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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Nochebuena
Cómo moló la cena de Nochebuena, hasta nos dimos nuestros regalos, que es lo que a mí me interesa -mis hermanas me miran con ternura, ven que no he cambiado desde que era así de pequeño- y nos empachamos y vimos tonterías por televisión. Yo ya bebo hasta delante de mi madre, y mis hermanas, que me tienen enchufe, no me dicen nada, incluso cuando me paso rescatando el whisky J&B de 15 años que mi madre, pensándose que era brandy, utilizaba para cocinar, y me lo echo con Coca-cola de esa que ya ha perdido el gas. Así que le venía quedando un pollo cojonudo todo este año, y no sabías por qué era.

Mi madre montó su típico numerito con el cava, que dice que se le baja a los pies, que le pasan cosas rarísimas -ella llama "cosas rarísimas" a emborracharse, ya véis, se cree que está descubriendo América- y se daba abrazos con la Jose -entre las dos suman más de siglo y medio- que es la madre de mi cuñado. Todos coincidimos en que está estupenda, la Jose, y ella echándole la charla a su hijo porque se le había olvidado traerle un colgante de oro con la virgen de no sé dónde que se había dejado en Aguilar, para fardar con las compis de la residencia, que allí fardan de joyones, a ver qué van a hacer. Y le decía la nuera, con toda su buena fe:
-No se preocupe, Jose, que la próxima vez no nos lo olvidamos.
Y ves que la Jose la mira furibunda como pensando:
-Sabrás tú, que te llevaste a mi hijo el pequeño.
Las madres son como son, y la mía no tenía con quién meterse, porque el novio de mi hermana pequeña lo celebraba con sus padres, mi otra hermana está separada -que la última vez que yo vi a este cuñado mío yo creo que no tenía ni vello púbico, a no ser de encontrármelo por el Corte Inglés, que eso me pasa cada año- y mi novio está en Burgos; bueno, está el marido de mi hermana Mari, pero este no cuenta porque mi madre lo quiere más a él que a mi hermana. De hecho, mi madre no nos quiere nada a mi hermana Mari y a mí, es que nosotros la enfrentamos a sus miedos más ancestrales.

Hice mi vídeo tradicional, con mi madre diciendo aquello de:
-Se me cae la dentadura.
Aunque en este vídeo está muy graciosa, hasta baila. Y no insulta a nadie. Mis hermanas me coaccionan para que las saque guapas, pero es que vosotros sabéis que la luz cenital de unos fluorescentes no da para mucho, demasiado que no sales con cara de iguana. Y mi sobrina Andre siempre posando, ella detecta la luz roja de la cámara aunque haya un tabique maestro de por medio.

Creo que tendré que hacer varias ediciones del vídeo, porque en mi familia nos citamos mucho unos a otros. Si nuestra vida fuera una novela, habría en cada página tres líneas de texto y el resto sería un chorreo de citas. Mi madre presenta la característica de que, hable lo que hable de alguien, aunque no sea intrínsecamente malo, es la típica cosa que nunca trasladarías a dicha persona, no sin el estómago encogido.

Qué hostias, me arriesgaré. Dejaré el vídeo como está y si hay cismas familiares, que los haya. Besos para todos.
 
La fiesta de la empresa
Ayer el Yorch dijo que hoy quería emborracharse, y yo nunca le había escuchado decir nada similar en la historia de mi vida. Los vellos se me erizaron todo lo que son de largos. Su novia y yo teníamos claro como el sol en un día de verano -o como que no me ha tocado el Gordo, a pesar de que me he rezado todo lo que sabía- que hoy nos pillamos una guapa, pero si el Yorch te reconoce algo así es que, verdaderamente, estos son tiempos de cambio e incertidumbre.

Es que hoy tenemos la fiesta de la empresa. Ya sabéis, sitios elegantes y casposos que se convierten en la cámara de los horrores sin solución de continuidad. Que me voy a emborrachar, eso es algo que está fuera de toda duda: reconozco que "Julitros" no es un apodo que yo me merezca, menos aún si los que me pusieron son los alcohólicos indisimulados de mis amigos de Aguilar, pero desde luego, tampoco es el típico apelativo descabellado en lo que me concierne. Pero este año no será con ilusión, porque, como sabéis, yo no estoy a favor de la pena de muerte, excepto en el caso de la directiva de esta santa empresa. Así que no es ilusión lo que corre por mis venas, sino más bien un líquido negro y espeso llamado odio racial -hacia la raza a la que pertenece mi jefe, sea la que sea, y si es que es de este mundo-.

