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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
La curiosidad
Una cosa es el frío y otra cosa es lo que hace en Aguilar todos los putos años en Carnaval. Digamos que frío es la primavera en Plutón. Lo de Aguilar es Plutón, pero en uno de sus inviernos frescos. Mi casa es mítica en lo que a refrigeración se refiere: consigue que salgas a la calle y sientas calor.

Sin embargo, las personalidades nunca cambian. Zoo, en mitad del desfile, percibió que su pestaña postiza se iba despegando -se había maquillado meticulosamente de geisha, lápiz de ojos, cejas, sombra, perfilador de labios...- ¿Qué hubiera hecho yo? Mandar a la pestaña a tomar por culo. ¿Qué hizo él? Volver a casa a pegarse la pestaña, tardándose su media hora larga. Y tuvimos que llevar en un bolsito los utensilios de maquillaje para retocarnos a lo largo de la noche.


Esto anterior es lo que había escrito en un borrador, pero carnaval quedó atrás y la oportunidad de comentarlo también. Y las ganas. Quizá lo estábais esperando. El márketing no es lo mío, a pesar de haberle dedicado cinco años de mi insulsa vida adolescente.

Leo el blog de uno de mis escritores favoritos, David Brin, y considero la posibilidad de emplear la blogosfera para ofrecer algo un poco más objetivo, más sustancioso que este blog personal. Y llego a la cuestión de la temática y ahí es donde freno en seco. ¿De qué hablaría? ¿Qué conocimiento podría compartir? Pienso en la política, pero mis definiciones políticas son simples: soy de izquierdas. ¿Por qué? Por dos razones: la primera es que la mayoría de las personas de las que he aprendido algo es de izquierdas. Mimetismo, el pilar fundamental de mi personalidad. Segundo: porque mi mente, mimética y esencial como ella sóla, se hace cuentas muy directas, al margen de lo acertado de sus conclusiones. Soy gay, y dos de las arterias de la derecha -el pensamiento conservador y el religioso- dirigen sus turbulentas corrientes en contra del hecho homosexual. Simple, ¿verdad? Poco podría ilustrar yo de política. Desde que me descubrí de izquierdas poco hago más que lamentarme de mi hipocresía -tengo un coche y un piso propios, me beneficio las veinticuatro horas del día del liberalismo económico más salvaje, mi dinero en cuentas naranjas especula empobreciendo el sur y el oriente del planeta- y leer libros y ver películas que me afianzan en mis opiniones. Ni siquiera soy lo suficientemente crítico.

¿Ciencia? Leo mucho de ciencia, pero el futuro, la mera posibilidad, el juego fatuo del pesimismo probable agotan mis energías, así que la ciencia, que es el alfa y el omega según opino sobre el papel, se queda en una comprensión tangencial, en una descripción del mundo válida para mí -soy más feliz desde que entiendo lo biológico y lo finito del individuo que me compone-, pero dificilmente comunicable. Además, quién soy yo para explicarle a la gente mi visión, a saber: somos un cúmulo caótico de células cuyo único afán es multiplicarse, morimos cuando lo hacen de menos y padecemos cáncer cuando lo hacen de más. Así que morimos de todas maneras.

Me gustaría ser Carel Kapek para defender con argumentos el que yo considero óptimo posicionamiento ideológico, el más honesto y certero: el humanismo, salvaje si puede ser, como lo es en la práctica el liberalismo. Pero nos preocupamos de los pollos sin pico que nos comemos bajo el nombre de Mc Nugget, de la tala de árboles en el amazonas, de los abrigos de piel y de la reproducción del oso Panda -el bicho más estúpido y asexual a este lado de la estratosfera-, y lo hacemos dentro de nuestras Adidas fabricadas en una noche lluviosa de sábado en Singapur, elevando el término "hipocresía" a la altura de donde los vikingos solían situar el Nirvana. Porque son adolescentes hambrientos los que fabrican mis zapatillas, no pollos ni osos Panda; son ellos, mis congéneres de manos agrietadas, quienes deberían estar los primeros en la lista de candidatos para agotar mi dosis diaria de compasión.

