Probetas
Menudo disgusto me he llevado, hijos míos, sabéis cómo soy yo para el dinero, cuando me han dicho que la broma de la hostia en el coche de mi hermana, que tan sólo me costó una fracción de segundo preparar, me va a costar más de 600 euros. Una especie de calor febril me ha subido a las mejillas, como cuando metes la pata, y una garra fría se ha cerrado alrededor de mi corazón. Como corresponde a un rata como yo, he hecho una regla de tres con la calculadora de Windows para saber cuántos días de trabajo me iba a costar la broma y no os diré el resultado –podríais calcular mi neto mensual, pillines, y todo el rollo que me tiro quedaría al descubierto- pero el hecho es que me jode, y mucho, trabajar esa cantidad de días para pagar una puta avería de coche.
A medida que avanza el día, el dolor por este montante va siendo más tenue; decrece a medida que la aceptación ocupa el lugar de la ira. No tengo tiempo para pedir más presupuestos, ni tiempo ni ganas. Lo llevaré cuando me toque, sufriré por el sablazo, y a otra cosa mariposa. Conseguirá esto disuadirme de conducir como si fuera montado en una ambulancia de los caballitos, es decir, mirando para atrás, subiéndome al asiento, girando el volante como un timón de barco o entreteniéndome con la vida al pasar? No, Julitros, tu coche no es un coche de Scalextric, no va enganchado a unos raíes. Hay que estar atento para conducirlo, lo típico. Seré gilipollas…
En otro orden de cosas, lo pasamos bien en la despedida de Rosita. Zoo se fue y yo me quedé y reviví viejos tiempos en discotecas modernas del centro de la ciudad, donde los niños bien toman pastillas y mantienen conversaciones iluminadas pero, joer, interesantes -¿seré yo también un iluminado?-. Sergio se quedó a su despedida, lo cuál está muy bien, aunque la suma final de veces que la había mandado a tomar por culo a final de la noche, como les ocurre casi siempre, ascendía a la centena. Lo de éstos a las 7 de la mañana es como una de Oliver y Hardy, pero a color y con diálogos. Los diálogos son que la Rosita dice algo ininteligible, Sergio dice “déjame en paz y vete por ahí” señalando alguna estación de la línea verde y ella dice “mierda” y se ríe, porque el karma de la Rosita no se termina nunca. El otro día terminaron pasados por agua, y la Rosita, además, virtió sobre Pichina una probeta entera que llevaba en el bolso de un perfume concentrado lleno de aceites esenciales –era como aceite de oliva-, que es somo si te pusieran sobre un centímetro cuadrado de piel el resultado de ocho litros de perfume, el caso es que Pichina olerá a pachuli hasta el otoño.
Por cierto, que nos contó la Rosita que ya tiene el resultado de sus investigaciones de nueve meses, que es otra probeta llena de un líquido, apenas unos mililitros de una pócima mágica que te pone dura la polla como el auricular de un teléfono antiguo, dura y brillante como él, que ella está trabajando, va en serio, en una movida que deja al Viagra como excitador de pollas a la altura de un programa de La Clave. Pues bien, se llevará su probeta en el avión. ¿No da cosa que el resultado de casi un año de tu trabajo sea un tubito con líquido y vas a jugarte la vida trayéndolo de un lado a otro? ¿Y si se le salta el corcho? ¿Y si se sienta encima? ¿Y si hace mucho calor y se evapora? Yo qué sé, mil cosas. ¿Estará muy concentrado también? ¿Si se cae al mar se ponen todos los peces del Atlántico duros como piedras? Lo que es la vida. Y me parece a mí mi trabajo raro. Besos para todos.
A medida que avanza el día, el dolor por este montante va siendo más tenue; decrece a medida que la aceptación ocupa el lugar de la ira. No tengo tiempo para pedir más presupuestos, ni tiempo ni ganas. Lo llevaré cuando me toque, sufriré por el sablazo, y a otra cosa mariposa. Conseguirá esto disuadirme de conducir como si fuera montado en una ambulancia de los caballitos, es decir, mirando para atrás, subiéndome al asiento, girando el volante como un timón de barco o entreteniéndome con la vida al pasar? No, Julitros, tu coche no es un coche de Scalextric, no va enganchado a unos raíes. Hay que estar atento para conducirlo, lo típico. Seré gilipollas…
En otro orden de cosas, lo pasamos bien en la despedida de Rosita. Zoo se fue y yo me quedé y reviví viejos tiempos en discotecas modernas del centro de la ciudad, donde los niños bien toman pastillas y mantienen conversaciones iluminadas pero, joer, interesantes -¿seré yo también un iluminado?-. Sergio se quedó a su despedida, lo cuál está muy bien, aunque la suma final de veces que la había mandado a tomar por culo a final de la noche, como les ocurre casi siempre, ascendía a la centena. Lo de éstos a las 7 de la mañana es como una de Oliver y Hardy, pero a color y con diálogos. Los diálogos son que la Rosita dice algo ininteligible, Sergio dice “déjame en paz y vete por ahí” señalando alguna estación de la línea verde y ella dice “mierda” y se ríe, porque el karma de la Rosita no se termina nunca. El otro día terminaron pasados por agua, y la Rosita, además, virtió sobre Pichina una probeta entera que llevaba en el bolso de un perfume concentrado lleno de aceites esenciales –era como aceite de oliva-, que es somo si te pusieran sobre un centímetro cuadrado de piel el resultado de ocho litros de perfume, el caso es que Pichina olerá a pachuli hasta el otoño.
Por cierto, que nos contó la Rosita que ya tiene el resultado de sus investigaciones de nueve meses, que es otra probeta llena de un líquido, apenas unos mililitros de una pócima mágica que te pone dura la polla como el auricular de un teléfono antiguo, dura y brillante como él, que ella está trabajando, va en serio, en una movida que deja al Viagra como excitador de pollas a la altura de un programa de La Clave. Pues bien, se llevará su probeta en el avión. ¿No da cosa que el resultado de casi un año de tu trabajo sea un tubito con líquido y vas a jugarte la vida trayéndolo de un lado a otro? ¿Y si se le salta el corcho? ¿Y si se sienta encima? ¿Y si hace mucho calor y se evapora? Yo qué sé, mil cosas. ¿Estará muy concentrado también? ¿Si se cae al mar se ponen todos los peces del Atlántico duros como piedras? Lo que es la vida. Y me parece a mí mi trabajo raro. Besos para todos.
Dos novedades fundamentales
Tengo dos novedades fundamentales que contaros. El tiempo pasa y me echáis de menos –lo sé-, yo a vosotros también, sólo de vez en cuando, ya sabéis, igual que vosotros a mí, y yo no tengo pilladas las vacaciones de verano, aunque todavía me queda un mes para que lleguen, se me erizan los vellos de la espalda de sólo pensarlo. Mi vida se limita a beber agua y mear. Y pasar calor y venir al trabajo y trasnochar delante del Premiere. Necesito unos ojos de repuesto, por cierto. Si alguien sabe dónde puedo encontrar unos entre verde y marrones, muy común, que me diga.