El año pasado lo tuvimos todo: el JJ que se guardaba las lonchas de jamón de Jabugo en una servilleta y después en el pantalón de su traje, las alusiones del director general a mi gorrito blanco micrófono en mano, los besos desprejuiciados y metidas de mano entre cierto gerente y cierta analista-programadora, conociendo tú las parejas de ambos, te frotabas los ojos porque no dabas crédito a tanto cuerno junto, la discoteca de negros a la que fuimos al final, en la que nos pasaron un detector de metales al entrar, como si estuvieramos en Harlem, y yo bailé con una negra espectacular, pero a mí el que me gustaba era el novio... esas cosas que convierten una noche normal en una noche memorable. Pero hoy no doy un duro por la fiesta. Ni por mi hígado, vale, así que, de todas formas, qué más da.

Y es que prefiero irme a la fiesta que quedarme en casa, porque estoy enfadado con mi madre. Su forma de entablar conversación conmigo en los últimos días ha sido, por ejemplo: "te pasa como a tu padre de joven; que no tienes arranque"; o "vaya mierda de cesta que te han dado este año, no me extraña que te vayan a echar, según van las cosas"; o "¿Qué, los padres de tu novio siguen no quieriéndote ver ni en pintura?". Así que ayer me enfadé -esta vez sin desparramar la cena por el suelo de la cocina- y así andamos. Menuda perspectiva. Besos para todos.
 
Mis cosas raras y yo
Ayer, mientras Nuri y Casti cenaban por Chueca -cuidado que nos gusta repetir en el Bazaar- y Yorch y Noe -y otros seis amigos, bien es cierto- cenaban un huevo de avestruz del tamaño de Zaire y se regomitaban a continuación, yo, vencido por el fin de semana, el frío y la incertidumbre laboral, me fui a casa, cosa rarísima en mí, como me ha sido señalado, cenaba y me quedaba dormido en el sofá. Esto sí que es inédito hijos míos. Jamás en mi vida, nunca jamás, me he quedado dormido viendo la tele. Hasta ayer. Algo huele a podrido en Dinamarca. Algo ocurre en mi interior. Me hago viejo. Tengo hambre -mucha- a las once de la mañana , me quedo dormido por la noche... ¿Queréis más pistas? Que me estoy haciendo viejo, hombre. Que no me reconozco.

Así que me quedé frito y me desperté con las Revelaciones de San No-sé-quién en la televisión y una llamada del Zoo y miles de taquicardias, y no sabía quién era ni dónde me encontraba. Así que no cogí el teléfono porque, para articular cosas inconexas, mejor no descolgar. Me lavé los dientes, me hice una manzanilla, me senté rígido en el sofá y miré la tele sin volumen -me parecía de locos aquella peli de las Revelaciones- hasta que se me pasó aquella desasosegante sensación de irrealidad.

Y es que por la tarde me había ido a un lugar que no conocéis y que está en el extremo del mundo conocido, que se llama Parque Oeste y que está en un país llamado Alcorcón, al final de la línea C-5 de tren, que por mí, podía ser tan larga como el Transiberiano. Y allí compré -por tercera vez, os advierto- el regalo del Zoo. ¿Os conté que quería una estación meteorógica, y que he aprendido mucho del tenebroso subuniverso de las estaciones meteorológicas, que las fabrica una oscura compañía llamada Oregon Scientific? Pues es la tercera que compro, porque me voy enterando de mega-estaciones con sus mega-movidas y yo quiero que el Zoo tenga la mejor estación del mundo, ya sabéis cómo soy yo. Y, como aún no he descambiado las anteriores, tengo tres estaciones, una encima de otra, apiladas en mi armario al lado de las cazadoras. No se lo he dicho a mi madre, porque se pensaría que estoy loco. Igual que no he dicho en mi casa que el sábado pasado, después del teatro, no me fui de copas con mis amigos, sino que me fui a ver yo solo King Kong a la sesión golfa. Bueno, ya lo sabéis, familiares míos. Es que no quería que pensárais que estoy loco, capaz de meterme tres horas de cine a continuación de dos horas de teatro. Total, el Julitros que se va de copas es mucho más fácil de creer.

