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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
En vaya fregado me he metido
Manojito de nervios es una expresión que se acuñó para definirme a mí en el inolvidable día de hoy, un día que pasará a la historia de mis días por ser el día que me vio agarrándome de los falsos techos con la mera ayuda de mis manos y mis pies. Salgo borroso, como en aquella de Woody Allen. Creo que me cambio de trabajo.

Y sí, sólo lo creo, porque aunque tengo la oferta en firme y no podemos engañarnos, es una oferta cojonuda, el miedo me invade de tal forma que soy siete veces más fuerte que tú, como los Gnomos, y me tiemblan todos los músculos del cuerpo. Es pánico. Quiero salir corriendo -no sé dónde- o ponerme a hablar de lo que sea durante lo que resta de siglo. De hecho, podría escribir párrafos inteligibles aquí hasta que se acabaran los bits que Ya punto com dispone para sus blogeros. En un rato voy a entrar a darle la buena nueva a mi jefe -consejero delegado- y él va a dudar si darme o no con su mano en mi cara, que es hombre colérico y tiene poco gobierno de sus emociones. Él considerará que le hago la putada, yo no me detendré a explicarle hasta qué punto lo de que en el amor y en la guerra -el trabajo es ambos- todo vale se ve bien en una dirección y de pronto eres ciego cuando hay que mirarlo en la otra.

Para más inri, ayer estuve de concierto amateur -una química doctoranda modosita se mete a pupila de Amaral y el bajista se enamora de ella, y de cómo la tensión sexual entre ellos se convierte en lo mejor del concierto con diferencia- y me bebí hasta el agua de los floreros. Brindé por mí y por todos mis compañeros, y miraba mi reflejo distorsionado en los espejos de las columnas del bar y pensaba: "muy bien, Julitros, ya les has engañado con tu verbo fácil, ahora se trata de currar hasta las ocho de la noche". Pedí más pasta y me la dieron, que yo nunca he negado mi naturaleza liberal en lo económico, me vendí que te cagas y ocurrió lo que tenía que ocurrir: me cogieron. Y ahora tengo que ver lo que hago con mi vida. El lunes debo dar una respuesta. Y la respuesta tiene toda la pinta de ser un sí. Y me cago.

Necesito refuerzo positivo, necesito que me digan que hago lo correcto, que los cambios siempre son positivos, que la acción es lo importante, que saldré ganando, que la abundancia de curro no tiene por qué ser mala. Quiero que me digan lo que quiero oír y sentirme arropado, apoyado y querido. Qué mal está esto de necesitar. Pero necesito necesitar. Soy un chico de occidente malcriado; si me jode tener que aprovechar una oportunidad de las buenas sólo merezco una respuesta:
-Jódete.

[...]

Vengo de hablar con el boss. Bronca. Dice que le he traicionado. Que al próximo Julito le van a dar mucho por culo. Le digo que a este ya le han dado por culo durante tres meses, mientras él desaparecía del mapa. Dice que él no lo sabía. Digo que eso no es responsabilidad mía.

Pero está hecho. La suerte está echada. Esa especie de máscara de mí mismo que me ha traído hasta aquí, que ha hecho las entrevistas, que se ha mostrado como el colmo de la proactividad y la eficiencia, que luego ha entrado en ese despacho y ha dicho "me voy", ahora tiene que darme unas cuantas explicaciones. Mi yo nucléico y mi máscara no van muy de la mano últimamente. Pero ambos nos sentimos excitados, nervisosos y un poco felices, esa mezcla extraña de aventurarse por el camino desconocido. Besos para todos.
 
El opio del pueblo
El amor es un invento del cine. Si no fuera cine y fuera la World Wide Web -ámbito que, creáis que no, domino-, diría que el truco está en generar contenidos. Los escritores de guiones y los escultores y los poetas y todos los listillos que durante siglos se erigen en portavoces del sentimiento las pasan putas por culpa del deseo sexual y de la falta de permanencia inherente a nuestra raza, y a todos los complejos, necesidades y egoísmos varios que surgen de estas carencias los agrupan bajo el epígrafe del amor. Así que uno, que cuando es niño es espectador, aprende que eso del amor es muy importante y necesario. Pero no es cierto. Lo que pasa es que lo aprendes a fuego, total que sí que termina siendo necesario. Es como la Nocilla. No necesitabas Nocilla en tu vida, a no ser que la hubieras probado una vez. Y no quiero decir que una vez que pruebas el amor repites, no soy tan tópico; digo que el amor -el objeto amado, I mean- es una muleta a cuya sujección te acostumbras. Pero podrías venir apoyándote en otra cosa.