A lo que voy. Que una de las novedades es importante y la otra no. La importante es que, como sabéis, hostié mi coche hace unas semanas, la última vez que salí de copas, con un maldito bolardo traidor, más bajo que de costumbre, invisible en la noche de Lavapiés. Jodí el radidador, me dejó tirado, la vieja historia.
Pues bien: mi hermana melliza, que es una santa, se ofreció a prestarme su coche -heredado de mi padre, dicho sea de paso-. O se lo pedí, es que tengo tanto morro que no me acuerdo. Hijos míos, llegó el martes, no había dormido mucho porque el Premiere es mi novio ahora, no el Zoo, y hacemos el amor como nunca, aún a costa de mis cuencas oculares, como os cuento, y resulta que en una curva cerrada de Pozuelo me tragué a un Volvo S60. Me lo comí. Mi coche –el de mi hermana- se quedó ciego de un faro y la aleta correspondiente se arrugó como una pasa. Parachoques jodido, un estruendo terrible… y el coche está a terceros.
Muy bien, estoy trabajando este mes para dejármelo en talleres. Y sigo necesitando unos ojos. Pero el Premiere y yo nos queremos cada día más, nuesta relación tira pa’lante. De todas formas, hay peripecias automovilísticas peores. Dice un compañero, con aire de quien te ha superado en casuística:
-Eso no es nada. Nunca os muráis sin haber estrellado un BMW.
Así que el sábado me voy a Desguaces La Torre a por un faro y a por una aleta del mismo color o parecido. Que no, Nuri, que será del mismo color o no será.
Ah, la otra novedad es que le acabo de mandar al Country Manager de UK un correo electrónico con “Ai am veri zorri” en el asunto. Textualmente eso. Para qué quiero más. Besos para todos.
A lo que voy. Que una de las novedades es importante y la otra no. La importante es que, como sabéis, hostié mi coche hace unas semanas, la última vez que salí de copas, con un maldito bolardo traidor, más bajo que de costumbre, invisible en la noche de Lavapiés. Jodí el radidador, me dejó tirado, la vieja historia.
Pues bien: mi hermana melliza, que es una santa, se ofreció a prestarme su coche -heredado de mi padre, dicho sea de paso-. O se lo pedí, es que tengo tanto morro que no me acuerdo. Hijos míos, llegó el martes, no había dormido mucho porque el Premiere es mi novio ahora, no el Zoo, y hacemos el amor como nunca, aún a costa de mis cuencas oculares, como os cuento, y resulta que en una curva cerrada de Pozuelo me tragué a un Volvo S60. Me lo comí. Mi coche –el de mi hermana- se quedó ciego de un faro y la aleta correspondiente se arrugó como una pasa. Parachoques jodido, un estruendo terrible… y el coche está a terceros.
Muy bien, estoy trabajando este mes para dejármelo en talleres. Y sigo necesitando unos ojos. Pero el Premiere y yo nos queremos cada día más, nuesta relación tira pa’lante. De todas formas, hay peripecias automovilísticas peores. Dice un compañero, con aire de quien te ha superado en casuística:
-Eso no es nada. Nunca os muráis sin haber estrellado un BMW.
Así que el sábado me voy a Desguaces La Torre a por un faro y a por una aleta del mismo color o parecido. Que no, Nuri, que será del mismo color o no será.
Ah, la otra novedad es que le acabo de mandar al Country Manager de UK un correo electrónico con “Ai am veri zorri” en el asunto. Textualmente eso. Para qué quiero más. Besos para todos.
Hemos venido arrastrándonos...
Mientras escribo esto estoy a la espera de ser atendido por un técnico, que continúa ocupado, de Direct Seguros, ya que el viernes night ostié mi mierda Corsa contra un pivotillo de esos invisibles que protegen las aceras de nuestra ciudad, para mayor gloria de las compañías de seguros. Lo que me sorprendió es la velocidad que logré alcancar en tan exíguo espacio al desaparcar, que casi necesitamos collarín y todo. Pero no nos dirigimos a casa, qué va, era una noche accidentada: al Zoo le habían robado su cartera en “La Escalera de Jacob”, un sitio en el que ponen a Dylan y a Fatboy Slim sin solución de continuidad, cosa que acepto y me encanta, y por eso vamos, pero que aglutina la mayor densidad de moritos cacos –mi deber en este caso es describir la realidad, no ser políticamente correcto- de Lavapiés, que ya es decir mucho –tal vez esto último no sea político, pero “I have no time for the corner boys, down in the street making all that noise”, cito a Tom Waits, a él sí que no lo ponen en La Escalera, y tampoco pasa nada, que no hay quien lo baile-.
Vamos, que denunciamos en una oscura comisaría de Puerta de Toledo y el motor abrasado de mi coche –rotura del radiador, no lo averiguaría hasta el día siguiente, cuando hubimos de dejarlo a la sombra de una acacia e irnos a comer un kebab- nos arrastró penosamente hasta casa del Zoo, felizmente reconciliados –hasta la próxima-. Así que ha sido un fin de semana accidentado. A todo esto, la Rosita es testigo de todas nuestras desventuras, testigo mudo y sonriente, y actúa como un catalizador de nuestras iras y decepciones. Ella siempre está ahí, sacándose cafés de las máquinas de café en polvo del mundo, resistiendo estoica nuestras discusiones sin sentido o nuestras carantoñas, aportando sabiduría unos ratos e ingenuidad en otros, siempre desconcertante, siempre la geisha de Usera. La veo surgir de la tormenta del desierto –o sea, las obras de la M30- con su vaso de plástico humeante y su sonrisa perenne y sus gafas de sol a lo Audrey Hepburn. Cómo es ella.
Así, que se nos jodió la comida en el Asian y nos quedamos tirados en mitad de General Ricardos bajo un sol de completa injusticia, y nos comimos un kebab, servidor postrado ante él como cuaquier occidental que lo tiene todo y se ahoga en un vaso de agua, pensando qué iba a ser de mí sin coche, qué desgraciada era mi vida, cómo iba a montármelo yo durante la semana, iba que tener que levantarme a las cinco y toda esa clase de pensamientos catastrofistas, y ya me llegaba en que iba a estrellar también el coche de mi hermana si me lo prestaba, y lo tiene a terceros, cuando me llamó el tío de la grúa con que dónde cojones estaba y le dije que a la sombra, que estaba loco si esperaba encontrarme bajo el sol, que la sombra de la solitaria acacia solo daba para el Corsa, me dijo que se piraba, le dije que un minuto y me olvidé de pajas mentales y salí corriendo dejando veinte euros para pagar mi kebab, como en las películas. Allí se quedaron el Zoo y la Rosita para que me trajeran las vueltas, que no estoy loco. Uno no pasa de ser rata a no serlo de un día para otro.