Pues volvía de ese planeta esquizofrénico llamado Parque Oeste y me bajé en Chueca con la sana intención de acudir a mi quede para cenar con Nuri y Casti. Pero, hijos míos, no me tenían las fuerzas y además dependía del tren, y no del coche, para volver a casa. Odio los horarios que no terminan en números redondos (tipo 23:38, que lo llevo grabado a fuego en un costado, último tren por Principe Pío). Así que me volví a meter en el metro.

En fin, ya lo sabéis todo: uno, el sábado fui al cine en vez de copas; dos, tengo tres estaciones meteorológicas en casa envueltas en papel de regalo; y tres, Nuri y Casti, llegué hasta la plaza de Chueca pero me di la vuelta. Dios, creo que de esta me quedo sin amigos y familiares. Besos para todos.
 
Ton Gonic
Puedo ser eufemístico si queréis, hijos míos, pero no me da la gana: tengo una resaca que me cago. De hecho, colocad este último verbo en pretérito perfecto y tendréis una de las tareas en que he ocupado mi mañana. Me mareo, me tiemblan las piernas y los pensamientos transcurren a lo largo de mis neuronas como el Manzanares por Madrid: discontínuos o directamente inexistentes.

Todo por la culpita del Ton Gonic -está bien escrito-, que es gin tonic pero con el toque de local en cuestión. Y dios, estába buenísimo, y como en la oficina de Zambra y Revuelo me había tomado unos quinientos mil M&Ms, que los dejé derretir en mi boca y no en mi mano antes de engullirlos, pues no tenía hambre, así que el sector sur, o sea, la Christel, el Yulian y yo, nos pedimos los siete pinchos de la casa -menuda mariconada de pinchos, había uno que parecía y sabía a, os lo juro, chorizo de gambas-, más bien en una especie de excusa porque aquello era un restaurante, al fin y al cabo, y nos liamos a pedir cócteles. Y lo mío fue el Ton Gonic. Ay, dios. Me arrepiento de todos mis pecados.

Y a nuestro lado cenaban los redactores del "Qué me dices" -niñas y gays, como os podéis imaginar- y nosotros a lo nuestro, los cócteles y las batallitas del impagable Álex, que perdió la virginidad con una francesa en Alemania, que le dijo:
-En Francia nosotras nos follamos a los hombres.
A lo que él respuso:
-Pues España mandamos nosotros, así que calla y chúpamela.
Ya sabéis cómo son las francesas, que mandan ellas pero a veces lo disimulan muy bien. Y allí en Alemania el Álex aprendió alemán e hizo trabajos titulados "El machismo en España", en serio, y perdió la virginidad y se olvidó por un momento de coger olas en Santander, que es para lo que él ha venido al mundo.

Pues lo pasamos muy bien y nos vimos todos muy guapos y nada gordos, y a mí me dijeron que había echado tetas, lo cuál es un halago, porque sabéis que voy al gimasio por empuje total de mi mera fuerza de voluntad, que si por mí fuera, le iban a dar mucho por culo al sitio ése lleno de vigoréxicos y cortos mentales. Lo siento, vigoréxicos míos, pero es lo que pienso.

Voy a ver si llego a casa sin echar la raba. Qué difícil me va a ser. Buen finde a todos.
 
Nuestro árbol de navidad
Ayer estuvimos en mi casa poniendo el árbol de navidad. El árbol de mi casa es super cutre. Por ejemplo, utilizamos la pata hueca de una mesa antigua de mármol que teníamos -Casti, su mujer y alguno más, participan de la opinión de que aquella mesa cascó porque mis padres hicieron el amor sobre ella a los setenta y pico años; yo, como comprenderéis, sé a ciencia cierta que esto pertenece al género de la ciencia ficción-. Mi padre apaña unas revistas, las enrolla y mete el tronco de nuestro árbol despelujado -es de plástico, claro, y ya tiene unas temporadas- y luego todo ello en la pata de mármol, y así se sostiene a duras penas. Y los adornos que le enganchamos -siempre más por delante que por detrás, típico- son un mix de varios años, hay bolas plateadas y doradas, bolas con un tosco Papá Noel pintado y algunas sorpresas de Kinder que me tocaban a mí. Pulpos con tres brazos, fantasmitas, mascotas de Mundial, objetos así. Y tenemos espumillón de dos colores y de un sólo color, y algún lazo de tarta de Mallorca, y lo ponemos ahí todo junto y nos quedamos tan anchos.