Y es un lío. Dices "te quiero" cuando justo piensas que no quieres, cuando esperas oír lo recíproco a continuación, cuando vas a pedir algo que no sientes que te merezcas. Nunca dices "te quiero" cuando quieres. Cuando quieres sonríes y te dejas llevar. Y no siempre quieres cuando tienes al objeto de tu amor delante. Quieres porque deseas, porque la vida se pone cuesta arriba y te sientes como un niño que pierde la mano de su mamá. Y te preguntas a ti mismo: ¿qué necesito para dejar atrás tanto desconsuelo? De pequeño te bastaba con meterte el dedo en la boca. Después necesitabas un bocadillo de Nocilla. Ahora necesitas ser querido, respetado y comprendido por uno de tus congéneres. O que tú lo creas, que tanto da.

Encuentro recientemente en mi familia -y otros animales, como titulara Durrell, el hermano del de lo de Alejandría- ejemplos claros de desorientación. Porque claro, es un coñazo que aprendas que de verdad necesitas Nocilla en tu vida. Si lo aprendes mucho, realmente la necesitas. Necesitas Nocilla y un cuchillo y un poco de pan y que la Nocilla no esté dura y que lo blanco no se haya acabado y hasta que quede un poco en la tapa, para pillarlo con el cuchillo -previa dentera, si rascas el plástico azul- y llevártelo a la boca. Son un montón de necesidades alrededor de la Nocilla, y no digamos de tu pareja. Y es que habías aprendido que ésa era la persona, que era única, que sólo las cosas que hacías con ella son las que te gustan. Nunca nada más en el mundo te gustará jamás por los siglos de los siglos, si no es con esa persona.

Falacias. Todos hemos sido personas antes de las personas que amamos. Todos disfrutábamos de cosas e ignorantes de dicho congénere en concreto. Todos nos iremos solos, igual que vinimos solos -esto no es cierto del todo, porque los mellizos vinimos acompañados-. Animo a mis lectores que aman y aún no están decepcionados o no dan nada por hecho, a los que aman apasionadamente y como en las películas, a los que se sienten soprendidos por algún revés amatorio, a mis lectores que se comen la cabeza, vamos, a recordarse a sí mismos el día de antes de conocer al sujeto amado o desamado en cuestión. Y no me vale eso de "estaba en un pozo". Eso no es cierto. Estábais de puta madre. Fijo. O no mucho peor que ahora. Que el amor, como la Nocilla, es una cosa mundana.

Jaaaaaaarrr!!

Toda esta paja mental del amor viene porque mi vida laboral se bifurca y dudo qué hacer, a pesar de estar ya pisando la isleta, las largas inundando de blanco cegador el chirimbolo de plástico verde con dos flechas opuestas. Puede que no se bifurque, que adelante acontecimientos, pero hostias, me siento bifurcado y dubitativo y tocado los cojones. ¿Os habéis fijado que cuando estóy imbécil anímicamente no hay ni una sola cosa en el mundo que no sienta torcida? ¿Seré gilipollas? Con lo felices que érais vosotros y yo cuando os hablaba de mi tía la monja que me pillaba en calzoncillos.

Os decía que el amor es el opio del pueblo. Pero qué más da, si con el opio ves gigantes en vez de molinos como si en verdad fueran gigantes. Pues lo serán. Estaremos tan atados como decidamos sentirnos. Y yo veré tantos cruces de caminos como quiera ver. Besos para todos.
 
Actores y tramoyistas
Hoy viene mi hermana Titi a Madrid, qué ilusión. Tengo que estrujarme para pensar restaurantes, porque últimamente no salgo mucho -como sabéis, Zoo tiene fobia desmedida al humo, aunque también le tiene, me enteré ayer, a los que vamos a los toros, y cuando digo fobia digo que le veo muy capaz de dejarme para siempre jamás por culpa de estas aficiones, por otro lado escasas en mí, ay qué sería de mí si un día le cogiera manía al sonido de una guitarra-. Pues viene la Titi, como digo, y ya tenemos reservas mis hermanas y yo en multitud de teatros y restaurantes.

