La vuelta del pueblo
Es curioso –por no liarme buscando un adjetivo, busco uno fácil- esto de la aldea global. Fui a la hoguera de San Juan de mi pueblo –no sé qué coño me pasó esta vez, que no me emocionó lo de hoguera propiamente dicha tanto como antaño, así que ni esperamos a las brasas, nos fuimos de copas directamente- y me di cuenta de lo siguiente: efectivamente, mucha peña, por no decir todo cristo, lee este blog. A mis amigos, la gente les pregunta por messenger:
-¿Pero es verdad que Julito, el primo, es gay? –esto es porque allí casi todo el mundo es primo mío. Es que mi padre tiene siete hermanos y cada uno de ellos otros tantos hijos, y alguno de éstos tiene también hijos a su vez, así que echad cuentas. Es como los granos de arroz con aquel listillo del ajedrez. Supongo que si alguien ha dicho “maricón” en vez de “gay”, mis amigos me lo van a adornar, esto también lo sé.
Lo bueno es que ibas de bares y a veces la gente me miraba y en su mirada estaba escrito “yo sé que tú lo sabes que yo lo sé”. Al principio no caía, pensaba que era yo con el ego desproporcionado y un toque de paranoia, porque notaba que la gente me miraba de más, pero no, comprendí que era el tema del blog. Alguien que conozco me paró por la calle y me dijo, apuntándome con un dedo acusador:
-Te sigo.
Conzco a la persona y sé que lo hizo con cariño, pero si no llega a ser él, menudo susto. Es como:
-Sé dónde vives.
Y uno de mis múltiples primos me quiso sacar si yo era gay con preguntas indirectas tipo “¿y tú qué, tienes novia?”, y una chica en un bar anduvo unos minutos indecisa entre ignorarme o venirme a pedir un autógrafo… debo reconocer que mola, porque no hubo ninguna reacción reaccionaria, valga la redundancia. Es que la peña es lista, cojones, y maja, y está en este mundo.
La Bea me ha dicho que quiere salir en el blog. Me lo ha pedido por encima, pero yo lo he pillado al vuelo. Y sí, quiere salir, pero es una lista y me ha comentado un par de cosillas que no puedo sacar ni en bromas, y yo le decía:
-Pero vamos a ver, Bea, si no puedo contar lo del _____, ¿qué coño voy a contar de ti? ¡Si es lo mejor que le ha pasado a alguien de esta pandilla con diferencia!
-Pues cuentas otras cosas.
Pues no me da la gana, Bea, si coartas la libertad del autor, hasta ahí podíamos llegar. No pienso sacarte censurada en mi blog. Así de claro te lo digo. Para hablar de tus modelitos, ya te buscas un blog de modelitos y que cuenten allí lo de que cada vez que vienes a Madrid dejas la calle Fuencarral como arrasada por el Katrina. Coño ya.
-A mí lo que me gusta es cuando hablas de tu madre –prosigue la Bea, en su faceta de mi editora-. Porque tu madre es muy maja, pero cualquiera que te lea se piensa que es el ogro.
-Pues no pongo nada que no sea –me defiendo yo.
-Pero no es lo mismo leerlo que conocerla. Tu madre es más buena que el pan. Y además, aquí la conocen.
-Pues será muy buena, pero no es una santa. Y yo me debo a mi público, y mi público no es sólo el aguilarense. A mí me leen en todo el mundo.
Total, que la Bea quiere ser conocida en todo el mundo. Ella no sabe que en todo el mundo es difícil ser conocido, pero si lo que quiere es ser conocida en el universo noctámbulo aguilarense, que es como un mundo, no necesita para nada este blog. Porque la Bea no es que salga, es que no entra. A la Bea –como a todos nosotros, no puedes tirar la piedra y esconder la mano- le pierde salir por Aguilar. Llega la primera y se va la última. Y en su calendario tiene en circulitos no la próxima visita al ginecólogo, como la mayoría de las chicas, sino su próximo finde en Aguilar. De aquí a dos años. Es así, Bea, no puedo contar cosas que no sean.