El año pasado hice un vídeo de mi padre poniendo el árbol y luego lo metí música de Chopin y el resultado fue, cómo decirlo, desasosegante. Yo creo que Fellini no conseguía esos climas.

Ayer entró mi madre y hasta ella misma, que se dejó el sentido de la estética en la primera posguerra, cuando no había tiempo para pensar en combinaciones de color, dijo:
-¿Pero qué clase de mierda es esa? -sabed que mi madre utiliza la palabra "mierda" en contadas ocasiones.
Mi padre, mi hermana y yo, que nos habíamos dedicado celosamente al árbol durante un buen rato -más ellos, que yo retomé la cámara de vídeo e intenté hacer la secuela, consciente como soy de que segundas partes no son buenas-, defendimos nuestra instalación del Reina Sofía como fieras.
-Hasta un tonto lo haría mejor -añadió mi progenitora. Ella siempre nos pone a los tontos como el ejemplo de lo peor del mundo, peor que las hambrunas y las pestes medievales, y se te pone la piel de gallina, porque sospechas que en el fondo ella piensa que el tonto más tonto lo tiene en casa y delante de sus narices.
-Pues hazlo tú, lista -se defiende mi padre. Mi padre no tiene pelos en la lengua, sobre todo en lo tocante a mi madre.
-Sólo me faltaba eso, con las rodillas como las tengo -y se pira airadamente de nuevo a la cocina. Ella está por encima del bien y del mal. Así, al menos, es como se pasea por la vida.

Así que nos adentraremos en las navidades con nuestro árbol chuchurrío sin complejos. Más tarde quise hacerle un book apresurado a mi hermana pero no se dejó, que si estaba con la ropa de andar por casa y el pelo fatal, y le dije que se parecía a la fea de "En sus zapatos" -os recomiendo esta peli- y a los dos nos dio un ataque de risa de esos que te devuelven dos años de vida. Nuestras navidades son así. Entre patéticas y descojonantes. Me gusta, hijos míos. Besos para todos.
 
Árboles redondos en la Torre Eiffel
Últimamente recuerdo lo que sueño. El otro día soñé que subía a la Torre Eiffel y me pillaban para encargado de la tienda de souvenirs del piso medio mientras las dependientas se iban a comer de tupper. Y venía una excursión de niños chinos y se me subían a una especie de árbol redondo que había ahí y me lo destrozaban todo. Qué nervios. Y me despierto y se lo cuento al Zoo y me dice que, efectvamente, hay una tienda de souvenirs en el segundo piso de la Torre Eiffel. Se me heló la sangre en las venas. Porque yo nunca he estado. Y os pensáis que al inconsciente le resbalan las cosas que escuchas de pasada a los seis años. Qué ingénuos.

Y esta noche -me he despertado a las 9:00 porque no tengo despertador, que se lo he dejado a mi hermana, a la que no le da tan igual si la echan o no- he soñado que entraba a hablar con mi director general y terminábamos pegándonos, y como pesa cincuenta kilos más que yo me hacía varias llaves de artes marciales. Yo qué sé.

Y el sábado fuimos a cenar con mi hermana y unos amigos y un amigo de mi hermana me habla orgulloso de las lámparas de calor para cultivar maría que le ha comprado a uno de sus hijos, y que si el otro día llegó el chaval con la boca pastosa y mucho hambre a las tantas y desayunaron juntos. Porque él es un padre moderno y le parece bien que su hijo veranee sí o sí en Holanda cada verano. Pues bueno es él.

Y ayer fuimos a ver "La estrategia del caracol" a la Filmoteca y alguien se pone en pie de pronto y grita:
-¡Viva la especulación!
Y a la señora de mi lado se le caen los Episodios Nacionales -uno de ellos- del bolso y me tira la lata de Coca-cola Light y me mira fatal, encima, porque a la Filmoteca no se puede llevar comida. Y la película estaba tan picada que parecía que estuvieran asando unas chuletas detrás de la pantalla, así que el de la especulación grita de nuevo:
-¡El sonido, hostias!
Y yo comeré en la Filmoteca, pero sé que la banda sonora va en el celuloide y, si quieres sacar el sonido picado, ve a por unas tijeras, gilipollas. Me encantó la película, a pesar de que cuando me agaché a por los Doritos, resulta que les había caído la Coca-cola encima y estaban blandos.

