chico con poco sentido del humor por regla general y otro cuyos correos se titulan "La magia del interés compuesto". A veces, echo de menos a la Moni. Besos para todos.
-Es que todo es una mierda -y en mi mente se rotula "vaya por dios, con el Zoo hemos topado".
-Eso es una generalización -rescato mis conocimientos de psicología conductista y los esgrimo con paciencia, una vez más-. Algo habrá en tu vida que no sea una mierda. Tu hermana, por ejemplo -intento buscar algún hobby que añadir, pero no recuerdo ninguno, el Zoo sólo sabe profundamente de química.
-Por supuesto, Julio -se ofende.
-Pues ya está. No todo es una mierda. Comienza por no exagerar con el lenguaje y a lo mejor terminas por no exagerar con lo demás.
Pero vamos, que lo mejor que puedes hacer es apartarte de su camino y no salirle con esas cosas que, ellas solitas, pugnan por salir, tipo "la culpa es tuya por dar mil vueltas hastas encontrar una funda-calcentín de tu agrado en vez de probarlo en los siete primeros días por si salía malo". Pero hay veces en la vida que una sabiduría profunda surge de algún lado y te susurra al oído:
-Esto, Julito, no lo hagas.
Y sabes que debes hacerle caso. Lo sabes.
El JJ, el otro hombre de mi vida, con quien comparto mis almuerzos y mis jornadas laborales, está empeñado en convertirme en un inversor de fondo. No entiende que, si no sé qué va a ser de mí el fin de semana que viene, cómo voy a plantearme más allá de la anécdota su cuadro de inversiones a cuarenta años. Se lo ha currado en Excel y me lo ha mandado. Y se pica porque me lo paso por el forro.
-Pues invierte en Bosques Naturales -sugiere.
-Los árboles me tocan los cojones -le digo.
-Ay que ver. Un maricón como tú y que no haya salido ecologista.
Concretamente, lo ha dicho así:
-Ay que vé. Umaiomotú y que noasalío ecologihta -pero ya sabéis que yo tengo el traductor simultáneo más que atornillado en el cerebro.
Este es mi panorama vital últimamente. Un chico con poco sentido del humor por regla general y otro cuyos correos se titulan "La magia del interés compuesto". A veces, echo de menos a la Moni. Besos para todos.
El ancho de banda
Mi novio se piensa que yo sólo voy a su casa porque tiene Shareaza, que es un invento de esos para descargarte música compartida -no quiero poner la palabra "ilegal" en mi blog que luego salgo en las búsquedas de la policía científica-. Total, porque llego, le doy un beso y corro como un loco al ordenador mientras él prepara los sandwiches -ya os conté que pronuncia "sandwich" como cortando la palabra, como diciendo primero sand, arena, y luego el resto, y a mí me da un poco grimilla-.
-¿Te importaría venir a aliñar la ensalada? -me grita, desde la cocina.
-Un momento, que sólo encuentro Girl In a T-shirt a ciento veintiocho.
Y con su hermana delante. Yo, es que cojo confianza y soy lo peor.
Y me dice para probarme:
-Pues que sepas que vamos a estar quince días sin internet en la nueva casa -es que se cambian de piso, a partir del mes que viene pasaré los fines de semana en Usera.
-Ya ves -yo finjo que me da igual, pero en realidad se me helaron las venas.
Y le beso y estoy mirando por el rabillo del ojo a ver cómo van las barritas de descarga, y qué placer cuando las ves alargarse y juntarse unas con otras hasta formar un flamante todo virtual. Y no es que me excite en su regazo, es que me exalto cuando, lenta pero inexorablemente, las canciones se completan y salen del Shareaza y entran para siempre en mi disco duro. Bueno, en su disco duro. Y me lo quito de encima de pronto y me pongo:
-Un momentito, que pongo la once a bajar.
-No me lo puedo creer -se despega de mí con razón, que he interrumpido el beso.
-Joer, no vamos a desaprovechar ancho de banda.
Pero bueno, sabéis que el amor es lo más importante del mundo para mí, vosotros lo sabéis, así que podríais decirle al Zoo que yo le querré igual con o sin ancho de banda, con o sin Shareaza, con o sin tarifa plana, y que sólo no lo querría si no besara igual, si no tuviera esa mirada que ilumina los atardeceres como si amanecieran, si no hiciera de las noches breves eclipses parciales, si no hiciera de mí un tipo mejor, más listo y con la espalda más erguida que antes.