Pero si hablo con esta libertad de la Bea es porque yo soy igual. Igualito, igualito. Aunque yo no señalo mis findes aguilarenses en el calendario, pero mejor para mí, que así me llevo más sorpresa cuando llegan. En fin, hijos míos. Voy a ver si curro un poco. Besos para todos.
-¿Pero es verdad que Julito, el primo, es gay? –esto es porque allí casi todo el mundo es primo mío. Es que mi padre tiene siete hermanos y cada uno de ellos otros tantos hijos, y alguno de éstos tiene también hijos a su vez, así que echad cuentas. Es como los granos de arroz con aquel listillo del ajedrez. Supongo que si alguien ha dicho “maricón” en vez de “gay”, mis amigos me lo van a adornar, esto también lo sé.
Lo bueno es que ibas de bares y a veces la gente me miraba y en su mirada estaba escrito “yo sé que tú lo sabes que yo lo sé”. Al principio no caía, pensaba que era yo con el ego desproporcionado y un toque de paranoia, porque notaba que la gente me miraba de más, pero no, comprendí que era el tema del blog. Alguien que conozco me paró por la calle y me dijo, apuntándome con un dedo acusador:
-Te sigo.
Conzco a la persona y sé que lo hizo con cariño, pero si no llega a ser él, menudo susto. Es como:
-Sé dónde vives.
Y uno de mis múltiples primos me quiso sacar si yo era gay con preguntas indirectas tipo “¿y tú qué, tienes novia?”, y una chica en un bar anduvo unos minutos indecisa entre ignorarme o venirme a pedir un autógrafo… debo reconocer que mola, porque no hubo ninguna reacción reaccionaria, valga la redundancia. Es que la peña es lista, cojones, y maja, y está en este mundo.
La Bea me ha dicho que quiere salir en el blog. Me lo ha pedido por encima, pero yo lo he pillado al vuelo. Y sí, quiere salir, pero es una lista y me ha comentado un par de cosillas que no puedo sacar ni en bromas, y yo le decía:
-Pero vamos a ver, Bea, si no puedo contar lo del _____, ¿qué coño voy a contar de ti? ¡Si es lo mejor que le ha pasado a alguien de esta pandilla con diferencia!
-Pues cuentas otras cosas.
Pues no me da la gana, Bea, si coartas la libertad del autor, hasta ahí podíamos llegar. No pienso sacarte censurada en mi blog. Así de claro te lo digo. Para hablar de tus modelitos, ya te buscas un blog de modelitos y que cuenten allí lo de que cada vez que vienes a Madrid dejas la calle Fuencarral como arrasada por el Katrina. Coño ya.
-A mí lo que me gusta es cuando hablas de tu madre –prosigue la Bea, en su faceta de mi editora-. Porque tu madre es muy maja, pero cualquiera que te lea se piensa que es el ogro.
-Pues no pongo nada que no sea –me defiendo yo.
-Pero no es lo mismo leerlo que conocerla. Tu madre es más buena que el pan. Y además, aquí la conocen.
-Pues será muy buena, pero no es una santa. Y yo me debo a mi público, y mi público no es sólo el aguilarense. A mí me leen en todo el mundo.
Total, que la Bea quiere ser conocida en todo el mundo. Ella no sabe que en todo el mundo es difícil ser conocido, pero si lo que quiere es ser conocida en el universo noctámbulo aguilarense, que es como un mundo, no necesita para nada este blog. Porque la Bea no es que salga, es que no entra. A la Bea –como a todos nosotros, no puedes tirar la piedra y esconder la mano- le pierde salir por Aguilar. Llega la primera y se va la última. Y en su calendario tiene en circulitos no la próxima visita al ginecólogo, como la mayoría de las chicas, sino su próximo finde en Aguilar. De aquí a dos años. Es así, Bea, no puedo contar cosas que no sean.
Pero si hablo con esta libertad de la Bea es porque yo soy igual. Igualito, igualito. Aunque yo no señalo mis findes aguilarenses en el calendario, pero mejor para mí, que así me llevo más sorpresa cuando llegan. En fin, hijos míos. Voy a ver si curro un poco. Besos para todos.