Ayer, para calentar, nos vimos mi hermana Mari y yo lo de Divinas Palabras en el Dramático Nacional nuevo, en Lavapiés, y oyes, me encantó. Porque qué coño esperpento: la vida misma, o en mejor, el hombre es un lobo para el hombre. ¿Es que alguien se había confiado? Una pasada, y además el que hacía de perro y el que hacía de Guardia Civil estaban bien buenos, y creo que algún otro también, pero no alcancé a verlo entre tanta mugre. Y un árbol para acá y para allá, puesta en escena chulísima, y yo pensando que ser tramoyista tampoco es tan malo hoy en día, que es sólo darle al botón, y la gente que rodea al teatro tienen todos un encanto especial.

Sí hijos, es que mi hermana Nuri y yo tenemos siempre una idea romántica de los actores de teatro, ambulante o permanente, ricos o pobres. Ella y yo nos imaginamos en nuestros sueños conociendo a un actor de teatro callejero y siendo correspondidos y enamorándonos para siempre de su rostro guapo y hambriento, y recorriendo las calles de las ciudades belgas con su troupe. De tramoyistas, o algo. Y no nos importa, porque mi hermana y yo nunca hemos necesitado comer demasiado, por mucho que se os abran las carnes al oírme decir esto. Es nuestro sueño y lo protegemos como se deben proteger los sueños, avivándolos con imágenes en blanco y negro y evitando que sean sometidos a la luz directa de la realidad, que la realidad es una mierda. Nuestros novios no son una mierda, oyes -que seguro que les echaríamos de menos si nos faltaran, pues menudos somos-, pero la mirada acuciante y universal de aquellos actores abre un poco ventanas secretas y vislumbramos un mundo que se nos antoja excitante. Sin embargo, tenemos los pies en la tierra -que no sé si es bueno o malo- y les dejamos marchar después de ponerse su bata o de vender sus CDs, ellos a sus vidas itinerantes y nosotros a las nuestras asentadas y opulentas.

Mi hermana Nuri y yo fuimos educados en el apego, así que nos conformamos con fantasear. Ella y yo creemos que sólo en el compromiso social y personal está la felicidad, no en el arte ni en el desarrollo del ego. Yo no quiero ser una de esas personas que parecen siempre a la búsqueda de algo, que besan a alguien y buscan por encima de su hombro a quien besarán después -he sido promiscuo, pero si beso cierro los ojos, es matemático-. Ella y yo no queremos encontrarnos a nosotros mismos, no hay nada dentro de nosotros que nos produca una mínima fascinación, que no hayamos rastreado. No nos creemos capaces de grandes obras ni nos mueven búsquedas mesiánicas. Yo quise ser Bruce Springsteen, y después Bob Dylan, y después fui lo suficientemente inteligente como para dejarme de tonterías. Ni uniéndose en mí genialidad y sentido de la oportunidad lograría algo parecido. Dylan canta y yo lo escucho en un disco junto a otros cuantos miles de personas. Esas son las reglas.

Nuri me cuenta que ha discutido con su novio y yo le cuento que también ayer tuve una discusión absurda con el mío por teléfono. Y sé que son las frustraciones, los miedos y las iras de cuatro personas el origen de estos desencuentros. Porque nos jode el tiempo, o el pasado, o el futuro, o los jucios que nacen del otro o que tienen al otro por sujeto. Los seres humanos que no somos actores itinerantes o sus tramoyistas tenemos unas vidas de lo más insulso. Somos egoístas y se nos ve venir desde tres quilómetros. Sólo nos ocupan nuestros deseos y la infructuosa necesidad de conocer los de los demás. Nuestras obras, que es lo único que nos haría libres, son pobres.

Ay, hijos míos, a cuántas dimensiones oscuras te asoma Valle-Inclán si te pilla desprevenido. Me había pillado una napolitana de jamón y queso antes de la obra pero sólo me dio tiempo a un bocado porque había que entrar. Además llovía, y se me mojó. ¿Qué tiene que ver la napolitana en todo esto? Quién sabe. Pero me ha entrado hambre. Besos para todos.
 