El caso es que mi Corsa nos abandonó en mitad de la calima caminando sobre sus propias ruedas –las grúas de hoy día son una puta mierda-. Me despedí de él con una lágrima de pena –o de sudor- rodando por mis mejillas, recordando los buenos momentos que pasamos juntos, suspirando por la boca de metro más próxima y pensando el la parte trasera de mi cerebro si aplico el “punch boost” al master de mis canciones o si opto por una compresión con menos ataque. Sí, hijos míos, la triste realidad últimamente es que puedo estar haciendo cualquier cosa –estrellar mi coche, besar a mi novio o comer sushi, que una parte de mi cerebro sigue trabajando en el master de mi nuevo lanzamiento mundial-. Mi vida es así. Nunca dejaré de ser el músico mediocre pero ilusionado que pegaba los carteles del próximo concierto en las paredes de mi pueblo, con más ímpetu que acierto, con más ganas que habilidad al mástil. Pero escribí aquello de “hemos venido arrastrándonos / mi dignidad y yo / entre muros de indiferencia / entre excusas y alcohol” y eso, lo diga quien lo diga, es una buena estrofa. Besos para todos.
Vamos, que denunciamos en una oscura comisaría de Puerta de Toledo y el motor abrasado de mi coche –rotura del radiador, no lo averiguaría hasta el día siguiente, cuando hubimos de dejarlo a la sombra de una acacia e irnos a comer un kebab- nos arrastró penosamente hasta casa del Zoo, felizmente reconciliados –hasta la próxima-. Así que ha sido un fin de semana accidentado. A todo esto, la Rosita es testigo de todas nuestras desventuras, testigo mudo y sonriente, y actúa como un catalizador de nuestras iras y decepciones. Ella siempre está ahí, sacándose cafés de las máquinas de café en polvo del mundo, resistiendo estoica nuestras discusiones sin sentido o nuestras carantoñas, aportando sabiduría unos ratos e ingenuidad en otros, siempre desconcertante, siempre la geisha de Usera. La veo surgir de la tormenta del desierto –o sea, las obras de la M30- con su vaso de plástico humeante y su sonrisa perenne y sus gafas de sol a lo Audrey Hepburn. Cómo es ella.
Así, que se nos jodió la comida en el Asian y nos quedamos tirados en mitad de General Ricardos bajo un sol de completa injusticia, y nos comimos un kebab, servidor postrado ante él como cuaquier occidental que lo tiene todo y se ahoga en un vaso de agua, pensando qué iba a ser de mí sin coche, qué desgraciada era mi vida, cómo iba a montármelo yo durante la semana, iba que tener que levantarme a las cinco y toda esa clase de pensamientos catastrofistas, y ya me llegaba en que iba a estrellar también el coche de mi hermana si me lo prestaba, y lo tiene a terceros, cuando me llamó el tío de la grúa con que dónde cojones estaba y le dije que a la sombra, que estaba loco si esperaba encontrarme bajo el sol, que la sombra de la solitaria acacia solo daba para el Corsa, me dijo que se piraba, le dije que un minuto y me olvidé de pajas mentales y salí corriendo dejando veinte euros para pagar mi kebab, como en las películas. Allí se quedaron el Zoo y la Rosita para que me trajeran las vueltas, que no estoy loco. Uno no pasa de ser rata a no serlo de un día para otro.
El caso es que mi Corsa nos abandonó en mitad de la calima caminando sobre sus propias ruedas –las grúas de hoy día son una puta mierda-. Me despedí de él con una lágrima de pena –o de sudor- rodando por mis mejillas, recordando los buenos momentos que pasamos juntos, suspirando por la boca de metro más próxima y pensando el la parte trasera de mi cerebro si aplico el “punch boost” al master de mis canciones o si opto por una compresión con menos ataque. Sí, hijos míos, la triste realidad últimamente es que puedo estar haciendo cualquier cosa –estrellar mi coche, besar a mi novio o comer sushi, que una parte de mi cerebro sigue trabajando en el master de mi nuevo lanzamiento mundial-. Mi vida es así. Nunca dejaré de ser el músico mediocre pero ilusionado que pegaba los carteles del próximo concierto en las paredes de mi pueblo, con más ímpetu que acierto, con más ganas que habilidad al mástil. Pero escribí aquello de “hemos venido arrastrándonos / mi dignidad y yo / entre muros de indiferencia / entre excusas y alcohol” y eso, lo diga quien lo diga, es una buena estrofa. Besos para todos.
Pantera Rosa
Me ha sido referenciado –como diría mi jefe, que tiene todo el puto día la palabrita en la boca- que soy un poco pesado con el tema físico. Más concretamente, me comporto todo el día como una bulímica virtual, quejándome de lo gordo que estoy después de comer un trozo –está bien, dos- de Pantera Rosa, que es el bollo que el demonio inventó para jodernos la vida. Soy virtual porque lo único que me aleja de un bulímico convencional es que no vomito después de pegarme el atracón. Pero el complejo de culpa, la ira, la ansiedad generalizada y la cara de repugnancia, idénticos.
Por cierto, que cada vez que uso el vocablo “repugnante” me viene a la cabeza la escena de nuestro amigo Sergio al comer un postre en una cena de pandilla, que, sin reparar que tenía la camarera a la chepa, sentenció:
-Esto está repugnante.
Y lo peor de todo, es que intentó explicarle a la chica que aquel no era un adjetivo intrínsecamente malo. Ahí lo tienes.
A lo que iba, que llego tarde a la operación bikini y ayer comprobé que peso 75 kilos. En ayunas. Yo, que venía pesando entre 79 y 71 desde los 17 años. La barriga me ha crecido y nadie sabe cómo ha sido. O sea, yo sí lo sé. La culpa es de la charlota –un postre de huevo y azucar también ideado en las cocinas del averno- que me jalo de postre de lunes a jueves, sé que no debo, pero no lo puedo evitar, de que apenas ando hacia y desde el trabajo, de que mi trabajo es sendentario, de que llego a casa todos los días por la noche con más hambre que el perro de un ciego, y lejos de controlarme, me como todo lo que encuentro en el frigorífico, y a ello le añado una lata de mejillones. ¿Os creéis que bromeo? No perdono la lata de mejillones. Ni una sola noche.
Total, que le como a todo el mundo alrededor la oreja con que estoy gordo, alimentando el mito del marica obsesionado con el cuerpo, superficial y divina, pero yo no soy superficial y sólo un poco divina, y ya he hartado a varios y me han dicho:
-Déjanos en paz con el puto michelín. Ay que ver que coñazo de tío.
Pero yo no lo puedo evitar, necesito sentirme querido y delgado. Una chica de aquí me mira las tetas y me dice que me sientan muy bien mis camisetas ajustadas, y yo le digo al borde de las lágrimas que no es eso, que me están pequeñas porque llevo un año y medio engordando sin parar. Ella me dice que no es cierto, y yo, como bulímico virtual, lejos de alegrarme, le digo que gracias, que agradezco el cumplido, pero por favor déjalo ahí. He tenido que empezar a comprarme camisetas talla L, y Zoo va por el tercer cambio de una camiseta que me regaló para mi cumple, porque no me cabe ni de coña, y las tallas se están acabando.