Cosas que quemar en la hoguera de San Juan
Alguno de vosotros sabrá, si no muchos, que esta noche próxima es la noche de San Juan. Tan grande es la devoción mía por ese santo –siendo ateo- que hasta le dediqué una canción cuando era joven y tenía un grupo. No al santo, está bien, sino a la noche de San Juan, la más pagana de las noches. Bien, pues espero que dicha noche me pille en mi pueblo, bien acurrucado junto a mis amigos –y a mi novio, lo sabéis- viendo arder el fuego ese que todo lo purifica, que termina con lo antiguo y empieza con lo nuevo.
A poco, será una noche mejor que la pasada. Uno, inocentemente, se fue al cine con su sobrina, con la que puede hablar de música, de chicos y de padres, que son los tres temas del mundo; poco queda, fuera de ellos. Hablando de música no me reí, sólo aprendí –y reconocí que ya ni siquiera soy suficientemente alternativo, cosa que no me importa, porque el mainstream tiene su encanto-, pero hablando de padres me partí el eje de las equis. Es que ella de padres puede hablar, y mucho. Lo de su progenitor es un verdadero catálogo de… cómo diríamos… bueno, un catálogo.
El caso es que me fui feliz al cine con ella, a ver “El asesinato de Richard Nixon”, que me encantó, crítica feroz, como se suele decir, a nuestra sociedad, aunque esta vez es cierto, y con una escena final –genial Sean Penn con un avioncito de papel hacia la cámara- que es la escena con más huevos que se ha rodado en el cine post 11S, casi se me puso dura, de puro atrevida –tanto que a muchos seguro que les pasa inadvertido su atrevimiento-. En fin, que yo disfrutando de mi sobri y de la peli y salgo y me encuentro mil quinientas llamadas perdidas, la mitad de mi madre y la mitad del Zoo.
Decido llamar primero al Zoo –para que veáis- y cúmulo de malentendidos, porque yo le había llamado para comentarle que me iba al cine, aunque previamente acordamos que no nos veríamos. Él no había oído la llamada y luego yo estaba en el cine. Pero claro, llamó a mi casa y mi madre de los nervios, porque pensaba que estaba con él. Llego a mi casa –hablé con Zoo durante todo el trayecto, qué fácil os lo puse ayer, maderos encargados de las infracciones pozueleras- y mi madre al borde del infarto. Mi madre infartándose –había llamado a la policía y todo-, mi novio mosqueado y yo con la sonrisa en la boca por el trocito de obra de arte que venía de ver. Total, como yo ya sé que la felicidad dura poco, pues lo di por bueno.
Mi madre tenía dos teorías probables en su cabeza: una, que me hubiera estrellado con el coche. Otra, que como hay tantos atracos en el noroeste últimamente, me habían raptado para pedir un rescate. Yo no sé si mi madre se cree que es rica, pero sé que los ladrones probables saben que no lo es. Lo suyo es ese miedo egocéntrico, el mismo que a muchas madres les hace creer que alguien va a echar droga en los vasos de sus hijos para aficionarles, como si el primer interés de un camello no fuera primero cobrar y segundo dejarte muy claro que él es quien te sirve. El caso es que a mi madre le parece más probable que me rapten o que me estrelle que que no conteste porque estoy en el cine, a pesar de que esto último es lo que viene ocurriendo en la práctica totalidad de nuestra vida juntos.
En fin, que aquí nadie quiere hacerse responsable de la torpeza de sus actos y/o sentimientos, y tú vienes del cine y te encuentras a un montón de personas irresponsables y sufrientes que te piden explicaciones e intentan responsabilizarte de sus preocupaciones. Porque mi madre es responsable de lo que siente cuando marca mi teléfono y no contesto, y mi novio es responsable de si en el fondo no está de acuerdo con la decisión bilateral de no vernos un jueves. ¿De qué soy responsable yo? Pues, si tenéis alguna idea al respecto, no dejéis de comentarla aquí debajo. Por lo pronto, quemaremos todo esto y mucho más que se nos ocurra esta noche en la hoguera de San Juan. Besos para todos.