-¿Te importaría venir a aliñar la ensalada? -me grita, desde la cocina.
-Un momento, que sólo encuentro Girl In a T-shirt a ciento veintiocho.
Y con su hermana delante. Yo, es que cojo confianza y soy lo peor.
Y me dice para probarme:
-Pues que sepas que vamos a estar quince días sin internet en la nueva casa -es que se cambian de piso, a partir del mes que viene pasaré los fines de semana en Usera.
-Ya ves -yo finjo que me da igual, pero en realidad se me helaron las venas.
Y le beso y estoy mirando por el rabillo del ojo a ver cómo van las barritas de descarga, y qué placer cuando las ves alargarse y juntarse unas con otras hasta formar un flamante todo virtual. Y no es que me excite en su regazo, es que me exalto cuando, lenta pero inexorablemente, las canciones se completan y salen del Shareaza y entran para siempre en mi disco duro. Bueno, en su disco duro. Y me lo quito de encima de pronto y me pongo:
-Un momentito, que pongo la once a bajar.
-No me lo puedo creer -se despega de mí con razón, que he interrumpido el beso.
-Joer, no vamos a desaprovechar ancho de banda.
Pero bueno, sabéis que el amor es lo más importante del mundo para mí, vosotros lo sabéis, así que podríais decirle al Zoo que yo le querré igual con o sin ancho de banda, con o sin Shareaza, con o sin tarifa plana, y que sólo no lo querría si no besara igual, si no tuviera esa mirada que ilumina los atardeceres como si amanecieran, si no hiciera de las noches breves eclipses parciales, si no hiciera de mí un tipo mejor, más listo y con la espalda más erguida que antes.
Destinatario: Keith Haring
Querido Keith Haring,
te escribo porque hoy amanece Madrid con una pintura tuya en las portadas de los periódicos [20 Minutos]. Por fin te exponen en esta ciudad. Lo merecías, esta ciudad también hervía en los ochenta, cuando tú ponías a hervir Nueva York. Nadie como tú -o tal vez Francis Bacon- supo pintar lo que duele vivir y la belleza, en el fondo, de tanto dolor. Tu propuesta se convirtió en icono, pero sólo la fácil, porque en pocos sitios he visto, y yo los guardo para mí, tus últimos dibujos a tinta en un cuaderno, los mejores, los que te ponen a la altura de Picasso, aunque les joda a los autores de cánones.
Al menos lo pasaste bien con tu novio, el negro guapo, que te pasó el bichito mamón, como si fuera culpa suya, como si ambos no hubiérais merecido vivir, desde luego mucho más que, pongamos, los finalistas de Operación Triunfo. Pero no viviste, dejaste un cadaver joven -como Basquiat- y una estela de vida y arte -del auténtico, del que nace de ser más humano que los humanos- que en estos tiempos de bonanza, de mercantilismo y de democracias asentadas nos está costando encontrar, y eso que rastreamos.
Hoy hay culpa alrededor del VIH, también prevención -y eso está bien-, pero hay tanta consciencia que los que pintan piensan en decorar los despachos de los consejeros delegados y en pagar las letras de sus casas con jardín trasero. Tú también viviste el mamoneo -al menos nadie se convirtió en tu mecenas para echarte un polvo, como a Basquiat le ocurrió con Warhol-, pero follabas con tu novio y sólo pensabas en el amor, igual que cuando pintabas, y no es que pagaras por ello, como les gusta pensar a los cristianos -que adoran la culpa-, es que el bichito es salvaje cuando se trata de la probabilidad.
Pero da igual, porque estás en los libros y en los lapiceros de los niños, y lo estarás mañana -cosa que no les ocurrirá a los de OT- y le harás el viernes feliz a alguien en otro tiempo y otro sitio cuando lea en los periódicos que te exponen en su ciudad.
te escribo porque hoy amanece Madrid con una pintura tuya en las portadas de los periódicos [20 Minutos]. Por fin te exponen en esta ciudad. Lo merecías, esta ciudad también hervía en los ochenta, cuando tú ponías a hervir Nueva York. Nadie como tú -o tal vez Francis Bacon- supo pintar lo que duele vivir y la belleza, en el fondo, de tanto dolor. Tu propuesta se convirtió en icono, pero sólo la fácil, porque en pocos sitios he visto, y yo los guardo para mí, tus últimos dibujos a tinta en un cuaderno, los mejores, los que te ponen a la altura de Picasso, aunque les joda a los autores de cánones.