Les juntamos y que sea lo que Dios quiera (y II)
Pues oyes, que acerté con lo de la sorpresa. Al principio sólo se le desencajó la mandíbula, pero luego fue volviendo en sí y nos subimos a la habitación y le di mis regalos, a saber: una cazadora vaquera que le quedaba niquelada -azul, aunque él la quería negra y entre yo y todos los dependientes de Madrid hemos logrado hacerle entrar en razón, que las cazadoras vaqueras negras son feas y además en verano no las fabrica nadie- y un libro de Egipto. El libro de Egipto -de esos grandes y llenos de fotos que la gente usa para hacerse la intelectual en las mesitas de sus salones y lo que todos pensamos es "leer no leerás, pero te conoces lo de libros de saldo del Vip's como la palma de tu mano"- le hizo hasta derramar unas lagrimillas. Me llené de compasión y de amor, porque yo no estoy acostumbrado a que alguien llore por una buena acción mía. Las acciones buenas mías se pueden contar con cuentagotas, así que me sorprenden tanto a mí como a sus destinatarios. Yo no sé lo que es querer o sentir amor, creo que soy heredero directo del corazón de piedra de mi madre, que dice una hermana mía, y es duro que eso lo diga una hija, que nuestra madre, en el fondo en el fondo en el fondo, nunca ha querido a nadie. Yo sé -y mi hermana lo sabe, es por picar- que eso no es cierto, que puedes estar seguro de que sólo las personas que parecen frías no lo son en absoluto.

Lo que pasa es que nuestra madre tiene serios problemas a la hora de mostrar sus sentimientos. Se ve tan vulnerable y tiene tanto miedo a ser herida que se escuda en capas infranqueables de autosuficiencia, autocompasión, autocomplaciencia y otras decenas de "autos". Así que es el miedo a ser herida lo que la hiere. Como a todos. No te jode...

A lo que iba, que el Zoo vertió algunas lágrimas sobre la segunda dinastía del periodo bajo. Y yo me emocioné un montón y me sentí un poco absurdo, porque no debería yo emocionarme tan poco frecuentemente. Y sentí envidia, porque creo que sólo las personas capaces de emocionarse genuínamente alcanzan a conocer el secreto ése de "¿Para qué hemos venido al planeta Tierra?". Lo que no es normal es que la última vez que me emocionara yo, hasta ayer, era cuando me enteré de que habían hecho Rent en película -con el cast original, encima, cágate-. No puede ser que sólo me emocionen los intangibles intelectuales. ¿Qué hay de las personas? En esas estaba yo mientras el Zoo me abrazaba en la cómoda de su habitación, y la Rosita, sentada en la cama, hojeaba el catálogo de moda que habían metido en el paquete de la cazadora.

Envidia, absurdez... como véis, los sentimientos secundarios que arroparon mi emoción de ayer no son lo más loable. Es que soy la hostia. Un cantamañanas, como me dice mi hermana.

Sabéis que no os quiero engañar. Y para hacerlo debería ocultaros el resto de la historia: y el resto de la historia es de que me sentí enamorado y encantado de compartir mi tiempo con un chico como el Zoo, que es bueno y valiente y sabe lo que quiere y aún conserva un cándido mirar sobre la vida. Y es exigente, no os creáis, sostener un abrazo lleno de emoción irrefrenable. O te dejas llevar o añades otra capa de protección a la práctica cebolla de protección en que te has convertido a los treinta y pico, lo cuál, a estas alturas, es un poco coñazo, ya.

Después del abrazo nos bajamos a cenar y cené con una mezcla de hambre -qué buenísimo estaba todo- e indignación moral por la cantidad ingente de pasta que ganan las farmacéuticas, puente despiadado entre la muerte del tercer mundo y la vida del primero, y lo descarado que es que se parezcan tanto a los bancos, con sus fundaciones-lavado-de-imagen-y-lo-que-es-peor-de-conciencia. Pero oyes, que te ponen una sopa de marisco y vas dejando la ética atrás. Pero cómo somos. Besos para todos.
 