A poco, será una noche mejor que la pasada. Uno, inocentemente, se fue al cine con su sobrina, con la que puede hablar de música, de chicos y de padres, que son los tres temas del mundo; poco queda, fuera de ellos. Hablando de música no me reí, sólo aprendí –y reconocí que ya ni siquiera soy suficientemente alternativo, cosa que no me importa, porque el mainstream tiene su encanto-, pero hablando de padres me partí el eje de las equis. Es que ella de padres puede hablar, y mucho. Lo de su progenitor es un verdadero catálogo de… cómo diríamos… bueno, un catálogo.
El caso es que me fui feliz al cine con ella, a ver “El asesinato de Richard Nixon”, que me encantó, crítica feroz, como se suele decir, a nuestra sociedad, aunque esta vez es cierto, y con una escena final –genial Sean Penn con un avioncito de papel hacia la cámara- que es la escena con más huevos que se ha rodado en el cine post 11S, casi se me puso dura, de puro atrevida –tanto que a muchos seguro que les pasa inadvertido su atrevimiento-. En fin, que yo disfrutando de mi sobri y de la peli y salgo y me encuentro mil quinientas llamadas perdidas, la mitad de mi madre y la mitad del Zoo.
Decido llamar primero al Zoo –para que veáis- y cúmulo de malentendidos, porque yo le había llamado para comentarle que me iba al cine, aunque previamente acordamos que no nos veríamos. Él no había oído la llamada y luego yo estaba en el cine. Pero claro, llamó a mi casa y mi madre de los nervios, porque pensaba que estaba con él. Llego a mi casa –hablé con Zoo durante todo el trayecto, qué fácil os lo puse ayer, maderos encargados de las infracciones pozueleras- y mi madre al borde del infarto. Mi madre infartándose –había llamado a la policía y todo-, mi novio mosqueado y yo con la sonrisa en la boca por el trocito de obra de arte que venía de ver. Total, como yo ya sé que la felicidad dura poco, pues lo di por bueno.
Mi madre tenía dos teorías probables en su cabeza: una, que me hubiera estrellado con el coche. Otra, que como hay tantos atracos en el noroeste últimamente, me habían raptado para pedir un rescate. Yo no sé si mi madre se cree que es rica, pero sé que los ladrones probables saben que no lo es. Lo suyo es ese miedo egocéntrico, el mismo que a muchas madres les hace creer que alguien va a echar droga en los vasos de sus hijos para aficionarles, como si el primer interés de un camello no fuera primero cobrar y segundo dejarte muy claro que él es quien te sirve. El caso es que a mi madre le parece más probable que me rapten o que me estrelle que que no conteste porque estoy en el cine, a pesar de que esto último es lo que viene ocurriendo en la práctica totalidad de nuestra vida juntos.
En fin, que aquí nadie quiere hacerse responsable de la torpeza de sus actos y/o sentimientos, y tú vienes del cine y te encuentras a un montón de personas irresponsables y sufrientes que te piden explicaciones e intentan responsabilizarte de sus preocupaciones. Porque mi madre es responsable de lo que siente cuando marca mi teléfono y no contesto, y mi novio es responsable de si en el fondo no está de acuerdo con la decisión bilateral de no vernos un jueves. ¿De qué soy responsable yo? Pues, si tenéis alguna idea al respecto, no dejéis de comentarla aquí debajo. Por lo pronto, quemaremos todo esto y mucho más que se nos ocurra esta noche en la hoguera de San Juan. Besos para todos.
En plan carta abierta, y tal
Sabéis que el hermano del Zoo está ya viviendo con ellos. La Rosita se ha ido a vivir al edificio de enfrente, que ya con cabían, y esa familia es como una piña. Buena gente, los nuevos, eso es verdad.
A lo que yo iba, hijos míos, es que todos esos venezolanos que conozco, a diferencia de muchos otros venezolanos, no saben mucho divertirse. No son muy hedonistas, que digamos. Debe ser cosa familiar, no del país. Ellos son responsables, trabajadores, preocupados y no se relajan ni un sólo segundo en todo el día. O sea, se relajan, pero no del todo. Y pienso yo: qué coñazo.