Al menos lo pasaste bien con tu novio, el negro guapo, que te pasó el bichito mamón, como si fuera culpa suya, como si ambos no hubiérais merecido vivir, desde luego mucho más que, pongamos, los finalistas de Operación Triunfo. Pero no viviste, dejaste un cadaver joven -como Basquiat- y una estela de vida y arte -del auténtico, del que nace de ser más humano que los humanos- que en estos tiempos de bonanza, de mercantilismo y de democracias asentadas nos está costando encontrar, y eso que rastreamos.
Hoy hay culpa alrededor del VIH, también prevención -y eso está bien-, pero hay tanta consciencia que los que pintan piensan en decorar los despachos de los consejeros delegados y en pagar las letras de sus casas con jardín trasero. Tú también viviste el mamoneo -al menos nadie se convirtió en tu mecenas para echarte un polvo, como a Basquiat le ocurrió con Warhol-, pero follabas con tu novio y sólo pensabas en el amor, igual que cuando pintabas, y no es que pagaras por ello, como les gusta pensar a los cristianos -que adoran la culpa-, es que el bichito es salvaje cuando se trata de la probabilidad.
Pero da igual, porque estás en los libros y en los lapiceros de los niños, y lo estarás mañana -cosa que no les ocurrirá a los de OT- y le harás el viernes feliz a alguien en otro tiempo y otro sitio cuando lea en los periódicos que te exponen en su ciudad.
El descanso del guerrero
Cuando la vaquilla apareció de las sombras, lo primero que pensé es "no es tan grande". Pero en cuanto vi que tardaba tres segundos y medio en recorrerse el arco de la plaza hasta nuestro burladero, los cataplines se me pusieron duros como piedras.
-Te toca -me dijo nuestro general disfrazado, y me alargó el cazo. Sin pensarlo corrí hacia el centro de la arena, donde estaba el gran cubo de agua, de la cuál yo me debía llevar parte en mi recipiente. Con el agua en mi cazo, la vaquilla reparó en mí y me decidió como un objetivo probable.
-Su puta madre -susurré, sólo yo me oí, y corrí como alma que llevaba el diablo. Eché el agua en nuestro cubo, lo que quedaba de ella, y salté, me raspé el costado con el ladrillo encalado y caí en la grada. Más tarde me dijeron que la vaquilla sólo me había mirado, y que no había movido ni una sola pata hacia mí.
Así empezó la noche, y yo me fui confiando y hasta me puse a la Noe al hombro y la aupé para tratar de conseguir plátanos de gominola, teniéndole a la vaquilla no más miedo que a un perro callejero. Pero llegó la última, que ya era una vaca un rato más grande, con turbo inyección en las patas traseras, y había que recoger canicas del centro del coso. La traca final en cuanto a pruebas, vamos.
-No corráis en línea recta -nos había advertido el animador. Íbamos segundos y podíamos alcanzar a los primeros, que iban disfrazados de homeless.
Pues no me había metido el primer puñado de canicas en el bolsillo -tres cuartos de tierra, en realidad- cuando noté que el espacio se plegaba detrás de mí y el aire llegaba antes que el sonido y de pronto la enorme vaquilla se hizo gigante en mis retinas.
No hubo adrenalina suficiente en el mundo para inyectarse en mis venas. De nada me sirvió.
Me alcanzó. Me volteó. Vi la plaza desde arriba, las gradas, los focos, la gente absurdamente disfrazada tan abajo y yo pensé "hostias, qué bonito es todo desde aquí".
Y caí.
Así que llegué a casa de Zoo a las 4.00 AM borracho, sucio, con la camiseta blanca -ya marrón- desgarrada, los pantalones caquis con las rodillas desgastadas y conservando aún mis chapitas del Vietnam y mis gafas de pera, con heridas -no raspones, heridas- en el antebrazo y encima de la cadera. Parecía de verdad de venir de la toma de Shaigon. El Zoo, que no había sido avisado del disfraz, que no sabía nada de vaquillas, que debía creer que me esperaba después de un festejo corporativo y formal, abrió la puerta visiblemente recién despertado y se encontró ante mí de esa guisa que os comento.
-Toma -dije, y le extendí mi regalo plastificado-. Te he traído una camiseta de la fiesta. Creo que es tu talla.
-¿Pero qué es esto? -sus ojos se abrían de par en par.
-¿No te comenté lo del disfraz, no?