Les juntamos y que sea lo que Dios quiera
Oyes, que nos vamos a un pueblo perdido de la sierra de Valencia -yo me hice esa misma pregunta que bulle en vuestra cabeza, "¿pero Valencia tiene sierra?"-, a sesenta kilómetros de la capital, a ver si pillamos cacho de Fallas. Y nos vamos un grupo heterogéneo, como esos de los que gusta el Hollywood independiente: el Sergio -"Pichina", y no repetiré más veces, que ya va siendo hora de conocerle por su nombre auténtico-, la Rosita, el Zoo y yo. La Rosita y el Sergio hicieron muy buenas migas el sábado pasado, y hasta ahí puedo leer. Yo no entro ni salgo en las conversaciones nocturnas de la Rosita con un compañero de laboratorio, y las risas que se pasa ella consigo misma durante el transcurso de éstas -que la tenemos dicho que si no quiere nada con ese chico, lo cuál está por ver, que no le baile el agua, que en España tenemos una palabra muy fea para eso-, como tampoco me voy a meter en la vida privada que-no-me-grabes-coño del Sergio, que además me consta que la otra parte me lee y no quiero incurrir en efectos mariposa. Lo que está claro es que les vamos a meter a los dos en una misma habitación, y que sea lo que Dios quiera. Que si Dios y/o las feromonas no quieren, no querrán, pero espero que el Sergio tenga la delicadeza de no poner la mesita de noche entre las dos camas, como hacía cuando dormía conmigo, que se pensaba que ser marica era sinónimo de obseso sexual, y oye, no me tiréis de la lengua, pero en principio no es lo mismo.

Hoy es el cumple del Zoo, y, ¿sabéis lo que voy a hacer? Es que no está en Madrid, está en El Escorial atendiendo a unas jornadas donde les ponen fotos de cánceres y acto seguido les invitan a comer un filete poco hecho. Pues voy a subir por sorpresa a celebrar el cumple con él y sus compañeros. Lo he consultado con su amiga Little -la llama así, qué queréis que os diga- y me dice que sí, que lo haga, que le va a hacer ilusión. La última vez que me presenté por sorpresa en un sitio me dieron por culo, y si bien fue sólo en sentido figurado, dolió bastante. Claro, que aquel era un imbécil y este no, aunque aquel me traía ositos de fresa y los ositos de fresa, a causa de mi sorpresa bajo las palmeras polvorientas de la estación de Atocha, se terminaron de raíz.

Lo que yo digo es que las sorpresas amorosas sólo gustan en las películas, porque en la vida real tú estás a tu rollo, bebiendo o fumando -lo que en mi caso estaría a la altura de que me pillaran con otro, por ejemplo, es que el Zoo es muy radical con aquello de la salud-, flirteando con alguien, fardando o contando un chiste grueso, y te pilla fatal la sorpresa, porque tenías el chip en otro lado. No sé, a lo mejor a vosotros no os pasa, pero es que a mí me tiene muy dicho mi hermana Mari que soy un cantamañanas, y como mi vida adulta se caracteriza por un empeño en dejar de serlo -para mí madurar consiste en ser cada día un poco menos cantamañanas-, pues seguro que algo así me pasaría. Joder, vosotros seréis perfectos. No te digo...

El caso es que estoy decidido a dar mi sorpresa, pero no soy gilipollas, tengo el teléfono de Little para asegurarme de que no hago el imbécil. La llamaré con tiempo para no ser inoportuno -también tengo que tener cuidado con el asunto de que Zoo no está del todo fuera del armario en su curro, y tengo un barullo mental con quién lo sabe y quién no-.

Pero bueno, lo que mola es lo de Valencia y su sierra. Allí nos plantaremos el sábado y será la primera vez en mi vida que mis ojos vean el Mediterráneo. Lo juro. A mis 32 años. Joer, que me gusta eso de que me queden tantas cosas por vivir. Besos para todos.
 
Miel
Ay hijos míos, en la jaula de leones ha habido cambios. Dios, que en mi universo particular es el consejero delegado, ha decidido volver a ubicarme en el panorama corporativo, más por putear a la Virgen María -o sea, el que era antes mi jefe directo, el vórtice de todos mis males- que por aprecio a mi labor. Le decía el otro día a Yorch que me daba la impresión de que me iban a usar como Crash Test Dummie, y mi temor se ha hecho realidad. Pero, ¿sabéis qué? Me va la marcha. Así que hoy tenemos la reunión en la que Dios le contará a la Virgen María que, lejos de haberse salido con la suya, me quedo en la empresa y dejo de depender de él. Soy como una especie de Niño Jesús emancipado -joer, como se me echen encima las huestes católicas por tomar el nombre de Dios en vano, yo que lo hago sin mala intención, sólo para ilustrar el ejemplo-.