Si les preguntas, tal vez te respondan que ahora es momento de apretar, que ya se relajarán y divertirán cuando tengan las cosas un poco más montadas. A ello, yo respondería dos cosas. Primera y más importante: las cosas nunca terminan de estar montadas. No es pesimismo, ni mucho menos, es que el mundo es así. La condición humana, finita y terrenal, al igual que nuestro entorno -la naturaleza-, están fabricados con un chip de imperfección adherido a cada elemento, como las etiquetas del precio a la ropa de un Zara. Así que, querida familia, la primera noticia que os tengo en ésta, mi carta abierta, es que nunca lo tendréis todo del todo montado. Os comerán los gusanos mucho antes siquiera de que eso ocurriera.
Y la segunda cosa que respondería, y qué coño familia querida, queridos humanos pertenecientes a la raza humana y lectores, por añadidura, de este blog, es que... ¡dejad de engañaros, hostia! ¡Que nadie se cree eso de que me divertiré... mañana! ¡Que si piensas así nunca te divertirás!
Hijos míos, estoy harto de verlo. Mi propia progenitora es así. Espera a tener el trabajo hecho antes de empezar a divertirse. La cosa es que nunca tiene el trabajo hecho, nunca está el suelo de la cocina lo suficientemente limpio, toda la compra comprada, el lavabo suficientemente brillante... bueno, es que todos los ejemplos que se me ocurren con ella son de limpieza. El caso es que nunca ha llegado el momento de relajarse y divertirse.
Lo sabéis tan bien como yo: o empiezas a divertirte mientras trabajas, o mientras amontonas dinero, o mientras acumulas conocimiento técnico en tu cabeza, incluso mientras sufres, o nunca te divertirás. Y si nunca te diviertes y tampoco eres Teresa de Calcuta -es decir, tampoco haces nada que los demás noten a mejor verdaderamente-, pues yo qué sé, no quiero ser un cafre, pero deberías haber dejado alimento, agua y oxígeno para los que sí que se las arreglan medianamente en uno de esos dos campos. Es una exageración, claro, que todo el mundo tiene derecho a estar en esta Tierra. Hasta los militantes del PP o de los partidos nacionalistas-morro lo tienen, con eso os lo digo todo. Iba a decir los votantes, pero yo soy muy respetuoso, bien lo sabe la virgen de trapapalucos y los manifestantes del foro de la familia, que yo puedo perfectamente pasar al lado de una manifestación suya y superarlo sin secuelas, que yo sé que no hay cosa mejor para poner las cosas en su sitio que nuestra Madre Naturaleza. Aunque, querida Madre Naturaleza, lo de poner un hijo marica en cada padre de familia que justo era lo que odiaba está ya demasiado visto. Es cañero y mola, pero échale imaginación.
A lo que voy, que se me pira la pinza. Lo jodido es que yo tampoco pregono ni soy el paradigma del hedonismo. Pero es que estamos perdiendo el norte. Aviso a navegantes que navegan por el río de la vida, por los setenta o noventa o cuarenta y cinco años que tienen de plazo para atravesar esta vida con o sin éxito, que tanto da: aseguraos de que no perdéis la sonrisa mientras os hacéis vuestro hueco, de que el caracter no se os corrompe, porque si lo hace es para siempre, mientras termináis vuestras carreras o forjáis vuestras profesiones. No apartéis a nadie del camino sólo porque creéis -siempre erróneamente- que es un obstáculo para seguir amontonado -dinero, poder, metros cuadrados o belleza, siempre es amontonar-. Lo pagaréis caro, con lo peor que se puede pagar, que es con infelicidad y con culpa -no creáis que hay peña a la que la culpa le resbala, eso lo dicen justo antes de morir aplastados por ella-. Ejemplo, me diréis "es que Hitler nunca se sintió culpable", y yo os diré "vale, pero ¿a que tampoco lo has visto nunca sonreir? Un puto infeliz, vamos". Madre Naturaleza es especialmente agresiva con este grupo, los q apartan porque confunden a personas con obstáculos. No dejéis de recoger vuestro ego cuando lo veáis desparramado por el suelo -pensando que sóis perfectos, inmaculados, infalibles-... todo esto son sólo problemas de ego; es imposible reirse con el ego desparramado, sólo los que controlan su ego al tamaño de su propio cuerpo mantienen la sonrisa largo rato.