Podría hablar de arte, pero poco sé de ello, que también parto de una definición descabellada aquí. Considero que el arte nace del dolor, y no del dolor últi -si es que existe utilidad en él, todos sabemos por la peli de Attenborough que el sufrimiento es inútil- sino del ocioso, de la paja mental de las personas que se duelen pero ya se han llevado el alimento a la boca. Y añado una segunda premisa básica: el arte surge del individuo, no del grupo. Como comprenderéis, tampoco de arte puedo hablar, sería inmediatamente lapidado por otras subjetividades, duras como piedras de verdad, que hasta divertido sería si fueran de corcho, como las piedras de La Vida de Brian.

De música podría hablar: hasta a un concurso barato de tele podría ir con la cantidad de disco duro que ocupo albergando datos inútiles de fechas de lanzamientos de discos, posiciones de canciones y efemérides de cantantes. Y distingo un Marshall de un Vox, una reverb natural o la posición de un micrófono. Pero ya hice crítica musical en un periódico local y, de nuevo, no encuentro fuerzas para defender eso que creo, que la música popular está muerta y que sólo seguimos ahí -comprando discos- porque encontramos el gozo en la repetición -"joy of repetition", cantaba en el 88 el artista antes conocido como... ¿véis como me sé fechas inútiles?-.

En fin, que seguiré escribiendo de lo subjetivo, de lo miserable -por eso os reís tanto-, que es el único sitio donde encuentro material sin obligarme a un esfuerzo supremo. No me negaréis que lo mío es el discurso como fin. Como si no me hubiera sido relativamente sencillo llenar estos párrafos de retórica pesimista. Como si no hubiera sido capaz de hacer exactamente lo contrario. O tal vez no hubiera sido capaz. Cierto. Lo olvidaba. Además del mimetismo encuentro otro rasgo primario en mi personalidad: la duda. Sea como fuere, gracias por llegar al final de este post: demuestras que un rasgo primario de la tuya es la paciencia. Con suerte, también la curiosidad. Un beso para todos.
 
La condición sin la cuál
Había olvidado esta sensación cremosa y un poco palpitante -pero indudablemente placentera- de venir a trabajar un viernes con resaca. Estás cansado, pero en tus neuronas todavía vibra el recuerdo de las endorfinas nocturnas... que lo has pasado de cojones y aún te dura la sonrisa, vamos.

Desde luego, estoy muy lejos de estar en paz. Pero si Marisa señala que me ha visto sonreír -aún reparando en que, efectivamente, la procesión va por dentro- es que no debo darme por jodido. Así que, Yo La Tengo bajo el brazo, he venido a trabajar a las once -como sólo podemos hacer los empleados cuyos jefes saben que el despido sería la mejor noticia que podrían dar-, he llegado directamente a las tostadas con tomate del bar y me he subido a continuar trabajando en el apasionante proyecto de la búsqueda de vapor de agua en Plutón que es denominado "ruptura" -eufemismo gigante que significa "no te damos trabajo a ver si te piras". De camino me han llamado de una empresa para la que hice una entrevista el otro día para decirme que no, gracias, que mi perfil es interesante pero no se corresponde con el de un desarrollador de negocio, cosa con la que yo, hijos míos, no estoy tan loco como para no estar de acuerdo.

Y también entraron por el buzón vital del abajo firmante noticias procedentes de la casa del Zoo, y es que su padre ha dicho que tal vez se vengan a Madrid a vivir, y que Zoo encontrará la puerta de una habitación abierta siempre que acate las reglas, que en este caso consisten en dejar de ser marica. Yo no sé si es posible llevar una vida en paz en contra de la opinión y deseos de tus progenitores, una vida en la que tus decisiones se basen en el amor, la aceptación y no en la reacción y en el rencor, pero la paz, como vengo diciendo, parece un logro lejano en todo cuanto me rodea.