Y ahora me he comido dos trozos de Pantera Rosa y uno de Tigretón, y eso que a mí nunca me había gustado el Tigretón, pero cada año que pasa me gusta más el dulce. Me ha dicho mi jefe, que boxea y por lo tanto también tiene una relación extraña con su físico, que lo que tengo que hacer es no tomar nada de calorías vacías a partir de las 12 de la mañana. La cosa es que yo no entiendo lo de las calorías vacías, es como hablar de pedos fragantes. Es una entelequia. Todas las calorías están llenas, llenas de calorías dulces y jugosas.
Hoy no había comido charlota de postre, pero no puede contenerme ante la bollería industrial. Esa es mi vida. Nunca lo conseguiré. Llegará un momento en el que sea más fácil saltarme que darme la vuelta. Está escrito. Besos para todos.
Por cierto, que cada vez que uso el vocablo “repugnante” me viene a la cabeza la escena de nuestro amigo Sergio al comer un postre en una cena de pandilla, que, sin reparar que tenía la camarera a la chepa, sentenció:
-Esto está repugnante.
Y lo peor de todo, es que intentó explicarle a la chica que aquel no era un adjetivo intrínsecamente malo. Ahí lo tienes.
A lo que iba, que llego tarde a la operación bikini y ayer comprobé que peso 75 kilos. En ayunas. Yo, que venía pesando entre 79 y 71 desde los 17 años. La barriga me ha crecido y nadie sabe cómo ha sido. O sea, yo sí lo sé. La culpa es de la charlota –un postre de huevo y azucar también ideado en las cocinas del averno- que me jalo de postre de lunes a jueves, sé que no debo, pero no lo puedo evitar, de que apenas ando hacia y desde el trabajo, de que mi trabajo es sendentario, de que llego a casa todos los días por la noche con más hambre que el perro de un ciego, y lejos de controlarme, me como todo lo que encuentro en el frigorífico, y a ello le añado una lata de mejillones. ¿Os creéis que bromeo? No perdono la lata de mejillones. Ni una sola noche.
Total, que le como a todo el mundo alrededor la oreja con que estoy gordo, alimentando el mito del marica obsesionado con el cuerpo, superficial y divina, pero yo no soy superficial y sólo un poco divina, y ya he hartado a varios y me han dicho:
-Déjanos en paz con el puto michelín. Ay que ver que coñazo de tío.
Pero yo no lo puedo evitar, necesito sentirme querido y delgado. Una chica de aquí me mira las tetas y me dice que me sientan muy bien mis camisetas ajustadas, y yo le digo al borde de las lágrimas que no es eso, que me están pequeñas porque llevo un año y medio engordando sin parar. Ella me dice que no es cierto, y yo, como bulímico virtual, lejos de alegrarme, le digo que gracias, que agradezco el cumplido, pero por favor déjalo ahí. He tenido que empezar a comprarme camisetas talla L, y Zoo va por el tercer cambio de una camiseta que me regaló para mi cumple, porque no me cabe ni de coña, y las tallas se están acabando.
Y ahora me he comido dos trozos de Pantera Rosa y uno de Tigretón, y eso que a mí nunca me había gustado el Tigretón, pero cada año que pasa me gusta más el dulce. Me ha dicho mi jefe, que boxea y por lo tanto también tiene una relación extraña con su físico, que lo que tengo que hacer es no tomar nada de calorías vacías a partir de las 12 de la mañana. La cosa es que yo no entiendo lo de las calorías vacías, es como hablar de pedos fragantes. Es una entelequia. Todas las calorías están llenas, llenas de calorías dulces y jugosas.
Hoy no había comido charlota de postre, pero no puede contenerme ante la bollería industrial. Esa es mi vida. Nunca lo conseguiré. Llegará un momento en el que sea más fácil saltarme que darme la vuelta. Está escrito. Besos para todos.
Finde en un pueblo perdido de la montaña palentina
Hay una frase que, según Noe, repetí varias veces este fin de semana a los pies de los Picos de Europa –bueno, no tanto, un pueblecito en el valle que enfila hacia Riaño-:
-Esta gente de pueblo, hay que ver cómo es.
Y es que es verdad. Cómo son. Pero molan. El primo de Alvarito –en la cincuentena- vive con su novia en la casa del pueblo de al lado, en una casa con seis habitaciones que construyó Franco por ser familia numerosa.
-Que la construyó Franco -dice la novia-. Unos cojones. La construyeron los albañiles.
Pasabas dos minutos con ellos y ya eran como tus propios primos. Esa franqueza, esa transparencia, esa humanidad. Y su chorizo de jabalí no puede ser descrito. El Alvarito no me miró con buenos ojos cuando lo empecé antes de cenar, yo creo que se lo quería traer a Madrid, pero es que yo soy muy tonto cuando quiero, y no me doy por enterado. O me dices “no abras el chorizo” o yo abro el chorizo.
Fuimos con diversos objetivos. Un amigo de éstos iba a mirar fincas para comprar, ante el inminente levantamiento de las pistas de esquí en San Glorio. Lo que comúnmente se conoce como especular. Así que forraron los pueblos de la zona con cartelitos de “compro finca”. Ibas paseando y te los econtrabas aquí y allá, como bandos municipales. Los lugareños, avezados, llamaban y podías oír cómo les crecían los dientes en sus encías, y no se cortaban un pelo en preguntar:
-¿Pero lo queréis para la cosa esta del esquí? –calculando mentalmente cuántos millones de más pedirían si aquel era el caso.
El resto de peña y yo mismo íbamos con la intención de beber cervezas bajo las montañas y a la luz de las velas, y sólo tangencialmente hacer un poco de montañismo. Sin embargo, el Zoo iba con la intención de escalarse los Picos de Europa uno detrás del otro por la cara norte, y yo hube de hacer malabarismos para que la poca experiencia social de mi novio no reventara la situación. Así que volví ayer algo decaído, con la sensación de no conocer del todo a este muchacho. Y con algunas agujetas en los glúteos y en un músculo que no sabía que existiera –pero que, por lo visto, tengo- y que se sitúa al lado de las espinillas, porque, en ese afán de no reventar la situación, me caminé en dirección al nacimiento del río Carrión, que yo creo que nos metimos en Asturias. Más mérito tiene la Rosita, que también se caminó todo aquello, tras un Zoo que se detenía de vez en cuando a observar mariposas o gusanos. Él se siente más a gusto entre la minúscula fauna montañesa que entre sus congéneres humanos, sobre todo si son bebedores de cerveza y fumadores de cigarro.