En resúmen: aseguraos que el sentido del humor es el motor de vuestra vida -recordad que el fin del viaje es el mismo para todos-. Cualquier otro objetivo está condenado al fracaso. Besos para todos.
A lo que yo iba, hijos míos, es que todos esos venezolanos que conozco, a diferencia de muchos otros venezolanos, no saben mucho divertirse. No son muy hedonistas, que digamos. Debe ser cosa familiar, no del país. Ellos son responsables, trabajadores, preocupados y no se relajan ni un sólo segundo en todo el día. O sea, se relajan, pero no del todo. Y pienso yo: qué coñazo.
Si les preguntas, tal vez te respondan que ahora es momento de apretar, que ya se relajarán y divertirán cuando tengan las cosas un poco más montadas. A ello, yo respondería dos cosas. Primera y más importante: las cosas nunca terminan de estar montadas. No es pesimismo, ni mucho menos, es que el mundo es así. La condición humana, finita y terrenal, al igual que nuestro entorno -la naturaleza-, están fabricados con un chip de imperfección adherido a cada elemento, como las etiquetas del precio a la ropa de un Zara. Así que, querida familia, la primera noticia que os tengo en ésta, mi carta abierta, es que nunca lo tendréis todo del todo montado. Os comerán los gusanos mucho antes siquiera de que eso ocurriera.
Y la segunda cosa que respondería, y qué coño familia querida, queridos humanos pertenecientes a la raza humana y lectores, por añadidura, de este blog, es que... ¡dejad de engañaros, hostia! ¡Que nadie se cree eso de que me divertiré... mañana! ¡Que si piensas así nunca te divertirás!
Hijos míos, estoy harto de verlo. Mi propia progenitora es así. Espera a tener el trabajo hecho antes de empezar a divertirse. La cosa es que nunca tiene el trabajo hecho, nunca está el suelo de la cocina lo suficientemente limpio, toda la compra comprada, el lavabo suficientemente brillante... bueno, es que todos los ejemplos que se me ocurren con ella son de limpieza. El caso es que nunca ha llegado el momento de relajarse y divertirse.
Lo sabéis tan bien como yo: o empiezas a divertirte mientras trabajas, o mientras amontonas dinero, o mientras acumulas conocimiento técnico en tu cabeza, incluso mientras sufres, o nunca te divertirás. Y si nunca te diviertes y tampoco eres Teresa de Calcuta -es decir, tampoco haces nada que los demás noten a mejor verdaderamente-, pues yo qué sé, no quiero ser un cafre, pero deberías haber dejado alimento, agua y oxígeno para los que sí que se las arreglan medianamente en uno de esos dos campos. Es una exageración, claro, que todo el mundo tiene derecho a estar en esta Tierra. Hasta los militantes del PP o de los partidos nacionalistas-morro lo tienen, con eso os lo digo todo. Iba a decir los votantes, pero yo soy muy respetuoso, bien lo sabe la virgen de trapapalucos y los manifestantes del foro de la familia, que yo puedo perfectamente pasar al lado de una manifestación suya y superarlo sin secuelas, que yo sé que no hay cosa mejor para poner las cosas en su sitio que nuestra Madre Naturaleza. Aunque, querida Madre Naturaleza, lo de poner un hijo marica en cada padre de familia que justo era lo que odiaba está ya demasiado visto. Es cañero y mola, pero échale imaginación.