Todo esto podría llegar a mermar mis sonrisas y mis ganas de hacer el imbécil -baremo inequívoco de si estoy cerca de la paz o lejísimos-, para desgracia de Marisa y la mía, si no fuera por el hecho de que tengo mi disfraz de geisha en el maletero del Corsa, pai-pai incluído, y me voy a mi pueblo en un par de horas a pasar frío y a pasármelo bien y a pasar de todo y a reunirme con mis amigos y tal vez con mi novio debajo de las mantas, mucho más tarde, cuando el disfraz ya haya sido convenientemente quemado con cigarros ajenos y el maquillaje haya sido esparcido en mejillas ajenas y la peluca me haya taladrado los occipitales y el sujetador me haya hundido la caja torácica y mis rodillas hayan dejado de sentir el mundo exterior a causa de la helada y del alcohol. Porque mi mente, que es envidiosa, imitará a mis rodillas y se plegará en sí misma en un tal vez inmaduro pero confortable ejercicio de autoprotección, y ni ella ni yo sentiremos nada durante un buen rato a excepción del mencionado recuerdo latente de las endorfinas nocturnas.

Y no me subestiméis. No será la noche, ni el alcohol, ni el disfraz lo que abra las puertas de mis glándulas endorfínicas. Serán las personas a mi alrededor, las personas que yo quiero, que me contarán cosas interesantes -no soy especial, todo lo humano y sólo lo humano es interesante-, que me sorprenderán y me incluirán en los lazos invisibles de la comunidad humana a la que pertenezco, y me harán reír, como sólo los congéneres de esta especie miserable y violenta pueden hacerlo. Sabéis que no soy de perros ni de soledades. Sabéis que sois la condición sin la cuál... no. Un beso a todos.
 
Exilio
Yo, a veces, tengo buen corazón. A finales de la semana pasada vine de mis cañas del jueves un poquito tocado a mi casa enfundada en plástico como si fuera una polla metida en un Durex y llamé al Zoo -cada vez que llamabas tenías que abrir el teléfono de su envoltorio de papel de estraza, qué bien, me han regalado un teléfono-. Y después de la charla que me pegó el Zoo por tardón y por borracho me puse Santa Teresa de Jesús, me puse en modalidad "haz el bien al prójimo", ese momento higher ground de armonía y consonancia vital que te llega sólo de dos formas: después de un entierro -joder qué bueno es comprobar de cerca lo cojonudo que es sólo estar vivo- o con cervezas de más.

Le dije:
-Llama a tu padre y dile que no volveré a subir a tu casa, que regrese de Burgos. Ya no tienes que demostrar nada.
En realidad, me llevó veinte minutos decir esto, porque yo uso muchos ejemplos, perífrasis y metáforas cogidas por los pelos cuando estoy borracho e intento convencer a alguien de que algo es por su bien.
-Y un huevo -me respondió el Zoo. También tardó veinte minutos en responderme esto, aunque en su caso las perífrasis son usadas perfectamente en estado de abstinencia, o sea, todo el rato.
Pero al final lo convencí. Y colgó y entro a hablar con su madre. Y al día siguiente recibí un mensaje en el que manifestaba su bienestar por haber hecho lo que debía. Su madre le había abrazado y había derramado unas lagrimillas, más por alivio marital que por amor maternal, que también. Quiero decir que, ¿quién aguanta a un marido de los omnipresentes agraviado en un viaje de ocho horas a Caracas? Menudo coñazo. Fue una pena no leer dicho mensaje antes de dormir, con el cerebro aún en remojo, me hubiera sentido como la mismísima Santa Teresa en uno de sus éxtasis. Que la borrachera te lleva a cimas de disfrute por el arranque ético más altas que las del Papa -mal ejemplo, lo sé- con nada que hagas. Lo sabéis tan bien como yo.