Por un momento pensé que no me dejaría pasar, que me echaría para siempre de su casa, de su guerra y de su vida, yo, que había tomado la plaza de Fuente el Saz para él, que había conseguido un segundo puesto y un bono regalo del Corte Inglés por valor de 40 euros, que llamaba a aquella puerta para obtener lo que creía merecer: el descanso del guerrero.
-¿Te has lavado eso con jabón? -preguntó, reparando en mi antebrazo.
-No había jabón. Y creo que me he hundido una costilla.
-Y hueles a tabaco.
-Imposible. Era al aire libre -caí tarde en que aquello acababa de ser una confesión. Auné mis últimas fuerzas y conseguí sonreír-. Me duele todo. ¿Puedo pasar?
Me evaluó durante unos instantes, se evaluó a sí mismo durante otros tantos y dejó caer los hombros con un bufido. Se hizo a un lado y susurró:
-Tengo yodo.
Nunca una frase de amor me había gustado tanto.
-Te toca -me dijo nuestro general disfrazado, y me alargó el cazo. Sin pensarlo corrí hacia el centro de la arena, donde estaba el gran cubo de agua, de la cuál yo me debía llevar parte en mi recipiente. Con el agua en mi cazo, la vaquilla reparó en mí y me decidió como un objetivo probable.
-Su puta madre -susurré, sólo yo me oí, y corrí como alma que llevaba el diablo. Eché el agua en nuestro cubo, lo que quedaba de ella, y salté, me raspé el costado con el ladrillo encalado y caí en la grada. Más tarde me dijeron que la vaquilla sólo me había mirado, y que no había movido ni una sola pata hacia mí.
Así empezó la noche, y yo me fui confiando y hasta me puse a la Noe al hombro y la aupé para tratar de conseguir plátanos de gominola, teniéndole a la vaquilla no más miedo que a un perro callejero. Pero llegó la última, que ya era una vaca un rato más grande, con turbo inyección en las patas traseras, y había que recoger canicas del centro del coso. La traca final en cuanto a pruebas, vamos.
-No corráis en línea recta -nos había advertido el animador. Íbamos segundos y podíamos alcanzar a los primeros, que iban disfrazados de homeless.
Pues no me había metido el primer puñado de canicas en el bolsillo -tres cuartos de tierra, en realidad- cuando noté que el espacio se plegaba detrás de mí y el aire llegaba antes que el sonido y de pronto la enorme vaquilla se hizo gigante en mis retinas.
No hubo adrenalina suficiente en el mundo para inyectarse en mis venas. De nada me sirvió.
Me alcanzó. Me volteó. Vi la plaza desde arriba, las gradas, los focos, la gente absurdamente disfrazada tan abajo y yo pensé "hostias, qué bonito es todo desde aquí".
Y caí.
Así que llegué a casa de Zoo a las 4.00 AM borracho, sucio, con la camiseta blanca -ya marrón- desgarrada, los pantalones caquis con las rodillas desgastadas y conservando aún mis chapitas del Vietnam y mis gafas de pera, con heridas -no raspones, heridas- en el antebrazo y encima de la cadera. Parecía de verdad de venir de la toma de Shaigon. El Zoo, que no había sido avisado del disfraz, que no sabía nada de vaquillas, que debía creer que me esperaba después de un festejo corporativo y formal, abrió la puerta visiblemente recién despertado y se encontró ante mí de esa guisa que os comento.
-Toma -dije, y le extendí mi regalo plastificado-. Te he traído una camiseta de la fiesta. Creo que es tu talla.
-¿Pero qué es esto? -sus ojos se abrían de par en par.
-¿No te comenté lo del disfraz, no?
Por un momento pensé que no me dejaría pasar, que me echaría para siempre de su casa, de su guerra y de su vida, yo, que había tomado la plaza de Fuente el Saz para él, que había conseguido un segundo puesto y un bono regalo del Corte Inglés por valor de 40 euros, que llamaba a aquella puerta para obtener lo que creía merecer: el descanso del guerrero.
-¿Te has lavado eso con jabón? -preguntó, reparando en mi antebrazo.
-No había jabón. Y creo que me he hundido una costilla.
-Y hueles a tabaco.
-Imposible. Era al aire libre -caí tarde en que aquello acababa de ser una confesión. Auné mis últimas fuerzas y conseguí sonreír-. Me duele todo. ¿Puedo pasar?
Me evaluó durante unos instantes, se evaluó a sí mismo durante otros tantos y dejó caer los hombros con un bufido. Se hizo a un lado y susurró:
-Tengo yodo.
Nunca una frase de amor me había gustado tanto.