A lo que voy, que se me pira la pinza. Lo jodido es que yo tampoco pregono ni soy el paradigma del hedonismo. Pero es que estamos perdiendo el norte. Aviso a navegantes que navegan por el río de la vida, por los setenta o noventa o cuarenta y cinco años que tienen de plazo para atravesar esta vida con o sin éxito, que tanto da: aseguraos de que no perdéis la sonrisa mientras os hacéis vuestro hueco, de que el caracter no se os corrompe, porque si lo hace es para siempre, mientras termináis vuestras carreras o forjáis vuestras profesiones. No apartéis a nadie del camino sólo porque creéis -siempre erróneamente- que es un obstáculo para seguir amontonado -dinero, poder, metros cuadrados o belleza, siempre es amontonar-. Lo pagaréis caro, con lo peor que se puede pagar, que es con infelicidad y con culpa -no creáis que hay peña a la que la culpa le resbala, eso lo dicen justo antes de morir aplastados por ella-. Ejemplo, me diréis "es que Hitler nunca se sintió culpable", y yo os diré "vale, pero ¿a que tampoco lo has visto nunca sonreir? Un puto infeliz, vamos". Madre Naturaleza es especialmente agresiva con este grupo, los q apartan porque confunden a personas con obstáculos. No dejéis de recoger vuestro ego cuando lo veáis desparramado por el suelo -pensando que sóis perfectos, inmaculados, infalibles-... todo esto son sólo problemas de ego; es imposible reirse con el ego desparramado, sólo los que controlan su ego al tamaño de su propio cuerpo mantienen la sonrisa largo rato.
En resúmen: aseguraos que el sentido del humor es el motor de vuestra vida -recordad que el fin del viaje es el mismo para todos-. Cualquier otro objetivo está condenado al fracaso. Besos para todos.
La cosa de las oportunidades
Ay hijos míos, qué noche de perros he pasado, y justo hoy elijo para volver a escribir en este santo blog, que tan abandonado tengo. Mira que me tengo dicho que no debo tomar café por la tarde, pues nada: ayer cayeron un té y un café a eso de las cinco, y a mí me daban las cuatro de la mañana y yo pensando en distintos tipos de reverb para las pistas vocales de mis canciones. Por cierto, que os daré información puntual, pero en breve, unos meses, asistiréis al lanzamiento mundial y simultáneo de mi nuevo disco. Va de las relaciones entre los hijos y los padres, y de todo eso de la familia. Como sabéis, que la familia no es necesariamente un entorno de amor y confianza es algo que vengo aprendiendo recientemente, y así queda reflejado en mis letras. Me sé de unos cuántos que se darían por aludidos.
Es cierto: en casa del Zoo mi nivel de mala hostia fluctúa los fines de semana más que la marea si la luna estuviera a un cuarto de hora en teleférico. El otro día les llevé, pasión cultivadora la mía, a los Renoir a ver “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, en plan repaso de grandes clásicos. Pues a los parientes horizontales del Zoo –por no ser más explícito-, aún diciendo que la peli les gustó –para congraciarse con el cánon occidental, más que otra cosa, que yo creo que más que gustarles les asustó- les horrorizó el personaje de la mi Verónica Abril, más o menos diciendo que ella había dejado pasar las oportunidades, que era una alcohólica que no quería salir de su vicio –Jesús, cómo le gusta a la peña la palabra “vicio”, yo es que no lo entiendo- y que vamos, que era lo peor. Y claro, yo, y ahí se subía al carro el Zoo, mal que me pese, debo reconocer que la gente es lo que es, me lo tienen dicho, y allá con lo que yo haga, así que a mi alrededor se extendía un coro –de pringados, como diría Sabina- que reclamaba mi cabeza al grito de “rojo”, y de que lo perdono todo y lo entiendo todo sistemáticamente y yo qué sé qué otros despropósitos. Mira, a tomar por culo. No les dejé tirados allí en la calle de milagro. Yo creo que mi Zoo es bueno. Que se debate entre los dictados de la inteligencia y el empuje natural de la inercia cultural que ha mamado. Es lo que quiero creer. Dejadme que lo crea.
Vamos, que les hice meternos en un bar alemán –el primero que pillé- y devoré una ensalada de patata y pepinillo y la regué con la cerveza de mayor graduación que pillé en la carta en un vano intento doble de, primero, tranquilizarme, y segundo, asemejarme a la Victoria Abril en su alcoholismo. Porque ella en la peli y yo tenemos una cosa muy clara: como al prójimo no se le puede cambiar, cuécete un poco y verás que, al menos, se le deforma la cara.
Así que a ratos. Porque la susodicha parienta horizontal del susodicho a veces pone cara de no romper un plato, y conmigo yo entiendo que hay que tener paciencia, que me cuesta más fregar un cubierto después de comer que al Piraña subir el K2 con la mochila del colegio a la espalda, pero uno, lo sabéis, está harto de esa actitud de “el primer mandamiento de mi religión es ‘Vete a saco sobre todas las cosas’”.