Yo sé que muchos de vosotros lo aprobáis, que decís “qué chico más sano, ya me gustaría a mí”, pero en esto sois poco justos. Alvarito sube montañas como el que más, pero él negocia, aglutina y se preocupa de los demás. Zoo tiene muy claros sus deseos, sus apetencias y, sobre todo, ese gran montón de actitudes de los demás que desaprueba, una larga lista que alimenta y refuerza con el mayor de los mimos. Así que divide sus energías entre proteger sus apetencias, y tal vez las mías, pero porque me considera una parte de, digámoslo así, su mochila vital y censurar, deplorar –y, hasta donde puede, cercenar- las apetencias ajenas. Yo no soy un santo, no soy una víctima y seguro que me porto mal, pero su actitud me obliga a convertirme en un malabarista de las relaciones sociales. Así que yo ocupo mis energías entre conducir el trailer articulado de “tengo-un-novio-y-tengo-amigos-y-una-isla-está-a-un-océano-y-medio-de-la-otra” y divertirme. Y, francamente, termino divirtiéndome poco.
En fin, que nos desayunamos una ruta hasta una cascada muy chula. Ahí encontré yo mi primer mosqueo. Me las prometía feliz, y llegué con el Zoo –los demás se habían dado la vuelta- y me metí en el agua gélida del laguito y estuvo guay –el agua de las cascadas cae como una lluvia de canicas de mármol, pero te quita toda la tontería-. A la vuelta, se me ocurrió tirarle mi calzoncillo mojado al Zoo a la cara, y se dejó llevar por la ira y lo arrojó lo más lejos que pudo ladera arriba, y cayó en unos matorrales frondosísimos. Así que me llené las piernas de arañazos para recuperarlos. No puedo evitarlo, todos los veranos termino con mis piernas que parecen las de un niño hiperactivo en un campamento de Boy Scouts. Diréis que tengo que tengo que tomarme la respuesta a mis bromas con el mismo sentido del humor, que soy la hostia, que debería cambiar de amigos, que mi novio es lo más y se lo merece todo. Mi novio puede que se lo merezca todo. Pero no merece más que lo que merezca yo o que lo que merezcan mis amigos. La vida es así. Cada ser humano vale un punto, ni más ni menos, en la gigantesca diana de dardos que es el mundo. Da igual si es el Zoo, yo, Bush, Teresa de Calcuta, Philip K. Dick –por meter a alguien que pudiera estar cerca de valer dos puntos-, Acebes –por meter a alguien que, en mi opinión, valdría menos tres, es decir, que deberían nacer tres niños nuevos para compensar el agravio que supone lo de este chico sobre el planeta-, Zaplana –menos seis- o un niño de esos que mueren en África cada par de minutos sin haber conocido siquiera un nombre. No sé si se me va la olla, lo que quiero decir es que es una obligación para cada individuo aprender que no está solo, que se debe a los demás, que tanto más humano, más grande y más admirable es cuanto más se integra en el grupo al que pertenece, cuanto más apoya y enriquece a sus individuos. Ello no es perder dignidad, es ganarla. Y mejor aún: sólo la felicidad que se obtiene a través de la interrelación honesta es duradera y no pasa factura.
Por si fuera poco, y aquí sí que entramos de lleno en mi estupidez congénita, ayer se me ocurrió volver por el Puerto de los Leones, y pillé un embotellamiento cuya fotografía ilustrará la definición de “atasco” en la próxima edición del Espasa Calpe. Llegamos a casa a las 12. Habíamos salido a las 5. Pero esto es otra historia y será contada en otra ocasión. Besos para todos.
-Esta gente de pueblo, hay que ver cómo es.
Y es que es verdad. Cómo son. Pero molan. El primo de Alvarito –en la cincuentena- vive con su novia en la casa del pueblo de al lado, en una casa con seis habitaciones que construyó Franco por ser familia numerosa.
-Que la construyó Franco -dice la novia-. Unos cojones. La construyeron los albañiles.
Pasabas dos minutos con ellos y ya eran como tus propios primos. Esa franqueza, esa transparencia, esa humanidad. Y su chorizo de jabalí no puede ser descrito. El Alvarito no me miró con buenos ojos cuando lo empecé antes de cenar, yo creo que se lo quería traer a Madrid, pero es que yo soy muy tonto cuando quiero, y no me doy por enterado. O me dices “no abras el chorizo” o yo abro el chorizo.
Fuimos con diversos objetivos. Un amigo de éstos iba a mirar fincas para comprar, ante el inminente levantamiento de las pistas de esquí en San Glorio. Lo que comúnmente se conoce como especular. Así que forraron los pueblos de la zona con cartelitos de “compro finca”. Ibas paseando y te los econtrabas aquí y allá, como bandos municipales. Los lugareños, avezados, llamaban y podías oír cómo les crecían los dientes en sus encías, y no se cortaban un pelo en preguntar:
-¿Pero lo queréis para la cosa esta del esquí? –calculando mentalmente cuántos millones de más pedirían si aquel era el caso.
El resto de peña y yo mismo íbamos con la intención de beber cervezas bajo las montañas y a la luz de las velas, y sólo tangencialmente hacer un poco de montañismo. Sin embargo, el Zoo iba con la intención de escalarse los Picos de Europa uno detrás del otro por la cara norte, y yo hube de hacer malabarismos para que la poca experiencia social de mi novio no reventara la situación. Así que volví ayer algo decaído, con la sensación de no conocer del todo a este muchacho. Y con algunas agujetas en los glúteos y en un músculo que no sabía que existiera –pero que, por lo visto, tengo- y que se sitúa al lado de las espinillas, porque, en ese afán de no reventar la situación, me caminé en dirección al nacimiento del río Carrión, que yo creo que nos metimos en Asturias. Más mérito tiene la Rosita, que también se caminó todo aquello, tras un Zoo que se detenía de vez en cuando a observar mariposas o gusanos. Él se siente más a gusto entre la minúscula fauna montañesa que entre sus congéneres humanos, sobre todo si son bebedores de cerveza y fumadores de cigarro.
Yo sé que muchos de vosotros lo aprobáis, que decís “qué chico más sano, ya me gustaría a mí”, pero en esto sois poco justos. Alvarito sube montañas como el que más, pero él negocia, aglutina y se preocupa de los demás. Zoo tiene muy claros sus deseos, sus apetencias y, sobre todo, ese gran montón de actitudes de los demás que desaprueba, una larga lista que alimenta y refuerza con el mayor de los mimos. Así que divide sus energías entre proteger sus apetencias, y tal vez las mías, pero porque me considera una parte de, digámoslo así, su mochila vital y censurar, deplorar –y, hasta donde puede, cercenar- las apetencias ajenas. Yo no soy un santo, no soy una víctima y seguro que me porto mal, pero su actitud me obliga a convertirme en un malabarista de las relaciones sociales. Así que yo ocupo mis energías entre conducir el trailer articulado de “tengo-un-novio-y-tengo-amigos-y-una-isla-está-a-un-océano-y-medio-de-la-otra” y divertirme. Y, francamente, termino divirtiéndome poco.