Y después de la peli vengo haciendo fotos por Lavapiés y un morito colocado se me pone chulo porque dice que le había hecho una foto a él, y me invento que se la había hecho a un monigote pintado con la tiza en una esquina. Esto es imaginación defensiva, hermanos, y no los tanques de cartón en Kuwait.
-Ah, ese bicho mola -se pone el moro-. Y además está fumando un porrito -efectivamente, el monigote tenía un peta en la boca.
-Por eso mola -dije, y sonreí, lamentando no mostrar los típicos dientes negros.
-¿Vives en Lavapiés? -me pregunta.
-Sí, ahí mismo en Ave María.
-Tengo barato.
-Gracias tío, acabo de comprar ahí arriba.
-¿Ah, sí? ¿A quién?
Maldición, Julio, improvisa.
-A uno con una cazadora blanca -siempre llevan cazadora blanca.
-Ése no lo tiene bueno. La próxima vez, búscame -y me dio la mano. Se dio la vuelta y se piró con ese andar que es mitad andar, mitad saltitos.

Y ahora me muestra el Yorch una foto de Esperanza Aguirre sentada en el suelo con un portátil en el regazo y un móvil en la oreja, semejante estampa en una página de la Comunidad de Madrid que acerca las nuevas tecnologías al ciudadano, y allí está ella, sintiendo su centro, campechana y feliz, publicitaria y tan absurda y fuera de lugar como un puesto de castañas en el Mar de la Tranquilidad. ¿Me he despertado o sigo en mi sueño de la Torre Eiffel?
 
Mi hermana Mari
A ver, hijos míos. ¿Quién de vosotros, insensatos lectores, ha buscado en Google -y ha llegado a estas páginas, por añadidura-, cito textualmente, "mi madre gritando que la joda con mi polla por la boca"? ¿Pero estáis enfermos mentales o qué? Sé que es alguien de Montgeron, en Fracia. Como ves, especie de degenerado, te estoy siguiendo la pista y pienso llegar a la gendarmería de la Bretaña si es necesario. Hombre, ya.

Pero vamos a lo que nos ocupaba en anteriores posts. Después de unos días en que la peña a mi alrededor me llama interesándose por mi estado de ánimo y el de mi novio en lo tocante al hecho -debidamente publicitado aquí, que yo no sé si eso está bien o no, pero desde cuándo yo tengo cuidado con lo que escribo en este blog, si es que soy un exhibicionista desconsiderado- de que su padre no me acepta. Todos sabemos que en realidad a quien no acepta es a su hijo, y vosotros mejor que yo, que yo he tardado en enterarme. Y me enteré porque ayer llegó mi hermana Mari y de nuevo se produjo ese pequeño milagro que ocurre a menudo en mi casa, y es que, cuando mi hermana Mari habla, todos los demás nos callamos y escuchamos. Y ella sienta cátedra -en un sentido positivo, edificador y descaradamente humano, por imperfecto- y todos aprendemos un nuevo punto de vista que, de algún modo, se convierte en nuestro punto de vista oficial. Y ayer ella apacigüó mis ánimos sedientos de sangre paternal y me hizo sentirme como lo que soy, un inmaduro que exige la madurez ajena. Soy torpe e inpetuoso, y no es el ímpetu ése sobrevalorado de la juventud, que por lo menos es bonito de ver, es el ímpetu tambaleante y feo de quienes ya no tienen edad, de quienes saben que ya no cuentan con el beneplácito de la adolescencia y se rebotan al verse analfabetos a pesar de la experiencia.

Pero yo tengo mucha facilidad para perdonarme a mí mismo, así que ya está: me perdono. Porque ayer fui a por palomitas para Zoo incluso cuando ya habían empezado los títulos de crédito. El amor -o como queramos llamar a esto- que yo siento puede ser inmaduro, y es tan egoísta como sólo un amor inmaduro puede serlo, pero sé que yo me siento bien y que él se siente bien. No siempre, por supuesto. Sólo a veces. Pero cuando se produce ese milagro de coincidencia y elevación ya sabéis lo que me ocurre: que vuelo por encima de los tejados. Besos para todos.
 