Me dijo Dios:
-Vete preparado.
Y yo me cagué por las patitas abajo. Porque ir preparado significa ponerme el machete entre los dientes, como Rambo en la que se adentraba por las junglas repletitas de Viet-Congs. A las 10.30 hora Zulú tengo el evento. Yo me he venido con camisa. Que no se diga.

En otro orden de cosas, tengo una alergia que más que una alergia parece como si me hubieran cambiando la sangre y las glándulas enzimáticas por las del niño aquel que vivía en una burbuja de cristal y sus padres le llevaban al zoo y el niño era feliz por última vez y se moría. Me pican los ojos, y moqueo a una velocidad que casi es imposible de evacuar. Ayer entré en una de chinos a comprarme unos pañuelos de papel y me vendieron quince mil por cero sesenta, pero eran de olor -por no mencionar su textura de esparto-. Se los regalé al Zoo, que los aceptó de mucho gusto, y entré en otro chino a comprarme otros. Cero setenta y cinco esta vez, pero eran blancos y tenían no sé qué bálsamo protector. Pues al Yorch le dio la risa cuando llegamos al bar, porque había un pequeñito dibujo de un panal y abejas en una esquina de los paquetillos, que resultaba en... olor a miel. Estos no se los he regalado al Zoo, decidí sacarlos rendimiento mediante la vieja táctica comercial del trueque. Le cambié dos paquetes por uno normal. El Yorch no picó, más bien me propuso venderlos en los semáforos. Muy gracioso.

Pues voy a ver si engaño a mi madre y a ver a quién más, porque no sé quién, en su sano juicio, puede hurgarse en la nariz con pañuelo que huele a miel. De hecho, no sé cómo alguien puede tener ningún tipo de relación con la miel. De sólo mirarla en la estantería del súper ya se te pegan los dedos. Por no hablar de su textura al paladar y de ese sabor que perdura en tus receptores linguares por siempre, da igual si a continuación te comes pepinillos en vinagre -imposible, te saben a pepinillos en vinagre con miel-.

Hijos míos, os voy a dejar por el momento porque voy a ver si en la máquina de la cocina, culpable de hipersalivaciones inoportunas y de la cerrazón de mis venas, encuentro algo que no sean incongruencias culinarias -como los famosos croasanes mixtos de jamón y queso que saben a roscón de Reyes, lo dijo Yorch y es verdad-, bombas calóricas -bollitos Martínez, hay uno que está cojonudo pero es del tamaño y peso de un ladrillo de obra de tres agujeros- o yogures sin cucharita.

Besos para todos.
 
Crash vs. Brokeback Mountain
Advierto a los amantes de la polémica -yo mismo lo soy- que no os lo voy a poner fácil. Y lo demuestro asumiendo para empezar lo imperfecto de mi propuesta: lo que defiendo a continuación es una tesis tan parcial que reconozco precisamente su naturaleza, a saber, que es ésto, una tesis inequívoca e interesada de la que parto -que es mejor película "Brokeback Mountain", en adelante BM, que "Crash"-, y lo único que hago es buscar los argumentos que la defienden y rechazar los que van en su contra. Dicho esto, todos en mente -con media sonrisa en la cara- mi tendencia sexual, allá voy.

Me gustó Crash del mismo modo que me gustó Amercian Beauty -mucho, muchísimo-, pero me gustaron menos que BM o que "The Straight Story " -1999, David Lynch-. Crash y AM son películas brillantes y se salen del arquetipo ético tradicional -aún más cartesiano para los norteamericanos- y definen, mediante una arquitectura cinematográfica más descriptiva que narrativa, esto es con pinceladas, con "bocados de realidad" -lo cuál, dicho sea de paso, es mucho más cómodo y fácil que someterse a una narrativa lineal, cualquiera que escriba o narre en algún formato lo sabe-, una crítica a los aspectos oscuros de la sociedad occidental. Y aciertan, porque son ciertos y es necesario denunciarlos -cuando menos, volver el foco sobre ellos-. En el fondo, Crash, hace lo que hace este post, mantener una tesis -necesaria, está claro- con todos los argumentos posibles y a costa, y aquí me lamento, de la veracidad que su propuesta naturalista -es decir, hiperrealista- persigue.