Y ahora escucho a los Yo La Tengo -no sabía que eran tan buenos, el colega Laín, que siempre ha sabido escuchar música, siempre hablaba de ellos- y pienso de nuevo en la situación. El mismo sábado por la mañana, el padre de la criatura ya estaba de vuelta en Madrid. Se le había subido el azucar, esperamos sinceramente que sus niveles regresen al intervalo razonable aquí. Así que su hijo y yo pasamos el fin de semana en ese cuchitril abandonado que tengo yo por piso como dos exiliados. Pero mi exilio es agradable, porque mi hermana se va a vivir a la calle de al lado con su novio, un piso precioso y nuevo y caro como la muerte, pero tan agradable y exterior que es imposible no caer rendido a su encanto. Les ayudamos un poco con la mudanza y nos invitaron a comer, así que salimos ganando. Pero salir ganando con mi hermana es una de las escasas situaciones en que no me gusta salir ganando. No es que sea interesado, es que compartimos la misma placenta durante casi un año y, de alguna forma, entre ella y yo no hay balanza exterior, ni siquiera cuenta de pérdidas y ganancias. Que la quiero vamos.

Así que tengo un trabajo que me repudia y un novio cuyos padres lo repudian. Y ayer vi al sabiondo del Reverte explicar su misantropía en la tele y no pude evitar estar en mucho de acuerdo con él. Parece ser que el repudio sostiene todos nuestros actos como las alfombras sostienen rodillas en una mezquita. Pero queda el amor incondicional de mi hermana. Y, hostias, mis padres tampoco me repudian. El amor de mi madre es vagamente... no sé cómo decirlo, pero no se odia a sí misma, así que me acepta. No me puedo quejar. Besos para todos.
 
Flow
Cuando yo era adolescente quería ser como Bruce Springsteen. Pero me faltaban varias cosas: haber nacido en un país anglosajón -ellos inventaron el pop-, haberlo hecho quince años antes, cuando aún no estaba todo dicho en el rock y aquello era una industria emergente, haber sido educado en la valentía y en el presente en vez de en el miedo y en el futuro, y -aquí empiezo a echarme la culpa, no os preocupéis- haber tenido más huevos. Os preguntaréis por qué no echo de menos el talento para esta teoría. Muy bien, hijos míos, tachadlo de vanagloria, pero creo que el talento lo hubiera sacado de algún sitio.

En cualquier caso, escucho alguna de las canciones olvidadas de Bruce que cuelgan de su web y sonrío, imaginando lo afortunado que se debe sentir uno cuando el producto de su estado creativo -lo que los psicólogos llaman "flow", esa especie de trance en el que entra alguien que ocupa su mente con absoluta concentración en una tarea intelectual que le llena de placer- entretiene a millones de personas y, qué hostias, te da dinero para vivir exactamente como te sale de ahí. De hecho, te da dinero como para que un vagon cargado de seres queridos vivan exactamente como les sale de ahí.

Me he comprado un portátil con el único objetivo de reconciliarme con los estados "flow" -bueno, y con el de actualizar mi currículum-. Ya no sueño con ser como Bruce. Pero yo, hijos míos, acumulo varios miles de horas de "flow" a mis espaldas. Y quiero volver a sentirlo. Porque ser feliz en sociedad está bien, tu novio está bien, la gente, las copas y la noche están bien, incluso el trabajo -cuando lo hay y te gusta- está muy bien. Pero encerrarte en ti mismo guitarra en mano, componer una canción en la cabeza, sumirte en la delicada arquitectura de melodías, ritmos, letras y pistas, bajos y baterías, arreglos y quintas vocales, antes siquera de haber tocado una cuerda o pulsado una tecla, es como un orgasmo prolongado. Las horas pasan y no te das cuenta, el mundo exterior y las personas que lo habitan puede esperar. Las endorfinas inundan tus venas como un embalse abierto en primavera para regar las vegas contiguas. Hostias, que te hace feliz y te rejuvenece y se lleva el estrés y se lleva todo lo de mezquino que tiene la vida en occidente -según cuentan, la de oriente también tiene de mezquino-.