Les contaba la movida de la peli a las Supernenas –Vic y Moni, qué bien me trataron el otro día en su casa, cómo me alegro de que estén tan bien, qué bueno es recordar lo mucho que quiero a quien siempre será mi alma gemela- y me gustó encontrar comprensión a mi rebufo emocional. Vamos, que no estoy loco.
Pero, hijos míos, ¿y lo bueno que es ver también la parte positiva de las cosas? Oyes, que las hay. Pero las desglosaremos en otro momento, que está de nuevo el boss a mi vera. Bueno, y no os he contado que ayer aterrizó en Barajas el hermano del Zoo, tercero en discordia. Con su flamante mujer. Para quedarse. Y a vivir en la misma casa. El resto será producto de vuestra propia imaginación. Besos para todos.
Es cierto: en casa del Zoo mi nivel de mala hostia fluctúa los fines de semana más que la marea si la luna estuviera a un cuarto de hora en teleférico. El otro día les llevé, pasión cultivadora la mía, a los Renoir a ver “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, en plan repaso de grandes clásicos. Pues a los parientes horizontales del Zoo –por no ser más explícito-, aún diciendo que la peli les gustó –para congraciarse con el cánon occidental, más que otra cosa, que yo creo que más que gustarles les asustó- les horrorizó el personaje de la mi Verónica Abril, más o menos diciendo que ella había dejado pasar las oportunidades, que era una alcohólica que no quería salir de su vicio –Jesús, cómo le gusta a la peña la palabra “vicio”, yo es que no lo entiendo- y que vamos, que era lo peor. Y claro, yo, y ahí se subía al carro el Zoo, mal que me pese, debo reconocer que la gente es lo que es, me lo tienen dicho, y allá con lo que yo haga, así que a mi alrededor se extendía un coro –de pringados, como diría Sabina- que reclamaba mi cabeza al grito de “rojo”, y de que lo perdono todo y lo entiendo todo sistemáticamente y yo qué sé qué otros despropósitos. Mira, a tomar por culo. No les dejé tirados allí en la calle de milagro. Yo creo que mi Zoo es bueno. Que se debate entre los dictados de la inteligencia y el empuje natural de la inercia cultural que ha mamado. Es lo que quiero creer. Dejadme que lo crea.
Vamos, que les hice meternos en un bar alemán –el primero que pillé- y devoré una ensalada de patata y pepinillo y la regué con la cerveza de mayor graduación que pillé en la carta en un vano intento doble de, primero, tranquilizarme, y segundo, asemejarme a la Victoria Abril en su alcoholismo. Porque ella en la peli y yo tenemos una cosa muy clara: como al prójimo no se le puede cambiar, cuécete un poco y verás que, al menos, se le deforma la cara.
Así que a ratos. Porque la susodicha parienta horizontal del susodicho a veces pone cara de no romper un plato, y conmigo yo entiendo que hay que tener paciencia, que me cuesta más fregar un cubierto después de comer que al Piraña subir el K2 con la mochila del colegio a la espalda, pero uno, lo sabéis, está harto de esa actitud de “el primer mandamiento de mi religión es ‘Vete a saco sobre todas las cosas’”.
Les contaba la movida de la peli a las Supernenas –Vic y Moni, qué bien me trataron el otro día en su casa, cómo me alegro de que estén tan bien, qué bueno es recordar lo mucho que quiero a quien siempre será mi alma gemela- y me gustó encontrar comprensión a mi rebufo emocional. Vamos, que no estoy loco.
Pero, hijos míos, ¿y lo bueno que es ver también la parte positiva de las cosas? Oyes, que las hay. Pero las desglosaremos en otro momento, que está de nuevo el boss a mi vera. Bueno, y no os he contado que ayer aterrizó en Barajas el hermano del Zoo, tercero en discordia. Con su flamante mujer. Para quedarse. Y a vivir en la misma casa. El resto será producto de vuestra propia imaginación. Besos para todos.