En fin, que nos desayunamos una ruta hasta una cascada muy chula. Ahí encontré yo mi primer mosqueo. Me las prometía feliz, y llegué con el Zoo –los demás se habían dado la vuelta- y me metí en el agua gélida del laguito y estuvo guay –el agua de las cascadas cae como una lluvia de canicas de mármol, pero te quita toda la tontería-. A la vuelta, se me ocurrió tirarle mi calzoncillo mojado al Zoo a la cara, y se dejó llevar por la ira y lo arrojó lo más lejos que pudo ladera arriba, y cayó en unos matorrales frondosísimos. Así que me llené las piernas de arañazos para recuperarlos. No puedo evitarlo, todos los veranos termino con mis piernas que parecen las de un niño hiperactivo en un campamento de Boy Scouts. Diréis que tengo que tengo que tomarme la respuesta a mis bromas con el mismo sentido del humor, que soy la hostia, que debería cambiar de amigos, que mi novio es lo más y se lo merece todo. Mi novio puede que se lo merezca todo. Pero no merece más que lo que merezca yo o que lo que merezcan mis amigos. La vida es así. Cada ser humano vale un punto, ni más ni menos, en la gigantesca diana de dardos que es el mundo. Da igual si es el Zoo, yo, Bush, Teresa de Calcuta, Philip K. Dick –por meter a alguien que pudiera estar cerca de valer dos puntos-, Acebes –por meter a alguien que, en mi opinión, valdría menos tres, es decir, que deberían nacer tres niños nuevos para compensar el agravio que supone lo de este chico sobre el planeta-, Zaplana –menos seis- o un niño de esos que mueren en África cada par de minutos sin haber conocido siquiera un nombre. No sé si se me va la olla, lo que quiero decir es que es una obligación para cada individuo aprender que no está solo, que se debe a los demás, que tanto más humano, más grande y más admirable es cuanto más se integra en el grupo al que pertenece, cuanto más apoya y enriquece a sus individuos. Ello no es perder dignidad, es ganarla. Y mejor aún: sólo la felicidad que se obtiene a través de la interrelación honesta es duradera y no pasa factura.
Por si fuera poco, y aquí sí que entramos de lleno en mi estupidez congénita, ayer se me ocurrió volver por el Puerto de los Leones, y pillé un embotellamiento cuya fotografía ilustrará la definición de “atasco” en la próxima edición del Espasa Calpe. Llegamos a casa a las 12. Habíamos salido a las 5. Pero esto es otra historia y será contada en otra ocasión. Besos para todos.
Necesito una anécdota
Ayer me cambiaron mis camisetas a una talla más ponible. Ahora no es que se deslicen grácilmente por mi cuerpo, pero por lo menos no me las desenrollo desde el primer tramo, como un condón en el pene de Nacho Vidal. Y son bonitas, oyes, hoy he estrenado una con un espermatozoide y la leyenda "me long time ago" que está causando sensación. Me queda otra en la que pone “no nos rompan los cojones”, así, en argentino, y el nombre de la marca –“De Puta Madre”- en una manga. Esta no me atreveré a llevarla entre semana.
Después de cambiar las camisetas, tiempo que yo ocupé en la Fnac viendo cómo gastar mis dos tarjetitas de 30€, la Rosita se piró a casa a ver el partido –los anfitriones perdieron, estas cosas siempre dan morbo- y Zoo y yo nos dimos un paseo triangular Callao-Argüelles-Bilbao. Se notaba entre nosotros la tirantez post numerito del día de mi cumple. Pero llegas a la conclusión de que no hay que hablar de todo, no hay que examinarlo todo ni buscarle a todo una explicación. La obsesión por buscarle a todo efecto su causa me viene tocando los cojones desde el 79, que es el primer año en que yo tuve conciencia de año, ya os explicaré esto otro día. Nací en el 73, así que soy un obsesivo-analítico precoz. Qué coñazo.
Me doy cuenta de que no tengo muchas cosas que contar aquí, y eso es porque mi vida cada vez se vuelve más rutinaria. Como echo tantas horas aquí y participo sin complejos de la obsesión venezolana por el cuerpo –lo que traduzco en tres visitas al gimnasio por semana, de una hora exacta cada una, que a la hora uno siente que ha cumplido y salgo de allí prácticamente corriendo, como si escapara de algo, como si de pronto la sensación de haber estado perdiendo el tiempo convirtiera mi culo en un saquito de pimienta- pues resulta que tiro de disco duro y no encuentro nada excitante que contar.
¿Qué puedo contar? ¿Qué me he registrado como prensa para ver si me cuelo en cierto festival madrileño? ¿Que ya sólo quedan entradas para ver a Dylan en Valladolid, y me pregunto yo intrigado cómo casará aquello de Dylan y la capital del Pisuerga? ¿Le pedirá una parte del público que vuelva a “Sensación de vivir”? Que no digo yo que los vallisoletanos no estén enterados, que no llamaría yo a nadie cateto sin asegurarme de que yo no lo soy más, sólo digo que Valladolid y Dylan no son dos conceptos que se anden cerca en mi tejido neuronal. ¿Cuento que a mis padres les hemos comprado un móvil porque se van a Aguilar a finales de semana a poner en pie esa casa –no hay ni frigo ni calefacción, y vosotros sabéis que la calefacción allí es necesaria a finales de agosto- y mi hermana se sacó ayer la regla memotécnica de los semáforos para explicarles que verde es llamar y rojo colgar? ¿Cuento que a lo mejor nos invitaban a una fiesta este fin de semana en la que probablemente puede haber drogas y le he prevenido al Zoo que no monte el pollo si la peña se empieza a hacer unas rayas, que una cosa es no querer y otra joderle a alguien dos mil duros por un resoplido mal dado o una patada en la mesa?
Como véis, no tengo muchas cosas que contar. Hoy me iré al gimnasio al salir de aquí y mi día se balanceará inexorablemente a su fin sin pena ni gloria. Por cierto, que cambio de gimnasio, ya que en el que estaba cerró, que los alquileres en la Avda. de Europa están caros. Me voy a uno chungo de boxeadores de barrio y banderas de España, veremos si salgo indemne. Lo que digo, que hoy no veré a Dylan ni escribiré una buena canción –no vale el chiste fácil de que el día de esto último aún no ha visto la luz-. Probablemente no vea una buena película ni lea un párrafo decente. Bueno, esto sí, que me estoy leyendo a Stanislaw Lem y sus “Diarios de las estrellas” son sabiduría concentrada.
Dios mío, me recuerdo a mí mismo cuando estoy en plan coñazo. Tal vez a alguien más. ¿He oído alguna risita detrás de tu monitor, malvado lector? Rápido, necesito una anécdota de mi madre. O de mi tía la monja. Bueno, de cualquiera de mis tíos –no, es broma-. Besos para todos.