Así que ayer, que había quedado con el Zoo para celebrar el día de los enamorados, dediqué un poco más tiempo del debido a instalar una tarjeta de sonido especial para la grabación digital de música en mi flamante portátil, y el chico se coscó. Él, que me había regalado un gorrito de lana con Bart Simpson haciendo de Frankenstein -"Bartenstein"- y se había venido a cenar a mi casa, y lo dejé explicándole los cánceres de mama a mi madre y a mi hermana, y yo me fui a ver por qué cojones mi programa de mezclas no pillaba el ASIO de la tarjeta, necesario para evitar la "latencia" en mis grabaciones, y entré en estado de "flow" y se me fue la olla y me tocaron en el hombro:
-¿Oye, te importaría no dejarme solo con tu madre y con tu hermana? Son las once y me tengo que volver y no me has hecho ni puto caso.
Me quité los cascos de la cabeza y me di cuenta de que, en los últimos tiempos, le había cogido el gusto a compartir mi tiempo con alguien. No sólo eso. Estaba aprendiendo a darme a alguien. Y bueno, me gustaba así. Porque era capaz de recordar que, incluso cuando el "flow" constituía el principal atractivo de mi vida, echaba de menos el tener un noviete guapo y majo y todas esas cosas. Y joder, ahora lo tengo. Así que tendré que arreglármelas para que el "flow" no encuentre como daño colateral que mi novio me mande a tomar por culo. Es lo que tengo, que lo quiero todo. Bueno, ni siquiera esto es cierto. Pero lo dejaremos para otro post. Besos.
 
Un finde... complicao
Debo dar gracias por los mensajes de pésame on y offline que he recibido estos días, ya que han muerto mis ganas de trabajar más aquí. Gracias, hijos míos, por preocuparos un poco por mi estado anímico, y debo deciros que lo llevo bien, hombre, que más bien me voy a dejar las venas largas, que es cierto que se escribe mejor estando triste, pero de ningún modo pienso quedarme yo triste sólo para que vosotros me elevéis a la categoría de promesa de las letras no publicadas 2006. Porque yo os quiero, hijos míos, pero no tanto. Pero sí que os quiero, ¿eh?

En este fin de semana ha habido de todo. Lo más interesante ha acontecido en casa de Zoo. El Zoo me dijo:
-Tú te vienes a dormir a mi casa por mis huevos -no sé si lo dijo así, pero en esta frase está la esencia.
-No sé si es buena idea -imaginé a su padre en camisa de tirantes persiguiéndome con la zapatilla en la mano y tragué saliva-. O sea, a mí me apetece, pero...
-Tú te vienes.
Y ahí me teníais, durmiendo bajo el mismo techo que sus padres. Viernes y sábado. Y a sus padres casi les da un infarto y les sube el azucar respectivamente. Y me trataron bien -o sea, no tan bien como a la Rosita, con quien se deshacen contínuamente en halagos y conversaciones, que yo entiendo que la Rosita ni tiene polla ni es la pareja de su primogénito, y entiendo también que la gente es muy condescendiente con las personas cándidas y desarraigadas, como lo es esta chino-venezolana, así que se producía el agravio comparativo-. Bien, sí, pero me fulminaban con la mirada. Y no se me ocurre a mí otra cosa que pillarme una peli francesa en el video club que trataba de un padre profesor de universidad déspota con su hija, a la que desdeñaba por querer ser soprano -"Como una imagen", os la recomiendo-. Y en el cine fórum posterior el padre del Zoo se ponía:
-Hombre, ese señor también es una víctima -con ese tono de me-excita-escucharme-a-mí-mismo de cualquier profesor de filosofía de universidad.
-Lo que es, es un hijo de puta -rebatía el Zoo.
Y yo me removía en mi asiento y me sujetaba la frente y me decía para mis adentros que cuánto mejor "Alejandro Magno", que estaba libre. Qué hostias, si Alejandro Magno también era maricón.

Y al día siguiente no había nadie en casa cuando nos levantamos, pero la prueba de que no me quieren allí es que la madre del Zoo le había dejado hechas tres arepas, que es justo la cantidad de estos bollos que mi novio se desayuna. Con lo que a mí me gustan las arepas. Te lías con un venezolano, pruebas las arepas, les coges el gusto y llega su madre y te da la espalda, tostiarepa en mano. Qué necesidad tenía yo de conocer arepas y tostiarepas. Qué necesidad tenía yo de ofrecerme a ser repudiado.