Porque todos debemos creer que aquello no es sino la vida real, pero resulta que, seamos honestos, ningún policía de la calaña del impagable Matt Dillon haría lo que hizo en la escena de la colisión. Eso es ciencia ficción, y no las tierras de Mordor. Porque no se sostiene la personalidad a ratos endeble y a ratos no del personaje negro, ni de su mujer -genial también Thandie Newton, aunque ella es mulata y debe sostener en su personaje que es blanca, un casting un tanto arriesgado-, porque Haggis no consigue que odiemos el racismo sin odiar al padre islámico que, menos mal, carga balas de fogeo -lo cuál es otra intrusión a cincel de guión en pos de un final feliz para el personaje del puertorriqueño bendito, intrusión tan torpe, tan "todo vale por increíble que parezca", que parece más digna de un George Lucas a diez minutos del final de la saga-. Haggis ve más natural satanizar al islamista -al fin y al cabo el World Trade Center impulsó unas prioridades de "malo de la película" aún frescas en el ego colectivo estadounidense- que al puertorriqueño o a cualquiera de los negros. Vamos, que a esta cinta le es imposible narrar contra el racismo sin ser racista. Vale que, como dijo el crítico de El País, esta película "no es para los amantes de las verdades absolutas". Pero es que Crash intenta defender por todos los lados, desde el primer minuto hasta el último, usando además la técnica facilona, no nos engañemos, del lenguaje descriptivo coral al más puro estilo La Colmena, con todas las ventajas narrativas que ello supone, una verdad absoluta, por necesaria que sea.

¿Y qué hace BM o hacía The Straight Story? Primero, ceñirse a la narrativa lineal, mucho más honesta. Aquí no puedes refugiarte en las elipsis -sobreentendidos del argumento, qué cómodos son- ni en los flashbacks -el espectador conoce la historia desde el principio hasta el final- ni en la supresión del conocimiento por parte de algún personaje -qué bien lo usó y difundió Hitchcock, cuánto se ha abusado de ello desde entonces-. Aquí se cuenta una historia desde la narrativa clásica, donde la maestría narrativa se luce, cuando la falta de oficio de otros cineastas podría quedar al desnudo -así que corren a refugiarse en esa otra narrativa de retazos, de fragmentos, igualmente válida, cierto, cuando se usa con mesura, y creo que Crash es un ejemplo válido de ello-. En BM se mantiene una tesis desde la exposición, no desde la imposición. Y no hay comportamientos de ciencia ficción ni giros imposibles ni golpes increíbles de guión. Aún así, en la historia de los vaqueros somos incapaces de intuir qué va a ocurrir a continuación de la siguiente escena -¿alguien no intuye en Crash de quién va a ser hermano el incorrompible policía negro o de qué clase de balas eran las de la caja roja?-.

En BM no hay efectismo más allá de desnudar la realidad de la experiencia a lo largo de los años de dos personas, de contar sus imperfecciones y desaciertos -si tu propuesta es hiperrealista, dota a tus personajes de imperfecciones humanas, de aristas, y serán creíbles, no de giros dramáticos de personalidad que les hagan parecer psicópatas sin serlo-. No seáis tan cínicos de ver increíble una historia como la que cuenta BM. Cuánto de ello ocurre a nuestro alrededor y quizá hasta, si entrecerramos los ojos de la conciencia, podamos ponerle nombres y apellidos a nuestros vaqueros domésticos -no hablo sólo de amor entre dos hombres, hablo del amor a escondidas, de la frontera insalvable entre el amor que siento yo y el amor que sientes tú-.