La pata del cabrito
Ayer nos fuimos a comer cabrito y cordero a Sigüenza -también vimos la catedral y el castillo, pero eso es lo de menos-. Creemos que el Alvarito se comió la única pata de cabrito que había en la cazuela, así que creo que nosotros sólo comimos cordero.

No me preguntéis por qué, al final terminé en casa del Zoo -con su padre durmiendo en la habitación contigua, se entiende-. Es decir, entrando a hurtadillas como si fuera un caco. Me dijo Zoo, viendo las horas que eran y que yo debía regresar a mi hogar dulce hogar, con mis propios padres ancianos y mi vida un poco crepuscular a los treinta y dos años:
-Bueno, ahora no enocontrarás mucha gente en la carretera.
-No te creas -repuse yo- la M-30 está ahora llena de amantes que regresan a sus casas. Aunque muy pocos habrán yacido a menos de tres metros del padre mosqueado de su amado.
No llevo bien que el padre de mi novio no me quiera ver ni en pintura, y debe ser que aprovecho la mínima para tirársela. No quería subir a su casa porque el orgullo, hijos míos, es como una espada de Damocles metida en el culo -ya se que la original pendía sobre la cabeza del griego, pero en este caso es más como digo-, y yo antes muerto que bailarle el agua al prejuicio, por mucho que el prejuicio encarnado sea el padre de la criatura, pero es que Zoo me lo pedía y bueno, yo también quería sacarle la camiseta de encima. También pensé que dos pollos en dos días seguidos por la misma causa, en este caso la irrupción de un progenitor iracundo que parece que en vez de asomarse a la vida ha estado alternando su pulular entre los campus universitarios y las montañas de Heidi, hubieran sido mucho pollo. Como dice la Marisa, no hay que estirar la manta más de lo que son los pies.

El Zoo me decía que aguantara, que ánimo, que sólo eran quince días, y yo, luego de salir de puntillas -con las ganas que me pasé de pegar una patada a aquella puerta contigua- me volví en mi coche con Emmylou Harris a todo trapo y me pregunté si realmente me jodía tanto, y por qué me jodía, y si había imaginado acaso otro escenario. Y regresé a la misma conclusión de siempre: soy un poco exagerado. Peor aún: me gusta exagerar. Es verdad, qué cojones. En realidad, me divierte un poco todo el asunto. Es que un padre homófobo parece que no, pero te da sal al final del año, que por otro lado es una época que se almibara en exceso.

Entre tanto, en mi trabajo siguen apartándose de los clientes y negocios en los que yo tengo algo que ver. Y quiero que me echen pero no se me logra. Y esto ya, hijos míos, no me divierte tanto. Besos para todos.
 
Antonia San Juan y los padres del Zoo
El sábado temprano aterrizó un avión procedente de Caracas y vomitó sus entumecidos pasajeros, entre ellos los padres de Zoo. Y allí estaban el Zoo y su hermana y el novio de ésta, mientras yo entraba en mi tercera hora de sueño en Pozuelo, y les dieron el recibimiento que unos padres se merecen: abrazos y cantidades de amor filial, ¿qué otra cosa iba a ser?

Pero el buen rollo, por mi parte, se terminó cuando el sábado por la tarde, cuando aún me dolía la mandíbula por la culpita de la Antonia San Juan -no os perdáis sus monólogos en el Alfil- me llama el Zoo y me dice, más o menos, que sus padres no quieren verme ni en pintura.