Después de cambiar las camisetas, tiempo que yo ocupé en la Fnac viendo cómo gastar mis dos tarjetitas de 30€, la Rosita se piró a casa a ver el partido –los anfitriones perdieron, estas cosas siempre dan morbo- y Zoo y yo nos dimos un paseo triangular Callao-Argüelles-Bilbao. Se notaba entre nosotros la tirantez post numerito del día de mi cumple. Pero llegas a la conclusión de que no hay que hablar de todo, no hay que examinarlo todo ni buscarle a todo una explicación. La obsesión por buscarle a todo efecto su causa me viene tocando los cojones desde el 79, que es el primer año en que yo tuve conciencia de año, ya os explicaré esto otro día. Nací en el 73, así que soy un obsesivo-analítico precoz. Qué coñazo.
Me doy cuenta de que no tengo muchas cosas que contar aquí, y eso es porque mi vida cada vez se vuelve más rutinaria. Como echo tantas horas aquí y participo sin complejos de la obsesión venezolana por el cuerpo –lo que traduzco en tres visitas al gimnasio por semana, de una hora exacta cada una, que a la hora uno siente que ha cumplido y salgo de allí prácticamente corriendo, como si escapara de algo, como si de pronto la sensación de haber estado perdiendo el tiempo convirtiera mi culo en un saquito de pimienta- pues resulta que tiro de disco duro y no encuentro nada excitante que contar.
¿Qué puedo contar? ¿Qué me he registrado como prensa para ver si me cuelo en cierto festival madrileño? ¿Que ya sólo quedan entradas para ver a Dylan en Valladolid, y me pregunto yo intrigado cómo casará aquello de Dylan y la capital del Pisuerga? ¿Le pedirá una parte del público que vuelva a “Sensación de vivir”? Que no digo yo que los vallisoletanos no estén enterados, que no llamaría yo a nadie cateto sin asegurarme de que yo no lo soy más, sólo digo que Valladolid y Dylan no son dos conceptos que se anden cerca en mi tejido neuronal. ¿Cuento que a mis padres les hemos comprado un móvil porque se van a Aguilar a finales de semana a poner en pie esa casa –no hay ni frigo ni calefacción, y vosotros sabéis que la calefacción allí es necesaria a finales de agosto- y mi hermana se sacó ayer la regla memotécnica de los semáforos para explicarles que verde es llamar y rojo colgar? ¿Cuento que a lo mejor nos invitaban a una fiesta este fin de semana en la que probablemente puede haber drogas y le he prevenido al Zoo que no monte el pollo si la peña se empieza a hacer unas rayas, que una cosa es no querer y otra joderle a alguien dos mil duros por un resoplido mal dado o una patada en la mesa?
Como véis, no tengo muchas cosas que contar. Hoy me iré al gimnasio al salir de aquí y mi día se balanceará inexorablemente a su fin sin pena ni gloria. Por cierto, que cambio de gimnasio, ya que en el que estaba cerró, que los alquileres en la Avda. de Europa están caros. Me voy a uno chungo de boxeadores de barrio y banderas de España, veremos si salgo indemne. Lo que digo, que hoy no veré a Dylan ni escribiré una buena canción –no vale el chiste fácil de que el día de esto último aún no ha visto la luz-. Probablemente no vea una buena película ni lea un párrafo decente. Bueno, esto sí, que me estoy leyendo a Stanislaw Lem y sus “Diarios de las estrellas” son sabiduría concentrada.
Dios mío, me recuerdo a mí mismo cuando estoy en plan coñazo. Tal vez a alguien más. ¿He oído alguna risita detrás de tu monitor, malvado lector? Rápido, necesito una anécdota de mi madre. O de mi tía la monja. Bueno, de cualquiera de mis tíos –no, es broma-. Besos para todos.
Mi fiesta de cumpleaños
Si me preguntáis, hijos míos, cómo fue mi cumpleaños, no puedo contestaros:
-De la hostia.
Más bien os contestaré:
-La hostia.
Porque no pasará mi fiesta de cumpleaños a los anales del disfrute, por lo menos en lo que a mí respecta. Qué más quisiera yo que contaros otra cosa. Abreviando, la cosa estuvo bien hasta que el Zoo me montó el cristo por haber comprado un paquete de tabaco la noche anterior. ¿Sólo por eso? Sólo por eso. Quiero creer que está pasando una mala racha –ver cómo tu familia te hace la catorce quince jode-. Quiero creer que el tiempo le dará la sabiduría esa que consiste en desdramatizar y tolerar. Cierto que yo no le di un buen viernes, pero creo que se pasó tres pueblos el sábado en mi fiesta.
Sin embargo, estoy dispuesto a contaros sólo lo positivo. Y a modo de “tips”, como se dice en esta santa empresa, donde mezclamos el inglés y el español sin prejuicios –y así queda, si Quevedo levantara la cabeza-.
En un momento dado, estando yo como una cuba, de los mismos nervios que tenía y para ahogar el pavor que sentía viendo a mi madre aleccionando a los hermanos de Zoo, que asentían estupefactos a su arenga, alguien me agarro y de pronto me vi rodeado de agua y de mosaico azul. Me habían tirado a la piscina. Los peores deseos de mi hermana, en cuya casa tenía lugar el evento, se habían hecho realidad. Aquello iba a dejar de ser una reunión familiar y se iba a convertir en la tercera parte de Porky’s.
En cuanto mi corazón volvió a latir me hice un par de largos, subí y arrojé a Pichina a la piscina. Hice lo mismo con Rosita. Rosita se empezó a hundir como una piedra y tuvimos que rescatarla. Pánico en Las Rozas.
Mi hermana anfitriona se dedicó a rellenar los vasos ajenos –y el propio- con whisky de 15 años y ron de otros tantos, todo el rato, sin parar. El hermano del Zoo, que es un santo, estuvo toda la noche con un vaso en una mano y otro en la otra, y mi hermana le rellenaba indistintamente, y se lo bebía todo mientras atendía al speech pro humanismo gay de mi madre. También le echó whisky a mi padre en su Kas de naranja, y terminó dormido en un sofá de la sala.
Encendimos antorchas por todo el perímetro, aquello parecía que iba a aparecer Paula Vázquez con un bikini de cuero en cualquier momento, en plan “escribe en la pizarra el nombre de tu nominado”. Quedaba guay, aunque mi sobrina estuvo todo el rato llamándome “ingeniero”, porque me había pasado la tarde dando indicaciones de cómo se rellenaban de parafina mientras me daba un baño plácido en la piscina.
Pichina tuvo que cambiarse con ropa mía de la tarde, porque el frío de la sierra se deja notar cuando sales borracho de un remojón, y terminó la fiesta con un bañador azul celeste cortito y una camiseta verde clarito con palmeras. Pero él siguió en su línea de desconcertar a la Rosita y beberse todo el whisky añejo que mi hermana servía.