Bueno, pues Zoo discutió el sábado por la noche con su padre, le dijo que le estaba faltando el respeto, que nunca sería feliz con un hombre, que no sabía lo que es una mujer, que no me llamara novio que era vomitivo -ese adjetivo usó, el listo de los cojones-, que no contara con él para nada si seguía por "ese camino" y no sé cuántas lindezas más que mi cerebro, que es muy listo, ya está olvidando.

Zoo da un ejemplo, a todo esto, de madurez emocional. Porque lo pasa mal, pero en ningún momento se ha derrumbado. Demuestra entereza y, hostias, le envidio y admiro por ello. Porque yo hubiera echado a mi padre de mi casa, o me hubiera ido yo, o le hubiera dado un tortazo con la mano bien abierta antes de hacer cualquiera de las dos. Seguramente, a continuación de lo de "vomitivo". Qué putada, chicos, que tu padre corra con la versión uno punto cero de "soy gilipollas y me acabo de enterar de que mi hijo es gay", peor aún cuando de esta revelación ya ha pasado más de medio año.

Así que ayer por la noche llegué a mi casa -que sigue pareciendo la de Elliot el de "E.T." al final- después de un finde por todo lo demás muy divertido y sonó el teléfono. Era Zoo. Estaba muy serio.
-Nada, que he vuelto a casa y mi padre no está. Se ha vuelto a Burgos. Allí se quedará hasta que regresen a Venezuela.
En esas estamos. Papi lo ve como un pulso y se ha marchado. Para huevos, los suyos. No en vano, él sí es un hombre. Como si las amenazas, los chantajes y la racionalización salvaje al más puro estilo freudiano empujaran a su hijo a ser heterosexual. Como si hubiera algún modo de salir de esta situación que no fuera preguntándose: "¿Qué puedo hacer para dejar de sufrir y de hacer sufrir a los demás?" Y, tal vez, respondiéndose: "Me perdono porque no soy culpable de nada, le perdono porque tampoco lo es, porque no hay nada tan terrible aquí como para rastrear ninguna clase de culpa, así que voy a seguir viviendo siendo responsable de mi propia felicidad y confiando en que los demás sean responsables de la suya". En fin, hijos míos. Me da que a este dramón acartonado le quedan algunos capítulos. Los compartiré con vosotros en la medida de lo posible. Besos para todos.
 
Un sueño al socayo
Esta mañana he llegado tarde al curro -un poco más tarde de lo habitual- porque habían arrojado escombros a la vía entre Pozuelo y El Barrial, con el consiguiente retraso. Me he comvertido en una sardinilla más en la gran lata de sardinas de dos plantas del vagón y he visto cómo, deteniéndose el tren en Delicias, una mujer se olvidaba de los escalones y se abalanzaba sobre un congénere y le clavaba la barbilla en la glándula suprarrenal.
-Ay, perdone -balbucía la mujer, y se incorporaba de rodillas.
-No pasa nada -decía el chico, frotándose el costado-, es que los conductores de tren últimamente frenan como taxistas.

Y he llegado aquí y, como no he podido desayunar porque en mi casa van a arreglar unas grietas y la han plastificado toda como en "E.T." al final, me he sacado en la máquina unos sándwiches de chorizo y un bollito Dulcesol. Total, había leído en el periódico gratuíto de alguien que la grasa no tiene nada que ver con la posibilidad de infarto, comprobado, comprobado, comprobado. Que no se me olvide que después de cepillarme los piños me tengo que tomar la poción mágica que me mandó la dentista, de la cuál tengo varios frasquitos minúsculos en mi mochila.

Y aquí soy el dueño de dos islas abandonadas, de la desolación de cables de red y teléfonos huérfanos, de percheros vacíos y papeleras sin utilizar. Soy el rey de InfoJobs, el gurú del mobbing. Estoy laboralmente jodido y personalmete tocado (a causa de lo primero), pero aún soy capaz de reírme. Creo. Ayer me reí con la Rosita y sentí una mezcla extraña con Zoo, a quien traté un poco mal el otro día y ahora se comporta como los judíos en este principio de siglo: dando por culo sin remisión, pero con el permiso moral del pasado, con lo que terminas multiplicando por diez la crueldad originaria.