¿Cómo ha de sentirse uno, hijos míos? Pues me piqué y a tal efecto se lo hice saber al Zoo. Yo soy muy comprensivo, bien lo sabe Nuestra Señora del Abrigo de Pana, y he leído lo suficiente como para entender que la sabiduría extrema es aquella que promulgan los filósofos zen, con lo de que no hay que desear, porque el deseo lleva a la frustración y ésta a las canas prematuras y a las arrugas y hasta a la impotencia, y todo esto al lado oscuro. Y tal vez yo no sepa poner freno al deseo, y tal vez deseaba estrechar la mano del padre de mi novio y agacharme y dar dos besos a su madre, tal vez acompañarlos en un paseo vespertino por el Madrid de los Austrias, que me sé muy bien Madrid, como nos pasa a todos los que somos de fuera pero vivimos aquí.
¿Por qué lo deseaba? Qué sabe nadie, y cito al Raphael. El hecho es que la frustración sobrevino, así que se me atascó el lacón de La Bardemcilla -allí creo que lo llaman "Lacón Mar Adentro"- y llegó el Zoo y me regaló unos bombones exclusivos que, al parecer, me había traído su madre, que era lo más cerca que ella iba a estar de mí jamás, y luego nos fuimos a tomar unas copas, y de camino a casa me pongo:
-Hostias.
-¿Qué?
-Me he dejado los bombones en el bar -musité, el vaho de Ciudad Universitaria salía por mis narices húmedas.

Os podéis imaginar el cristo; que si me los había dejado queriendo, que su madre se había recorrido media Valencia -urbe venezolana natal de esta familia- para conseguirlos... y todo esto ante la interesante perspectiva de montar en el coche y acercar a mi novio a casa -Scalextric de la M-30 incluído, esta vez sepultado en la niebla para añadir tensión argumental al capítulo-, darle un beso en la frente, no sea que papi mirara por la ventana, y hala, cada uno a su casa.

Yo siempre pensé, así como en una especie de ideario vital, que las cosas que cuestan esfuerzo son las que merecen de verdad la pena. No es que todo esto me esté costando un esfuerzo de los terribles, pero sí me pregunto si de verdad merece la pena. Besos para todos.
 
Mi circunstancia vital
Ay, hijos míos, sé que os tengo un poco abandonados, y miles de cartas caen en mi buzón cada día -como cuando la Mengod tiraba las cartas hacia arriba y pillaba una al azar- pidéndome que vuelva, que por favor no sea así, que no tengo conosimiento ninguno, que un poquito de caridad humana con las persona.

¿Y qué es lo que me pasa? Que veo cómo la vida ante mí se bifurca y el tren se acerca y tengo que tomar una decisión y, por dios, la palanca se ha roto y no me veo capaz de alinear las vías en una dirección o en otra. Así que ni duermo ni como ni na, y encima cada día estoy más gordo, yo creo que son los putos bollitos de la máquina nueva que me como todos los días a las 10.21 de la mañana.

Mis dos opciones básicas son: uno, quedarme en esta empresa de mierda con un jefe que no sólo entra en los proyectos como un elefante en una cacharrería, sino que desconoce mi trabajo, no lo valora, se olvida del coste de oportunidad y, en general, se aparece en mis peores sueños, y sabéis como son los sueños, que cuando estás a punto de degollar al diablo con un alfanje moro, vas y te despiertas. Dos, pirarme de aquí con un corte de mangas y decirles "iros a tomar por culo" -literal, o no te dará tanto gusto- e irme a otra empresa de mierda, esta vez grande y multinacional, a que me sigan absorbiendo la vida, engañándome con sueldos, dietas y móviles de empresa, madrugando terriblemente y trabajando aún más terriblemente, todo para que occidente se forre aún más. Por supuesto, en este segundo caso, Julitros, vete olvidándote de diseñar: que es un banco, cojones. Ya está todo pintado y es feísimo de antemano.

Otras opciones subsidiarias son: dar un corte de manga a los dos, decirles literalmente "me coméis el rabo" -lo dicho, si no no da gusto- y montármelo por mi cuenta en plan "yo me lo guiso, yo lo facturo", viviendo a mi aire y como me da la gana, sin bailarle el agua a nadie, pero despertándome en sudor frío algunas noches pensando "¿Qué hostias voy a facturar este mes? ¡Tengo que pagar la hipoteca!". Otra solución sería dar un corte de manga al mundo del capital privado en general e irme a África a poner vacunas a los negros que se mueren de sida para ver si duran un año más, hasta que las farmacéuticas empiecen a soltar las patentes o las ONGs dejen de ser corruptas y aprovechadas o las vacas vuelen -esto último ocurrirá primero-.

Este es mi escenario vital actual. Como comprenderéis, buscar un ratillo para escribir en el blog termina enterrándose muy debajo en mi pirámide de necesidades de Maslow. Os quiero, gentes. Hey!