En mi borrachera nada lúcida era divertido ver cómo mi madre me echaba la charla para hacerse la chula delante de los hermanos del Zoo –cuyo único pensamento debía ser “¿Esto es el producto de la civilización? ¿Pijos borrachos?”- por estar borracho y fumar, ver al Zoo asentir cruzado de brazos a su espalda, a mi hermana sacando una nueva botella de whisky que volcar en recipientes desprevenidos y muchas otras escenas dantescas de cuyo nombre no quiero acordarme.
Yorch y Noe me regalaron “Night on earth” en DVD y casi me da algo de la emoción. El Zoo me regaló tres camisetas que me hacían sentir como haciendo submarinismo a pulmón en las fosas Marianas. Que me estaban pequeñas, vamos. A explotar, prácticamente. Te mueves menos dentro de esas camisetas que don Pimpón en una cama de velcro. Este chico se piensa que estoy más delgado de lo que estoy, no sé si sentirme halagado o no.
Mis sobrinos majísimos, mis hermanas majísimas, todo el mundo muy enrollado y yo muy feliz, o bastante, hasta que el Zoo me la montó por el tabaco. Fumé bastante, también es cierto. En fin, dijimos que sólo lo positivo.
Terminé la noche con mis sobrinos y sus amigos –allí yo era el abuelo-, todos sentados en círculo, hablando de música y compartiendo de piernas para abajo una manta de manchas de leopardo. Mi hermana se había ido a dormirla, mis padres hacía rato habían hecho lo propio, Pichina bajo a la familia de Zoo y al propio Zoo a Madrid y la fiesta había terminado. Así que juntamos el whisky que quedaba, pusimos a Dylan –sí hijos, un biólogo de pelo ingobernable había llevado a Dylan, para mi éxtasis- nos arropamos bajo aquella manta y arreglamos el negocio musical de un plumazo. Me recordé a mí mismo hace 9 años. Qué parecidos son todos los adolescentes. Qué equivocados están, pero cuánto tiempo tienen por delante. Besos para todos.
-De la hostia.
Más bien os contestaré:
-La hostia.
Porque no pasará mi fiesta de cumpleaños a los anales del disfrute, por lo menos en lo que a mí respecta. Qué más quisiera yo que contaros otra cosa. Abreviando, la cosa estuvo bien hasta que el Zoo me montó el cristo por haber comprado un paquete de tabaco la noche anterior. ¿Sólo por eso? Sólo por eso. Quiero creer que está pasando una mala racha –ver cómo tu familia te hace la catorce quince jode-. Quiero creer que el tiempo le dará la sabiduría esa que consiste en desdramatizar y tolerar. Cierto que yo no le di un buen viernes, pero creo que se pasó tres pueblos el sábado en mi fiesta.
Sin embargo, estoy dispuesto a contaros sólo lo positivo. Y a modo de “tips”, como se dice en esta santa empresa, donde mezclamos el inglés y el español sin prejuicios –y así queda, si Quevedo levantara la cabeza-.
En un momento dado, estando yo como una cuba, de los mismos nervios que tenía y para ahogar el pavor que sentía viendo a mi madre aleccionando a los hermanos de Zoo, que asentían estupefactos a su arenga, alguien me agarro y de pronto me vi rodeado de agua y de mosaico azul. Me habían tirado a la piscina. Los peores deseos de mi hermana, en cuya casa tenía lugar el evento, se habían hecho realidad. Aquello iba a dejar de ser una reunión familiar y se iba a convertir en la tercera parte de Porky’s.
En cuanto mi corazón volvió a latir me hice un par de largos, subí y arrojé a Pichina a la piscina. Hice lo mismo con Rosita. Rosita se empezó a hundir como una piedra y tuvimos que rescatarla. Pánico en Las Rozas.
Mi hermana anfitriona se dedicó a rellenar los vasos ajenos –y el propio- con whisky de 15 años y ron de otros tantos, todo el rato, sin parar. El hermano del Zoo, que es un santo, estuvo toda la noche con un vaso en una mano y otro en la otra, y mi hermana le rellenaba indistintamente, y se lo bebía todo mientras atendía al speech pro humanismo gay de mi madre. También le echó whisky a mi padre en su Kas de naranja, y terminó dormido en un sofá de la sala.
Encendimos antorchas por todo el perímetro, aquello parecía que iba a aparecer Paula Vázquez con un bikini de cuero en cualquier momento, en plan “escribe en la pizarra el nombre de tu nominado”. Quedaba guay, aunque mi sobrina estuvo todo el rato llamándome “ingeniero”, porque me había pasado la tarde dando indicaciones de cómo se rellenaban de parafina mientras me daba un baño plácido en la piscina.
Pichina tuvo que cambiarse con ropa mía de la tarde, porque el frío de la sierra se deja notar cuando sales borracho de un remojón, y terminó la fiesta con un bañador azul celeste cortito y una camiseta verde clarito con palmeras. Pero él siguió en su línea de desconcertar a la Rosita y beberse todo el whisky añejo que mi hermana servía.
En mi borrachera nada lúcida era divertido ver cómo mi madre me echaba la charla para hacerse la chula delante de los hermanos del Zoo –cuyo único pensamento debía ser “¿Esto es el producto de la civilización? ¿Pijos borrachos?”- por estar borracho y fumar, ver al Zoo asentir cruzado de brazos a su espalda, a mi hermana sacando una nueva botella de whisky que volcar en recipientes desprevenidos y muchas otras escenas dantescas de cuyo nombre no quiero acordarme.
Yorch y Noe me regalaron “Night on earth” en DVD y casi me da algo de la emoción. El Zoo me regaló tres camisetas que me hacían sentir como haciendo submarinismo a pulmón en las fosas Marianas. Que me estaban pequeñas, vamos. A explotar, prácticamente. Te mueves menos dentro de esas camisetas que don Pimpón en una cama de velcro. Este chico se piensa que estoy más delgado de lo que estoy, no sé si sentirme halagado o no.
Mis sobrinos majísimos, mis hermanas majísimas, todo el mundo muy enrollado y yo muy feliz, o bastante, hasta que el Zoo me la montó por el tabaco. Fumé bastante, también es cierto. En fin, dijimos que sólo lo positivo.
Terminé la noche con mis sobrinos y sus amigos –allí yo era el abuelo-, todos sentados en círculo, hablando de música y compartiendo de piernas para abajo una manta de manchas de leopardo. Mi hermana se había ido a dormirla, mis padres hacía rato habían hecho lo propio, Pichina bajo a la familia de Zoo y al propio Zoo a Madrid y la fiesta había terminado. Así que juntamos el whisky que quedaba, pusimos a Dylan –sí hijos, un biólogo de pelo ingobernable había llevado a Dylan, para mi éxtasis- nos arropamos bajo aquella manta y arreglamos el negocio musical de un plumazo. Me recordé a mí mismo hace 9 años. Qué parecidos son todos los adolescentes. Qué equivocados están, pero cuánto tiempo tienen por delante. Besos para todos.