Pero lo más importante: lo que eleva BM o TSS sobre Crashes, American Beauties, Magnolias y otras películas geniales pero, desde este punto de vista fallidas, es que la propuesta de las últimas, su defensa, se hace desde el púlpito de la denigración -me falta una palabra más adecuada- de la condición humana. Describiendo y esculpiendo lo peor de los hombres, lo más mezquino, lo más criticable nos asomamos al espejo de nosotros mismos y eso está bien. Salimos del cine con la conciencia removida y deseando hacer los deberes. Desde el pesimismo, estos cineastas construyen sus fábulas, y qué bien está, porque estas fábulas funcionan. ¿Pero qué ocurre cuando esta crítica se realiza desde la construcción, no desde la destrucción, desde el optimismo -aunque sea un poco y al final- y la calma, desde el lugar en el que aún hay sitio para lo humano y no después de no haber dejado títere sin cabeza? Pensé con American Beauty qué fácil es mostrar lo chungo de la sociedad occidental desde los personajes al borde, desde los inhumanos, los crueles o los extraños. Y no está mal, después de tanto cine absurdo a lo Pretty Woman en Hollywood. Pero vi la de David Lynch y vi que se podía hacer lo mismo pero mostrando una escrupulosa admiración por el ser humano y su pasado y su futuro. Además, con la maravillosa música de Angelo Badalamenti -qué insulsa es la música de Crash, por cierto-. Así que me gustó más. Y vi BM y vi explicado el amor y el desamor, el deseo sexual, que los hombres somos islas y el remordimiento, vi paisajes rodados en 35mm y pasados a positivo sin un solo render 3D. Y vi que Lee, como Lynch, a diferencia de Higgis -cuyo pesimista veredicto es el de "culpable"- perdona, PERDONA, al ser humano de su condición.

Está bien, y os daré un poco de carnaza aún a riesgo del descrédito de mis opiniones expuestas: Heath Ledger es tan guapo...

Besos para todos.
 
Rent
El miércoles íbamos el Yorch, la Noe y yo hacia Lavapiés para buscarnos un menú del día que llevarnos a la boca, valga la redundancia, y yo caminaba, como de costumbre, despellejando a mi jefe y los modos de esta empresa general, convertido como estoy en uno de esos personajes cabizbajos y permanentemente cabreados que pueblan las aceras bajo el sol de jornada laboral de esta bendita ciudad. No quiero ser jamás así, me decía, y ya véis. Pues asoma de una tienda de porteros automáticos una mujer vagamente harapienta, gorrrrrrrda como ella sola -soy todo lo políticamente incorrecto que me sale, peso cuatro kilos más que el año pasado y no le intuyo a mi metabolismo visos de detenerse- y maciza, de esas que, según el inventario sentencioso de cierto consultor al que echo de menos -a eso hemos llegado-, "es más fácil saltarla que darle la vuelta", me mira con gesto de desaprobación y espeta, cuando paso a su altura:
-Fúmate un porrito, amargao.

Me cago en su puta vida. Y, como subrayando su mensaje, una camiseta donde le explotaban las tetas con la típica hojita compuesta de la marihuana. Así me dijo. La Noe se partía el eje, y con razón. Porque aquella mujer, no lo olvidemos, acertaba de pleno en las dos vertientes de su exposición: una, que yo estaba amargado; otra, que un porrito es una solución tan buena como cualquier otra para mis males.

En fin, no la he hecho caso, no sé si por falta de ganas o de suministro. Pero tengo clara una cosa: si un día de estos mi crisis laboral me lleva a abrir el neceser de las medicinas con el objeto de buscarme una bezodiacepina de urgencia que llevarme a la boca, valga la redundancia, espero que sea después de haber comprobado que un porro cargadito no me ha hecho efecto. ¿Apología de las drogas? Puedo jurar que no. ¿Búsqueda de alternativas que no den con mis huesos en un juicio por lo penal? Podéis apostar a que sí. Sabéis que lo mío es todo lenguaje, que me he drogado más de palabra que de acción, sirva esto para que os hagáis una idea de mi situación vital.

Sólo una buena noticia ha habido en estos últimos días. "Rent" ha dado, como se suele decir, el salto al cine. Paso de aburriros, pero mi dimensión obsesiva me ha hecho ver los trailers de la página una decena de veces cada uno, leerme el blog del rodaje enterito y enteritos también los 135 comentarios de la película en IMDb.com, escuchado todos los clips a lo largo y ancho del mundo virtual y visionado -dejándome los ojos- todos los videoblogs que he pillado, enamorándome de paso por segunda vez en mi vida -esta ha de ser la definitiva- de un tal Adam Pascal, Roger para los amigos. La hostia. No day but today. La Noe y el Yorch se van pronto a Nueva York, ya saben que no pueden pisar de nuevo suelo español si no vienen con el DVD y el CD bajo el brazo.

En fin, me voy a casa. Voy a ver si me llevo El Pais de la recepción por la gorra, la única cosa decente que obtengo de esta empresa últimamente. Besos para todos.