Y hoy, en vez de ir al gym, que es lo que tendría que hacer, voy a volver a quedar con Zoo para ver por segunda vez la exposición de los faraones. La cosa es que va su madre. Y la Rosita, y su hermana y el cuñado. Y yo, que sólo por hoy me gustaría tener unas alas enormes a la espalda y salir volando de aquí, de Madrid, y volar hasta la sierra y después volar la meseta norte, yerma y congelada, y llegar hasta la cornisa Cantábrica y bajar un poco antes, a la altura de mi pueblo, y tal vez llamar a la puerta de mi amigo Arman y decirle:
-¿Nos vamos a tomar el vermú?
Que el vermú me da igual, que es por ir y buscar un socayo -zona al sol y al resguardo del aire- en la Cascajera y sentarme ahí y hablar de tonterías y de recuerdos adolescentes mientras me da el sol en la cara y el frío corta mis labios, y sentirme feliz. No feliz a medias, como estoy ahora, ni esa felicidad que reposa justo sobre el umbral de la ansiedad, sino completa y absurdamente feliz. Y libre. Sobre todo, libre. Besos para todos.
 
Cuatro apuntes, dos malos y dos buenos
Hijos míos, veo que sóis cabezones como vosotros solos y estáis entrando en el blog por miles de millones a pesar de que hace semanas que no escribo. Me gustaría creer que unos cuantos centenares de vosotros sóis nuevos y estáis deleitándoos con mis historias de mi tía la monja, de mi madre, de mis amigos o de mis tíos variados por parte de madre, que no tienen -ninguno de ellos- desperdicio. De hecho, sus vidas son lo más parecido a la ciencia ficción que yo conozco, y mira que soy fan de Philip K. Dick.

Pero es que últimamente no está el horno para bollos. No voy a ser absurdo -como diría mi madre, sabéis que ella siempre me dice "eres un ridículo y un absurdo"- y haceros creer que mi vida es un desastre, que nada tiene sentido, ni nada de eso. No soy tan imbécil. Es decir, soy muy imbécil, pero no me caracterizo por dejar de ser objetivo con el mundo y conmigo si me lo propongo. Sé que me va muy bien en la vida, no se me va la olla. Pero lo cierto es que en el trabajo me están dando bastante por el culo. Algunas perlas:

-Me han quitado de proyectos en los que gerentes y técnicos me pedían, puede decirse que a gritos.

-Me han aislado físicamente, estoy sentado en una isla en la que no hay nadie más. Podría seguir, pero la lista se hace larga.

Yo me dejo las puertas abiertas a la paranoia, a que todo sea producto de una distorsión de la realidad, a que, después de todos estos años, se esté cumpliendo mi peor pesadilla y me estoy volviendo como un cencerro. O tal vez no. Tal vez, en verdad, tenga un jefe que disfraza su desconocimiento con ira, malos modales y desprecio por los demás. En fin, muy largo de contar.

Así que, para terminar, otro par de perlitas de esas divertidas, de las que importan en la vida, de las que son propias de este blog seguido por millones:

-He conocido a los padres del Zoo y los padres del Zoo me han conocido a mí. Su madre me ha dicho que mejoro en relación a las fotos -supongo que es lo más parecido a un piropo que voy a obtener por el momento, aunque no me creáis tan tonto de no darme cuenta que, bien mirado, esta apreciación encierra más una crítica que un piropo- y su padre me ha preguntado por mi trabajo.

-He perdido el miedo a los dentistas. De hecho, ahora voy a mi dentista como Pedro por su casa, y le pregunto qué tal su rodilla y ella hasta me echa piropos, tipo "¿hoy también has ido al gimnasio? Cómo te machacas, ¿eh?" mientras me pone el babero, y yo: "Sí, pero no me rinde" y ella "Que sí te rinde, sí, mira que delgadito estás y qué bien", y me suelta el pinchazo con la anestesia en las zonas más recónditas de mi boca, y yo hasta disfruto de ese sabor a eucalipto y de los cosquilleos. Mi dentista y yo somos lo peor. Besos para todos.